Capítulo 7. Cinco sospechosos
La noticia de la muerte de Edward Harcourt tardó menos de una hora en recorrer Blackthorn.
A las diez de la mañana, cuando Nell abrió por costumbre las cortinas del escaparate aunque sabía perfectamente que aquel día ningún cliente entraría con normalidad, el pueblo entero parecía conocer ya los detalles esenciales del asesinato, aunque cada persona que hablaba de él añadía alguna variación que convertía el relato en algo ligeramente distinto.
En la plaza, dos mujeres discutían en voz baja junto a la fuente sobre si Harcourt había sido asesinado por dinero o por una mujer; frente a la oficina de correos, el señor Whitby aseguraba que había oído gritos durante la madrugada, aunque nadie consiguió determinar cuándo exactamente los había oído; y en The Lantern, según le contó Martha después, alguien había afirmado que la policía había encontrado un arma escondida entre los libros, algo completamente falso que, sin embargo, probablemente sería considerado un hecho antes del mediodía.
Nell empezaba a comprender una de las características más desconcertantes de Blackthorn: allí los rumores no sustituían a los hechos, sino que se mezclaban con ellos hasta resultar imposible distinguir dónde terminaba uno y comenzaba el otro.
La muerte de Harcourt había convertido la librería en el centro de atención del pueblo y a Nell en una protagonista involuntaria de una historia que no había elegido.
El inspector Bennett regresó poco después del mediodía.
Esta vez venía solo. Entró en la librería con un expediente bajo el brazo y cerró la puerta detrás de él.
Había menos policías en el exterior, aunque dos agentes permanecían todavía cerca del almacén.
El cuerpo de Harcourt había sido retirado hacía aproximadamente una hora y el lugar continuaba acordonado.
Nell había pasado la mañana sentada detrás del mostrador, intentando trabajar y descubriendo que era incapaz de leer una sola línea de los libros que tenía delante.
Había preparado tres cafés y ninguno había conseguido enfriarse antes de que lo olvidara.
La presencia del cadáver había desaparecido físicamente, pero su ausencia resultaba casi tan perturbadora como cuando estaba allí.
Quedaba una marca oscura en el suelo, justo donde había estado el cuerpo, y una caja desplazada unos centímetros de su lugar original.
Nell sabía que aquella pequeña alteración probablemente desaparecería cuando terminara la investigación, pero mientras tanto parecía señalarle constantemente el lugar exacto en el que su vida había cambiado.
—Necesito hablar con usted otra vez —dijo Bennett.
—Ya me lo imaginaba.
El inspector dejó el expediente sobre el mostrador.
—He hablado con el forense.
Nell esperó.
—Harcourt recibió un golpe fuerte en la parte posterior de la cabeza.
—¿Fue eso lo que lo mató?
—Probablemente.
—¿Con qué?
—Todavía no lo sabemos.
Bennett abrió el expediente y consultó una hoja.
—La herida no parece compatible con una caída accidental. Tampoco hemos encontrado el objeto que pudo producirla.
Nell sintió que se le cerraba ligeramente el estómago.
—Entonces fue asesinado.
—Sí.
La palabra quedó suspendida entre ambos.
Nell había sabido desde el principio que aquella era la conclusión inevitable, pero escucharla pronunciada por el inspector convertía la muerte de Harcourt en algo definitivo.
Ya no era simplemente un hombre muerto en el almacén.
Era una víctima de asesinato. Y si había un asesino, ese asesino había entrado en su librería.
—¿A qué hora murió?
—Entre las ocho y las once de la noche.
—Eso es bastante tiempo.
—Lo es.
Bennett cerró el expediente.
—Y tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Hay demasiadas personas que tenían motivos para querer muerto a Edward Harcourt.
Nell lo miró con atención.
—¿Cuántas?
—De momento, cinco.
El inspector sacó una hoja y la colocó sobre el mostrador.
—Quiero que me diga si conoce a estas personas.
Nell miró el primer nombre. Richard Harcourt.
—¿Su hermano?
—¿Lo conoce?
—No personalmente.
—¿Qué sabe de él?
—Que trabaja con Edward.
—Era su socio —corrigió Bennett—. Al menos hasta hace tres semanas.
Nell levantó la mirada.
—¿Qué ocurrió hace tres semanas?
—Una discusión bastante violenta. Según varios testigos, Richard quería vender parte de la empresa y Edward se negó.
—¿Por qué?
—No lo sabemos todavía.
Bennett señaló el segundo nombre.
Clara Harcourt.
—Su exmujer.
—Tampoco la conozco.
—Estuvieron casados diecisiete años. Se divorciaron hace cuatro.
—¿Tenían buena relación?
Bennett soltó una pequeña sonrisa sin humor.
—Si por buena relación entiende que se enviaban tarjetas de Navidad, no.
Nell miró de nuevo la lista.
—¿Motivo?
—Dinero. Varios inmuebles están todavía en litigio. Además, ella afirma que Edward la engañó económicamente durante el matrimonio.
—Eso no significa que quisiera matarlo.
—No. Pero tampoco ayuda.
El tercer nombre era Samuel Reed.
Nell frunció el ceño.
—¿Quién es?
—Propietario de la librería de antigüedades que está junto al puerto.
—No sabía que hubiera otra.
—No es una librería convencional. Vende mapas, documentos, manuscritos y libros antiguos.
Nell recordó a Arthur Pembroke.
—¿Es competencia de Arthur?
—De Arthur y, probablemente, suya.
—¿Y qué relación tenía con Harcourt?
—Harcourt compró hace dos años el edificio donde Reed tenía su almacén. Reed asegura que lo obligó a marcharse.
—¿Y lo amenazó?
—Según Reed, sí.
Nell volvió a mirar la lista.
—¿El cuarto?
Daniel Mercer.
—Fue empleado de Harcourt durante doce años. Lo despidieron el mes pasado.
—¿Por qué?
—Robo.
—¿Robó?
—Eso sostiene Harcourt Developments.
—¿Y Mercer?
—Dice que lo despidieron para ocultar otra cosa.
Nell dejó escapar lentamente el aire.
—¿Qué cosa?
Bennett la miró.
—Eso es lo que estamos intentando averiguar.
El último nombre era Robert Henshaw. Nell levantó inmediatamente la mirada.
—El alcalde.
—Sí.
—¿Qué motivo puede tener el alcalde para matar a Harcourt?
—Un proyecto urbanístico.
Nell recordó la conversación que había mantenido con Henshaw en su despacho y la forma en que había hablado del futuro del puerto.
—¿Qué proyecto?
—Harcourt quería comprar varios edificios alrededor del puerto. El ayuntamiento estaba negociando permisos para una remodelación importante. Henshaw apoyaba el proyecto públicamente, pero parece que en privado había surgido un desacuerdo.
—¿Sobre qué?
—Sobre la propiedad de algunos terrenos.
Nell se apoyó en el mostrador.
—Así que cinco personas.
—Cinco personas con motivos diferentes.
—¿Y ninguna de ellas estaba aquí anoche?
Bennett negó lentamente con la cabeza.
—Eso sería demasiado sencillo.
—¿Dónde estaban?
—Ahí está el problema.
El inspector abrió el expediente otra vez.
—Richard Harcourt afirma que estaba en su casa.
—¿Hay testigos?
—Su esposa.
—¿Y eso no es suficiente?
—No necesariamente.
—Clara Harcourt estaba en Brighton. Dice que pasó la noche en casa de una amiga.
—¿Y?
—La amiga confirma que estuvo allí, pero salió de casa durante casi dos horas.
—¿A dónde?
—No lo sabe.
Nell sintió un creciente interés.
—¿Y Samuel Reed?
—Dice que estuvo trabajando hasta las diez y después fue al pub.
—¿Alguien puede confirmarlo?
—Varias personas.
—Entonces parece menos sospechoso.
Bennett negó con la cabeza.
—Las personas que tienen demasiados testigos a veces son las que más trabajo dan.
Nell sonrió débilmente.
—¿Y Mercer?
—Dice que estuvo pescando.
—¿Solo?
—Solo.
—Eso no ayuda.
—No.
—¿Y Henshaw?
Bennett la miró.
—Dice que estaba en su despacho hasta las nueve y media. Después regresó a casa.
—¿Alguien lo vio?
—No.
Nell permaneció en silencio durante unos segundos.
—¿Todos conocían a mi tía?
Bennett tardó un poco en responder.
—Esa es una pregunta interesante.
—No ha respondido.
—Sí. Los cinco conocían a Eleanor Whitmore.
Nell sintió que algo se encajaba en su cabeza.
—¿Cómo?
—Eso depende de cada uno.
—¿Y Harcourt?
—Conocía a los cinco.
Nell miró de nuevo los nombres. Richard Harcourt.
Clara Harcourt. Samuel Reed. Daniel Mercer.
Robert Henshaw. Cinco personas que tenían motivos para odiar a Edward Harcourt.
Cinco personas relacionadas con él de maneras diferentes.
Y, de una forma u otra, cinco personas que habían conocido a Eleanor.
—¿Cree que alguno de ellos mató a Harcourt por lo que ocurrió hace treinta años?
Bennett levantó lentamente la mirada.
—¿Quién le ha hablado de hace treinta años?
Nell comprendió demasiado tarde que había hablado más de la cuenta.
—Mi tía.
—Su tía está muerta.
—Lo sé.
—Entonces no pudo hablarle recientemente.
—Me habló antes de morir.
Bennett la observó durante unos segundos.
—¿Le contó algo sobre Harcourt?
—No directamente.
—¿Qué significa eso?
Nell decidió no mencionar el libro ni la anotación «No fue él». Todavía no sabía por qué protegía aquella información, pero la intuición le decía que debía hacerlo hasta comprender mejor qué estaba ocurriendo.
—Solo me dijo que había asuntos del pasado que no debía ignorar.
—¿Exactamente esas palabras?
—Más o menos.
Bennett cerró el expediente.
—Necesito que me diga todo lo que recuerde.
—Lo haré.
—Y necesito que no hable con ninguno de esos cinco sospechosos.
—¿Por qué?
—Porque si alguno de ellos es el asesino, lo último que quiero es que sepa cuánto sabemos.
Nell asintió.
—Entendido.
Bennett recogió los documentos.
—Y hay otra cosa.
—¿Qué?
—Hemos descubierto que alguien entró en la librería durante la noche.
Nell sintió un pequeño sobresalto.
—¿Cómo lo saben?
—Una de las ventanas traseras estaba abierta.
—Yo la cerré.
—Eso pensábamos.
—¿Encontraron huellas?
—Algunas.
—¿De Harcourt?
—No.
—¿Mías?
—También.
—¿Y las otras?
Bennett hizo una pausa.
—Estamos esperando los resultados.
Nell sintió que el silencio de la librería volvía a hacerse pesado.
—Inspector.
—¿Sí?
—¿Cree que Harcourt vino aquí voluntariamente?
Bennett no respondió inmediatamente.
—Creemos que conocía a la persona que lo hizo entrar.
—¿Por qué?
—Porque no encontramos señales de que hubiera sido obligado.
Nell miró hacia el almacén.
—Entonces alguien lo citó aquí.
—Eso parece.
—¿Y cree que fue una de esas cinco personas?
—Creo que alguien quería que pensáramos precisamente eso.
Bennett se marchó poco después, dejando a Nell con aquella frase resonando en la cabeza.
Durante unos minutos permaneció detrás del mostrador sin hacer nada, mirando la lluvia que volvía a caer sobre la plaza.
Después recordó algo que había sucedido la tarde anterior y que hasta ese momento había considerado insignificante.
Cuando Harcourt había entrado en la librería, había preguntado a qué hora cerraba normalmente.
En aquel momento ella había interpretado la pregunta como una curiosidad relacionada con el negocio.
Ahora, sin embargo, comprendía que podía haber estado averiguando cuánto tiempo permanecía vacío el establecimiento.
Se dirigió lentamente hacia la parte posterior.
El almacén seguía acordonado, pero desde la puerta podía contemplar las cajas y las estanterías.
Recordó el libro verde, la página ciento cuarenta y siete, las iniciales de su tía y aquellas dos palabras que no había revelado al inspector.
No fue él. Si la anotación se refería realmente a Edward Harcourt, entonces Eleanor había escrito treinta años atrás que él no era responsable de aquello que había sucedido.
Pero si no había sido Harcourt, ¿quién había sido?
Y, sobre todo, ¿qué había ocurrido exactamente?
Nell regresó al mostrador. Fue entonces cuando descubrió el papel. Estaba debajo de la caja registradora, parcialmente oculto por una factura. Lo tomó. Era un recibo antiguo de The Lantern. La fecha era de octubre de 1996. En la parte posterior alguien había escrito con tinta azul cinco iniciales.
R. H. — C. H. — S. R. — D. M. — R. H.
Nell sintió un escalofrío. Las reconoció todas.
Eran las iniciales de los cinco sospechosos.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, intentando encontrar una explicación razonable.
Podía tratarse de una coincidencia. Las iniciales podían pertenecer a otras personas.
El recibo podía haber sido utilizado simplemente como papel para hacer una lista.
Pero entonces recordó algo que Arthur Pembroke le había dicho días atrás: su tía había confiado en personas que no querían nada de ella, mientras que desconfiaba profundamente de quienes pretendían comprar su silencio o su propiedad.
Nell dobló cuidadosamente el recibo y lo guardó en el bolsillo. No sabía todavía qué significaba. Pero empezaba a comprender que los cinco sospechosos no habían entrado en aquella historia después de la muerte de Harcourt. Llevaban treinta años dentro de ella.