Un bosque de álamos en Idaho La mirada de quien ya no pertenece #3
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La mirada de quien ya no pertenece #3

Valentina ha pasado la noche en vela. La imagen de la pequeña Tina le impedía dormir.

Ella no es especialista en nada, pero lee los periódicos y sabe que las enfermedades que dejan las guerras no son solo las amputaciones o el mal en los pulmones.

A Norteamérica llegaron sobrevivientes de la Gran Guerra que no hablaban, o permanecían como en otro mundo y sufrían alucinaciones que los hacían resguardarse de bombardeos inexistentes.

Se decía que padecían «locura de trinchera» o «fatiga de batalla», y que no había más solución que el tiempo.

Luego ella ha visto lo que hace la soledad en algunos de los pastores que permanecen meses en la montaña sin hablar con nadie.

También se vuelven locos, y la asociación de mujeres ha intervenido en varias ocasiones para que los atiendan en los hospitales de reposo.

Valentina teme esas enfermedades que muerden el ánimo.

Le asusta no poder ayudar a esos seres perdidos que no encuentran la puerta para regresar al mundo.

Tina ha visto cosas que ningún niño debería ver, y Valentina teme que el horror se haya colado en su cabeza y haya dañado uno de esos caminos por los que se regresa a la dicha.

Cuando nació su hija, y con Mariana y su familia muertos, también ella se perdió un poco en las galerías oscuras de la melancolía.

Conoce la alegría de los niños, su impaciencia, o la manera en que ignoran el peligro porque les urge vivir.

Ella ha visto algo encerrado en la pequeña Valentina, un dolor del que va a costarle desprenderse, y le ofrecerá todo el cariño que Mariana decía que no había que dar a los niños porque se volvían blandos.

«La cuidaré, amiga, y tu hija volverá a sonreír», se dice.

Como no puede dormir, saca los papeles y estudia los pasos que le quedan por dar.

Tiene que ir a Gernika y conseguir los certificados de nacimiento defunción y de la familia Aramburu.

Los custodian Ana Mari Beitia, la comadrona, y su marido, que ahora es un hombre importante en el Ayuntamiento.

Con eso podrá obtener el documento de custodia y el permiso de salida de España.

Por la mañana, mientras prepara lo que necesita, su antigua gobernanta le advierte que dispone de un chófer y un automóvil para llevarla a cualquier lugar que necesite.

Le comenta que es un hombre de toda confianza, pero también muy adicto al régimen, y le pide que sea prudente.

Debe tener cuidado con las palabras, pero ella sabe mucho de eso, tanto como su pastor, en el que piensa todo el día cuando mira la fotografía de su familia para alimentarse con la fuerza que necesita.

Mantiene a raya su corazón, y ha levantado un muro que separa a los que ha dejado en América.

También ha separado la tierra, los olores y la comida; la nostalgia es la única que atraviesa la frontera entre sus mundos sin pedir permiso.

Anotados en su cuaderno lleva los encargos que se ha comprometido a hacer en Lekeitio, y cuando termine en Gernika se dirigirá allí.

Ha pasado por el banco y se ha topado con uno de los primeros problemas.

Las mujeres españolas no pueden hacer gestiones que no hayan sido autorizadas por su marido.

Sin embargo, ella tiene su pasaporte americano y este le abre cualquier candado.

Santiago Rojas, que así se llama su chófer, le abre la puerta como si fuera una señora importante.

Ella se acomoda en el asiento trasero sin saber cómo debe comportarse.

Piensa en Mary y en su manera de ignorar las incomodidades que la rodean, y decide mantenerse en silencio a pesar de que el hombre intenta iniciar una conversación dos o tres veces.

Valentina bebe lo que ve a través de la ventanilla.

Las trincheras se han tapado, los túneles se han bloqueado y los escombros casi han desaparecido, pero en cada una de las personas que caminan se esconde un dolor que Valentina imagina abocará en venganza.

Cuando llegan a Gernika, la ciudad, irreconocible, la deja sin habla.

Aunque los puentes han sido reconstruidos con precarias pasarelas, todavía hay edificios que mantienen a la vista sus devoradas entrañas.

Le ha pedido a su chófer que la lleve a la calle Santa María, donde estaba el Arraun, y el hombre se ha parado frente a un montón de escombros arrumbados.

Valentina baja del coche con la garganta atascada por un dolor devastador y se arrodilla donde cree que estuvo la casa en la que fue feliz.

Reza. Suplica. Llora sin consuelo mientras las imágenes atraviesan su cabeza.

Casi puede escuchar las voces, los llantos y los juramentos de Mariana.

No puede moverse. Quiere hacerlo porque su chófer la espera, pero no es capaz.

No sabe el tiempo que ha permanecido arrodillada, pero una voz a su espalda grita su nombre.

—¡Valentina!

Cuando se gira, ve un vehículo con el rótulo de La Imperial Conservera pintado en un lateral. De este se baja Fidel, que en ese momento sale disparado hacia ella.

No es decoroso el abrazo de una mujer casada con un viejo pretendiente, pero el decoro es lo último en lo que piensan. Juntos, de espaldas a los escombros, repiten los nombres de los amigos y entierran de algún modo a sus muertos.

Cuando por fin se separan, Fidel mira sin disimulo a Valentina.

Lleva el pelo recogido en un moño y un abrigo de buen paño.

Es una mujer elegante y atractiva y conserva el candor de sus ojos, aunque la boca muestra una determinación que antes no tenía.

Fidel tiene el mismo rostro simpático y afable.

El pelo salpicado de canas y unos surcos en la cara le hacen parecer mayor.

Lleva un chaquetón desgastado y huele levemente a salazón.

—¡Dios mío, qué guapa estás!

—Qué alegría encontrarte. Estaba muriéndome de tristeza.

—¡Joder, Valentina! —Fidel mira a Santiago Rojas, que espera apoyado en el coche mirándolos con desconfianza—. ¿Es tu marido?

—No. Es un chófer que me ha proporcionado el hotel a través de una amiga que trabaja allí… para no estar sola. Vengo con encargos, ahora voy a ver a Ana Mari y después quiero ir al cementerio.

—No vayas, no te va a gustar lo mucho que ha crecido.

Aquí todos tienen muertos a los que visitar.

Recogimos dinero entre todos los clientes del Arraun y pusimos una lápida con el nombre de tus amigos…

Veo que te ha ido bien. —Fidel cambia de tema cuando sus ojos se humedecen.

Sonríe—. Ya sabes, las noticias corren por el pueblo y todo se cuenta, que has hecho fortuna, que tienes dos hijos…

Oye, he de hacer un par de entregas y luego vuelvo a Lekeitio.

Si quieres te acerco, y luego no te preocupes, yo te llevo de vuelta a Bilbao.

Manda a ese falangista a tomar vientos y espérame.

Valentina lo mira con cariño y contempla la posibilidad de aceptar el ofrecimiento.

—Voy al ayuntamiento. Me esperan allí. No quiero molestarte.

—¿Molestarme?… Te contaré de ellos. —Fidel señala los escombros y hace una mueca extraña.

—De acuerdo. Tengo para una hora en el ayuntamiento.

Se abrazan de nuevo con cariño. Fidel vuelve a su camioneta y la saluda mientras baja por la calle hacia el centro. Valentina se acerca al coche y le explica al chófer que puede volver a Bilbao sin ella. No le da explicaciones, como hace Mary; le alarga el dinero acordado y le desea un buen día.

Se siente aliviada caminando como una más, pero no es consciente de que durante el trayecto hasta el ayuntamiento se le escapan algunos suspiros.

Ana Mari la espera en la puerta y, al verla, va hacia ella y se funde con ella en un abrazo.

Valentina no puede evitar evocar las imágenes del parto de la pequeña Valentina y las palabras de ánimo con las que la comadrona alentaba a su amiga.

Trata de volver a la realidad. Se separan para observarse y sonríen.

Murmuran palabras que quieren ser de consuelo y que resultan vacías.

—Al menos no sufrieron. Estaban en casa los cuatro, la niña había salido…

Juntas entran y agradecen la tibieza con que las acoge el edificio. Su marido sale a recibirlas y se deshace en zalamerías. Valentina le entrega discretamente un sobre y unas cajetillas de Philip Morris.

—Por las molestias.

En una sala se sientan a revisar los papeles que con tanta diligencia han conseguido.

—No habrá problema. El nuevo Gobierno se esmera en hacer bien las cosas, pero una huérfana es una huérfana. Mejor recogida, ¿no es así?

Valentina asiente y se quita los guantes para recoger la documentación. Ana Mari la coge del brazo.

—Vamos a tomar un café con leche aquí al lado.

Se deja llevar. El trámite ha sido corto, y ella desea escucharla. Fidel la esperará lo que sea necesario.

En cuanto se sientan, Ana Mari le dice que está muy cambiada y elegante, que se alegra de que le haya ido bien y que sabe que tiene dos hijos preciosos y un próspero negocio.

Vuelve a decir lo mismo que un poco antes ha pronunciado Fidel, aquello de que «todo se sabe», y hace un guiño para reforzar sus palabras.

Valentina sonríe sin añadir nada. Acepta que su vida sea objeto de corrillos y chismes.

Ella es una amerikanoak , posee una ciudadanía que se otorga a los que surcaron los mares para hacer fortuna en Norteamérica.

Su existencia forma parte de ese imaginario que otorga la lejanía.

No quiere romper el fino papel con que la envuelven, dar origen a demasiada admiración o decepción.

Les traen el café, y Valentina da un sorbo a ese líquido caliente y extraño.

—Cuéntame.