Un cadáver en la librería Capítulo 6. El inspector Bennett
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Capítulo 6. El inspector Bennett

La llegada de la policía transformó la librería en cuestión de segundos.

Hasta entonces, Blackthorn Books había conservado aquella atmósfera cálida y ligeramente anticuada que Nell empezaba a reconocer como propia del establecimiento: las lámparas encendidas sobre las estanterías, el olor seco de los libros, la madera gastada del suelo, el murmullo de la lluvia contra los cristales y el viejo reloj que parecía medir el tiempo con una paciencia independiente de todo cuanto sucedía a su alrededor.

Ahora, sin embargo, había voces en la entrada, pasos sobre las tablas, teléfonos que sonaban y puertas que se abrían y cerraban con una brusquedad impropia de aquel lugar.

Nell permanecía junto al almacén sin atreverse a moverse, mientras dos agentes uniformados cerraban el acceso a la parte posterior y otro permanecía junto a la puerta principal impidiendo que los curiosos que empezaban a congregarse en la calle entraran en la librería.

Martha Bell había sido conducida hasta una de las mesas del fondo y Arthur Pembroke esperaba cerca del escaparate con los brazos cruzados, visiblemente alterado.

Nell observó aquella escena con una extraña sensación de distancia, como si todo estuviera sucediendo dentro de un libro que ella misma hubiera estado leyendo y de pronto hubiera descubierto que uno de los personajes era ella.

El inspector llegó unos diez minutos después.

Nell lo reconoció inmediatamente, aunque nunca lo había visto antes.

Thomas Bennett no tenía el aspecto que ella había esperado.

No era corpulento, ni llevaba el rostro severo de los policías de las novelas antiguas que su tía solía leer durante las tardes lluviosas.

Era un hombre de unos cincuenta años, de estatura media, cabello oscuro con algunas canas en las sienes y una expresión tranquila que resultaba más difícil de interpretar que cualquier gesto de autoridad.

Vestía un abrigo azul marino sobre el uniforme y llevaba una pequeña libreta en una mano.

No parecía impresionado por la librería, ni por el cadáver, ni por las personas que lo esperaban.

Antes de hablar con nadie permaneció unos segundos en la entrada, observando el establecimiento con una atención silenciosa que hizo comprender a Nell que estaba registrando mentalmente la disposición de cada elemento.

—¿Señorita Whitmore?

—Sí.

Bennett se acercó.

—Inspector Thomas Bennett.

Le mostró brevemente la identificación y volvió a guardarla.

—Necesito hacerle algunas preguntas.

—Por supuesto.

—Primero necesito que me explique exactamente cómo encontró el cuerpo.

Nell comenzó a hablar. Le explicó que había abierto la librería poco antes de las nueve, que Martha había llegado poco después y que Arthur había aparecido unos minutos más tarde para comunicarle que habían encontrado a Harcourt en el almacén.

Le explicó también que había entrado hasta la puerta, que había visto el cuerpo y que no había tocado nada.

Bennett escuchó sin interrumpirla. Cuando terminó, levantó ligeramente la mirada.

—¿Quién tenía acceso al edificio?

—Yo.

—¿Solo usted?

—Que yo sepa.

—¿Tenía su tía empleados?

—No.

—¿Y después de su muerte?

—No.

Bennett anotó algo.

—¿Quién tiene llaves?

Nell vaciló.

—Yo tengo las mías. Supongo que mi tía tenía otras.

—¿No sabe cuántas copias había?

—No.

El inspector cerró la libreta.

—Necesito que piense con cuidado antes de responder a la siguiente pregunta. ¿Vio ayer a Edward Harcourt?

Nell sintió que Martha la observaba desde el fondo de la librería.

—Sí.

—¿A qué hora?

—Sobre las siete.

—¿Vino a la librería?

—Sí.

—¿Hablaron?

—Sí.

—¿Sobre qué?

Nell dudó. No quería contarle todavía lo del libro.

No sabía por qué, pero había algo en aquel volumen que le provocaba una resistencia instintiva a entregárselo a nadie.

Sin embargo, comprendió que ocultar información a la policía después de encontrar un cadáver no era precisamente la mejor manera de empezar su vida en Blackthorn.

—Hablamos sobre la librería.

—¿La compra del edificio?

—Sí.

—¿Discutieron?

—No exactamente.

Bennett la miró.

—¿Qué significa «no exactamente»?

—Que tuvimos una conversación tensa.

—¿La amenazó?

—No.

—¿Usted lo amenazó a él?

Nell abrió los ojos.

—No.

—¿Estaba enfadada?

—Estaba molesta.

—¿Por qué?

—Porque insistía en comprar el edificio.

Bennett volvió a escribir.

—¿Cuánto le ofreció?

Nell se lo dijo.

El inspector dejó de escribir.

—¿Y rechazó esa cantidad?

—Sí.

—¿Por qué?

Nell pensó en la promesa hecha a su tía, aunque nunca hubiera sido formulada con esas palabras exactas. Recordó la librería, la carta escondida, la vida que Eleanor había construido allí durante décadas y aquella frase que Martha le había repetido: «Si vienes, tienes que quedarte».

—Porque no quiero venderla.

Bennett la observó durante unos segundos.

—Entiendo.

Nell tuvo la impresión de que no lo entendía en absoluto.

—¿Qué más hablaron?

—Me dijo que conocía a mi tía desde hacía muchos años.

—¿Lo sabía usted?

—Sí.

—¿Le dijo algo más?

Nell recordó las palabras de Harcourt. Una conversación de treinta años atrás. Algo que había ocurrido en Blackthorn.

—Dijo que había una conversación entre él y mi tía que nunca había terminado.

Bennett dejó de escribir.

—¿Sobre qué?

—No lo sé.

—¿No se lo preguntó?

—Sí.

—¿Y qué respondió?

Nell miró hacia el almacén.

—Que algún día estaría preparada para escuchar la historia completa.

Bennett permaneció inmóvil.

—¿Le dijo algo más?

—No.

—¿Está segura?

Nell sintió que la pregunta contenía algo más de lo que parecía.

—Sí.

Bennett volvió a guardar la libreta en el bolsillo.

—De acuerdo.

Después miró hacia el almacén.

—Hay otra cosa.

—¿Qué?

—El libro que encontramos junto al cuerpo.

Nell sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué pasa con él?

—No estaba registrado en el inventario de la librería.

—Es de mi tía.

—¿Cómo lo sabe?

—Lo encontré ayer.

Bennett levantó la mirada.

—¿Ayer?

—Sí.

—¿Dónde?

—En una estantería del fondo.

—¿Y qué hizo con él?

Nell no respondió inmediatamente.

—Lo llevé al apartamento.

—¿Por qué?

—Porque encontré anotaciones de mi tía.

—¿Qué tipo de anotaciones?

—Fechas. Iniciales.

—¿De quién?

—No estoy segura.

—¿No?

—Creo que algunas podían referirse a Harcourt.

Bennett la miró fijamente.

—¿Por qué cree eso?

—Porque aparecía una E y una H.

—¿Y supuso que eran las iniciales de Edward Harcourt?

—Sí.

—¿Dónde está el libro ahora?

Nell señaló el almacén.

—Ahí.

Bennett respiró lentamente.

—¿Quién más sabía que había encontrado ese libro?

Nell pensó en Margaret. Después en Harcourt.

—Margaret Finch.

—¿Alguien más?

Nell tardó un segundo en responder.

—Harcourt.

—¿Se lo enseñó?

—Sí.

—¿Ayer?

—Sí.

—¿Antes o después de que llegara la señora Finch?

—Después.

Bennett volvió a mirar hacia el almacén.

—Entonces tenemos un libro que aparece después de treinta años, una mujer que reconoce el libro, un hombre que parece alterarse al verlo y, unas horas más tarde, ese mismo hombre aparece muerto junto al volumen.

Nell no encontró nada que decir. El inspector se acercó un poco más.

—Señorita Whitmore, necesito que comprenda algo. A partir de este momento no quiero que investigue por su cuenta.

—No estaba investigando.

—Estaba buscando libros en su propia librería.

—Sí.

—Y ha encontrado un cadáver.

—Eso tampoco lo estaba investigando.

Por primera vez, Bennett mostró una sombra de sonrisa.

—Me alegra comprobar que conserva el sentido del humor.

—No estoy segura de conservarlo.

—Lo necesitará.

Durante unos segundos ambos permanecieron en silencio. Después Bennett volvió a adoptar su expresión profesional.

—Hay algo más que quiero preguntarle.

—Dígame.

—¿Alguien intentó entrar en la librería durante la noche?

Nell negó con la cabeza.

—No que yo sepa.

—¿Oyó algún ruido?

—No.

—¿Está segura?

—Sí.

—¿Y la puerta principal?

—La cerré personalmente.

—¿A qué hora?

—Poco después de las ocho.

Bennett asintió.

—Entonces alguien tuvo que entrar después.

Nell sintió que la pregunta surgía antes de poder detenerla.

—¿Cómo?

—Eso es precisamente lo que estamos intentando averiguar.

El inspector se alejó y llamó a uno de los agentes. Mientras ambos hablaban en voz baja, Nell miró hacia Martha. La mujer se acercó lentamente.

—¿Qué te ha preguntado?

—Todo.

—¿Y el libro?

Nell asintió.

Martha bajó la voz.

—No le has contado todo.

Nell la miró.

—¿Qué sabes tú?

—Nada.

—Eso empieza a ser una costumbre en este pueblo.

Martha suspiró.

—Nell, escucha. Eleanor no quería que esto volviera a salir.

—¿El qué?

—Lo que ocurrió entonces.

—¿Qué ocurrió?

Martha negó con la cabeza.

—No aquí.

Antes de que Nell pudiera insistir, Bennett volvió hacia ellas.

—Señora Bell, necesito hablar con usted.

Martha asintió. Nell se quedó sola junto al mostrador.

Durante los siguientes veinte minutos observó cómo la policía examinaba el almacén.

Uno de los agentes fotografió el cuerpo desde distintos ángulos, otro revisó el suelo y las cajas, y un tercero tomó fotografías del libro abierto junto a la mano de Harcourt.

Nell vio cómo introducían varios objetos en bolsas transparentes.

Cada gesto tenía una precisión casi mecánica.

Resultaba extraño contemplar cómo una habitación conocida se convertía de repente en una escena del crimen.

El almacén había sido hasta entonces un lugar incómodo lleno de cajas, polvo y libros que esperaban ser clasificados.

Ahora cada objeto parecía potencialmente importante.

Una silla podía ser una pista. Una huella podía convertirse en una respuesta.

Incluso un libro colocado en la balda equivocada podía adquirir una relevancia que nadie habría imaginado unas horas antes. Finalmente, Bennett salió del almacén.

—Señorita Whitmore.

—Sí.

—Hay algo que debe saber.

Nell sintió que se preparaba para recibir otra mala noticia.

—¿Qué?

—La causa exacta de la muerte todavía no está determinada. Tendremos que esperar al forense.

—La herida de la cabeza...

—Puede haber sido causada por un golpe, pero no podemos afirmarlo todavía.

—¿Entonces no saben cómo murió?

—No con certeza.

Nell miró hacia el almacén.

—¿Y el libro?

—Lo hemos recogido.

Ella asintió.

—¿Han encontrado huellas?

Bennett la observó.

—Sí.

Nell sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco.

—¿De quién?

—Eso todavía no lo sabemos.

El inspector hizo una pausa.

—Pero hay algo interesante.

—¿Qué?

—El libro estaba abierto por una página concreta.

Nell esperó.

—La página ciento cuarenta y siete.

Nell sintió un escalofrío.

Era la misma página en la que había encontrado la anotación de su tía. La misma página junto a la que aparecían las iniciales E. H.

—¿Y qué tiene de especial esa página? —preguntó Bennett.

Nell no respondió. Bennett comprendió inmediatamente que sí lo sabía.

—Señorita Whitmore.

—Mi tía escribió algo ahí.

—¿Qué?

Nell bajó la mirada.

—No estoy segura de querer decírselo.

El inspector permaneció callado durante varios segundos.

—Eso no es una buena idea.

—¿Por qué?

—Porque hay un hombre muerto en su almacén y parece que alguien ha estado buscando precisamente lo mismo que usted encontró ayer.

Nell levantó la mirada.

—¿Qué cree que buscaba?

Bennett miró hacia las estanterías.

—Todavía no lo sé.

Después volvió a mirarla.

—Pero voy a averiguarlo.

Afuera, la lluvia había empezado a remitir.

Algunas personas seguían reunidas al otro lado de la calle, fingiendo conversar mientras observaban la librería.

Nell reconoció a varios vecinos y comprendió que, antes de que terminara la mañana, todo Blackthorn conocería la noticia.

El asesinato de Edward Harcourt ya no era un asunto privado ni una conversación entre su tía y un grupo de personas que habían decidido guardar silencio.

Ahora había un cadáver, una investigación policial y un libro que parecía conectar el presente con un pasado que nadie quería recordar.

Bennett se disponía a salir cuando se detuvo junto a la puerta.

—Una última cosa.

—¿Sí?

—No abandone el pueblo.

Nell frunció el ceño.

—¿Estoy detenida?

—No.

—Entonces, ¿por qué no puedo marcharme?

—Porque todavía no sabemos si usted es testigo, sospechosa o simplemente la persona que tuvo la mala suerte de heredar una librería en el peor momento posible.

Nell lo miró durante unos segundos.

—¿Y cuál cree que soy?

Bennett abrió la puerta.

—Todavía no he decidido.

La campanilla sonó cuando el inspector salió.

Nell permaneció inmóvil detrás del mostrador mientras observaba cómo Bennett cruzaba la plaza y se reunía con sus agentes.

En la calle, los vecinos comenzaron a dispersarse lentamente, aunque ninguno parecía tener intención de olvidar lo que había ocurrido.

Martha regresó poco después, pálida y silenciosa.

Arthur Pembroke se acercó también, pero ninguno de los dos habló inmediatamente.

En Blackthorn Books, por primera vez desde que Nell había llegado, los libros parecían haber perdido su capacidad de proporcionar refugio.

Las estanterías seguían llenas, el viejo reloj continuaba funcionando y la luz gris de la mañana entraba por los escaparates, pero algo invisible había cambiado para siempre.

Nell miró hacia la escalera que conducía al apartamento. El libro verde ya no estaba allí. La policía se lo había llevado. Pero ella recordaba perfectamente lo que había leído en la página ciento cuarenta y siete. Y recordaba también algo que no le había contado al inspector.

Debajo de las iniciales E. H., escritas por su tía treinta años atrás, había una segunda anotación casi borrada. Dos palabras que Nell había conseguido distinguir con claridad antes de cerrar el libro. No fue él. Y ahora Edward Harcourt estaba muerto.