Volver a casa
Volver a casa
VALENTINA ALZOLA Y VALENTINA ARAMBURU
Después de haber atravesado España en un tren lento y sin comodidades, por fin llegan a Lisboa.
Aunque la ciudad las recibe luminosa y llena de actividad, el zarandeo y la falta de sueño hacen que Valentina se sienta frágil.
Tina se agarra al vuelo de su abrigo mientras ella busca a alguien que la ayude con el equipaje.
Lisboa se muestra bulliciosa y alegre. Su puerto es uno de los pocos que mantienen su actividad de transporte entre el continente europeo y América.
Desde que Valentina salió de Nueva York la guerra es una realidad ineludible, y el Atlántico, el escenario donde se libra una batalla crucial y sangrienta.
Los periódicos informan paso a paso de los progresos de uno y otro bando, y aún no está claro que los aliados puedan frenar la supremacía alemana.
Los mentideros anuncian tragedias, escasez, batallas y bombardeos.
Las SS extienden su terror por donde pasan, y Alemania está en el apogeo de su poder tras haber invadido media Europa con el apoyo de Italia.
Gracias a Esther han reservado una habitación en el Hotel Avenida Palace, cerca de la estación de Rossio.
En él, según le advirtió su amiga, se alojan espías de todos los países del mundo.
Ellas solo quieren descansar y seguir viaje a su destino.
Tina mira la habitación, toca la colcha de raso, los visillos que dejan pasar la tenue luz de la ciudad.
—Valentina, ¿viviremos siempre en casas bonitas?
—Sí. Lo intentaremos.
Después de un baño, Tina duerme y Valentina, inquieta, pone un cable a Boise en el que informa a su marido de los siguientes pasos.
«Lisboa. Avisaré día salida. Estamos bien».
Los telegramas no permiten vacilación a la hora de escoger las palabras, y a ella se le van amontonando en el corazón las ganas de abrazarlo.
No sabe si será capaz de expresarle, cuando lo tenga frente a ella, la manera en la que le ha extrañado.
Si mira atrás, se siente orgullosa de lo que ha conseguido.
No le resultó tan sencillo hablar con esos hombres poderosos como si ella fuera una mujer como Mary Tyler.
Se sabe fuerte, pero a veces se engaña para serlo y se dice a sí misma que para conseguir algunas cosas es preciso ser quien no se es.
Durante el desayuno, comparten mesa con una dama británica.
Es la esposa de un oficial, y les confiesa que añora a sus hijos mientras bebe de una preciosa taza.
Gladys, que así se llama, se interesa por la seriedad de la niña y por la mancha en el párpado.
La niña ni entiende el idioma ni quiere hablar, aunque Valentina siente que empieza a interesarse por lo que la rodea.
Durante el viaje en el tren la ha interrogado sobre la vida en América, como si todo lo que durante días ha ido diciéndole hubiera calado en ella.
Ambas mujeres la animan a hablar, pero la niña no dice una palabra y permanece pegada a Valentina.
—Los hombres vuelven de la guerra enfermos de secretos. A ella le sucede lo mismo.
La dama las tranquiliza. Dice que la guerra cambiará de rumbo y que se prepara el principio de la derrota.
Valentina tiene la sensación de que hace meses que camina de puntillas entre artefactos que podrían explotar con un mínimo roce.
Volcada en controlar su viaje, en los peligros que las acechan, se ha prohibido a sí misma pensar en Domingo, en sus hijos o en esa vida que ha ido construyendo a fuerza de trabajo.
Sabe que estarán allí, en Boise, cuando lleguen, y que ella podrá derrumbarse y comprender las prisiones que han levantado en su tierra y que ahora se obliga a ignorar.
La visita le ha dejado un regusto amargo en la boca.
La aceptación de la fatalidad apaga los destellos de la esperanza.
Todos se muestran sombríos, cautelosos, esperando que el tiempo borre los agravios, pero en el fondo de sí misma Valentina sigue pensando que será muy difícil y que después de esta guerra en la que hay vencedores y vencidos ya nada será igual.
Salen en busca de unos bordados. La ciudad vibra y Valentina envidia esa cotidianidad descuidada.
Aprende y enseña a Tina que la vida se esconde entre lo cotidiano.
Juega con ella a descubrir objetos bonitos, distintos a lo que conocen, con sus nombres y sus desconocidos usos.
Toman un pastel de nata y admiran las vajillas de cerámicas multicolores.
No todo está perdido. La vida renace siempre y debajo de la pena debe de estar ese mundo que Mariana le dio con su abrazo.
Le confiesa a la niña que no sabe para qué sirven todos esos cubiertos que les ponen en la mesa a la hora de cenar, pero Esther les dio unas pequeñas lecciones de protocolo y es Tina la que corrige a Valentina.
Esta le habla del Palacio Iribarren, de los momentos en que ella y su madre reían en la cocina.
—Solo tu madre se ocupó de que yo aprendiera a fregar los platos, a tener cuidado con el cristal de las copas y a pelar las patatas sin que se quedara carne pegada a las peladuras.
No sabía cocinar, y ella me enseñó que con un puchero bien hecho se podía demostrar cuidado, inteligencia, mesura y amor. ¿Qué recuerdas de ella?
— Ama .
Tina frunce los ojos como si quisiera evitar que se escapara la imagen de su cabeza. Aprieta los puños y pone su cuerpo en tensión. Valentina la abraza.
—Todo volverá maitia . Ahora Domingo, que era amigo de tu padre, y yo, que sabes lo mucho que quería a Mariana, estaremos contigo. Seremos tus padres de repuesto, y nuestros hijos serán tus hermanos. ¿Tienes miedo?
La niña asiente y apunta con el dedo índice hacia el cielo.
Caminan por Lisboa buscando el café donde las ha citado el capitán y comprando algunas cosas para el viaje.
Prácticamente ha gastado todo el dinero que llevaba, y tiene apartado lo que necesitará para el pasaje, la cuenta del hotel y la llamada de teléfono que quiere hacer para hablar con Domingo.
Ha hecho lo que debía, aunque no lo que hubiera querido, y vuelve a su casa con su hija, a quien presenta como tal cuando tiene oportunidad.
El capitán la saluda cortésmente y mira a la niña.
—Lo ha conseguido…
—Sí.
—¿Tiene papeles? No quisiera un problema más de los que ya tendremos.
—Todos los permisos están en regla.
—¿Cuándo quiere zarpar?
—Hoy mismo, si fuera posible.
—Mañana, con la marea, si le parece bien. Seremos diez tripulantes y ustedes.
—¿Tiene cubierta la cocina?
—No, la esperaba a usted. No hay hombres, la guerra se los ha llevado a todos, y tampoco hay mujeres valientes como usted.
Estrechan sus manos, y mientras el capitán intenta hablar con Tina ella garabatea una lista de provisiones imprescindibles.
Salen a la calle, y en ese momento unos niños juegan tirando petardos.
El fin de año se acerca. Tina se ha quedado quieta con el primer estallido, y al segundo se tira al suelo gritando de terror.
El capitán la coge en brazos y la aleja del ruido.
Luego la acuna en su cuerpo grande y la tranquiliza en su lengua.
Para sorpresa de Valentina, la niña le abraza y musita:
— Aita .
—Esta niña nunca podrá disfrutar de los petardos. Tiene el bombardeo de su pueblo, el que le robó todo, en su cabeza.
Valentina la cuida y permanece atenta a su comportamiento. No sabe las heridas que tiene, pero el capitán le ha dicho que la niña irá mostrando lo que guarda cuando se sienta segura.
Llama a Domingo durante la noche, para compensar la diferencia horaria. Dos minutos de su voz sirven para activar el profundo amor que sienten. Unos días, un mar y otra tierra.
Una vez en el barco, Valentina vuelve a ponerse los gruesos pantalones.
Ya sabe cómo ha de moverse para mantener el equilibrio.
A Tina le han explicado que inician una aventura, que tendrán que ser fuertes y hacer cosas que nunca antes han hecho, pero que por fin dejarán atrás todo lo malo.
La niña no solo parece entenderlo, sino que sonríe y se muestra receptiva.
Es la primera vez que Valentina ve sus ojos brillar, y tiene que reprimir la emoción que siente.
Zarpan abrazados por el atardecer de violetas y azules que la niña señala.
— Ederra da .
—Sí, es precioso —responde Valentina, que sujeta su mano y los temores que se enredan en sus tripas.
Al embarcar, Tina muestra confianza en el capitán.
Se deja ayudar por él y toma su mano como lo hace con ella.
Tienen un camarote distinto en el que hay una litera y un lavabo que Valentina agradece.
Por la claraboya ven la tierra que se aleja y el mar inmenso y oscuro que las rodea.
Valentina no se marea, pero no sabe si Tina padecerá ese mal.
Le basta un día para saber que va a ser una deliciosa compañera de viaje.
A la niña le gusta pelar patatas, probar los guisos y chupar las cucharas. Lleva dentro el oficio de su madre.
En el comedor, al anochecer, el capitán y Valentina charlan mientras un marinero vigila el puente de mando.
Él la instruye sobre el mar, sobre los modos que habrá que adoptar si un destructor de guerra les da el alto.
Le explica que en ese momento las batallas navales se libran en el norte, cerca del Báltico y de Rusia, y que es posible que tengan una travesía tranquila.
—No puedo comprender las guerras.
—Son solo una de las maneras que tiene el hombre de adquirir poder.