Por fin será la montaña #2
Dos o tres veces por semana, el matrimonio come en alguno de los restaurantes vascos de Boise.
El ambiente y la lengua hacen que se sientan en casa.
Ese día almuerzan en el restaurante de los Elustondo.
Pilar y su hija atienden las mesas e intercambian algunas palabras con Valentina mientras espera a Domingo.
Cuando lo ve entrar, sus ojos le miran con deseo.
Hoy se ha vestido con traje y no ha olvidado ponerse el sombrero.
Lo observa mientras avanza hacia ella, sin poder evitar pensar que debajo de su aspecto está su pastor, el hombre que se abrió paso hacia su corazón con la misma cantidad de determinación que de torpeza.
Ha cambiado, pero ellos han sabido guardar los secretos que incubaron en aquellas primeras semanas de convivencia.
Domingo sigue siendo un hombre que ignora su atractivo.
Ya no es tan silencioso como años atrás, pero ella disfruta cuando se sienta a su lado y durante unos minutos se muestra como un desconocido que nunca la hubiera visto.
Valentina espera hasta que él la descubre, y entonces ella mira a su alrededor como si aquel hombre al que ama profundamente no le interesara.
Emilita les trae la comida. Su marido suspira y le pregunta por la confitería.
Valentina sabe de inmediato que Domingo está a punto de decirle algo que no le va a gustar.
Ella conoce sus rodeos, ese cortejo que hace con lo cotidiano para comunicarle las decisiones que ya ha tomado.
Valentina se lleva una cucharada de garbanzos con chorizo a la boca, y entonces él le revela que piensa ir al rancho para despedirse de Garaizar, que se va a España.
Como si le leyera el pensamiento, añade que serán solo tres días.
—Acuérdate de que Macu viene a celebrar su premio de redacción. Estará en casa este fin de semana.
—Echo de menos el aire de ahí arriba.
Domingo empuja la barbilla en dirección a la ventana.
Valentina no lo mira, pero lo ve; también ella vuelve sus ojos hacia el mismo objetivo.
Las montañas tienen la cumbre nevada, como si llevaran un sombrerito de azúcar glas y fueran parte de un decorado inocente, pero ella sabe que la naturaleza tiene la última palabra.
No le responde. Hace ya tiempo que no intenta disuadirle de sus decisiones, porque sabe que es inútil.
Se lleva otra cucharada a la boca, pero no puede evitar sentir una punzada de angustia en el estómago.
También la ignora. Hace años que teme que la montaña le robe lo que más quiere.
Unas semanas después, Valentina despierta al amanecer empujada por la costumbre.
Todavía no quiere abrir los ojos, iniciar el día, levantarse y preparar el café.
Tina lleva la confitería prácticamente sin su ayuda, aunque ella acuda a supervisarlo todo a diario.
Remolonea en la cama, sabiendo que su hija Macu duerme al otro lado del tabique.
Antes de volver al mundo que habita, desliza una mano en busca del cuerpo de su marido y no lo encuentra.
No ha dormido bien, su sueño se resiente cuando él no está a su lado.
Se frota los ojos, escucha los sonidos de la casa, ese silencio que le pertenece solo a ella.
Entonces recuerda que hace dos días que su marido fue a despedirse de Garaizar y que aprovecharía para subir a la montaña y emborracharse de naturaleza.
Sonríe al pensar que esas cumbres han sido siempre su único rival.
Se levanta. Macu está en casa, y él le prometió que llegaría antes del almuerzo.
Después de vestirse, va a la cocina sin hacer ruido para no despertar a su hija.
Quiere prepararle un buen desayuno a su pequeña.
La echa de menos, porque la mayor parte del año está en Reno, donde estudia para convertirse en maestra.
Macu ha heredado su resolutiva independencia y posee una alegría contagiosa.
Abre la nevera y se cerciora de que no falta de nada.
Busca en el armario el viejo mantel de lino con flores bordadas.
Valentina disfruta cuando la familia se reúne al completo alrededor de la vieja mesa de nogal que heredaron de los Zarandona.
Ha preparado los platos que le gustan a cada uno y está ansiosa por recibirlos.
Macu aparece una hora más tarde con cara de sueño.
— Nos dago aita? [60]
—Estará al llegar. Te lo dije ayer, ha ido a visitar a un amigo y a pescar a Middle Fork.
—¿Tan lejos?
—A tu padre nunca le parece demasiado lejos cuando sube a la montaña.
Hasta las doce nadie se preocupa por el retraso de Domingo salvo Valentina, que nota que se le ha encogido el estómago y le ha entrado frío. La espera comienza a inquietarles. Los hijos interrogan a su madre.
—¿Se fue solo?
—¿Cuándo te dijo que volvía?
Tina, que ha vuelto antes a casa tras dejarlo todo bien organizado en la confitería, llama al rancho para preguntar si saben algo.
Según parece pasó por allí… Telefonea también a Víctor y le cuenta lo que sucede.
Vuelve a llamar a todos los lugares donde ha podido ser visto, pero nadie sabe nada de él.
Simón recuerda que le dijo algo sobre su deseo de ir a Emmett para despedirse de Esteban Garaizar.
Valentina, con manos temblorosas, va y viene por la casa sin detenerse en la sala donde sus hijos parecen ocuparse de buscarlo.
Se acerca a la ventana y traga saliva cuando imagina a su jinete alejándose en el amanecer.
Su cuerpo tiembla por dentro, y un frío seco trepa desde sus pies buscándole el corazón.
Tiene un mal presentimiento, pero se calla, porque si lo dice en voz alta se cumplirá.
Cuenta los pasos y reza a su Virgen de la Antigua.
Simón las anima, intenta tranquilizarlas.
Habla de los años en que su padre subía con el rebaño y recorría las sendas más peligrosas durante meses.
Nunca le pasó nada y conoce la montaña mejor que muchos.
Simplemente se retrasa. Pero Valentina piensa en los pastores que no regresaron, o en aquellos otros que quedaron malheridos por un resbalón y a quienes solo la suerte o la intuición los salvó.
Luego escucha a su hijo decir que el invierno y la nieve no han llegado, y a Macu que le corrige hablando de esas sendas que no se deben recorrer si uno no va acompañado.
Vuelve a la ventana y mira hacia las montañas.
Nunca se llevó bien con ellas, y ahora sabe por qué.
Su marido siempre las ha observado con codicia, y ni una sola de las veces que se ha ido con ellas ha podido esperarle tranquila.
Ahora murmura para sí misma, habla con ellas y les pide que se lo devuelvan.
Les confía sus secretos, la naturaleza del amor por su pastor, y hasta se humilla ofreciéndoles cualquier cosa que posea a cambio de que no lo engullan para siempre.
Por la cabeza de Valentina pasan todos los momentos en que acompañó a mujeres de pastores mientras esperaban que sus compañeros y amigos los encontraran.
Recuerda el acero de sus miradas perdidas, los llantos y los arrepentimientos por no haber elegido otro camino.
Esas mujeres le recordaban a las de los marinos que no regresaban tras una tormenta: el mismo miedo, la misma valentía.
Y cuando por fin traían la certeza de la tragedia, y el cuerpo en un carro, ella siempre dudaba qué hacer para acompañar esa pena definitiva.
Le avergonzaba ofrecer un consuelo que no iba a servir de nada.
La intimidad de la pérdida la acobardaba.
Se dice a sí misma que Domingo es puntual como un tren inglés.
No se pone el reloj que le regalaron sus hijos cuando cumplió cincuenta porque está acostumbrado a mirar el sol y a saber exactamente la hora que es.
Acostumbra a llegar con cierto adelanto a los lugares para poder observarlos y controlar cuál es el mejor sitio para no ser visto.
Ama a sus hijos, y es siempre él quien les abre la puerta.
Hace tres días, antes de que se fuera, le habló de los alrededores de una cascada.
Le dijo que ese lugar era mágico, que quería volver a verlo.
Valentina se aleja de sus hijos y, refugiada en su habitación, se tumba en la cama para ver si el recuerdo vuelve, pero solo oye el eco de su poderosa voz, embaucada por los murmullos del río que evocaba.
Se arrepiente de no haberse enfadado, de no haberle prohibido que fuera precisamente esos días en que la niña volvía a casa, pero luego le perdona y le pide que, si se ha caído, se quede quieto y espere a que vayan a buscarle.
Eso la consuela. Hace sitio a la idea de un accidente y se levanta para decirles a sus hijos que le digan a todo el mundo que Domingo está perdido en Battle Creek, que andará cerca del río o de una cascada y que probablemente esté herido.
— Ama , ¿por qué dices que está herido?
—Porque eso es mejor que decir que está muerto.
Valentina se esconde. No quiere que sus hijos vean o escuchen la certeza que se abre paso en su pecho.
Tina la busca, habla con ella, le coge una mano.
Nota en su voz que ella la entiende. La abraza y le susurra al oído la nana que ella y su madre le cantaban, y por fin su pecho se rompe y brota un llanto atropellado.
—Ten fe, ama . Él es fuerte, más que Simón y Macu. Te necesitan. Vamos con ellos.
—Se llevó las botas que compró en Nueva York. No las tenía cómodas.
—¿Qué chaqueta llevaba? —pregunta Simón con el teléfono en la mano.
—La vieja pelliza de piel. La lleva en la camioneta. No me deja que la limpie, y yo no quiero que la meta en casa.