Capítulo 4. El libro marcado
Durante los dos días siguientes, Nell intentó convencerse de que la conversación con Edward Harcourt no tenía mayor importancia.
Se lo repitió mientras abría la librería por las mañanas, mientras revisaba las facturas de los proveedores, mientras limpiaba el polvo acumulado en las estanterías y mientras subía al apartamento por las noches con la sensación de que el edificio entero crujía bajo el peso de sus propios años.
Una oferta de compra no era un acontecimiento extraordinario.
Los propietarios de inmuebles recibían ofertas constantemente, y el hecho de que Harcourt conociera a su tía no significaba necesariamente que existiera algo oscuro detrás de aquella propuesta.
Su comportamiento podía explicarse de muchas maneras.
Quizá realmente consideraba que el edificio tenía un enorme potencial comercial.
Quizá Eleanor había rechazado la venta simplemente por apego sentimental.
Quizá aquella conversación de treinta años atrás había sido una discusión empresarial que con el tiempo había adquirido en la memoria de ambos una importancia que nunca tuvo.
Nell sabía perfectamente que las personas tendían a convertir el pasado en algo más misterioso de lo que había sido en realidad.
Los recuerdos envejecían igual que los libros: perdían páginas, cambiaban de color y adquirían anotaciones que nadie recordaba haber escrito.
El problema era que, cuanto más intentaba convencerse de aquello, más volvía a su cabeza la mirada de Harcourt hacia la estantería del fondo.
La librería comenzaba, mientras tanto, a recuperar lentamente una apariencia habitable.
Nell había decidido abrir todas las mañanas a las nueve y cerrar a las seis, al menos hasta comprender cuánto movimiento comercial existía realmente en Blackthorn.
No esperaba enriquecerse, pero tampoco había imaginado que entrarían tantos clientes.
La mayoría no compraba mucho; algunos adquirían un solo libro cada varios días y otros entraban únicamente para hablar, pero la cantidad de personas que cruzaban la puerta era considerablemente mayor de la que sugerían las cuentas.
Nell empezó a comprender que el problema quizá no había sido la falta de clientes, sino la manera en que su tía había administrado el negocio.
Eleanor parecía haber considerado la librería como una institución del pueblo antes que como una empresa.
Vendía libros, naturalmente, pero también aceptaba intercambios, fiaba a clientes habituales, guardaba ejemplares durante meses y, según descubrió Nell con creciente incredulidad, en algunas ocasiones había regalado libros a personas que no podían pagarlos.
Aquello explicaba una parte de las pérdidas.
La otra parte continuaba siendo un misterio.
Una tarde, mientras revisaba una caja de documentos encontrados en el despacho de su tía, Nell descubrió varios recibos antiguos relacionados con Harcourt.
No eran contratos de compraventa, como había esperado durante un instante, sino facturas correspondientes a reparaciones realizadas en el edificio hacía casi veinte años.
Algunas habían sido pagadas por Eleanor y otras por una empresa que ya no existía.
El nombre de Edward Harcourt aparecía en una de ellas escrito a mano en el margen, junto a una cifra y una fecha.
Nell examinó el documento durante varios minutos.
No entendía qué relación podía existir entre el empresario y aquellas reparaciones.
Guardó los recibos en una carpeta y decidió que preguntaría a Margaret Finch cuando tuviera ocasión.
La mujer había demostrado conocer a su tía mejor que casi cualquiera y, aunque sus respuestas tendían a ser deliberadamente enigmáticas, Nell empezaba a sospechar que esa reserva no era producto de la edad ni de la costumbre, sino de una decisión consciente.
Aquella misma tarde, cuando la luz comenzaba a declinar, Nell decidió continuar con la limpieza de la estantería que había estado revisando el día de la visita de Harcourt.
Había algo que la molestaba. No podía identificar qué era exactamente, pero la sensación de que su tía había dejado aquella zona de la librería en un orden distinto al del resto del establecimiento se había instalado en su cabeza.
Las otras estanterías tenían cierta lógica.
Incluso las más desordenadas respondían a un sistema que Nell, como librera, podía reconstruir.
Aquella, en cambio, parecía haber sido organizada para ocultar algo o, al menos, para impedir que alguien encontrara fácilmente determinados libros.
Había volúmenes colocados en doble fila, ejemplares demasiado grandes detrás de otros más pequeños y varios libros que no pertenecían a las categorías que supuestamente correspondían a aquella sección.
Nell sacó una escalera baja, la colocó frente a la estantería y comenzó a retirar los libros de las baldas superiores.
El trabajo era lento y bastante más físico de lo que había imaginado.
El polvo caía sobre su cabello y sobre los hombros del jersey, mientras el olor de los libros antiguos se hacía más intenso a medida que retiraba los ejemplares que llevaban años sin ser tocados.
Encontró varias cosas curiosas: una postal de 1987, un recibo de una tienda de Brighton, una fotografía en la que aparecía su tía junto a tres personas que no reconocía y una pequeña llave oxidada que no parecía pertenecer a ninguna de las cerraduras de la librería.
También encontró un papel doblado cuatro veces que contenía una lista de nombres, algunos tachados y otros acompañados de fechas.
Nell estuvo a punto de guardarlo en la carpeta de documentos cuando reconoció uno de los apellidos.
Harcourt. Lo leyó otra vez. No aparecía el nombre de Edward, solo el apellido, seguido de una fecha que correspondía aproximadamente a treinta años atrás.
Nell sintió una pequeña presión en el estómago.
Guardó el papel junto a los demás documentos y continuó trabajando.
Fue entonces cuando encontró el libro.
Estaba oculto detrás de una fila de novelas y casi completamente pegado a la pared.
Era un volumen de tapa dura, de color verde oscuro, con las esquinas gastadas y el lomo descolorido.
No tenía ninguna etiqueta visible y tampoco aparecía en el inventario que Nell había encontrado en el ordenador.
Lo extrajo con cuidado y lo sostuvo entre las manos.
El libro era pesado, más de lo que correspondía a su tamaño, y la cubierta estaba marcada por pequeñas manchas circulares que parecían haber sido provocadas por humedad.
En el centro del lomo apenas podían distinguirse unas letras doradas.
Nell limpió el polvo con el pulgar y consiguió leer el título: The Sea Around Us.
No era una edición especialmente rara, aunque el ejemplar podía tener cierto valor dependiendo de la fecha y del estado.
Lo que llamó la atención de Nell no fue el libro en sí, sino la ausencia de cualquier registro que indicara que había pertenecido a la librería.
Lo abrió. La primera página contenía una dedicatoria escrita a mano. Nell reconoció inmediatamente la letra. Era la de su tía. No decía «Para Nell», ni «Con cariño», ni nada parecido. Solo aparecía una fecha. 14 de octubre de 1996. Debajo había tres iniciales. E. H. W.
Nell permaneció inmóvil. Volvió a mirar las letras.
Eleanor Helen Whitmore. Sus propias iniciales.
Pero no podía ser aquello. Nell había nacido en 1988.
En 1996 tenía ocho años y, aunque recordaba perfectamente a su tía, no recordaba haber recibido ningún libro semejante.
Además, las iniciales no estaban separadas como lo habría hecho una dedicatoria.
Parecían más bien una firma o una marca.
Pasó la página. El interior del libro estaba lleno de anotaciones.
No eran muchas, pero sí suficientes para indicar que alguien lo había leído con atención.
Había pequeñas líneas de lápiz junto a determinados párrafos, signos en los márgenes y varias palabras subrayadas.
Nell reconoció otra vez la letra de su tía.
Eleanor había leído aquel ejemplar detenidamente.
Algunas anotaciones eran simples observaciones sobre el texto, pero otras no parecían tener relación alguna con el contenido del libro.
Había fechas, iniciales y números escritos junto a ciertos párrafos.
En una página aparecía solamente una palabra: Blackthorn.
En otra, una fecha: 3 de noviembre de 1996.
Nell comenzó a sentir una creciente inquietud. Pasó las páginas con más rapidez. En la página ciento cuarenta y siete encontró algo distinto. Una frase estaba subrayada tres veces. Al lado, su tía había escrito una fecha y dos iniciales. 18.11.96 — E.H.
Nell dejó de respirar durante un instante. Edward Harcourt. No podía asegurarlo, pero era la explicación más evidente.
Cerró el libro y lo dejó sobre el mostrador.
Permaneció de pie frente a él durante varios segundos, mirando la cubierta verde.
La lluvia había comenzado a golpear los cristales y el sonido llenaba el interior de la librería.
Nell sintió que algo había cambiado. Hasta ese momento había considerado las rarezas de Blackthorn como simples peculiaridades de un pueblo pequeño.
La reserva de Margaret, los comentarios de Martha, la oferta de Harcourt, los documentos antiguos.
Todo podía tener una explicación. Pero aquel libro era diferente.
Era algo que su tía había escondido deliberadamente y que parecía contener referencias a Harcourt treinta años atrás.
Nell volvió a abrirlo. Buscó la fecha de noviembre.
La página estaba allí, pero el margen había sido parcialmente borrado.
Alguien había intentado eliminar una anotación.
Todavía podía distinguirse una parte de la escritura bajo la goma, aunque resultaba imposible leerla completa.
Nell tomó una lupa del mostrador y acercó el rostro al papel.
Había tres palabras visibles: él lo sabe. Nada más.
Nell sintió un escalofrío. Volvió a mirar hacia la puerta de la librería.
La calle estaba vacía. Durante unos segundos tuvo la absurda sensación de que alguien podía estar observándola desde el exterior, pero cuando se acercó al escaparate solo encontró la plaza desierta, las farolas encendidas y la lluvia cayendo sobre los adoquines.
Guardó el libro bajo el mostrador. Después cambió de opinión y lo llevó al despacho de su tía.
Allí encontró una pequeña caja de madera en uno de los cajones.
La abrió. Dentro había cartas antiguas, fotografías y varios documentos que todavía no había tenido tiempo de revisar.
Colocó el libro encima y volvió a cerrar la caja.
Después tomó la llave que había encontrado en la estantería y la dejó junto a ella. No sabía qué abría. Todavía.
A las siete, alguien llamó a la puerta. Nell se sobresaltó. No era una llamada fuerte. Solo dos golpes suaves sobre el cristal. Se acercó y encontró a Margaret Finch bajo un paraguas.
—¿Puedo pasar?
—Claro.
Margaret entró, cerró el paraguas y se quitó el abrigo.
—He venido a devolverte esto.
Le entregó un libro. Nell lo reconoció. Era uno de los ejemplares que la profesora había comprado dos días antes.
—Podías haberlo devuelto mañana.
—Podía.
Margaret la observó.
—Pero no lo has hecho.
—¿El qué?
—La pregunta que estás pensando.
Nell sonrió sin humor.
—¿Sabes algo sobre Edward Harcourt?
Margaret dejó el libro sobre el mostrador.
—Todo el pueblo sabe algo sobre Edward Harcourt.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que puedo darte.
Nell dudó. Después tomó el libro verde que había dejado junto a la caja de documentos y lo colocó sobre el mostrador. Margaret lo vio. Su expresión cambió inmediatamente. Fue apenas un instante, pero Nell lo percibió. La mujer dejó de sonreír.
—¿Dónde has encontrado eso?
—En la estantería del fondo.
Margaret no tocó el libro.
—¿Lo has abierto?
—Sí.
—¿Has leído las anotaciones?
—Algunas.
Margaret permaneció en silencio. Nell sintió que el pulso se le aceleraba.
—¿Qué es?
—Un libro.
—Margaret.
La anciana la miró directamente.
—Tu tía no quería que nadie lo encontrara.
—¿Por qué?
—Porque algunas cosas es mejor dejarlas donde están.
—¿Qué cosas?
Margaret volvió a mirar el libro.
—Las que ocurrieron hace treinta años.
Nell sintió un frío repentino que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación.
—¿Qué ocurrió hace treinta años?
Margaret abrió la boca para responder, pero en ese momento la campanilla de la puerta sonó. Las dos se volvieron. Edward Harcourt estaba entrando en la librería. El empresario se detuvo al ver a Margaret. Durante un segundo, ninguno de los tres habló. Después Harcourt sonrió.
—Veo que ya ha empezado a hacer preguntas.
Nell miró el libro verde que todavía estaba sobre el mostrador. Harcourt también lo miró. Y, por primera vez desde que había llegado a Blackthorn, Nell vio algo distinto en el rostro del empresario. No era enfado. Era miedo.