Un cadáver en la librería Capítulo 3. Una visita inesperada
21%

Capítulo 3. Una visita inesperada

La mañana siguiente amaneció con una claridad engañosa.

Durante la noche había llovido con fuerza y el viento había golpeado las ventanas del apartamento con una insistencia que obligó a Nell a levantarse dos veces para comprobar que no hubiera dejado alguna abierta.

Sin embargo, poco después de las siete, la tormenta había desaparecido y sobre Blackthorn se extendía un cielo limpio, de un azul pálido y frío, atravesado todavía por algunas nubes que avanzaban rápidamente hacia el mar.

Desde la ventana del dormitorio, Nell contempló la bahía mientras se recogía el cabello frente al espejo.

La marea estaba baja y varias embarcaciones descansaban inclinadas sobre el barro oscuro del puerto, mientras un grupo de gaviotas revoloteaba alrededor de los pequeños barcos pesqueros.

En la calle, los primeros habitantes del pueblo habían comenzado ya con sus rutinas.

Una furgoneta descargaba cajas delante de la cafetería de Martha, el cartero atravesaba la plaza con su paso apresurado y un hombre con un perro negro recorría siempre el mismo camino junto al muro de la iglesia.

Era una escena tranquila y ordinaria, pero Nell había empezado a comprender que en Blackthorn las cosas aparentemente ordinarias rara vez eran tan sencillas como parecían.

Había dormido poco. La tarjeta encontrada la tarde anterior seguía sobre la mesa del salón, colocada exactamente donde la había dejado antes de acostarse.

No confíes en nadie, Nell. Había pasado buena parte de la noche preguntándose cuándo la había escrito su tía, por qué la había escondido detrás de unos libros y, sobre todo, por qué había escrito su nombre.

Eleanor no solía escribir mensajes innecesarios.

Tenía una letra pequeña, inclinada y precisa, y una manera de expresarse que tendía a eliminar todo lo superfluo.

Nell recordaba las notas que su tía le había enviado durante años: «Llegaré a las cinco», «No olvides traer el libro», «El tren de las seis suele retrasarse».

Nunca había añadido palabras por sentimentalismo.

Nunca había dejado una frase ambigua sin una razón concreta.

Por eso aquella tarjeta la inquietaba. Podía tratarse de algo antiguo, de una advertencia relacionada con alguna circunstancia que ya no existía, pero también podía haber sido escrita poco antes de su muerte.

El problema era que no había ninguna fecha.

Nell había pensado en preguntarle a Margaret Finch, pero decidió que no sería prudente.

Si su tía había querido mantener aquello en secreto, quizá lo mejor era respetar de momento su decisión.

Bajó a la librería poco después de las ocho y abrió las contraventanas de los escaparates.

La luz de la mañana entró en el local revelando con absoluta crueldad la cantidad de polvo acumulada sobre las estanterías.

Nell había trabajado en librerías durante media vida y sabía que el polvo tenía una capacidad extraordinaria para aparecer allí donde uno juraría haberlo eliminado el día anterior.

Se puso un delantal, abrió varias ventanas y comenzó a trabajar.

Durante casi dos horas limpió baldas, clasificó libros, retiró cajas vacías y separó una pequeña colección de primeras ediciones que probablemente podrían venderse a buen precio.

A medida que avanzaba, la librería recuperaba lentamente su aspecto.

Seguía siendo antigua y necesitaba reparaciones, pero debajo del abandono había un negocio que había sido cuidado durante décadas.

Las estanterías eran de buena madera, muchas de las encuadernaciones estaban en excelentes condiciones y la selección de títulos era sorprendentemente sofisticada para una tienda tan pequeña.

Su tía había tenido buen ojo. Incluso demasiado buen ojo, pensó Nell al descubrir algunos ejemplares cuyo valor probablemente superaba varias veces el precio que figuraba en las etiquetas.

A las diez y cuarto, mientras ordenaba una sección de literatura inglesa, oyó que la campanilla de la puerta sonaba.

No levantó inmediatamente la cabeza. Estaba intentando colocar una serie de novelas de manera cronológica y no quería perder el hilo.

Sin embargo, unos segundos después percibió que la persona que había entrado no se movía.

Nell colocó el último libro en su sitio y salió del pasillo.

El hombre que esperaba junto al mostrador no se parecía a ninguno de los vecinos que había conocido hasta entonces.

Tendría unos cincuenta y cinco años, era alto, de hombros anchos y cabello gris cuidadosamente peinado.

Llevaba un abrigo oscuro de excelente calidad, zapatos perfectamente lustrados y un reloj de aspecto caro.

Su rostro era atractivo de una manera fría y ordenada, con ojos azules y una sonrisa que parecía haber sido practicada frente a un espejo.

No tenía aspecto de lector. Aquello, para Nell, no era necesariamente un defecto, pero sí una observación.

—Señorita Whitmore.

—¿Sí?

—Edward Harcourt.

Nell reconoció el nombre inmediatamente. Era el empresario que Martha había mencionado indirectamente el día anterior y el hombre al que, según el abogado, le interesaba la propiedad de la librería.

—¿Harcourt Developments?

La sonrisa del hombre se amplió ligeramente.

—Me temo que mi reputación ha llegado antes que yo.

—En Blackthorn parece que todo llega antes que uno mismo.

Harcourt soltó una breve carcajada, aunque Nell tuvo la impresión de que la respuesta le había incomodado.

—Su tía tenía un sentido del humor parecido.

—Eso me han dicho.

Harcourt recorrió con la mirada el interior de la librería.

No parecía hacerlo como un cliente. Observaba las paredes, las ventanas, la altura del techo y la distribución del espacio con la atención de alguien que estaba calculando el valor de un inmueble.

Nell lo dejó mirar. Había aprendido hacía años que una persona revela mucho más cuando cree que nadie la está observando.

—Ha hecho usted bastante en muy poco tiempo —dijo finalmente.

—¿Lleva vigilando la librería desde ayer?

La pregunta salió más seca de lo que Nell había previsto. Harcourt no pareció ofenderse.

—Blackthorn es un pueblo pequeño.

—Eso empieza a convertirse en la explicación oficial para todo.

—Quizá porque suele ser cierta.

Harcourt se acercó al mostrador y dejó sobre él una tarjeta de visita. El papel era grueso, blanco y de excelente calidad. Nell la tomó y leyó el nombre de la empresa.

—Quería hablar con usted sobre el edificio.

—Ya me lo imaginaba.

—Su tía y yo mantuvimos varias conversaciones durante los últimos años.

Nell levantó la mirada.

—¿Sobre la venta?

—Entre otras cosas.

Aquellas tres últimas palabras hicieron que Nell prestara más atención.

—¿Qué otras cosas?

Harcourt la observó durante un segundo antes de responder.

—Su tía era una mujer muy reservada.

—Eso ya lo sé.

—Y no siempre era fácil negociar con ella.

—Eso también me lo han dicho.

—Pero usted no es su tía.

Nell dejó la tarjeta sobre el mostrador.

—No.

—Por eso pensé que quizá podríamos llegar a un acuerdo.

Harcourt abrió una carpeta de cuero y sacó varios documentos.

No los colocó todavía sobre el mostrador.

Primero explicó que su empresa estaba interesada en adquirir el edificio completo.

No solo la librería, sino también las plantas superiores y los espacios anexos.

El proyecto, dijo, estaba relacionado con la renovación de varias propiedades de la zona del puerto.

No pretendía derribar el edificio; al contrario, quería conservar la fachada y convertir parte del inmueble en una combinación de pequeños comercios y apartamentos.

Hablaba con seguridad, sin levantar la voz y sin utilizar palabras que pudieran sonar amenazantes.

Era, en apariencia, una propuesta perfectamente razonable.

Nell escuchó hasta el final.

—¿Cuánto?

Harcourt deslizó una cifra hacia ella.

Nell la leyó.

Después volvió a leerla.

Era una cantidad considerable. Mucho mayor que el valor que Nell había calculado la tarde anterior y suficiente para pagar todas las deudas de la librería, resolver los gastos de la herencia y todavía conservar una suma importante.

Durante un instante sintió una oleada de alivio.

Podía aceptar, marcharse y dejar atrás todos los problemas.

Ni siquiera tendría que sentirse culpable.

La oferta era generosa. Demasiado generosa, quizá.

—Es una buena oferta —dijo.

—Creo que sí.

—¿Por qué tanto interés en este edificio?

Harcourt apoyó ambas manos sobre la carpeta.

—Ubicación.

—Hay otros edificios en la zona.

—No como este.

—¿Por qué?

—Porque este es el último edificio de la calle que todavía conserva la estructura original completa.

Nell miró alrededor. Era cierto. La librería tenía una profundidad considerable y una distribución que no se encontraba fácilmente en construcciones modernas. Sin embargo, había algo en la respuesta que no terminaba de convencerla.

—¿Y mi tía rechazó esta oferta?

—Varias veces.

—¿Por qué?

Harcourt sonrió.

—Quizá esperaba que algún día usted llegara.

Nell sintió una pequeña incomodidad.

—¿Qué significa eso?

—Nada en particular.

—Acaba de decir que mi tía esperaba que yo llegara.

—No pretendía darle importancia.

—Pues la tiene.

Harcourt cerró lentamente la carpeta.

—Su tía era una mujer peculiar. Tenía sus razones.

—¿Y usted las conocía?

El hombre tardó unos segundos en responder.

—Algunas.

La palabra quedó entre ellos como una puerta cerrada.

Nell cruzó los brazos.

—No voy a vender.

Harcourt no pareció sorprendido.

—Piénselo.

—Ya lo he hecho.

—La oferta permanecerá abierta durante unos días.

—No necesito unos días.

—Todos necesitamos tiempo para tomar decisiones importantes.

—No esta.