Un cadáver en la librería
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Capítulo 1. La librería que nadie quería
La primera vez que Eleanor Whitmore vio Blackthorn desde la carretera tuvo la extraña impresión de que el pueblo llevaba mucho tiempo esperando a alguien y que, por alguna razón que todavía desconocía, había decidido que esa persona era ella.
No era una sensación especialmente lógica, y Nell habría sido la primera en reconocerlo.
Después de quince años trabajando entre libros antiguos, había aprendido a desconfiar de las impresiones demasiado literarias, sobre todo cuando aparecían en lugares donde la realidad podía explicarse de una manera mucho más sencilla.
Blackthorn no era más que un pequeño pueblo costero situado al final de una carretera secundaria, a varias horas de Londres, con una iglesia de piedra en lo alto de una colina, una calle principal flanqueada por comercios antiguos, un pequeño puerto pesquero y una sucesión de casas que descendían irregularmente hacia una bahía protegida por acantilados oscuros.
Sin embargo, mientras conducía despacio por la última curva de la carretera, Nell tuvo la sensación de estar entrando en un lugar que había existido al margen del tiempo.
Las fachadas de piedra aparecían ennegrecidas por la humedad, los tejados de pizarra brillaban bajo la lluvia reciente y las chimeneas dejaban escapar columnas de humo que el viento del mar inclinaba hacia el oeste.
Había macetas en algunas ventanas, bicicletas apoyadas contra las paredes y pequeños jardines separados de la calle por muros bajos de piedra, pero nada parecía dispuesto de una manera completamente nueva.
Incluso las señales de tráfico tenían un aspecto envejecido y las farolas, de hierro pintado de negro, parecían pertenecer a otra época.
Al fondo, más allá de los tejados, el mar se extendía bajo un cielo gris plomizo y golpeaba los acantilados con una violencia que, desde aquella distancia, solo podía percibirse como una vibración profunda y constante.
Nell redujo todavía más la velocidad y dejó que el automóvil avanzara casi al ritmo de un peatón.
Había conducido desde Londres durante buena parte de la mañana y, aunque estaba cansada, no tenía ninguna prisa por llegar.
Durante las últimas semanas había repetido tantas veces que aquella estancia en Blackthorn sería temporal que la frase había terminado por convertirse en una especie de argumento defensivo.
Se ocuparía de la librería, revisaría las cuentas, comprobaría qué podía salvarse, resolvería los asuntos legales de la herencia y decidiría qué hacer con el edificio.
Si el negocio resultaba inviable, lo vendería.
Si había demasiadas deudas, buscaría una solución.
Si la casa necesitaba reparaciones, las presupuestaría.
Todo tenía una respuesta práctica y, al menos en teoría, nada de aquello debía convertirse en un cambio permanente en su vida.
Londres seguía siendo su casa. Allí estaban su apartamento, su trabajo, sus amistades, sus costumbres y esa familiar sensación de conocer una ciudad incluso cuando uno no la mira.
Blackthorn era una obligación familiar, no una oportunidad para reinventarse.
Nell no necesitaba reinventarse. Tenía treinta y ocho años, una profesión estable, una experiencia considerable en el mundo de los libros y una vida que, aunque últimamente se hubiera vuelto algo más silenciosa de lo que le habría gustado admitir, funcionaba razonablemente bien.
Que su tía Eleanor hubiera muerto dejándole una librería casi en ruinas no significaba que ella tuviera que convertir aquella desgracia en una aventura personal.
La palabra «aventura» le habría parecido especialmente ridícula si alguien se la hubiera mencionado aquella mañana.
Nell no era una mujer aventurera. Era organizada, prudente y bastante más paciente de lo que las personas suponían al conocerla por primera vez.
Tenía el cabello castaño oscuro, ligeramente ondulado, que solía llevar recogido cuando trabajaba, ojos grises y una expresión que podía parecer severa hasta que sonreía.
No era una belleza llamativa, pero poseía una presencia tranquila que hacía que la gente terminara confiándole cosas.
En Londres había empezado como ayudante en una librería especializada en primeras ediciones y libros antiguos y, con el tiempo, había terminado ocupándose de las compras, las tasaciones y buena parte de la administración.
Sabía reconocer una encuadernación del siglo XIX, distinguir una edición auténtica de una falsificación mediocre y detectar en cuestión de segundos cuándo un supuesto coleccionista sabía realmente de libros y cuándo simplemente había descubierto que ciertas primeras ediciones podían venderse por mucho dinero.
También sabía que los libros decían más sobre sus propietarios que muchas conversaciones, aunque nunca había considerado aquella observación especialmente profunda.
Para Nell, los libros eran objetos extraordinariamente honestos.
Conservaban las huellas de quienes los habían poseído, pero rara vez mentían por iniciativa propia.
En el asiento del acompañante llevaba una caja de cartón con documentos relacionados con la herencia, una carpeta azul con los papeles de la propiedad y un pequeño marco de madera que contenía una fotografía de su tía.
Había estado a punto de dejar la fotografía en Londres, pero finalmente la había metido en la caja durante la última noche de preparación del viaje.
Ahora la imagen descansaba sobre la carpeta y, cada vez que Nell giraba ligeramente en una curva, el marco se desplazaba unos centímetros.
En la fotografía, tomada muchos años atrás, Eleanor Whitmore aparecía sentada detrás del mostrador de Blackthorn Books.
Era mucho más joven que la mujer que Nell había conocido en sus últimos años, aunque incluso entonces tenía aquella expresión ligeramente irónica que parecía indicar que sabía algo que los demás ignoraban.
Su cabello, por aquel entonces rojizo, caía sobre los hombros y llevaba un vestido verde oscuro de corte sencillo.
Detrás de ella se alzaban las estanterías de la librería, llenas de libros hasta casi tocar el techo, y sobre el mostrador se distinguía una lámpara de latón que Nell recordaba de su infancia.
Había algo extrañamente íntimo en aquella fotografía.
No porque mostrara una escena familiar, sino porque parecía mostrar a su tía en el lugar donde realmente había pertenecido durante toda su vida.
Eleanor nunca había hablado de abandonar Blackthorn.
Nunca había mostrado interés por Londres, ni siquiera cuando Nell se marchó allí siendo muy joven.
Para su tía, la librería y el pueblo parecían formar parte de una misma cosa.
La calle principal apareció finalmente delante de ella y Nell encontró un espacio libre junto a una pequeña plaza adoquinada.
Aparcó frente a una fuente de piedra cubierta parcialmente de musgo y apagó el motor.
Durante unos segundos permaneció dentro del coche, con las manos todavía sobre el volante, contemplando el edificio que tenía enfrente.
Blackthorn Books estaba situado en la esquina de dos calles estrechas y era más grande de lo que recordaba.
La construcción tenía tres plantas y una fachada de piedra gris que parecía oscurecida permanentemente por la proximidad del mar.
Las ventanas del piso superior estaban enmarcadas en blanco, aunque la pintura comenzaba a descascarillarse en varios puntos, y sobre la puerta principal colgaba un letrero de madera con las palabras BLACKTHORN BOOKS pintadas en letras doradas.
El dorado había perdido buena parte de su brillo y algunas letras estaban agrietadas, pero el conjunto conservaba una dignidad antigua que Nell no pudo evitar apreciar.
Los dos escaparates estaban llenos de libros, aunque no parecían haber sido renovados recientemente.
En uno había varias novelas antiguas colocadas sobre soportes de madera y, en el otro, algunos libros infantiles, una tetera de porcelana y un pequeño cartel escrito a mano.
Una enredadera trepaba por uno de los laterales de la fachada y había alcanzado ya el borde del segundo piso.
El edificio necesitaba pintura, las ventanas necesitaban mantenimiento y probablemente el tejado necesitaba mucho más que mantenimiento, pero seguía teniendo carácter.
Nell lo observó con la mirada profesional de quien empieza a calcular mentalmente costes y reparaciones y decidió, después de menos de un minuto, que sería mucho más caro de lo que había previsto.