Capítulo 5. El cadáver
Durante unos segundos, nadie se movió. La lluvia seguía golpeando los cristales de Blackthorn Books con una regularidad casi hipnótica y, al otro lado del escaparate, las luces de la plaza se reflejaban sobre los adoquines mojados como manchas amarillentas que el viento deformaba a cada ráfaga.
Nell permaneció detrás del mostrador con una mano apoyada sobre la cubierta verde del libro, mientras Margaret Finch continuaba junto a la puerta, todavía con el abrigo puesto y el paraguas cerrado entre los dedos.
Edward Harcourt, por su parte, no parecía tener ninguna prisa por entrar completamente en la librería.
Había dejado una mano sobre el pomo de la puerta y observaba el volumen que Nell acababa de encontrar con una atención que resultaba demasiado intensa para alguien que, según había afirmado dos días antes, solo estaba interesado en comprar un edificio.
La expresión de miedo que Nell había visto en su rostro desapareció con extraordinaria rapidez, sustituida por aquella sonrisa educada y ligeramente distante que parecía formar parte de su indumentaria tanto como el abrigo oscuro o el reloj de oro que llevaba en la muñeca.
Sin embargo, Nell había aprendido durante los últimos días que las primeras impresiones podían ser engañosas, y en aquel momento estaba casi segura de que no había imaginado lo que acababa de ver.
—No sabía que tenía usted visitas —dijo Harcourt finalmente.
Margaret no respondió. Se limitó a observarlo con una expresión que Nell no había visto antes en ella.
No era hostilidad exactamente, sino una mezcla de cautela y cansancio, como si aquel hombre representara una conversación que llevaba demasiados años intentando evitar.
Nell retiró lentamente la mano del libro y cruzó los brazos sobre el pecho.
Había algo extraño en aquella situación.
Harcourt había entrado en la librería con la misma seguridad con la que lo había hecho dos días antes, pero ahora parecía mucho más atento a cada movimiento.
No preguntó por la venta del inmueble, no volvió a mencionar su proyecto de renovación y ni siquiera se interesó por la decisión de Nell respecto a su oferta.
Su mirada regresaba una y otra vez al libro verde.
Aquello confirmó una sospecha que ya había empezado a formarse en la cabeza de Nell: el edificio era importante para él, pero probablemente no era lo único que buscaba.
—¿Conocía este libro? —preguntó Nell.
Harcourt tardó un instante demasiado largo en responder.
—Conozco muchos libros.
—Este en particular.
—No.
Margaret soltó una pequeña exhalación que podía haber sido una risa o una muestra de incredulidad.
—No mientas, Edward.
La sonrisa del hombre desapareció.
Fue un cambio tan pequeño que, en otra persona, Nell quizá no lo habría percibido.
Pero Harcourt parecía controlar cada músculo de su rostro, y precisamente por eso cualquier alteración adquiría una importancia especial.
El empresario miró a Margaret y después a Nell.
Durante unos segundos pareció debatirse entre marcharse y decir algo. Finalmente se acercó al mostrador.
—Su tía era una mujer complicada —dijo.
—Eso ya me lo han dicho.
—No me sorprende.
—¿Qué ocurrió entre ustedes?
Harcourt apoyó las manos sobre el mostrador.
—Nada que deba preocuparla.
—Entonces no debería importarle que haya encontrado un libro que lleva escondido probablemente décadas.
El hombre miró otra vez la cubierta verde.
—Algunos libros contienen cosas que es preferible no interpretar fuera de contexto.
Nell sintió que Margaret se movía detrás de ella.
—¿Y cuál es el contexto? —preguntó.
Harcourt no respondió inmediatamente. Su mirada pasó del libro a Nell y de Nell a Margaret. Después se incorporó y volvió a adoptar aquella expresión tranquila y profesional.
—Será mejor que hablemos otro día.
—¿Por qué?
—Porque hoy no es el momento.
—¿Y cuándo será?
—Cuando esté preparada para escuchar la historia completa.
Nell estuvo a punto de responder, pero Harcourt ya se había girado hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y miró a Margaret.
—No debería haber venido aquí.
Margaret sostuvo su mirada.
—Y tú no deberías haber vuelto.
Harcourt abrió la puerta.
—Buenas noches, señorita Finch.
—Buenas noches, Edward.
La campanilla sonó cuando salió. Nell lo observó atravesar la plaza hasta desaparecer bajo la lluvia. Solo entonces se volvió hacia Margaret.
—¿Qué demonios significa todo esto?
Margaret permaneció en silencio unos segundos.
—Significa que deberías guardar ese libro.
—Eso ya lo había entendido.
—Y que no deberías enseñárselo a nadie.
—Eso también lo había entendido.
—Entonces has entendido más que la mayoría de las personas de este pueblo.
Nell apoyó las manos sobre el mostrador.
—Margaret, ¿qué ocurrió hace treinta años?
La anciana bajó la mirada. Durante un momento pareció mucho mayor que cuando había entrado en la librería. La energía habitual había desaparecido de sus gestos y su rostro se había endurecido bajo la luz cálida de las lámparas.
—No puedo contártelo.
—¿Porque no lo sabes?
—Porque lo sé.
Aquella respuesta dejó a Nell sin palabras. Margaret tomó su abrigo y se lo colocó con movimientos lentos.
—Tu tía me hizo prometer que nunca hablaría de aquello.
—Mi tía está muerta.
Margaret cerró los ojos durante un instante.
—Precisamente por eso.
Nell quiso insistir, pero Margaret ya caminaba hacia la puerta. Antes de salir, se volvió.
—Cierra bien esta noche.
—Siempre cierro bien.
—No. Esta noche quiero decir que compruebes dos veces todas las cerraduras.
Nell la observó marcharse y tuvo la certeza de que aquella conversación había cambiado algo. Hasta ese momento había pensado que estaba descubriendo un secreto familiar. Ahora comprendía que había entrado, sin saberlo, en un secreto del pueblo entero.
Cerró la librería poco después de las ocho.
Revisó la puerta principal, las ventanas del escaparate, la puerta trasera y la pequeña entrada que conducía al almacén.
Comprobó incluso la cerradura del despacho de su tía, aunque sabía que aquello era absurdo.
Después llevó el libro verde al piso superior y lo guardó en el interior de una cómoda.
No quería tenerlo en la librería durante la noche.
Aquella decisión no tenía ninguna base racional, pero la prudencia no siempre necesitaba argumentos.
Había aprendido en Londres que los libros antiguos podían esconder falsificaciones, documentos importantes, cartas privadas y, en ocasiones, verdaderas fortunas.
Lo que todavía no había aprendido era que también podían esconder problemas.
Aquella noche durmió mal. Se despertó varias veces por culpa del viento y una de ellas creyó escuchar pasos en la escalera.
Permaneció inmóvil en la oscuridad durante casi un minuto, escuchando el crujido de la madera.
Finalmente comprendió que se trataba de una rama golpeando contra la fachada.
Se volvió a dormir con dificultad y, cuando el despertador sonó, tenía la sensación de no haber descansado nada.
Bajó a la librería poco después de las ocho y media, abrió las cortinas del escaparate y comenzó a preparar el establecimiento para otro día de trabajo.
Durante un rato consiguió recuperar cierta normalidad.
Preparó café en la pequeña máquina que había encontrado en la cocina, revisó los pedidos y colocó sobre una mesa algunos libros que había seleccionado para una futura sección de recomendaciones.
A las nueve menos cuarto oyó la campana de la puerta y esperaba encontrar a algún cliente madrugador.
Era Martha Bell. La mujer entró con un recipiente de cartón en las manos.
—Te he traído bollos.
—No tenías que hacerlo.
—Lo sé.
Martha dejó el recipiente sobre el mostrador y se quitó el abrigo.
—Por eso los he traído.
Nell sonrió.
—¿Siempre eres así de razonable?
—Solo antes del café.
Martha se sirvió una taza sin preguntar y comenzó a hablar de asuntos completamente irrelevantes.
Un proveedor que había vuelto a subir los precios, una discusión entre dos vecinos por un gato, el mal tiempo que se esperaba para el fin de semana.
Nell agradeció aquella conversación precisamente porque no tenía ninguna importancia.
Después de la noche anterior, necesitaba unos minutos de normalidad.
Sin embargo, mientras Martha hablaba, Nell reparó en que la mujer miraba de vez en cuando hacia la puerta.
—¿Esperas a alguien?
—No.
—Entonces deja de mirar la puerta.
Martha levantó una ceja.
—¿Tan evidente es?
—Mucho.
—Harcourt estuvo anoche en el café.
Nell dejó la taza sobre el mostrador.
—¿Y?
—Nada.
—Martha.
La mujer suspiró.
—Estaba nervioso.
—¿Harcourt?
—Sí.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—Todo el mundo parece saber algo que yo no sé.
Martha la miró con una mezcla de compasión y preocupación.
—Eres nueva aquí.
—Soy sobrina de Eleanor Whitmore.
—Precisamente.
Nell no tuvo ocasión de responder. La puerta se abrió. Un hombre entró apresuradamente en la librería. Era Arthur Pembroke, el anticuario, y tenía el rostro más pálido de lo habitual.
—Nell.
—Arthur, ¿qué ocurre?
El anciano se quedó junto a la puerta.
—Han encontrado a Edward Harcourt.
Martha dejó lentamente la taza sobre el mostrador.
—¿Dónde?
Arthur miró a Nell.
—Aquí.
Durante un instante, Nell no comprendió. Después vio que Arthur señalaba hacia la parte posterior de la librería.
—¿Qué quieres decir?
—Lo han encontrado en tu almacén.
El silencio que siguió fue tan absoluto que Nell pudo escuchar el tic tac del viejo reloj situado encima de la puerta.
—Eso no puede ser.
—Lo siento.
Nell salió inmediatamente de detrás del mostrador. Martha intentó detenerla.
—No vayas.
—Es mi librería.
—Precisamente por eso.
Pero Nell ya caminaba hacia el fondo. Atravesó el pasillo entre las estanterías y llegó a la puerta del almacén.
Estaba entreabierta. No recordaba haberla dejado así.
Se detuvo antes de tocarla. Desde el interior llegaba un olor extraño, una mezcla de humedad, madera vieja y algo metálico que no consiguió identificar.
Entonces vio un zapato. Solo uno. Estaba junto a una de las cajas de libros.
Nell empujó lentamente la puerta. Edward Harcourt yacía en el suelo.
Estaba boca arriba, con una mano extendida sobre las tablas y la otra junto al pecho.
Su abrigo oscuro estaba abierto y la camisa blanca aparecía manchada de sangre.
Una pequeña herida era visible en la sien, aunque desde la distancia resultaba imposible saber cómo se había producido.
El rostro conservaba una expresión extrañamente tranquila, casi como si la muerte hubiera llegado mientras estaba a punto de decir algo.
A pocos centímetros de su mano había un libro abierto.
Nell se quedó paralizada. Martha llegó detrás de ella y soltó un grito ahogado.
Arthur se detuvo en el umbral.
—No lo toques —dijo.
Nell no respondió.
Sus ojos permanecieron fijos en el libro abierto junto al cadáver.
No era un libro cualquiera. Era el libro verde.
El mismo que había encontrado la tarde anterior.
El mismo que había guardado bajo llave en el apartamento.
Nell sintió que la sangre se le helaba. Alguien había entrado en su casa.
Alguien había tomado el libro. Y alguien había llevado a Edward Harcourt hasta el almacén de Blackthorn Books.
Entonces vio algo más. Entre los dedos de Harcourt había un pequeño trozo de papel.
Nell no podía leerlo desde donde estaba, pero reconoció inmediatamente el color amarillento y la forma irregular del fragmento.
Parecía arrancado de una página antigua.
En ese momento sonaron sirenas en la calle. Martha la agarró del brazo.
—Nell, no te muevas.
Ella obedeció.
Desde el exterior llegaron voces y pasos apresurados.
La puerta principal se abrió y alguien llamó a la policía.
Nell continuó mirando el cuerpo de Edward Harcourt y comprendió, con una claridad que la asustó más que el cadáver, que la historia que había comenzado a descubrir la noche anterior acababa de convertirse en algo de lo que ya no podía escapar.
Porque Edward Harcourt no había muerto en cualquier lugar.
Había muerto en la librería de Eleanor Whitmore.
Y el asesino había querido que Nell encontrara el cuerpo.