Un bosque de álamos en Idaho La mirada de quien ya no pertenece #2
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La mirada de quien ya no pertenece #2

—También he traído golosinas y chicles para los niños de la Misericordia.

Cuando se queda a solas deshace el equipaje, que aún sigue en las maletas.

Mira el traje de Mary y lo aparta, reservándolo para cuando sea necesario.

Busca los regalos de Valentina: un jersey de lana suave, unos pendientes de plata, ropa interior de nailon y un frasco de colonia.

Algunos de los que llegan a Boise hablan de la escasez y el hambre.

Ella hubiera querido traer más cosas, pero el tabaco y algunas medicinas y otros encargos que debe entregar en Lekeitio abultan mucho.

Le cuesta abrocharse los botones del abrigo.

Está nerviosa y quiere abrazar a esa niña.

El vestíbulo del hotel está ocupado por varios corrillos de hombres entre los que se ven uniformes.

Valentina se abre paso hacia Esther sin mirarlos.

Necesita pasar desapercibida, y de alguna manera alberga un cierto temor a las muestras de poder.

A los viajeros se les pregunta y se les examina, y ella no sabe exactamente lo que debe decir.

Sin embargo, al avanzar hacia la recepción siente a su espalda la mirada intensa de unos ojos que le producen un cosquilleo.

Se gira y encuentra el rostro del enigmático pasajero del Greta.

Ahí está, con sus inconfundibles y penetrantes ojos claros y el aspecto de haber salido de una función de ópera.

Valentina se siente obligada a hacer una pequeña inclinación de cabeza a modo de saludo. No espera respuesta y sigue avanzando.

—Esther, ¿conoces al hombre que está junto a la columna, el que está fumando?

—No. Pero quien le acompaña es el gobernador civil.

Dice que su rostro le resulta familiar, y con un apremio nervioso salen a la puerta del hotel, donde un taxi las espera.

El día está igual de triste que el anterior.

Una lluvia fina golpea los cristales con la tenacidad con que lo hacía en Lekeitio ese sirimiri que ella no ha olvidado.

Esther habla sin cesar, como si tuviera que contarle todo lo que ha pasado en su ausencia y se apurara para no dejarse nada.

El motor del coche petardea y el conductor intenta captar el cuchicheo de las mujeres.

Valentina mira el exterior del vehículo, se fija en el cartel de una tienda que anuncia que se da la vuelta a los cuellos y a los abrigos.

Cada dos manzanas hay un par de niños mendigando.

Cuando llegan a la institución, Valentina tiene el corazón encogido.

—No hables en euskera.

Empujan la reja y un hombre con mirada huidiza se apura a cerrarla tras ellas.

Suben por un camino que discurre entre unos jardines algo sombríos, salpicados de bancos de piedra.

Al llegar al edificio de la Santa Casa de Misericordia tocan el timbre de la inmensa puerta de madera.

Esther, aún locuaz, le aconseja que no tema, pero que sea prudente.

Una monja con la toca desplegada como la vela de un barco de recreo saluda a Esther con una inclinación de cabeza.

—Venimos a ver a la niña, a Valentina Aramburu. Ella —su amiga la agarra del brazo— viene de Norteamérica. Es su tía.

La monja le dedica una sonrisa bobalicona y hace unos gestos como si no hablara por temor a no lograr hacerse entender. Las acompaña hasta una salita, donde toman asiento.

—Aviso a la madre superiora.

Las sillas parecen heredadas de un salón palaciego, y en las paredes hay imágenes religiosas junto a las fotografías de Franco y José Antonio Primo de Rivera. La madera del piso está pulida, brillante, pero el aire huele a desinfectante, a cera, a carbón, a verdura hervida y a soledad.

Las mujeres permanecen juntas y apenas hablan. Cuando lo hacen bajan mucho la voz, como si temieran que alguien estuviera escuchando tras la inmensa puerta. No se oyen voces de niños ni el griterío propio de las aulas de una escuela. El silencio es sepulcral.

—Aquí la llaman Tina… Convendría que hicieras una donación. Eso allanará el camino.

—Has dicho que soy su tía. ¿Por parte de quién?

—Tu madre era prima segunda de Mariana, y tú te criaste con ella. Además, eres su madrina. He pedido el certificado de bautismo, pero aún no me lo han enviado. Allí todo sigue manga por hombro.

A Valentina le asusta ese mundo encriptado que no acaba de comprender.

Todavía conserva la sensación de que siempre faltará un requisito por cumplir que no conseguirá.

Se ha acostumbrado a la libertad y ha olvidado la vida constreñida que llevaba en Lekeitio, donde si una no tenía dinero las puertas permanecían cerradas.

Se mira los zapatos que acaba de estrenar, se toca la cruz que lleva al cuello y reza a su Virgen para que la ayude a no desfallecer.

A ella no tiene que explicarle nada, ella todo lo sabe.

La puerta se abre y la madre superiora aparece con una niña de la mano.

Valentina la mira, se muerde los labios, ve la mancha oscura en el párpado derecho del ojo de la niña y comprueba que ha ido creciendo con ella.

Esther se adelanta. Hace una pequeña reverencia y besa la mano que le tiende la religiosa.

Mientras habla con ella pone una mano sobre el hombro de la niña en un gesto de secreto recibimiento.

Tina no ha levantado los ojos del suelo.

Valentina observa la bata gris de tela basta y rasposa, los escasos calcetines y sus piernas delgadas.

Siente unas ganas irrefrenables de abrigarla, y también de llorar.

Su emoción es tan intensa que cree que no va a poder pronunciar una palabra cuando Esther se vuelve hacia ella para presentarle a la directora y madre superiora.

Hace una inclinación como la que ha hecho antes su amiga, le besa el dorso de la mano y, con la voz entrecortada, le da las gracias por cuidar a su sobrina.

Tiene los ojos llenos de lágrimas, pero alcanza a tenderle una caja de bombones cuidadosamente empaquetada.

—Un pequeño presente.

Los ojos de la religiosa se encienden, golosos.

Las tres mujeres van depositando en el aire palabras como Dios, entrega, dulces, sacrificio, y hasta nombran al general Franco, que ha venido a salvar a los niños de los brazos de los rojos.

El vocabulario dedicado a la piedad y el decoro, al deber cumplido y a la eternidad es fértil e interminable, pero entre todas esas palabras no hay ni una de cariño hacia los niños acogidos.

De pronto, Valentina siente que la cogen de la mano.

Sin casi mirar a la niña, aprieta su manita y dócilmente la lleva hacia las sillas.

Esther, que ha advertido la maniobra y sabe mejor que nadie cómo entretener a la superiora, le pide que pruebe los bombones y le habla de la intención de la señora de hacer una donación para los niños antes de llevársela.

—Pero ¿se la llevará?

—Sí, madre, les quitará un poco de peso.

—¿Tiene los papeles?

—Naturalmente. Y prisa: ha visto usted que el mundo entero está en guerra. No quisiera que les pasara algo en la travesía. América está muy lejos.

Valentina le susurra a la niña palabras de cariño.

Le dice que le ha costado mucho encontrarla y que vive muy lejos, y que por eso ha tardado tanto en venir a buscarla.

Con voz apenas audible la llama maitia y le muestra las fotos que ha traído.

La niña posa los ojos en ellas, y después en la superiora.

Durante unos instantes Valentina se calla para escucharla, pero la niña no pronuncia una palabra.

La abraza, le pasa una mano por la cabeza, donde se aprecian unos cortes.

Cuando le crezca el pelo será morena, como su madre.

Saca unos caramelos y se los tiende, pero la niña le aparta la mano y mira a la monja.

Valentina comprende que tiene miedo y que no conseguirá nada de ella.

Se acerca más a ella y, con determinación, le dice:

—Tina, te llamas como yo porque tu madre y yo nos queríamos mucho y yo me iba lejos de aquí, pero he vuelto a por ti.

Voy a sacarte de aquí. Sé que tienes miedo, y guardaré los caramelos para cuando estemos solas.

—La niña asiente, y por sus ojos Valentina cree ver pasar un rayo de luz—.

Te protegeré. Vendrás conmigo. —La pequeña vuelve a asentir y la rodea con sus brazos.

Valentina no puede evitar llorar cuando al abrazarla nota sus costillas bajo la piel.

El encuentro dura una media hora. Valentina no suelta la mano de su ahijada mientras negocia con la superiora.

Quiere llevársela en tres días, el tiempo suficiente para conseguir los permisos.

Valentina le desliza un billete de quinientas pesetas y le pide que cuiden a su niña hasta entonces.

La monja se ha comido un bombón y tiene el labio superior manchado de chocolate.

Recorren en silencio el camino que atraviesa el triste jardín y desciende hacia la calle.

El guarda les abre la verja y vuelve a cerrarla, corriendo un pasador de hierro que chirría.

Valentina quiere caminar, necesita aire y ordenar las emociones que la embargan, una extraña mezcla de rabia, desesperación y piedad.

Se dirigen al hotel, pero a medio camino se separan.

Esther monta en un trolebús y le dice adiós con la mano.

Ella sigue caminando con la sensación de que no está en el lugar donde quisiera estar.

Ya no pertenece a su tierra. Se la han robado, aunque la ría siga en su cauce y el Serantes esté oculto tras la niebla.

Se han llevado la vida sencilla, la prudencia, la curiosidad, y sobre sus calles han arrojado, como si fuera serrín, paladas de miedo y hambre.

Guardará la tierra, su lengua y sus recuerdos, y volverá a Boise.