Un bosque de álamos en Idaho Por fin será la montaña #3
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Por fin será la montaña #3

Se calla y recuerda que el día que comieron en el restaurante de los Elustondo notó en su voz unas notas de impaciencia cuando le habló de su cascada.

Valentina detectó su anhelo por alejarse de la ciudad y volver a los lugares remotos donde él encontraba lo que necesitaba.

La convenció, como casi siempre hacía; le dijo que las botas nuevas que compró en Nueva York le permitirían caminar con facilidad, que iba a visitar el refugio que habían construido en Battle Creek y que quería ver el bosque de álamos donde había escrito su nombre.

Y ahí ella perdió la batalla, y le besó, y le hizo prometer que vendría a tiempo de darse un baño antes del almuerzo que celebrarían para festejar los éxitos de Macu.

— Aita me habló de una cascada… ¿Alguien sabe cuál prefería?

—¿Y Tajui? —Simón interroga a su madre con la mirada.

—Tajui murió el año pasado —responde Valentina.

—Va a volver. Aparecerá en cualquier momento.

Pero Domingo no llega. Simón se encamina hacia la oficina de la policía estatal para alertar de la desaparición.

Tina y Macu llaman a pastores, rancheros, hoteles y negocios vascos.

En una hora hay dispuestas más de trescientas personas para buscar a Domingo Arsuaga, ese pastor que llegó desde Lekeitio para vigilar los rebaños en las montañas que ahora no lo quieren devolver.

Valentina no se mueve de la ventana. Tiene el cuerpo y el pensamiento detenidos.

Una fuerza extraña le impide pensar, moverse, hablar, como si no pudiera volver a ser ella hasta que le vea entrar por la puerta.

Los ojos descansan sobre el asfalto de la calle desierta.

Tiene su ausencia amarrada con cautela, y solo de vez en cuando un pensamiento se cuela ladinamente para advertirle que comparte con Domingo no solo la vida, el cuerpo, la casa, la risa o los hijos.

Comparte también la memoria, porque ella no concibe la vida sin él.

Un temor glacial está a punto de alcanzarla cuando Tina la lleva a su cama y la envuelve entre las mantas.

— Ama , duerme un poco. Las patrullas siguen buscando. Yo te aviso. Duerme.

La senda es pedregosa y resbaladiza. Las tormentas han desprendido pequeñas rocas y hay tramos en los que el paso entre la montaña y el desfiladero se vuelve angosto.

No le gustan las botas nuevas, no se siente cómodo con ellas, y Domingo pone especial cuidado en el descenso.

Vigila sus pasos, va en tensión, y solo la luz dorada del amanecer le conforta el espíritu.

La montaña está viva y le hace suspirar de placer y tensión.

Ha dormido en un claro junto al bosquecillo de álamos donde otros pastores y él mismo grabaron en las cortezas los nombres de su nostalgia.

No le ha costado encontrar el de su amor, ni sentir un placer infinito al percibir las letras torpes sobre la piel del árbol.

La textura, la rugosa superficie que horadó su navaja.

Los recuerdos de cuando la soñaba sin haberla visto.

Valentina.

Se ha tomado su tiempo para recorrer los mensajes que otros dejaron.

Los recuerdos de los meses de aislamiento en la montaña cobran vida.

Se detiene en un maite zaitut labrado en otro de los árboles, lo recorre con las yemas de los dedos pronunciándolo e imaginando a ese hombre, quizá veinte o treinta años atrás, confesando su amor.

La madre, el pueblo, los nombres de los amigos, los hijos o Dios sabe quién, tan cercanos en el corazón de los pastores y tan lejanos en la geografía de esa tierra que los hombres recorren para sobrevivir.

Se detiene en un recodo. Se ha levantado un viento desapacible y busca abrigo.

Enciende un cigarrillo y calcula la velocidad de ese aire imprevisible.

Valentina ocupa su pensamiento, como muchos años atrás.

Recuerda el momento en que la vio en el andén del tren que la traía de Nueva York.

A pesar de haberla imaginado allí mismo, con su fotografía guardada en el pecho, nunca pensó que llenaría su vida de la manera en que lo ha hecho.

Se le humedecen los ojos. Apaga el cigarrillo y se levanta.

No quiere llegar tarde; un retraso supondría una agonía para su mujer, que piensa que lo único con lo que no puede luchar es con la naturaleza.

Él no quiere vivir de espaldas a esas emociones que experimenta en la montaña.

Su cuerpo entiende los sonidos de los bosques, los olores, el tacto de las plantas.

No se siente amenazado por esos cambios repentinos de temperatura, o por la bruma imprevista que se empeña en borrar el camino.

El hombre que es se convierte en piedra, tierra o madera, se funde con el terreno y se alimenta de él.

Con los años ha comprendido el valor de aquello que le proporciona la montaña.

Es por eso por lo que no experimenta temor cuando se encuentra en ella.

A pesar de reconocer su peligro, siempre obtiene su recompensa.

Recuerda a Tajui, su sabiduría ancestral.

Él escuchaba sonidos que nadie más advertía y reconocía las piedras bajo las cuales dormían las serpientes.

Domingo suspira al ser consciente de cuánto le echa de menos, a él y su respeto por la naturaleza.

Sigue descendiendo por las sendas escarpadas.

Abajo el río murmura y le acompaña, y el viento le empuja en su descenso.

Tiene cerca de dos horas hasta donde ha dejado la camioneta, pero él camina tranquilo, casi ausente, dispuesto a escuchar los murmullos de la vegetación que se agita.

Ha calculado que llegará a tiempo al almuerzo con su familia, pero ahora cree que si llueve tardará más.

Mira al cielo. Un enjambre de nubes palpitantes están a punto de darle alcance.

Macu no le perdonaría su ausencia, y Tina le reñiría del mismo modo en que lo hace Valentina.

Por primera vez en su vida ignora las señales, se deshace de los presagios y camina sin pensar que nadie puede eludir su destino.

Anochece y el cielo guarda los restos de luz que lo tiñen con franjas rojizas. Alguien golpea la puerta con los nudillos. Valentina se endereza y corre hacia la entrada. Sus hijos no reconocen esas llamadas quedas y atormentadas, ellos solo escuchan el timbre.

Abre la puerta y ve a Pablo Ereño en el umbral con el rostro ensombrecido.

Valentina se acerca sin dejar de mirarlo.

El amigo de su marido sostiene su mirada, se lo dice sin palabras, en ese idioma de los hombres de su tierra que ella conoce bien.

Se abrazan. Por encima de su temblor, de ese abismo que comienza a abrirse para tragarla, escucha la voz que retumba en el pecho de ese hombre bueno.

—Han encontrado su cuerpo en el río Middle Creek. Es probable que cayera desde las escarpadas laderas.