La mirada de quien ya no pertenece #5
Por la mañana visita a sus tíos y les entrega un dinero para que arreglen el tejado y las ventanas.
Le ha costado mucho ganarlo, pero para ella es un placer ofrecer un poco de alivio.
Una vez cumplidos los encargos, va hasta la iglesia y se arrodilla frente al precioso retablo.
Allí está su Virgen a la que tantos ruegos elevó.
Ahora no le pide nada. Su corazón está lleno de agradecimiento, y se lo dice con las sencillas palabras de su infancia.
Ella quería un hogar, un amor y unos hijos sanos, y todo eso lo tiene.
Valentina se levanta del banco donde ha permanecido arrodillada y se despide de esa imagen dotada de tanta fortaleza.
Escucha el ruido de sus tacones alejándose hacia la salida.
Lleva un nudo en la garganta, pues sabe que nunca volverá.
Cuando regresa a Bilbao, siente que ha escalado la cima de un monte muy alto.
El hotel Carlton y Esther le parecen un remanso de paz.
En las ciudades todo se disimula mejor. Aprieta los papeles necesarios para llevarse a Valentina.
Antes de visitar a la pequeña debe presentarse en el despacho del señor Marco Gardoqui con la carta que le mandó Manuel Aznar Zubigaray.
Se pondrá el traje que le envió Mary Tyler, con su blusa de seda y su broche, y será esa mujer a la que nada se le puede negar.
Querido Domingo:
Espero que en casa todos estéis bien. Pienso en vosotros a todas horas de estos difíciles días. Te contaré los detalles cuando lleguemos, pero quiero que sepas que la niña está conmigo.
Va a necesitar mucho cariño para volver a sonreír, porque ha vivido cosas terribles.
Lo que vimos en el Cine Rialto eran fotografías, pero lo que vivieron los ciudadanos fue aún peor.
Ayer fuimos Esther, ella y yo al cementerio para poner flores en la tumba de sus padres y sus hermanos.
Rezamos, y también contamos algunas anécdotas de lo que habíamos vivido con ellos.
Fue muy triste, y eso, la tristeza, va invadiéndome día tras día.
Pero teníamos que hacerlo. Era una forma de despedirnos de ellos y de que la niña pudiera pasar página a lo sucedido.
A Valentina aquí la llaman Tina. Mejor, así no nos confundirán.
Ella aún no comprende bien lo que ha sucedido.
Es como si se despertara de una borrachera y no recordara con exactitud lo que pasó. Quizá sea mejor así.
Tengo todos los permisos para llevármela y poder formalizar allí la adopción.
Aquí era demasiado complicado, y quería irme lo antes posible.
Hoy he hablado con el capitán Nikos Vlachos y pasado mañana, precisamente el día de Nochebuena, zarparemos de Lisboa en el mismo barco en el que vine, espero que con la misma fortuna.
Aquí en el hotel me siento a salvo, pero en cuanto pisas la calle el aire está preñado de miedo y de ira.
Te imagino en el baile de los pastores, apostando por el cordero más grande y gastándote las perras con los demás.
Cuida de los niños y espérame como tú sabes hacerlo.
Te llevo cuentos buenos y malos, historias que no supimos y otras de las que supimos demasiado.
Tengo tantas ganas de verte que intento no pensar en ti. Besa a los niños y baña al perro.
Maite zaitut.
Valentina
El traje de Mary con su broche de brillantes hizo su efecto entre los poderosos y ninguno de ellos intentó negarle lo que pedía.
Valentina se dio cuenta de que una burocracia insoportable se había apoderado de la vida ciudadana.
Tras la guerra, la desconfianza entre unos y otros era como una epidemia y se necesitaban decenas de permisos, sellos y timbres antes de pasar horas esperando ante una ventanilla para resolver cualquier trámite.
Ella entendió perfectamente lo que Mary Tyler le había querido transmitir con aquel traje.
Una mujer que no despertara el deseo no era nadie, así que ella cruzó las piernas como lo hacía su amiga y guardó silencio cuando en realidad hubiera querido hablar.
El pasado de cada individuo tenía que ser ratificado para conseguir acceso a los beneficios en el nuevo Gobierno.
Los rojos, siempre sospechosos de quebrar la moral, estaban condenados al aislamiento y la pobreza, cuando no a la cárcel.
Pero ella era una mujer fuerte, una mujer que no había sido nadie durante casi toda su vida y que había aprendido muchas cosas en América.
No obstante, en algo fracasó: no le fue posible visitar a Clara, aunque sí logró que le entregaran una carta y un paquete con cosas imprescindibles de las que carecería en prisión.
En su interior Valentina agradecía a diario haber salido de España antes de poder imaginar lo que le aguardaba.
El país se había partido por la mitad y se había llevado la promesa de un futuro mejor.
Mirara a donde mirara, todo le parecía un retroceso, y aunque ella no hubiera vivido la República, no podía imaginar que los pecados hubieran sido tan grandes. Quería irse.
El día que la niña abandonó la Santa Casa de Misericordia, Valentina la acogió como a un animalillo que hubiera que proteger.
Intentó no soltarle la mano, pero cuando tenía que hacerlo Tina se agarraba de su manga y se pegaba a su cuerpo como si tuviera miedo a perder el contacto.
Miraba a esa niña atemorizada y se le rompía el corazón.
Los niños no deberían perder la sonrisa nunca.
Valentina sabe que tendrá que enseñarle a vivir, hacerle entender que el dolor no puede ser algo estéril, sino que hay que transformarlo.
La niña se deja curar las heridas que ella misma se ha hecho rascándose.
Las mujeres le aplican un bálsamo en la piel siguiendo los consejos del médico al que la llevaron para ver si le sucedía algo que tuviera remedio.
—Esta niña ha tenido sarna, y probablemente sufra desnutrición. Eso podrá usted remediarlo con buenos alimentos y cuidados. Lo de hablar o reír es más complicado. Cariño y tiempo. Un orfanato no es lugar para un niño.
—¿Y la mancha, doctor? ¿Seguirá creciendo?
—Es lo que se llama beso de ángel o marca de la cigüeña. Probablemente no crezca más, o quizá pueda desaparecer con el desarrollo, pero lo importante es que no necesita tratamiento, solo la precaución de no exponerla demasiado al sol.
La vistieron con prendas cálidas, la escoltaron como si Esther y Valentina poseyeran la seguridad de poder ofrecerle un cobijo seguro.
Se montaron en taxis, visitaron comercios, y por fin un día fueron a Gernika.
Valentina llevaba de la mano a la niña y le señalaba lo que no existía y lo que permanecía en pie.
Pusieron flores en la tumba de sus padres y sus hermanos y se despidieron de un par de amigos que Tina, al parecer, conservaba en su memoria de niña.
Adelita, la hija de un panadero, y Juan, un compañero de escuela con ojos azules y asustados.
Luego volvieron a Bilbao, tomaron sopa caliente y saborearon caramelos y un pastel de la confitería Arrese.
Hay momentos en que los ojos de la niña parecen estar a punto de emitir un destello, de reconocer la felicidad, pero en otros su temor pegadizo no la abandona y entonces se aferra al brazo de Valentina sin levantar los ojos del suelo.
Durante esos días, Valentina se empeña en hacerle entender que se van a América, donde las esperan sus hijos y Domingo, esos que aparecen en las fotografías que las dos miran antes de acostarse.
Trata de que la niña haga hueco a un nuevo hogar que nunca será el que tuvo con su familia, pero sí el adecuado para poder ser feliz. Lo hace hasta el día de la partida.
Esther las acompaña a la estación con un pañuelo que enjuga unas lágrimas que no cesan de brotar y las abraza antes de que ellas suban al tren que las llevará a Lisboa. Allí las espera el capitán Nikos, dispuesto a cruzar el Atlántico en guerra.
Valentina ha encargado a unos abogados que se ocupen de los intereses de su ahijada.
El Arraun era propiedad de Nicolás y Mariana, y si se puede reconstruir ella correrá con los gastos.
También les encomienda velar por las necesidades de su amiga Clara y que hagan todo lo posible para que ella pueda recuperar su libertad.
Cierra los ojos con la mano de Tina en la suya y suspira profundamente para aliviar el peso que carga en el alma. Se aleja y se acerca con la certeza de que no regresará nunca.