Un bosque de álamos en Idaho La mirada de quien ya no pertenece
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La mirada de quien ya no pertenece

La mirada de quien ya no pertenece

VALENTINA ALZOLA

Lleva muchas horas metida en vagones de tren y tiene la sensación de que el tiempo no acaba de alcanzarla.

Está cansada, se siente sucia y el estómago le reclama algo caliente.

Por fin el convoy ha alcanzado la ciudad a la que se dirige.

La velocidad es mínima, y a través de la ventanilla su anhelo de reconocer su tierra se intensifica.

Hace dos años que la guerra ha terminado, pero su rastro sorprende cada pocos metros mostrando los destrozos en sus ruinas, en los edificios a punto de derrumbarse y en aquellos que están en proceso de reconstrucción.

Parece que la piel de esa ciudad que un día le resultó moderna y prometedora hubiera sufrido heridas que han ido cicatrizando con descuido en algunas partes y aún permanecen abiertas en otras.

A medida que se acercan a la estación de la Concordia, Valentina reconoce el paisaje y las calles.

Un pasajero le comenta que la lentitud de la locomotora se debe a que están construyendo una estación nueva.

También le cuenta que casi todos los puentes de Bilbao fueron volados para impedir la entrada de los fascistas, y por eso la ciudad entera está en obras.

Esther vive muy cerca. Desde Lisboa Valentina le envió un telegrama para anunciarle el horario previsto de llegada, pero no sabe si estará esperándola.

Cuando el tren por fin se adentra lentamente entre los andenes en obras, se levanta, recoge el equipaje, se ajusta el abrigo y el sombrero y estira el cuello.

Un par de mozos acuden a ayudarla y la mujer se deja llevar por ellos.

Al llegar al edificio, mira a derecha e izquierda.

El corazón está a punto de salírsele del pecho.

Y de pronto ve a una mujer que agita una mano.

Le cuesta reconocerla: sabe que es Esther, pero le parece mucho más mayor.

Tiene el cabello casi blanco, pero su porte es inconfundible.

Se abrazan. Ambas han intentado contener las lágrimas que amenazan sus balbuceos, pero no lo consiguen.

Cuando salen a la calle Hurtado de Amezaga, Valentina aspira el aire húmedo y frío, como si al hacerlo volviera a tener veinte años y sintiera de nuevo el dolor que le provocaban sus zapatos nuevos.

El día está gris y el cielo tiene ese color blanquecino y ceniciento que recuerda.

Reconoce el lugar. Los tranvías y trolebuses chirrían, los carreteros sortean vehículos y la gente camina hacia los siempre imponentes edificios bancarios de la Gran Vía.

Frente a ella, el Banco de Vizcaya se ha salvado, y también lo que ve a su alrededor.

En su imaginación creía que iba a encontrar ruinas por todas partes, pero la primera mirada le sorprende.

Un taxi las conduce hacia el Hotel Carlton.

Esther lleva su mano entre las suyas y guarda silencio.

La distancia es muy corta, pero Valentina, que en los dos días que pasó en Bilbao fijó en su memoria el recorrido, ve que al acercarse al Banco Guipuzcoano, cerca del convento del Sagrado Corazón, se erigen unas columnas coronadas por el águila triunfal que representa al régimen franquista.

Al otro lado de la acera, frente al Banco de Bilbao, unos falangistas han detenido el tráfico y cantan frente a una enorme bandera colgada en la balconada del edificio.

El agotamiento de Valentina empieza a manifestarse, y enseguida las manifestaciones patrias dejan de interesarle.

Casi ha olvidado los muelles, el barco, la tormenta o Lisboa.

Las calles de Bilbao lo han borrado todo.

Esther se mueve por el lujoso Hotel Carlton como si fuera ella la encargada de su funcionamiento. Un botones recoge el equipaje y juntas caminan hasta una habitación en la segunda planta cuyas ventanas dan a la plaza.

—Te ayudaré a deshacer el equipaje.

—Gracias, Esther, pero si no duermo un rato creo que no podré dar un paso más. Los nervios me han mantenido despierta, pero ya he llegado. —Las mujeres se abrazan—. Lo único que deseo es descansar y ver a Valentina.

—Podremos verla mañana. Voy a subirte un vaso de leche.

—Esther, por favor…

Valentina busca en su bolso un cuaderno y escribe: «He llegado con bien a Bilbao». Arranca la hoja y se la tiende.

—¿Podrías enviarle un telegrama a Domingo? Estará ansioso por recibir noticias.

Su amiga toma el papel y se lo guarda en el bolsillo. Luego retira la colcha de la cama, la dobla a los pies y abre las sábanas como enseñaba a las doncellas del Palacio Iribarren a abrir las camas de los príncipes. Esther le desea buenas noches y se va.

En el baño se desnuda con una lentitud obligada.

Tiene que hacer un gran esfuerzo para sostenerse en pie.

Se lava la cara, demorándose en cada gesto.

Cuando termina su aseo, se mira en el espejo.

El viaje la ha envejecido, ha apagado su rostro, o quizá simplemente a su mirada se asoman los miedos que no ha querido confesar a nadie.

En la mesita de la habitación hay un vaso de leche.

Bebe unos sorbos. Está tibia, y no sabe igual que la que beben en casa.

Se mete entre las sábanas mientras en su cabeza habla con Domingo, como cuando se acuesta a su lado…

«Domingo, nunca he sentido un cansancio semejante.

Es como si mi cuerpo hubiera estado en otra parte durante el viaje y ahora regresara sin fuerzas a este lugar que mis ojos jóvenes se empeñan en reconocer sin conseguirlo del todo.

Me siento extraña, y en parte lo atribuyo a que no estás conmigo.

Creo que vivir sin ti es una temeridad. Lo que soy lo he aprendido contigo… ».

Cuando oye unos nudillos golpeando la puerta, no sabe dónde está.

Ha tenido un sueño desconcertante en el que veía su madre hablando con el capitán del Greta, y su cabeza aún está desorientada.

Mira el reloj: ha dormido doce horas. Responde a la voz de Esther y esta entra con una bandeja que contiene todo lo que se puede desear al despertar. El olor del café la devuelve a la vida.

—Pero ¿ya estás de nuevo aquí?

—He dormido en el hotel. Los empleados disponemos de habitaciones en el sexto piso. Estos días me quedaré aquí. Mira. —Esther se agacha para mostrarle la bandeja que sostiene—. Esto terminará de reponerte.

Advierte el orgullo de su querida gobernanta mientras deposita los manjares en la mesita. Una vasija finamente esmaltada escupe volutas de mantequilla como si fueran flores, la jarra y la cafetera de plata pasan su mano de olvido sobre esa carencia de la que ha oído hablar.

—Pero… esto es un lujo. ¿No tenéis racionamiento?

—Sí, naturalmente que lo tenemos, pero los falangistas que se alojan en el hotel no quieren achicoria, sino café, y tampoco renuncian a la mantequilla.

Hay una licencia especial para el hotel, y tres clases de cartillas para nosotros.

La gente acomodada tiene derecho a café, azúcar y algo más de cien gramos de carne.

Con lo que asigna el Gobierno no se puede vivir.

La gente hace pan con cualquier cosa: centeno, altramuces, almorta, castañas…

El pan blanco es un lujo, y en el mercado negro hay de todo.

Ya sé que ha habido una guerra, que los campos no se han sembrado, que los transportes no funcionan bien…

, pero hay hambre. Tú sabes cuánto critiqué yo a los republicanos y sus desmanes, pero por el momento no te diré que esto sea la panacea.

Estoy decepcionada. Verás la realidad en cuanto salgas a la calle. ¿Estás preparada para ver a Valentina?

—He cruzado el Atlántico, pero mi corazón aún no ha llegado del todo. Cuéntame de ti…

No deja nada en la bandeja. Esther revisa las fotos que le ofrece su amiga, pregunta, sonríe, comenta lo guapos que son, se emociona.

Le impacta el escaparate de la confitería, y nombra los dulces que reconoce con nostalgia.

Ella tiene una idea confusa de Boise. Cree que es un pueblo por cuya calle mayor pasan las ovejas y donde los hombres llevan boina, faja y blusón, como en las aldeas.

Valentina le explica que es una ciudad que crece, que tiene comercio y muchos hospedajes.

Le habla de la Organización Independiente Social, del modo en que se apoyan las mujeres y de esa extraña convivencia que mantienen algunas con el modo de vivir norteamericano.

Quiere que sepa que allí las mujeres son libres, fuman, llevan pantalones, montan a caballo y se divorcian.

Le habla del respeto, del trabajo y de la limpieza.

Luego hablan por fin de la niña. No pueden visitarla antes de la una, y los horarios son muy rígidos.

—Tienes que estar preparada para lo que vas a ver.

Les cortan el pelo muy corto, por los piojos y porque casi todos los niños que hay allí son hijos de rojos y el odio se les ha adherido como si la vida de sus padres los hubiera apestado.

Valentina está muy delgada. Apenas habla, y es una niña atemorizada.

Ten en cuenta que allí han ido a parar los huérfanos que nadie quiere.

A los pequeños los acogen en familias y a los mayores los colocan para trabajar, pero ella… tiene once años.

—Siguiendo tus consejos, he traído regalos para las monjas. También para ti.

Valentina saca de su equipaje un paquete envuelto en papel rosa con un lazo brillante.

Esther la mira emocionada, murmurando que no tenía por qué venir cargada, pero su rostro se ilumina al comprobar que hay una caja con el nombre de Elizabeth Arden que contiene un perfume, una barra de labios y una crema para el rostro.

También le entrega dos pares de medias de seda y una caja de los mejores bombones de la confitería.

—¡Dios mío!

—Esto no es nada. Tú me diste un baúl, unas sábanas que aún conservo y un cenicero de plata que considero un tesoro. Por aquel entonces no tenía nada. Con aquellos objetos me diste esperanza.

—Eran otros tiempos… Mi hermana se va a morir cuando vea esto.