Capítulo 1. La librería que nadie quería #2
Cuando salió del automóvil, el aire frío del mar le golpeó el rostro.
Cerró la puerta, tomó la caja de documentos y caminó hacia la librería.
Apenas había avanzado unos pasos cuando tuvo la impresión de que alguien la observaba.
Levantó la mirada y descubrió a una mujer mayor detrás de una ventana del edificio situado al otro lado de la plaza.
La mujer llevaba gafas redondas y tenía el cabello completamente blanco.
Permaneció inmóvil detrás del cristal durante unos segundos, observándola con tanta atención que Nell acabó levantando una mano en un saludo espontáneo.
La mujer no respondió. Simplemente desapareció detrás de la cortina.
Nell siguió caminando, aunque antes de llegar a la puerta descubrió que no era la única persona que la miraba.
Un hombre que descargaba cajas de una furgoneta había detenido momentáneamente su trabajo.
Una mujer que barría la entrada de una cafetería había dejado de barrer.
Incluso un muchacho que pasaba con una bicicleta había girado la cabeza.
Nell sintió una ligera incomodidad. No era exactamente hostilidad; era más bien curiosidad, pero una curiosidad de pueblo pequeño, de esas que no necesitan permiso para convertirse en conocimiento compartido.
El hombre de la furgoneta fue el primero en hablar.
—¿Usted es la sobrina?
Nell se volvió hacia él.
—Depende de quién pregunte.
El hombre sonrió con una expresión que hizo desaparecer de golpe cualquier posibilidad de enfado.
—Entonces sí que es usted.
—¿Eso qué significa?
—Que tiene la misma respuesta que su tía.
Nell lo observó durante un instante, pero el hombre ya había vuelto a ocuparse de sus cajas.
No parecía tener intención de explicar nada más.
Nell miró hacia la cafetería, donde la mujer de la escoba había vuelto a su tarea, y finalmente introdujo la llave en la cerradura de Blackthorn Books.
La llave giró con dificultad y la puerta se abrió con un sonido áspero.
Sobre su cabeza, una pequeña campana de metal emitió un tintineo débil y ligeramente desafinado.
El olor de la librería fue lo primero que la detuvo.
Nell cerró los ojos durante un instante y respiró profundamente.
El aire estaba impregnado de papel antiguo, madera, polvo y cuero, con una nota tenue de humedad procedente probablemente del sótano o de las paredes exteriores.
Pero debajo de todos aquellos olores había algo que reconoció inmediatamente: lavanda.
Era el mismo jabón de lavanda que su tía utilizaba en la casa cuando Nell era niña.
Aquella coincidencia, tan insignificante en apariencia, le produjo una emoción inesperada.
Durante unos segundos permaneció en la entrada con la caja entre los brazos y dejó que los recuerdos acudieran sin intentar ordenarlos.
Recordó las visitas de verano, las tardes interminables entre estanterías, la gata gris que dormía sobre un sillón detrás del mostrador, las galletas que su tía guardaba en una lata azul y, sobre todo, la manera en que Eleanor hablaba de los libros como si fueran personas.
«No juzgues un libro por su cubierta», le había dicho una vez, antes de añadir que aquello también era un consejo razonable para tratar con seres humanos.
Nell tenía entonces once años y había pensado que su tía se estaba poniendo filosófica. Ahora no estaba tan segura.
La librería parecía más pequeña que en sus recuerdos, aunque eso era probablemente consecuencia de haber crecido.
Las estanterías seguían ocupando prácticamente todas las paredes y también formaban varios pasillos estrechos en el centro del local.
Había novelas, poesía, historia, biografías, viajes, literatura infantil, filosofía, libros de segunda mano y una sección considerable de ejemplares antiguos que, por el estado de algunas encuadernaciones, probablemente valían bastante más de lo que su tía había cobrado por ellos.
Sin embargo, la organización del establecimiento parecía haber sucumbido lentamente al paso de los años.
Algunas baldas estaban perfectamente ordenadas mientras otras contenían libros colocados en posiciones que desafiaban cualquier clasificación lógica.
Había montones sobre el suelo, cajas debajo de las mesas y varios ejemplares apilados detrás del mostrador.
Una máquina registradora verde ocupaba todavía el mismo lugar que Nell recordaba y, junto a ella, había una lámpara de latón cuya pantalla estaba cubierta de una fina capa de polvo.
Detrás del mostrador permanecía la antigua silla de terciopelo rojo de su tía y, cuidadosamente doblado sobre el respaldo, había un chal gris.
Nell dejó la caja encima del mostrador y miró alrededor.
—Hola, tía.
La frase se le escapó antes de poder detenerla.
La librería no respondió, por supuesto, aunque el silencio que siguió pareció más profundo de lo normal.
Nell sintió una punzada de tristeza que no esperaba sentir allí.
Había llorado en el funeral, naturalmente, pero había sido un llanto contenido, casi administrativo, rodeada de desconocidos que parecían conocer a su tía mejor que ella.
Después había regresado a Londres y se había concentrado en los asuntos prácticos.
Ahora, en cambio, estaba en el lugar donde Eleanor había pasado la mayor parte de su vida y todo parecía conservar su presencia.
El chal, la lámpara, los libros, el olor a lavanda, incluso una taza olvidada junto a una pila de catálogos parecían decirle que su tía había salido un momento y podía regresar en cualquier instante para preguntarle qué demonios estaba haciendo tocando sus cosas.
Durante las dos horas siguientes Nell descubrió que el estado de la librería era considerablemente peor de lo que el abogado había insinuado.
La primera libreta de cuentas que encontró contenía una colección de cifras capaces de arruinar el buen humor de cualquier persona razonable.
Había facturas pendientes, pagos atrasados, pedidos que aparentemente nunca habían llegado, reparaciones anotadas pero sin comprobante y una cantidad preocupante de dinero adeudada a varios proveedores.
El ordenador de la tienda tardó casi tres minutos en encenderse y otros dos en mostrar el programa de contabilidad.
Cuando finalmente consiguió acceder a los registros, descubrió que las cuentas no estaban actualizadas.
Nell se quitó las gafas, se frotó los ojos y volvió a mirar la pantalla con la esperanza de que los números hubieran cambiado durante aquellos pocos segundos.
No lo hicieron. La librería perdía dinero.
No una cantidad pequeña que pudiera solucionarse vendiendo un poco más durante la temporada navideña, sino una suma que exigía una reorganización completa del negocio.
Miró las estanterías, calculó mentalmente el valor aproximado de algunos ejemplares y comprendió que el edificio tenía mucho más futuro como propiedad inmobiliaria que como librería.
La idea de vender apareció entonces por primera vez con una claridad incómoda.
No era sentimental, se dijo. No tenía sentido mantener abierto un negocio que llevaba años perdiendo dinero únicamente porque había pertenecido a su tía.
Si el edificio podía venderse a buen precio, Nell podría pagar las deudas, repartir lo que correspondiera entre los beneficiarios de la herencia y regresar a Londres con la conciencia tranquila.
Incluso podría conservar algunos de los libros que realmente le importaban.
El resto encontraría comprador. Era una solución perfectamente razonable.
Mientras pensaba en ello, una campanilla sonó en la puerta y apareció una mujer de unos cincuenta años con un abrigo amarillo y un paraguas plegado bajo el brazo.
La mujer recorrió la librería con la familiaridad de quien llevaba entrando allí muchos años y luego miró directamente a Nell.
—Usted debe de ser Eleanor.
—Nell.
—Su tía siempre decía Eleanor.
—Mi tía tenía esa costumbre.
La mujer sonrió.
—Entonces sí que es usted de la familia.
Nell descubrió que aquella parecía ser la frase favorita de Blackthorn.
La mujer compró una novela romántica que había encontrado en una de las mesas y, mientras Nell envolvía el libro, comenzó a contarle cosas sobre su tía.
Eleanor había sido una mujer difícil, aseguró, pero de las que hacen falta en un pueblo.
Tenía opiniones muy firmes, no soportaba que nadie maltratara un libro y era capaz de recordar lo que había comprado cada cliente incluso diez años después.
También tenía una memoria extraordinaria para los secretos ajenos, aunque la mujer añadió aquella última parte en voz más baja, como si de pronto hubiera recordado que estaba hablando con la sobrina.
—¿Mi tía guardaba muchos secretos?
La mujer levantó la mirada.
—Todo el mundo guarda secretos.
Después pagó y se marchó. Nell se quedó mirando la puerta cerrada.
Durante la siguiente hora entraron otros clientes.
Un anciano buscó un libro de pesca y terminó comprando una novela histórica.
Una pareja recorrió la sección de viajes durante diez minutos y salió sin comprar nada.
Un muchacho preguntó si todavía existía una gata gris que había muerto hacía casi una década y pareció sinceramente decepcionado cuando Nell se lo confirmó.
Poco después apareció una niña de unos diez años, con botas de agua y un impermeable rojo, que examinó las estanterías infantiles con absoluta seriedad antes de acercarse al mostrador.
—¿Usted es la nueva dueña?
—Eso parece.
—¿Va a cerrar?
La pregunta sorprendió a Nell.
—No lo sé todavía.
La niña pareció estudiar aquella respuesta.
—Su tía no habría cerrado.
—¿La conocías?
—Mi madre sí. Dice que era rara.
Nell no pudo evitar sonreír.
—Eso es una manera de describirla.
—¿Va a seguir dando galletas?