Volver a casa #3
Valentina, deseosa de recuperar su cotidianidad, en pocos días ha puesto orden a sus obligaciones.
Tina e Inmaculada duermen juntas; Simón, del mismo tamaño que la recién llegada, obedece y protege a su nueva hermana.
Toda la comunidad la arropa, casi nadie pregunta y la niña, quizá porque reconoce en esas gentes de Boise lo que tuvo y perdió, comienza a hablar, a cantar con otras niñas, a chupar la cuchara de la miel y a sonreír.
Encarni Mendiola sufre pulmonía y Valentina corre a visitarla.
Las mujeres de la Organización Independiente Social se reúnen para hablar de lo recaudado en el baile.
En el Modern Hotel hablan de instalar una de esas pantallas de televisión que son como pequeños cines en el hogar.
La confitería necesita una mano de pintura, porque en su ausencia se quemó el obrador y el humo alcanzó la sala.
Mary Tyler irrumpe en el negocio y la abraza con una complicidad que extraña a las demás. La vida sigue a ese lado del mundo.
Valentina ha contado una y mil veces lo que ha visto en España.
No ha ocultado las sombras ni los temores, y menos aún la precariedad que ha conocido y que tanto se parecía a aquella de la que huyeron.
Les cuenta de lo prohibido, de lo que se quemó en la guerra que no vivieron y de que solo la naturaleza y las cosas pequeñas permanecen eternas en el mismo lugar en que las dejaron.
La plaza se llena de gente los domingos, los marineros siguen saliendo de madrugada al mismo mar frío y precioso y la iglesia aún luce su embriagador retablo.
La mayoría de los vascos que residen en Idaho siguen su vida sin detenerse y guardan lo que sienten en su interior.
Hacen sitio en el armario donde atesoran su memoria —su pequeña patria, su lengua, los ingredientes que echaban al puchero su ama y su amama —, pero los años y las comodidades que ofrece América merman la añoranza.
La guerra está presente. Se ha llevado a los hombres, y ahora las mujeres ocupan sus puestos de trabajo en las fábricas, el campo o las estaciones de servicio.
Al atardecer, esa América inmensa que vieron desde el autobús se sienta a escuchar la radio para saber qué es de sus hijos repartidos por el mundo.
El Gobierno estadounidense ordena la detención de los ciudadanos japoneses por temor a que actúen en contra de ellos.
La mayoría son ciudadanos americanos con rasgos orientales, pero eso no impide que se vean obligados a cerrar sus comercios, dejar sus trabajos y ser internados en campos de detención con sus familias.
Valentina observa que las guerras tienen curiosos modos de castigar a la ciudadanía.
En Washington había tres mil cerezos sakura que Tokio había regalado a la ciudad.
Eran unos árboles exquisitos, pero fueron talados debido a su origen.
Los abrazos de Domingo le enderezan los músculos a una de las Valentinas, y a la otra le despiertan un amor nuevo por ese padre prestado.
Los dulces en la confitería se vuelven más sencillos por las restricciones de algunos productos, y hay jóvenes vascos nacidos en Boise que se alistan en el Ejército y parten hacia Europa.
Desde allí, la radio y los periódicos escupen noticias que dañan la dignidad de un país libre.
Las noticias de las escalofriantes medidas que los nazis toman en contra de los judíos son aterradoras.
El siglo XX se retuerce buscando postura mientras Domingo y Valentina recuperan sus costumbres y se toman prestadas sus fuerzas para caminar con su familia.
Pasan los meses. Por el rabillo del ojo, Valentina vigila a Tina.
Ella ha rezado para que la niña volviera a ser feliz, pero su comportamiento es un milagro.
Muchos de los que han salido de España cuentan que la abundancia les ha curado el mal que traían de allí.
La pobreza no deja sonreír ni levantar la mirada al cielo; la miseria carcome el ánimo y anega la esperanza.
Tina va encontrando a sus semejantes, aunque la escuela se le atasca y la lengua también.
Cuando llega la primavera, la niña los sorprende una tarde con un llanto inconsolable que no puede parar.
Valentina se da cuenta de que la pena se le ha subido a la boca como un eructo incómodo.
Tina habla entrecortadamente, evoca el estruendo de los aviones de camino al refugio, les dice que ella volvió la cabeza para ver si los suyos corrían detrás, pero que no los vio.
Los aviones habían pasado otras veces sin escupir balas o fuego, sin destruir la casa de Arrate o arrasar el parque hasta dejarlo irreconocible.
Tina parece tener prisa por deshacerse del miedo.
Se atraganta, tose, cierra los ojos para abrirlos de nuevo y contar lo que ha visto sin mirar a ningún lado.
Lo tiene todo dentro, pero está desordenado, con esas piedras unas encima de otras, cómo vio a su hermano y a su madre, rotos y cubiertos de polvo y sangre cuando volvió a una casa que ya no existía.
Después se calma y explica que fue siguiendo a una familia por caminos que desconocía y que luego se perdió.
Habla del orfanato, de las burlas por la mancha oscura del párpado, que su madre decía que tenía la forma de un banco de peces.
Dice que ha respirado por un agujerito hasta que llegó Valentina a recogerla y que tiene que contarlo todo, porque si no lo hace, no podrá ser feliz.
Valentina ha abrazado a esa niña más que a su propia hija y vuelve a hacerlo.
Todos se agrupan en torno a Tina, que empieza a sonreír con la facilidad con que los niños aceptan los cambios.
Cada noche, al acostarlos, Valentina se sienta entre las camas de las niñas y les coge la mano.
Juntas dan gracias por lo que tienen y recuerdan a los que se han ido.
Después la madre entona la misma nana con la que Mariana acunaba a su hija, una melodía que llama al sueño dulce que ofrece el cobijo seguro.
Aurtxo polita seaskan dago,
zapi zuritan txit bero…
Los años de la guerra pasan lentos, como si llevaran en sus tripas un peso excesivo.
Todos los americanos están pendientes de las noticias, y los primeros ataúdes envueltos en la bandera llegan desde Europa.
A lo largo de 1943, los aliados comienzan a cosechar pequeños éxitos.
La aviación británica y la estadounidense siembran los cielos de las ciudades fascistas y neutralizan su poder, pero los combates y los bombardeos no cesan.
En la sala del Cine Rialto se estrenan Casablanca y Esta tierra es mía .
La economía crece, la guerra y la industria de armamento son imparables y las mujeres son retratadas por los fotógrafos de la revista Life trabajando en una fábrica de cañones.
Mientras Estados Unidos se prepara para la victoria, el presidente Franklin D.
Roosevelt muere en abril de 1945. Unos días después, Mussolini es ejecutado y Hitler se suicida en su búnker de Berlín.
Es el fin de unos años que dejarán cicatrices en varias generaciones.
Cuando finaliza la segunda guerra mundial de la historia, con el lanzamiento de bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, se contabilizarán 61 millones de muertos en el mundo.
Pero en Boise la familia Arsuaga cumple con los deberes de la vida. Crecen, estudian, se divierten, lloran, aman y cumplen años. Son americanos, pero hablan en la lengua de una tierra a la que se llega cruzando los mares.