Un cadáver en la librería Capítulo 3. Una visita inesperada #2
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Capítulo 3. Una visita inesperada #2

Harcourt recogió la carpeta y guardó los documentos. Antes de marcharse, miró una vez más alrededor de la librería. Su mirada se detuvo en la escalera que conducía al sótano y después en una de las estanterías del fondo. Fue una mirada breve, casi imperceptible, pero Nell la vio.

—¿Qué busca?

Harcourt volvió la cabeza.

—¿Perdón?

—Ha mirado dos veces esa estantería.

El empresario sonrió.

—Simple curiosidad.

—No parece usted un hombre especialmente curioso.

Aquello provocó una sonrisa más sincera.

—Quizá no me conoce todavía.

—Quizá.

Harcourt caminó hasta la puerta. Antes de salir, se detuvo junto a la campanilla y se volvió hacia ella.

—Su tía y yo tuvimos una conversación hace muchos años.

Nell esperó.

—Una conversación que nunca terminamos.

—¿Sobre qué?

Harcourt la miró fijamente.

—Sobre algo que ocurrió en Blackthorn.

Y salió.

La campanilla sonó sobre su cabeza y la puerta se cerró lentamente.

Nell permaneció inmóvil detrás del mostrador.

El ruido de los pasos de Harcourt se fue alejando por la calle y finalmente desapareció.

Durante unos segundos no hizo nada. Después tomó la tarjeta de visita y volvió a mirar el nombre.

Edward Harcourt. No sabía prácticamente nada de aquel hombre, pero ya había descubierto tres cosas que le desagradaban.

Había ofrecido mucho más dinero del necesario por un edificio que su propietario anterior se había negado repetidamente a vender, había observado la librería como si estuviera buscando algo concreto y había mencionado una conversación ocurrida décadas atrás sin explicar su contenido.

Para Nell, aquello no constituía una prueba de nada, pero sí era suficiente para despertar su curiosidad.

A media mañana decidió salir a caminar. Necesitaba aire y, sobre todo, necesitaba ordenar sus pensamientos lejos de las estanterías.

Caminó hacia el puerto y descendió por una calle estrecha que olía a sal y pescado.

Blackthorn parecía distinto desde aquella parte.

Las casas estaban más juntas, las fachadas eran más antiguas y las calles terminaban a menudo en pequeños muros desde los que se podía contemplar el mar.

Algunos barcos pesqueros regresaban lentamente al puerto y los hombres que trabajaban en ellos se gritaban instrucciones de una embarcación a otra.

Al pasar junto a un almacén, Nell vio a Arthur Pembroke conversando con dos hombres.

El anticuario la reconoció y levantó una mano.

Ella respondió. Unos metros más adelante encontró a Margaret Finch sentada en un banco frente al mar, leyendo un libro con una bufanda alrededor del cuello.

Nell estuvo a punto de contarle lo ocurrido, pero decidió esperar.

Cuando regresó a la plaza, Martha estaba colocando tazas en una mesa exterior. Nell entró en la cafetería y se sentó en la misma mesa del día anterior.

—Harcourt ha estado en la librería.

Martha dejó la bandeja.

—Lo imaginaba.

—Me ha hecho una oferta.

—También lo imaginaba.

—¿Hay alguna cosa que ocurra en este pueblo que usted no imagine?

—Sí. Los resultados de los partidos de fútbol.

Nell sonrió a pesar suyo.

—¿Cuánto te ha ofrecido?

—Una cantidad bastante considerable.

Martha la miró fijamente.

—¿Y has dicho que no?

—Sí.

—Bien.

—¿Por qué?

Martha permaneció callada durante unos segundos.

—Porque tu tía dijo que nunca se lo vendieras.

Nell se quedó inmóvil.

—¿Cuándo?

—Hace unos meses.

—¿Te dijo por qué?

—No.

—¿Qué dijo exactamente?

Martha se volvió hacia la cafetera y comenzó a preparar otro café.

—Que si alguna vez llegabas tú, debías mantener la librería.

—¿Por qué no me lo dijo a mí?

—Porque Eleanor era Eleanor.

Nell apoyó las manos sobre la mesa.

—Todo el mundo habla de mi tía como si fuese una especie de oráculo.

—No era un oráculo.

—Entonces, ¿qué era?

Martha la miró.

—Una mujer que sabía cuándo algo iba mal.

La respuesta no tranquilizó a Nell.

Durante el resto del día intentó concentrarse en la librería.

Clasificó nuevos libros, revisó facturas y empezó a elaborar una lista de reparaciones.

Pero cada vez que levantaba la mirada, terminaba pensando en Harcourt.

Recordaba su manera de observar la estantería del fondo y aquella frase sobre la conversación que había mantenido con Eleanor décadas atrás.

A última hora de la tarde, cuando la luz comenzó a desaparecer, Nell decidió revisar precisamente aquella zona.

La estantería se encontraba detrás de una columna y contenía principalmente novelas antiguas.

Los libros estaban ordenados por autor, aunque varios ejemplares habían sido desplazados.

Nell fue retirándolos uno a uno y comprobando sus lomos.

No encontró nada extraño. Solo libros. Algunos estaban cubiertos de polvo, otros tenían pequeñas anotaciones de su tía y uno conservaba entre las páginas un billete de tren de hacía treinta años.

Nell lo guardó sobre el mostrador para examinarlo más tarde. Después volvió a colocar los libros.

Cuando estaba a punto de terminar, oyó pasos en la calle. Miró hacia el escaparate. Era Harcourt. Estaba de pie al otro lado de la calle, junto a la fuente. No parecía dirigirse a ninguna parte. Permanecía allí observando la fachada de la librería.

Nell lo miró durante unos segundos. Harcourt levantó la vista. Sus miradas se encontraron. El empresario hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza y siguió caminando.

Nell permaneció junto a la estantería. Por primera vez desde que había llegado a Blackthorn, tuvo la sensación de que quizá había cometido un error al rechazar aquella oferta tan rápidamente.

No porque quisiera vender. sino porque empezaba a sospechar que Edward Harcourt no quería comprar la librería únicamente por el edificio.

Y si eso era cierto, entonces la pregunta importante ya no era cuánto estaba dispuesto a pagar.

La pregunta era qué estaba buscando. Nell volvió lentamente la cabeza hacia las estanterías. Miles de libros la observaban desde sus lugares, silenciosos y pacientes, como si alguno de ellos pudiera responder. Todavía no sabía cuál.