Un bosque de álamos en Idaho Volver a casa #2
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Volver a casa #2

Valentina lo mira incrédula. Ha aprendido a detestar la intolerancia, y ese afán de destruir que tienen aquellos que codician el poder.

No entiende el mundo de la política, y tampoco ese juego de ataques y defensas que no dejan a su paso más que muerte y dolor.

Su vida en Boise es sencilla. Trabaja, se ocupa de su familia y atesora el secreto de amar a su marido.

Es todo lo que ha soñado, y ahora sabe que lo tiene.

Hasta este momento, a fuerza de añorar lo que había dejado atrás, no había reparado en la felicidad.

Le habla de la confitería, de Domingo y de sus hijos.

La historia de Tina conmueve al capitán.

Él también tiene dos hijos, y no puede ver sufrir a los niños.

Valentina lo mira con ternura. Si no existiera Domingo, ella podría amar a ese capitán de piel dura y cálido corazón.

La niña también siente cariño hacia el capitán.

Ha empezado a dirigirle algunas palabras, pero no se entienden.

Él responde en inglés y en esa manera universal que tiene el afecto de comunicarse.

Valentina los contempla, entusiasmada de que Tina encuentre la llave de los candados que le ha impuesto la vida.

Sus heridas externas se van curando. Le ha crecido el pelo y los carrillos se le empiezan a rellenar.

Se mueve más, como si se sintiera liberada, y busca su abrazo de una manera que la conmueve: se pone junto a ella y deja caer su cuerpo para que Valentina lo reciba.

Su cabeza le llega al pecho, justo para que sus brazos la rodeen y acaricien sus malos pensamientos.

El tercer día de travesía, el barco surca un mar embravecido.

El horizonte aparece y desaparece mientras el Greta salta las olas con una disimulada agilidad.

Ninguna de las Valentinas tiene miedo. Ambas caminan como los marineros, anclando las piernas en el suelo, agarrándose a los cabos.

Una pide a su Virgen no zozobrar, y la otra pasa la tempestad a lomos de su silencio.

Para distraer a Tina, Valentina juega a aprender el nombre de las cosas en inglés.

La tormenta será sea storm , y el miedo a ella, fear of the storm .

Sabe que el idioma no supondrá una barrera cuando lleguen a Nueva York, o en la misma Boise, pero quiere enseñarle la manera en que se dirigirán a ella en la escuela.

Mientras preparan el almuerzo de los marineros, Valentina va señalándole los nombres de las cosas: bread, milk, glass, fork …

Misteriosamente, Tina está dispuesta a aprender.

La niña muestra ilusión, se alegra al acertar el significado de la nueva lengua.

El barco es un territorio nuevo, el idioma también, y solo cuando la pequeña empieza a llamarla ama advierte ella que por fin empieza a aceptar su nueva realidad.

Desde que la niña está con ella, Valentina mantiene largas conversaciones con Mariana.

Nunca va a renunciar a su recuerdo, así que de algún modo ha instalado una especie de espejo imaginario en el que se miran y entienden.

La imaginación no está sujeta al tiempo, y cuando se encuentran Mariana sigue igual y ella tiene el mismo aspecto que a sus veinte años.

No se lo ha contado a nadie, y ni siquiera piensa decírselo a Domingo.

Las almas que viven juntas deben tener secretos para seguir buscándose.

El viaje ha sido relativamente fácil, y nadie les ha dado el alto a pesar de que otros buques de guerra los han visto navegar.

El capitán dice que las navieras se ponen en contacto con los espías para informarlos de la carga que transportan.

Ellos no llevan materiales útiles para la construcción de armas.

Van cargados de vino y aceite, de semillas de avena y de otros productos irrelevantes para los militares, o al menos eso es lo que le ha confesado Nikos Vlachos.

Diez días después de haber dejado Lisboa, llegan por fin a Nueva York.

Valentina mira la gigante mujer oxidada que con una antorcha en la mano la acoge por segunda vez. En secreto musita un gracias, y luego le explica a Tina que esa estatua representa la libertad.

—Esta tierra te adoptará, aunque nunca debes olvidar que naciste en Gernika.

En el puerto de Nueva York las esperan los Aguirre.

Su abrazo conocido es un alivio. La ciudad todavía está iluminada por las recientes fiestas navideñas, pero hay policía militar y barcos de guerra prestos a zarpar.

Los Aguirre le cuentan que Times Square se llenó de gente el último día de 1941, pero que algo había cambiado.

Los americanos encuentran en el alistamiento un modo de patriotismo; todos sus antepasados provienen de algún lugar de Europa y las nuevas generaciones poseen un sentido de orgullosa pertenencia.

Intervinieron en la Primera Guerra Mundial, y ahora lo hacen con más motivo: desde el ataque a Pearl Harbor están deseosos de defender su honor.

La movilización es general; los jóvenes se apuntan a la lucha y dejan los campos y la industria rumbo a una travesía desconocida.

Valentina coge de la mano a su niña, que mira asombrada lo que ve.

Como si fuera ella más de diez años atrás, le va mostrando lo que sin duda no ha podido llegar a imaginar.

Ella posee las palabras precisas, y ya no es esa muchacha a la que esperaba un pastor para iniciar una nueva vida juntos.

En el hotel, la niña se entretiene con las cosas que nunca ha visto.

Los Aguirre la miman. Saben de dónde viene y el dolor que la acompaña, y se esfuerzan por hacerla feliz.

Valentina siente urgencia por escuchar la voz de Domingo.

No sabe nada de la vida en Boise, más allá de lo que le contó en esa conversación escasa y desesperada de dos minutos.

A salvo en tierra americana, en ese lugar que siente su casa, su necesidad de él se vuelve casi dolorosa.

Precisa cerrar los ojos y escucharle. Sabe que su voz la guiará como un faro, ayudándola a retomar sus costumbres y rutinas como si nunca se hubiera ido.

Él escogerá esas palabras certeras que ella necesita; su tono de voz y su manera de terminar de hablar cuando quiere ocultarle algo disiparán sus dudas.

Espera con la impaciencia de una novia a que él llegue a casa y, con el corazón a punto de salírsele del pecho, pide la conferencia.

Domingo responde al otro lado del hilo.

— Gizon, ni Valentina naiz [58] .

Y luego su primera respuesta, ese silencio que ella es capaz de saborear.

— Non dago maitia? [59]

Nunca podrá encontrar la manera de describir el deseo que despierta la voz de Domingo en ella.

Es un misterio, una manera de adentrarse en un bosque, de navegar por un cielo estrellado, y es también una condena que jamás confesará que está cumpliendo.

Lo que comparte con él y que deshizo la certeza de que estaba sola en el mundo viene de Dios.

¿De qué otro lugar podría provenir semejante bienestar?

Bendice el instante en que su voz disuelve los nudos del mundo como un azucarillo en un vaso de agua, le escucha contar que Inmaculada ha montado un potrillo y que Simón ya anda en bicicleta.

Domingo va desgranando las cosas cotidianas que han sucedido en su ausencia, como si creyera que es únicamente eso lo que quiere oír, pero Valentina se detiene en el río de su voz y nota cómo el agua refresca el miedo que ha sentido, la tensión continua de su viaje, la incertidumbre y la decepción de una añoranza que no ha cumplido sus expectativas.

Lo único que quiere es escucharle, pero después de unos minutos se despiden con el anhelo ahogándolos de impaciencia.

Toman el autobús a Boise al día siguiente, a las 15:40 de la tarde.

El vehículo es un Greyhound, un rápido que atravesará el país durante cuatro días —como lo hizo casi un mes atrás— para devolverlas al hogar.

Es 8 de enero de 1942, y en el mundo hay una guerra.

Agotadas, madre e hija, que así se sienten, miran por la ventanilla o duermen con el trote ligero del motor mientras atraviesan los estados de Pensilvania, Ohio, Indiana, Illinois, Misuri, Kansas, Colorado y Utah antes de llegar a Idaho.

Valentina vuelve a ver esa tierra inmensa y piensa en la que ha dejado atrás.

Un sentimiento de dolor y pequeñez la envuelve.

Teme que los días pasados en Bilbao, Gernika y Lekeitio hayan empañado lo que guardaba de su infancia, aquello que le hacía sentir que poseía una vida de repuesto allá en su playa, pero también se ha percatado de que, mientras uno vive sus días, no se da cuenta de estar fabricando recuerdos.

Estos aparecen espontáneos y te sorprenden para recordarte la primera sonrisa de tu hijo, o el olor del mar al abrir la ventana de las cocheras del Palacio Iribarren, o el sabor de esos carramarros atrapados entre las rocas y cocidos con el agua del mar.

No puede adivinar cuándo volverá el recuerdo de sus primeras sábanas de hilo, ni el calor de la piel de Domingo cuando la abrazó desnudo, ni los escombros que quedaron del Arraun.

La vida es una sorpresa que te recuerda que has vivido, y Valentina ha aprendido que hay muchas maneras de pertenecer a la vida.

La ciudad las recibe con el cielo azul y la cautela del cariño de Domingo.

Los niños han añorado a su madre y trepan por ella mientras Tina espera para ocupar su lugar.

En la casa, y después de deshacerse del pasado, abraza a Domingo y nota que a medida que le acaricia y susurra su nombre, el olvido, como un bálsamo, la cura.

No volverá a separarse de él, no lo hará, piensa, y luego le ordena el pelo y le deja hablar de Wood River Valley, del ternero que nació hace una semana y de esas montañas que anhela y a las que sabe que volverá.