Un cadáver en la librería Capítulo 1. La librería que nadie quería #3
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Capítulo 1. La librería que nadie quería #3

—No sabía que diera galletas.

La niña pareció horrorizada.

—Entonces todavía no ha encontrado la lata.

Y salió de la librería antes de que Nell pudiera preguntarle dónde estaba. Aquella conversación fue, inexplicablemente, la primera que consiguió hacerla sentir que quizá la librería no estaba completamente muerta.

La tarde fue oscureciendo poco a poco. A través de los escaparates, Nell vio cómo Blackthorn cambiaba de aspecto cuando las tiendas comenzaban a cerrar y las luces de las casas se encendían detrás de las ventanas.

El cielo adquirió un tono azul oscuro y el viento del mar empezó a llevar consigo una lluvia fina que golpeaba los cristales.

En algún lugar cercano sonaron las campanas de la iglesia y, durante unos minutos, la calle quedó casi vacía.

Nell encendió las lámparas interiores y la librería se transformó.

Las luces cálidas iluminaron las estanterías y dejaron las esquinas en penumbra; los libros parecieron recuperar algo de la dignidad que habían perdido durante el día y el viejo suelo de madera crujió cuando Nell caminó entre los pasillos.

Era un lugar hermoso, pensó, y esa constatación le molestó porque complicaba sus planes.

Un edificio hermoso era mucho más difícil de vender sin remordimientos.

Subió al piso superior poco después de las siete para inspeccionar el apartamento donde había vivido su tía.

Allí el tiempo parecía haberse detenido de una manera todavía más evidente.

La cocina era pequeña y antigua, con azulejos blancos y armarios de madera oscura.

En el salón había una chimenea de piedra, dos sillones, una mesa redonda y una estantería repleta de libros.

Las fotografías familiares ocupaban las paredes y sobre una cómoda había una colección de pequeñas porcelanas que Nell recordaba haber observado durante su infancia.

El dormitorio conservaba las mismas cortinas florales que su tía había tenido durante décadas y sobre la mesilla había un reloj detenido.

Nell lo tomó y comprobó que no funcionaba.

Las agujas señalaban las nueve y diecisiete, aunque no tenía forma de saber desde cuándo permanecían allí.

Dejó el reloj en su sitio y abrió las cortinas.

Desde aquella ventana se veía la bahía y una parte de los acantilados.

El mar estaba oscuro y embravecido, y las luces del puerto parecían pequeños puntos dorados flotando al borde de la noche.

Nell permaneció unos minutos frente al cristal pensando en su tía.

Eleanor había vivido allí sola durante muchos años.

Nell había supuesto que aquella soledad era una elección, aunque nunca había preguntado demasiado.

Las llamadas entre ambas habían sido irregulares y las visitas todavía más.

Nell había construido su vida en Londres y Eleanor había permanecido en Blackthorn, cada una siguiendo un camino que con el tiempo había terminado separándolas más de lo que ninguna de las dos parecía dispuesta a reconocer.

Recordó la última conversación que habían mantenido.

Su tía había hablado de la librería, de una gotera en el tejado y de un cliente que había devuelto un libro después de haberlo leído porque, según él, «no le había gustado el final».

Nell había reído. Eleanor también. Ninguna de las dos había dicho que aquella sería su última conversación.

Tal vez por eso el recuerdo resultaba ahora más doloroso.

Las despedidas importantes casi nunca se parecen a las despedidas importantes mientras están sucediendo.

Cuando regresó a la librería, eran casi las diez.

Había preparado una taza de té y se había sentado detrás del mostrador con las cuentas abiertas delante.

La lluvia había aumentado y golpeaba los escaparates con una insistencia suave.

Nell volvió a estudiar las cifras y llegó a la misma conclusión.

Si quería mantener Blackthorn Books abierta, tendría que invertir dinero.

Bastante dinero. Y tiempo. Mucho tiempo.

Ninguna de las dos cosas parecía especialmente sensata.

Cerró la libreta y apoyó las manos sobre el mostrador.

En aquel momento volvió a pensar en vender el edificio y, esta vez, la idea no le produjo alivio, sino una incomprensible sensación de pérdida.

Miró las estanterías iluminadas, la silla de su tía, el chal gris y la vieja máquina registradora.

Había algo allí que no podía calcular en una hoja de contabilidad.

Entonces escuchó un golpe procedente del fondo.

Nell levantó la cabeza. Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil.

El sonido había sido claro: un golpe seco, breve, procedente de la zona del almacén.

Esperó a que volviera a repetirse, pero solo escuchó la lluvia contra los cristales y el ruido lejano del viento.

Se levantó, rodeó el mostrador y avanzó por el pasillo central.

La luz de las lámparas no llegaba completamente hasta el fondo y las estanterías proyectaban sombras largas sobre el suelo.

Al llegar a la puerta del almacén, Nell dudó antes de abrirla.

El espacio estaba lleno de cajas, libros antiguos, material de embalaje y muebles que nadie parecía haber utilizado en años.

Encendió la luz. No había nadie. Algunas cajas estaban apiladas de forma precaria y una de ellas parecía haberse desplazado ligeramente, probablemente a causa de la humedad o de una corriente de aire.

—Ratones —murmuró Nell, aunque no estaba completamente convencida.

Cerró la puerta y regresó al mostrador. Apagó las lámparas una a una, dejando únicamente encendida la luz situada junto a la entrada.

Cuando finalmente estuvo preparada para cerrar, se detuvo delante del escaparate y miró la calle.

Blackthorn estaba prácticamente vacío. La lluvia había convertido los adoquines en una superficie brillante y las farolas dibujaban reflejos alargados sobre el suelo.

En la ventana de la casa de enfrente ya no había nadie.

Nell comprobó la cerradura de la puerta, tomó las llaves y salió.

Antes de marcharse levantó la mirada hacia el letrero de madera.

Las letras doradas estaban gastadas y la pintura necesitaba urgentemente una renovación, pero el nombre seguía allí, firme sobre la fachada: Blackthorn Books.

Nell pensó que quizá debería cambiarlo todo.

Renovar los escaparates, pintar la fachada, reorganizar las estanterías, actualizar las cuentas y, si decidía quedarse, hacer que aquella librería pareciera nuevamente un negocio en lugar de un recuerdo.

Era una tarea enorme y probablemente absurda.

Sin embargo, mientras cerraba la puerta, tuvo la sensación de que su tía habría esperado exactamente aquella reacción de ella.

Nell echó la llave y comenzó a caminar hacia la escalera que conducía al apartamento.

No vio al hombre que se encontraba al otro lado de la plaza, bajo el alero de una casa, protegido de la lluvia.

Tampoco vio cómo aquel hombre permaneció inmóvil hasta que ella desapareció en el interior del edificio.

Lo único que Nell oyó fue el sonido lejano del mar golpeando los acantilados y, durante un instante, el débil tintineo de la campana de la librería detrás de ella.

Aquella fue su primera noche en Blackthorn. Todavía no sabía que había heredado algo más que una librería. Tampoco sabía que, entre los miles de libros que llenaban las estanterías, uno de ellos llevaba décadas esperando que alguien volviera a abrirlo.