La mirada de quien ya no pertenece #4
Pronuncia esa palabra que abarca toda la necesidad de su corazón como una súplica inaplazable.
Ana Mari revuelve el contenido de su vaso con la cucharilla hasta formar un remolino.
No la mira. Hacerlo sería darse de frente con las contradicciones de la vida.
Le habla de la guerra, de los agravios de una parte y otra, de las denuncias, de los que huyeron, y luego deposita su mirada apagada en el cristal de la ventana, al otro lado de la cual sucede la vida cotidiana.
Hace un gesto de negación con la cabeza mientras dice que el día del bombardeo fue una pesadilla.
Todos en Gernika perdieron a alguien querido, y solo el azar, la casualidad o la voluntad de Dios les evitó la muerte.
Le habla de su hermano, de su sobrino, nombra a personas mientras cabecea con los ojos llenos de lágrimas, describiendo situaciones que ella ni se atreve a imaginar.
Luego, como descendiendo de algún lugar donde se refugia para no recordar, le dice que al día siguiente todos los que sobrevivieron caminaban por Gernika buscando a los suyos.
—Así supe que una bomba había destruido el Arraun y tres casas más.
Un par de días después me acerqué. Los que podían quitaban escombros para recuperar los cadáveres.
Una de las camareras había corrido a refugiarse con la niña, pero la mataron antes de que llegara.
En realidad, la historia ha ido construyéndose sin que sepamos a ciencia cierta lo que verdaderamente le sucedió.
Encontraron los cuerpos, pero no se supo qué había sido de la pequeña.
La buscaron sin éxito. Yo la di por muerta, casi lo supliqué, porque era mejor para ella morir que quedarse sola de aquella manera.
Luego comenzaron los rumores y supimos que la niña había echado a andar.
Mucho más tarde la encontraron en Bermeo, pero no hablaba.
—¿Quién la recogió?
—Eso no lo sé. ¿La has visto?
—Sí. Está en la Santa Casa de Misericordia, con otros huérfanos.
—Me ha dicho Paco que vas a llevártela… —Ana Mari se santigua, da gracias a Dios y le coge la mano.
Valentina quiere irse, pero durante una hora escucha las historias más tristes que ha oído nunca.
Luego, Ana Mari se disculpa de pronto y se despide con un largo abrazo.
Valentina siente que ninguna de las dos puede pronunciar o escuchar una palabra más acerca del 26 de abril de 1937.
La ve partir y piensa que, como a todos los portadores de malas noticias, no quiere volver a verla.
Mira el reloj y ve que tiene tiempo de caminar antes de reencontrarse con Fidel.
Arranca hacia el centro, envuelta en silencio, y a los pocos minutos se da cuenta de que hay algo escandaloso en la prudencia de quienes recorren las calles.
Se cruza con falangistas que exhiben su uniforme azul, y le parece que incluso el júbilo de los vencedores posee una cautela espesa.
Se libra en su tierra una batalla interior cuya onda expansiva se reparte en miradas, en gestos, en impotencias mal disimuladas y, por qué no decirlo, en la satisfacción de los vencedores.
Valentina teme que todo eso imposibilite el olvido. Gernika está asolada.
Camina entre las calles heridas. Hay edificios ausentes, casi como los huecos que dejan los dientes podridos que afean la sonrisa.
Su cabeza va echando en falta establecimientos, parques, casas ilustres, alamedas por las que antaño paseó.
El antiguo bullicio del mercado se reduce ahora a un puñado de aldeanas que traen verduras y murmuran los nombres de los productos que esconden en los zaguanes de algún portal cercano.
—Tengo arroz y pollo —dicen a la gente que pasa a su lado.
Valentina lleva en la faltriquera dinero suficiente como para alimentar a medio pueblo. Los dólares están cotizados y el cambio es muy favorable, pero ella no quiere que nadie sepa que ha olvidado el hambre y la vergüenza, que su vida está muy lejos y que ya no sabe a dónde pertenece.
Cuando la ve llegar, Fidel le abre la puerta como si se tratara de una dama elegante.
¿Ha dejado de ser aquella chica ingenua y espontánea que trabajaba en la cocina del palacio?
Quizá sí. Ahora la vida no es un enigma para ella, tampoco una aventura; ahora, lo que advierte y observa es real, y ella ha aprendido a administrar sus palabras, sus sonrisas o sus silencios.
Sabe que eso hace que los demás sepan quién es, que detectan su prudencia, pero también su generosidad, y eso se lo ha enseñado su vida junto a Domingo.
Se acomoda en el vehículo y le pide a su amigo que le enseñe las heridas de la ciudad.
Lo hacen en silencio, despacio, dejando hueco para que se cuele la consciencia. Y Valentina acaba comprendiendo que, por mucha información que buscara, allá en Boise no ha sido capaz de imaginar lo que vivieron allí. La congoja sube a su garganta.
—Ya es suficiente. —Fidel parece haber percibido su tristeza—. Vamos a Lekeitio. Te compraré unos mingorris , ¿recuerdas el sabor de esos caramelos?… No puedo verte tan triste… ¿Cuáles son tus planes?
—Pensaba ir y volver, pero no creo que pueda.
He sido previsora. Dormiré en el Hotel Beitia.
Tengo que entregar algunas cartas y contactar con familiares de los que viven allí, quizás ver a mis primas y, sobre todo, hartarme de mirar el mar.
Lo echo tanto de menos que a veces creo que soy capaz de oler el salitre.
—Estoy a tu disposición. ¿Pasarás aquí la Navidad?
—¿Navidad?
No ha pensado en ello, pero faltan pocos días.
Duda de que los barcos zarpen es esas fechas, con todo lo que está sucediendo en Europa.
En las calles no abundan los adornos navideños, si acaso, en los escaparates de algunos comercios han puesto austeras representaciones del portal de Belén.
Valentina evoca Boise, a su cabeza llegan las luces y los abetos iluminados que vieron desde el autobús que atravesaba el oeste y que lucían su radiante esplendor en medio de ninguna parte.
—Supongo que sí —responde sin ganas—. Por cierto, ahora que recuerdo… Tú conocías a Clara… ¿Sabes qué fue de ella?
—Está en prisión. Alguien la denunció.
—¿Por qué?
—Ella era republicana, creo que se unió a los de la CNT . He oído que está en Bilbao, en el Chalet Orue de la calle Zabalbide. Allí han ido muchas mujeres.
Tiene la sensación de que el espacio que tenía disponible para registrar la vida que no ha vivido está rebosante.
No quiere preguntar más ni exponerse a una información que casi siempre acaba golpeándola.
Prefiere la charla de Fidel, salpicada de chismes, de anécdotas, de mentiras.
Le cuenta que se ha casado y que tiene un niño de dos años, y que solo lo hizo cuando se dio cuenta de que ella no iba a volver.
Se calla. Sabe que no es verdad, que solo quiere darle la impresión de que su amor por ella era inmenso.
Es el rastro del don Juan que quiso ser.
Mira la costa. Por fin el mar. Hay marejada y las rocas aguantan las embestidas de las olas, que las cubren con su efímero barniz.
Baja la ventanilla para olfatear el aire y de paso dejar de aspirar ese olor a pescado que hay en el vehículo.
Tiene unos enormes deseos de pisar la arena, y le asalta el recuerdo de ella y sus primas contando las olas para que no las pillara la grande.
La temperatura no está para darse un baño, pero le gustaría sentir su mar abrazándola.
Al llegar a Lekeitio siente alivio. El pueblo parece en su sitio y las gentes están concentradas en sus faenas, tal y como cuando las dejó.
En el Hotel Beitia le dan una habitación limpia y agradable, donde se toma unos minutos.
Cuando sale por la puerta, el pueblo entero ya sabe que está allí.
Empieza sus visitas, rechaza educadamente los ofrecimientos, cuenta anécdotas a los familiares de los que viven en Boise, les entrega las cartas, dinero, los tranquiliza y a veces consuela.
Ha decidido que no dará una mala noticia, y antes de que los amigos pregunten les dice lo que debe decir: que trabajan mucho, que añoran más y que los recuerdan siempre.
La guerra está en boca de cada una de las personas con las que se encuentra, apelan a ella para justificar la estufa de carbón apagada o la falta de azúcar.
Pero todos se muestran resistentes a los daños y tienen la firme determinación de recuperar la vida tranquila.
El palacio está cerrado, las tiendas, desabastecidas, pero ella no siente la misma tristeza que en Gernika.
Los barcos no han salido porque hay mala mar y en el puerto, ya casi de noche, se encuentra con sus primas.
Las invita a cenar. Reparte los regalos y averigua las novedades.
Las tres están casadas, y una de ellas ya es madre.
Algunos se acercan a Valentina, le piden noticias, y ella les responde que se echa de menos todo y que la añoranza es un agujero que nunca se sacia.
En realidad, comprende la importancia de lo que la comunidad ha construido allí en América: un tejido de costumbres y una manera de vivir tan parecida a la que ve aquí que nunca se sentirán tan lejos como en realidad están.
Ella podría perfectamente abrir una confitería en la plaza y su vida apenas cambiaría, salvo por el calor del verano, la nieve del invierno, las inmensas llanuras, las montañas y quizás los secretos de aquel generoso país al que ahora mira de otra manera.