Por fin será la montaña
Por fin será la montaña
DOMINGO ARSUAGA
El otoño refresca las calles. Domingo camina hacia su empresa de productos alimenticios, Gozoa, olfateando el aire y pensando en que falta poco para que los pastores regresen con el rebaño.
Una parte de él sigue residiendo en la montaña, como si los años en que fue pastor le hubieran dejado enamorado de lo que allí arriba experimentó y un viento a su espalda lo empujara invitándolo a volver.
Si cierra los ojos, aún escucha el sonido de un arroyo que baja desde la cumbre, el estruendo de una cascada, la música de la noche habitada por los dueños del territorio.
Su vida es casi perfecta, y no puede mirar atrás sin sonreír satisfecho.
Valentina sigue a su lado, valiente, amorosa, dando un paso tras otro con decisión.
Ella es su país, su pasado y su presente.
Le ha dado tres hijos que han crecido con salud y que son libres para elegir su destino.
Tiene una casa confortable, unos negocios prósperos y buena salud para sus cincuenta y tres años.
Los amigos y conocidos le rodean y comprenden.
Domingo suspira cuando termina el balance, pero sabe que cuando aparece esa clase de pensamientos, esa contabilidad del debe y el haber de su vida, algo va mal.
Cada cierto tiempo, cuando eso le sucede, se pregunta por qué un hombre feliz debe desear siempre algo distinto a lo que tiene.
Empuja la puerta de su empresa sin encontrar una respuesta.
Acaban de hacer reformas. Las oficinas se parecen a las de los concesionarios de automóviles.
Los despachos están acristalados y los administrativos los ven desde sus mesas.
Víctor Goitisolo está sentado en su sillón giratorio, hablando por teléfono.
Domingo levanta una mano en un gesto de saludo.
En otro despacho ve a su hijo concentrado en las facturas y siente un pellizco de ternura.
Simón tiene veintidós años y acaba de graduarse en Economía en la Universidad de Nevada.
Es un chico grande, bueno, sencillo y de pocas palabras.
Trabaja en el negocio familiar porque quiere hacerlo y porque cree que su padre no aplica las normas que debería para sacar más beneficio a la empresa, pero en realidad Domingo sabe que, por muy preparado que esté para algo más que ese negocio, nunca se irá lejos.
Desde hace meses sale con la hija pequeña de Pedro Goitia, una chica que ha sido educada como él y que tampoco dejará Boise, porque allí está toda su familia.
Desde que terminó la guerra, el país crece y el trabajo se ha intensificado.
En Gozoa hay veinte empleados, sin contar con los que elaboran los productos en las fábricas.
Tienen una sucursal en Nueva York, y Domingo ha volado en esos pájaros de acero que le tienen fascinado para abrir una tienda en Brooklyn.
La confitería continúa dando beneficios y hay siete mujeres trabajando allí, incluida Tina.
Valentina se sigue levantando muy temprano para ir al obrador y hacer los bollos y las tartas para el desayuno.
Su marido le ha pedido muchas veces que deje los madrugones para las más jóvenes, pero ella ni tan siquiera replica cuando se lo dice.
Sigue queriéndola cerca, y aunque sabe que no puede impedirle nada, lo intenta sin ningún éxito.
Domingo lucha por ganar todas las partidas menos las que juega con ella.
Deja el sombrero, se sienta en su silla y enciende un cigarrillo.
Fuma demasiado. Valentina le amenaza con no volver a besarlo, pero el vicio es difícil de abandonar a pesar de que sus pulmones no resisten los esfuerzos como lo hacían años atrás.
Aurora, su secretaria, le ha dejado sobre la mesa un listado de las llamadas que ha habido en su ausencia.
Domingo se pone las gafas y revisa los nombres.
Le llama la atención el de un viejo conocido, Esteban Garaizar, de Emmett.
No termina de entender el nuevo teléfono sembrado de botones, así que aprieta el interfono para pedirle a Aurora que le ponga en contacto con su amigo.
Esteban tiene un pequeño rancho a unos kilómetros del suyo.
Ha oído que vuelve con su familia a Ea, donde les espera su caserío reformado y provisto con las últimas comodidades, gracias al dinero que ha ido mandando.
Ha hecho el dinero suficiente para hacerse viejo sin tener que trabajar, y lleva veinte años extrañando su pueblo.
El kaixo que escucha le pone de buen humor.
—He vendido el rancho a unos americanos que quieren poner un hotel, y las ovejas se las ha quedado Iriarte. Os dejo con Eisenhower y me voy con Franco, a ver qué se tercia por allí.
—¿Cuándo te vas?
—En un mes, en noviembre.
—Iré antes a darte un abrazo.
Wood River Valley, el territorio donde está el rancho, ha cambiado mucho en los últimos años.
El turismo ha llenado las carreteras de vehículos, han construido una autopista y hay más hoteles de los que él quisiera.
A veces piensa en venderlo, pero desprenderse de la tierra le parece un pecado.
Le gusta ir allí, y le gustaría aún más si Valentina le acompañara, pero ella mantiene su particular guerra con lo que sabe que puede acaparar su atención.
Solo en verano hace alguna concesión y van con los hijos a Great Lake, huyendo del calor de Boise.
Muchos americanos pagan sumas exorbitantes por ir en esa época a pescar con mosca, comer truchas y hacer caminatas por los preciosos senderos que ofrece Mountain Home.
Domingo mantiene un pequeño rebaño de ovejas y explota unas cuantas vacas y terneros.
Apunta en su agenda la fecha de partida de Esteban Garaizar y hace un círculo en torno al último fin de semana de octubre.
A las once tiene la visita de un proveedor de harinas, y a las doce irá con Víctor a visitar a un cliente.
Se gira en su silla y por la ventana contempla las Montañas Rocosas.
Algo en su interior se esponja. Vuelve a pensar en su vida confortable y chasquea la lengua contrariado.
En la confitería, Tina envuelve unos dulces y vigila la torpeza de la chica nueva.
Desde que Rita se fue a Emmett, y sus hermanas con ella, las cosas no son iguales.
Las Gutiérrez sabían los nombres de todos los clientes, de sus cónyuges, de sus hijos, de sus nietos.
Por eso, ella ahora hace lo mismo y se ha vuelto imprescindible para Valentina.
A Tina nunca le gustaron los libros. Le costaba mucho trabajo seguir los estudios, así que en cuanto tuvo edad suficiente su madre se la llevó al negocio y empezó a enseñarle cuanto sabía.
Le gusta la cocina, es hábil con las masas, y tiene la paciencia suficiente como para estar de cara al público.
Es secretaria del Centro Vasco de Boise, que agrupa a todos los viejos clubs de costura, calceta y aquellos otros en los que se reunían las mujeres.
Casi todas sus integrantes tienen la nacionalidad americana porque son la segunda generación, pero se resisten a perder sus costumbres.
Se reúnen semanalmente, y allí se imparten clases de bailes tradicionales vascos para los niños y se organizan eventos y festivales cuyos beneficios son destinados a la futura construcción de un edificio social.
Tina se siente orgullosa de vestirse con su falda roja con rayas negras y su delantal.
En su corazón abriga el deseo de volver a Gernika, y desde hace unos meses está en contacto con su compañero de escuela Juan Arroita.
Se han cruzado tres o cuatro cartas y él le ha enviado una fotografía hecha en la plaza del mercado.
Valentina la ve vigilar el correo, preguntar si hay carta, e intuye que ese interés puede acabar en otra cosa.
Apenas tiene tiempo, pero cuando Domingo se va al rancho y los chicos andan festejando ella saca sus cuadernos y escribe.
A veces no solo le cuenta lo que quiere, sino que se confiesa con él.
Le sirve para registrar sus temores y preguntar a no sabe quién cómo resolver las cosas.
Domingo nunca ha sido hablador, aunque siempre la ha escuchado con atención.
Ella únicamente calla cuando se acuestan; adora escucharle y dejarse llevar por el río de su voz.
En el viejo baúl se acumulan las libretas y las cartas que ha recibido desde que salió de Lekeitio.
No sabe qué hacer con ellas. Le asusta pensar que puede morir sin haber tenido tiempo para deshacerse de ellas y que sus hijos sepan lo que pensaba cuando guardaba silencio.
Para ellos, el Lekeitio del que les habla no existe del todo.
Ha notado que también otros jóvenes están hartos de su nostalgia y eso, aunque lo entiende, le pellizca el alma.
Esther se ha jubilado, y ahora le escribe con más frecuencia.
Es el único hilo que la une a su pasado.
Clara murió de tuberculosis poco después de que la liberaran, y sus primas simplemente dejaron de escribir.
Se lo ha dicho a Domingo, que un verano deberían volver con los hijos, pero él no quiere.
Tina, quizá, con los amoríos que se trae, sí regrese…
Secretamente teme que haga el viaje inverso al que hizo ella.
Si se enamora, como cree que pasará, habrá un momento en que quiera reunirse con él y entonces se le romperá el corazón por la mitad, porque uno no puede irse del todo de ningún sitio donde haya amado.
Domingo no es capaz de adelantarse a las cosas como lo hace ella, por eso escribe esas dudas en los cuadernos.
Valentina vigila a sus hijos sin mostrarlo.
No le gusta que se alejen de casa, pero ellos no tienen la costumbre de quedarse cerca.
Son americanos y se van de excursión, de colonias o a estudiar fuera de la ciudad, y nada puede hacer por retenerlos, si bien al menos ha conseguido que todos se reúnan cuando su madre hace uno de esos platos típicos de Lekeitio.