Un cadáver en la librería Capítulo 2. El pueblo de los lectores
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Capítulo 2. El pueblo de los lectores

A la mañana siguiente, Nell descubrió que en Blackthorn las noticias viajaban mucho más deprisa que las personas.

No habían transcurrido ni diez minutos desde que abrió la puerta de la librería cuando una mujer entró para comprar un periódico, aunque la librería no vendía periódicos desde hacía varios años, según descubrió Nell después de buscar durante un minuto en el mostrador.

La mujer no pareció sorprendida. Se limitó a contemplarla por encima de sus gafas, preguntó si había dormido bien y, antes de que Nell pudiera responder, le informó de que el tejado necesitaba una reparación urgente, de que la cafetería de la plaza hacía un café bastante decente siempre que uno no esperaba demasiado y de que el inspector Bennett probablemente pasaría por allí durante la mañana.

Cuando Nell le señaló que no había pedido ninguna de aquellas informaciones, la mujer sonrió con una naturalidad desconcertante, escogió un ejemplar de una novela de misterio de una estantería cercana y pagó sin regatear.

Antes de salir, se volvió hacia ella con la mano todavía sobre el pomo de la puerta y añadió que su tía había sido mucho mejor negociadora que ella.

Nell no tuvo ocasión de preguntarle qué significaba aquello, porque la mujer desapareció por la calle y dejó tras de sí el aroma húmedo de la lluvia y una pequeña campanilla que continuó oscilando durante unos segundos.

Nell empezó a comprender que Blackthorn tenía una relación peculiar con la privacidad.

En Londres podía pasar semanas trabajando junto a alguien sin saber prácticamente nada de su vida personal, mientras que allí parecía bastar con que una persona aparcara un coche frente a una casa para que medio pueblo conociera la marca del vehículo, la hora de llegada y probablemente el motivo de la visita.

La cuestión no era que los habitantes fueran necesariamente indiscretos; más bien parecía que habían desarrollado una forma comunitaria de atención.

Sabían quién estaba enfermo, quién había cambiado de trabajo, quién necesitaba reparar una ventana, quién había discutido con su vecino y quién había comprado un libro que normalmente no leía.

Nell sospechaba que la librería de su tía había sido durante décadas uno de los centros de aquella red invisible de información.

No le sorprendía demasiado. Los libreros escuchaban.

Los clientes hablaban. Y en un pueblo pequeño, un lugar donde la gente podía entrar, hojear un libro y permanecer veinte minutos sin que nadie le preguntara por qué estaba allí era, probablemente, una especie de confesionario.

A las nueve y media, Nell decidió cerrar la libreta de cuentas y salir a desayunar.

Había pasado la primera hora de la mañana intentando comprender los registros de su tía y había llegado a la conclusión de que necesitaría varios días, dos cafés fuertes y probablemente la ayuda de un contable.

El apartamento de arriba estaba todavía lleno de cajas sin desembalar y la cocina no ofrecía más posibilidades que preparar té y comer unas galletas que había comprado en una gasolinera durante el viaje.

Necesitaba café. Un café serio, no una bebida preparada con una máquina que parecía haber sido diseñada por alguien que odiaba a los seres humanos.

Recordó la cafetería de la plaza y cruzó la calle bajo una llovizna ligera.

El establecimiento se llamaba The Lantern y ocupaba una casa estrecha de dos plantas con grandes ventanas empañadas.

Desde fuera se veía el movimiento de las personas alrededor de las mesas y una pizarra apoyada junto a la puerta anunciaba tartas caseras, sopa del día y «el mejor café de Blackthorn, según tres personas que probablemente estaban siendo sinceras».

Nell se detuvo a leer la frase y, pese a sí misma, sonrió.

La cafetería estaba más llena de lo que había esperado.

Las mesas eran pequeñas y redondas, con manteles de cuadros, y las paredes estaban cubiertas de fotografías antiguas del pueblo, barcos pesqueros, tormentas, celebraciones familiares y grupos de hombres que posaban junto a capturas de pescado con una solemnidad casi religiosa.

Detrás del mostrador había una mujer de unos cincuenta y cinco años, de cabello rubio recogido en un moño y ojos azules muy claros.

Tenía una figura robusta, una voz sonora y la clase de presencia que hacía pensar que había pasado buena parte de su vida poniendo orden en habitaciones llenas de personas.

Nell supo inmediatamente que aquella debía de ser la propietaria.

—Usted es Nell Whitmore.

La afirmación fue tan directa que Nell dejó de quitarse el abrigo.

—Eso parece.

La mujer soltó una carcajada.

—Tiene la misma cara que su tía cuando no sabe si una persona está diciendo la verdad.

—¿Y cómo era exactamente esa cara?

—La que está poniendo usted ahora.

Nell decidió que empezaba a entender por qué su tía había tenido tantos amigos y probablemente unos cuantos enemigos.

La mujer le señaló una mesa junto a la ventana.

—Siéntese. Le llevaré café.

—Todavía no he pedido.

—Café negro, sin azúcar.

Nell la miró.

—¿Cómo lo sabe?

—Su tía me lo dijo hace años.

—¿Mi tía sabía cómo tomaba el café?

—Su tía sabía demasiadas cosas.

La mujer desapareció detrás del mostrador antes de que Nell pudiera preguntar qué quería decir exactamente.

Se sentó junto a la ventana y contempló la plaza mientras se quitaba los guantes.

El pueblo había despertado por completo.

Un cartero cruzaba la calle con una bolsa al hombro, dos hombres discutían junto a una furgoneta y una mujer llevaba un ramo de flores hacia la iglesia.

En la acera opuesta, un hombre alto con abrigo gris salió de un edificio de piedra y caminó hacia la librería.

Se detuvo frente a la puerta, miró el escaparate y después siguió adelante.

Nell no lo conocía, pero tuvo la impresión de que él sí la había reconocido.

La propietaria regresó con el café.

—Martha Bell.

—¿Perdón?

—Mi nombre. Martha Bell. Si va a quedarse en Blackthorn, tendrá que aprender los nombres.

Nell miró la taza.

—¿Cuántos son?

—Unos mil doscientos.

—Espero que no pretenda que memorice los mil doscientos esta semana.

—No. Esta semana bastará con los que importan.

Martha se sentó frente a ella sin pedir permiso. Nell dio un sorbo al café y tuvo que reconocer que era excelente. Martha la observó con satisfacción.

—Bien.

—¿Bien qué?

—El café. Quería comprobar si seguía teniendo razón.

—¿Sobre qué?

—Sobre usted.

Nell dejó la taza.

—¿Y qué decía mi tía?

Martha sonrió, pero esta vez no respondió inmediatamente. Miró hacia la ventana, como si estuviera escogiendo cuidadosamente las palabras.

—Decía que algún día vendría.

Nell sintió una pequeña tensión en el pecho.

—¿Dijo cuándo?

—No.

—¿Dijo por qué?

—Tampoco.

—Entonces no parece que supiera mucho.

—Eleanor rara vez explicaba lo que sabía.

Aquella respuesta quedó suspendida entre ambas durante unos segundos.

Nell comprendió que si seguía haciendo preguntas probablemente recibiría muchas respuestas de ese tipo.

No era desagradable, pero sí desconcertante.

Su tía había muerto dejando una librería llena de libros, cuentas incompletas y un pueblo entero aparentemente convencido de que Eleanor Whitmore había sabido cosas que nunca se había molestado en contarle a su sobrina.

Antes de marcharse, Martha le habló de algunas personas que Nell debería conocer.

El primero era Arthur Pembroke, propietario de una tienda de antigüedades situada al final de la calle.

Era un hombre de setenta y pocos años, viudo, con una memoria extraordinaria y una colección de objetos cuya procedencia prefería no discutir.

Después estaba la señora Margaret Finch, antigua profesora de literatura inglesa en la escuela del pueblo, jubilada desde hacía más de una década y considerada por Martha «la mujer más peligrosa de Blackthorn cuando alguien comete un error gramatical».

También estaba el alcalde, Robert Henshaw, un hombre de cincuenta años que llevaba tres legislaturas al frente del ayuntamiento y que, según Martha, tenía la capacidad de sonreír mientras decía algo desagradable.

Y finalmente estaba el inspector Thomas Bennett, jefe de la pequeña comisaría local, que no era exactamente un policía de pueblo como Nell había imaginado.

—¿Qué significa eso?

—Que no es tonto.

—Supongo que es una buena cualidad para un inspector.

—En Blackthorn, a veces es un inconveniente.

Nell regresó a la librería poco antes de las once.

Había recorrido apenas la mitad de la plaza cuando un hombre salió de una tienda de antigüedades y se quedó observándola desde la puerta.

Era alto, delgado y llevaba un traje de tweed bajo un abrigo marrón.

Tenía el cabello completamente blanco y un rostro alargado, con profundas arrugas alrededor de los ojos.

Cuando Nell se acercó, el hombre inclinó ligeramente la cabeza.

—Arthur Pembroke.

—Nell Whitmore.

—Lo sé.

Nell empezaba a sospechar que aquella sería una de las características más irritantes de Blackthorn.

—¿Cómo?

—Aquí sabemos quién entra y quién sale.

—Eso me han dicho.

Pembroke sonrió.

—Su tía odiaba que lo dijéramos.

—¿Por qué?

—Porque ella también lo hacía.

El anticuario la invitó a entrar en su tienda.

El interior olía a madera vieja, cera, cuero y metal.

Había relojes, lámparas, cuadros, porcelanas, muebles pequeños y una cantidad considerable de objetos cuya utilidad Nell no habría sabido identificar.

El lugar era oscuro y extraordinariamente ordenado.

A diferencia de la librería, allí cada objeto parecía tener un sitio preciso y nadie podía haber movido una pieza sin que Pembroke lo supiera.

—Eleanor venía aquí todas las semanas —dijo.

—¿A comprar antigüedades?

—A hablar.

—¿De qué?

—De todo.

—Eso tampoco me ayuda mucho.

—Su tía era una mujer difícil de resumir.