Capítulo 2. El pueblo de los lectores #2
Nell pasó los dedos por el borde de un escritorio antiguo.
—¿Era feliz?
La pregunta sorprendió incluso a ella misma. Pembroke tardó unos segundos en responder.
—Algunas personas confunden felicidad con tranquilidad. Eleanor no lo hacía.
—¿Y qué tenía?
—Inquietud.
Aquella palabra se quedó con Nell cuando salió de la tienda.
La encontró de nuevo media hora después, cuando visitó la antigua escuela para conocer a Margaret Finch.
La profesora jubilada vivía en una casa de piedra cubierta de hiedra, con ventanas pequeñas y un jardín delantero lleno de rosales.
Nell había esperado encontrar a una anciana frágil, pero Margaret era una mujer de setenta años de aspecto enérgico, cabello blanco corto y una postura tan recta que parecía todavía estar frente a una clase.
Llevaba un jersey azul oscuro, pantalones de pana y unas gafas sujetas con una cadena plateada.
En cuanto abrió la puerta, miró a Nell de arriba abajo.
—Eleanor tenía razón.
Nell cerró los ojos durante un segundo.
—¿Sobre qué?
—Que haría usted esa pregunta.
—¿Qué pregunta?
—La de siempre.
—¿Y cuál es la de siempre?
Margaret sonrió.
—«¿Qué clase de mujer era mi tía?».
Nell se quedó inmóvil.
—¿Y qué clase de mujer era?
—Una excelente librera.
—Eso ya lo sé.
—Una pésima jardinera.
—Eso también lo he visto.
—Una mujer con muy poco talento para fingir que algo no le importaba.
Nell sintió que aquella respuesta era diferente.
Margaret la invitó a pasar. La casa estaba llena de libros.
Había libros en las paredes, sobre las mesas, junto a la chimenea y hasta en el suelo.
Una escalera pequeña permitía alcanzar las estanterías más altas y varias plantas habían crecido de manera casi salvaje junto a las ventanas.
Margaret preparó té mientras hablaba de Eleanor.
Se habían conocido cuando ambas tenían poco más de veinte años.
Habían discutido muchas veces, habían dejado de hablarse durante temporadas y habían terminado reconciliándose siempre.
Eleanor había sido testaruda, orgullosa, generosa cuando nadie la estaba mirando y extraordinariamente mala para pedir ayuda.
Margaret no parecía querer idealizarla, y precisamente por eso Nell creyó cada palabra.
—Su tía no confiaba fácilmente en la gente —dijo finalmente Margaret.
—¿Ni siquiera en usted?
—En mí sí.
—¿Por qué?
Margaret levantó la taza y la miró por encima del borde.
—Porque sabía que yo no quería nada de ella.
Nell recordó entonces la conversación con el abogado y la situación económica de la librería.
Había algo que no terminaba de encajar. Una mujer que había pasado décadas viviendo de una librería pequeña, que apenas parecía obtener beneficios y que, sin embargo, había rechazado ofertas por el edificio en otras ocasiones, según había insinuado el abogado, no parecía estar tomando decisiones puramente económicas.
—¿Alguien quería comprar la librería?
Margaret dejó la taza sobre el plato.
—Varias personas.
—¿Quién?
—Eso debería preguntárselo al alcalde.
—¿Por qué al alcalde?
—Porque sabe quién quiere qué en Blackthorn.
La respuesta volvió a ser deliberadamente incompleta. Nell empezaba a cansarse de las respuestas incompletas.
El alcalde Robert Henshaw la recibió aquella misma tarde en el pequeño edificio municipal situado frente a la iglesia.
Era un hombre de aspecto impecable, cabello gris cuidadosamente peinado y una sonrisa cordial que nunca parecía llegar del todo a sus ojos.
Su despacho estaba decorado con fotografías de inauguraciones, ceremonias y reuniones públicas.
Había una bandera en una esquina, varios diplomas enmarcados y una maqueta del puerto sobre una mesa.
Henshaw se levantó cuando Nell entró y le estrechó la mano con una cordialidad que parecía ensayada.
—Señorita Whitmore. Es un placer darle la bienvenida oficialmente a Blackthorn.
—Gracias.
—Su tía fue una figura importante para este pueblo.
—Eso me han dicho.
—Espero que no le hayan dicho demasiadas cosas.
Nell lo miró.
El alcalde sonrió.
—Los pueblos pequeños tienen ese defecto.
—¿Cuál?
—Demasiada memoria.
Nell se sentó frente a él y explicó que todavía estaba intentando comprender la situación de la librería. Henshaw escuchó atentamente, pero cuando ella mencionó las dificultades económicas del negocio, el alcalde pareció relajarse ligeramente.
—La propiedad tiene valor.
—Sí.
—Mucho más que el negocio.
—Eso también lo he pensado.
—Sería una lástima perder una librería.
—Pero podría ser inevitable.
Henshaw entrelazó las manos sobre el escritorio.
—Hay personas interesadas en el edificio.
—¿Quiénes?
El alcalde sostuvo su mirada durante unos segundos.
—Empresarios locales.
—Eso no es un nombre.
—No.
—¿Y usted sabe quiénes son?
—Naturalmente.
—¿Me lo dirá?
La sonrisa del alcalde regresó.
—Si llega el momento.
Nell salió del ayuntamiento con una sensación cada vez más definida de que todo el mundo sabía algo que ella ignoraba.
Regresó a la librería poco después de las cinco y cerró la puerta detrás de ella.
El interior estaba tranquilo. La luz del atardecer entraba oblicuamente por los escaparates y dibujaba sobre el suelo franjas doradas que hacían visibles miles de partículas de polvo suspendidas en el aire.
Nell dejó el bolso sobre el mostrador, se quitó el abrigo y miró las estanterías.
Durante un momento pensó en todas las conversaciones de aquel día.
Martha sabía cosas. Pembroke sabía cosas.
Margaret sabía cosas. El alcalde sabía cosas.
Incluso aquella mujer que había entrado por la mañana parecía saber más sobre la librería que su nueva propietaria.
Entonces comprendió algo que hasta ese momento no había querido aceptar. Su tía no había sido simplemente la dueña de una pequeña librería. Había sido una de las personas que mantenían unido el pueblo. Y quizá también había sido una de las personas que conocían sus secretos.
Nell caminó hasta el fondo de la tienda y comenzó a ordenar una de las estanterías.
Mientras retiraba varios libros para limpiarlos, encontró una pequeña tarjeta escrita a mano y colocada detrás de los ejemplares.
La letra era inconfundible. Era la letra de su tía.
Nell sostuvo la tarjeta entre los dedos y la leyó.
Solo contenía cuatro palabras. No confíes en nadie, Nell.
Durante unos segundos no supo qué pensar.
Después volvió a mirar la tarjeta, convencida de que debía existir una explicación sencilla.
Quizá su tía la había escrito años atrás.
Quizá era una broma. Quizá estaba relacionada con alguna discusión familiar olvidada.
Había mil posibilidades y ninguna razón para convertir cuatro palabras en algo más de lo que eran.
Aun así, cuando Nell volvió a colocar la tarjeta detrás de los libros, tuvo por primera vez la certeza de que su decisión de quedarse unos días en Blackthorn podía ser bastante más complicada de lo que había imaginado.
Afuera, el viento comenzaba a levantarse sobre la bahía.
Las primeras gotas de lluvia golpearon el escaparate y, en la distancia, una campana anunció las seis de la tarde.
Nell levantó la vista hacia las estanterías y observó el interminable conjunto de lomos que llenaba las paredes.
Miles de historias. Miles de voces. Miles de vidas encerradas entre cubiertas.
Y, en algún lugar entre todos aquellos libros, estaba la historia que su tía nunca había contado.