El inesperado regreso #5
Acaricia el tejido, evalúa si podrá subir la cremallera de la falda cuando se haya colocado la faltriquera.
Observa la delicada pieza de joyería. Jamás ha poseído algo tan valioso, y se siente incómoda al pensar en usarlo.
Ella solo tiene unos pendientes y un collar de perlas que le regaló Domingo.
Eso y las turquesas que Tajui le ofreció cuando aún no le conocía.
De pronto ha olvidado que está en el barco, que la guerra amenaza la vida de medio mundo; solo sonríe al pensar en la vida oculta de Mary y en esa generosidad que le muestra. Guarda todo y decide salir del camarote para ir a visitar la cocina.
El capitán no le ha dado instrucciones de ningún tipo, pero los marineros parecen ocupados en cubierta.
Probablemente su aspecto no represente peligro alguno.
Los pantalones, el chaquetón grueso y el viejo jersey que le dejó Begoña ocultan cualquier atributo femenino.
Atraviesa el comedor y llega a la minúscula cocina.
Ella puede cocinar en cualquier lugar siempre que esté limpio, y ese espacio acumula mugre desde hace tiempo.
Decidida, busca lo necesario en un pequeño almacén, revisa la nevera y se deshace del chaquetón para ponerse un viejo delantal.
Calienta agua, busca trapos y comienza la limpieza.
Al menos, piensa Valentina, el barco no ha empezado a moverse.
Limpiar la alivia y agota por igual. La cocina va recuperando el brillo, y ya sabe cómo funcionan los fogones. Hasta que escucha una voz a su espalda.
—La he buscado por todo el barco.
El capitán parece enfadado, pero ella se siente satisfecha.
—No puedo cocinar si todo está sucio.
El hombre la mira, impotente. A través de la puerta Valentina ve a un par de marineros en el comedor que miran en su dirección.
El capitán suspira, baja la cabeza, y ella se fija en sus mandíbulas apretadas, que mueve como si tuviera un tic nervioso.
No necesita mucho para intuir que está abrumado por la realidad.
—Puedo improvisar un almuerzo, una cena o lo que quiera que sea… Pero necesito un baño que pueda utilizar yo.
—Se lo agradezco. Los hombres no han cenado. Y en cuanto al baño… Al lado del comedor hay uno. Les diré a los hombres que se abstengan de utilizarlo.
Valentina se lo agradece y, cuando el capitán la deja sola, va a inspeccionarlo.
Todo necesita una buena limpieza, así que no tendrá tiempo para ocuparse de los oscuros pensamientos que flotan en su cabeza.
Va al camarote en busca del paquete de comestibles.
Está segura de que Begoña habrá intuido la precariedad de la despensa de un barco de carga.
Cuando ve el contenido se emociona. Hay media docena de latas de chorizos conservados en manteca de La Fructuosa, varias latas de alubias, un queso, tres paquetes de café y unas deliciosas barras de chocolate.
Ha visto en la despensa pan envasado, cebollas, un saco de patatas…
, así que la cena está servida: hará unas patatas a la riojana.
El Greta, junto con otros dos buques, zarpa un par de horas antes del amanecer.
Nueva York duerme envuelto en un silencio que a Valentina se le antoja inestable.
Todos esperan que el presidente Roosevelt se dirija al país para anunciar las medidas que tomarán para vengar la infamia del ejército japonés.
Valentina se acurruca en su camastro y, amodorrada por los motores, piensa en lo que ha dejado atrás.
Echa en falta el abrazo de Domingo y extraña su calor.
Hace diez años hizo ese viaje ajena, casi niña, inconsciente y atrevida.
No sabía lo que iba a encontrar, y se agarró a la esperanza de ese pastor que la esperaba.
Ahora vuelve a hacerlo decidida, segura y con el firme propósito de reunir lo que ama.
La travesía, contrariamente a lo que todos esperaban, no presenta dificultades técnicas.
No han sido atacados ni se han topado con enemigos.
La mar está en calma y una tensa quietud habita el barco arrullado por el ruido de los motores.
El frío es endiablado. Valentina ha añorado tanto el mar que no puede evitar salir a cubierta para escucharlo, olerlo y sentir esa bruma que los engulle.
El capitán le hace distinguir en la oscuridad las luces de los barcos que los acompañan y le cuenta que América está en guerra y que el mundo entero respira pendiente de la aviación y de los submarinos desplegados.
La respeta. Lo nota en cómo se dirige a ella.
No pregunta por su temerario viaje. No indaga sobre ella en las horas perdidas en que se acompañan, pero siempre le agradece su labor en la cocina.
Todos los tripulantes muestran su agradecimiento. Están comiendo como reyes.
La paz de la travesía dura casi tres días.
Luego aparece una corriente de aire cálido y engañoso y, pasados unos minutos, llega la alerta del capitán: una tormenta se acerca.
En el camarote, Valentina guarda sus cosas como le indica Manuel, pero apenas tiene tiempo de hacerlo porque, antes de que pueda advertirlo, el mar se levanta como si estuviera dominado por una furia incontrolable.
El océano se transforma en un monstruo. Las olas parecen querer alcanzar el cielo, y el tiempo entre una y otra es de apenas unos segundos.
En el puente de mando Nikos Vlachos intenta recuperar su posición, pero es imposible.
Manuel le aconseja atarse a una silla junto al misterioso viajero, al que no ha oído pronunciar una palabra.
Les ordenan ponerse el chaleco salvavidas, un modelo al que todos se refieren por el nombre de la artista de cine Mae West.
Durante las horas terribles en que el mar los zarandea como a un juguete, Valentina piensa que nadie la ha prevenido de lo que la naturaleza puede decidir hacer con los hombres.
Envuelta en cavilaciones, adormecida por el malestar de su cuerpo, o mirando con curiosidad a su extraño y silencioso compañero, la tempestad amaina por fin.
Una luz mortecina la va liberando del pánico.
Dando tumbos, se encierra en su habitación y reza todas las oraciones que recuerda, mirando, de vez en cuando, la claraboya y el horizonte plateado por la luna que sube y baja a un ritmo peligroso.
Duerme sin levantarse, salvo para usar el orinal.
No hay comida ni cena, y los hombres, más acostumbrados a las tormentas, arramblan con lo que ella ha podido preparar: huevos cocidos, sándwiches y un puchero con café.
Cuando los golpes de Manuel la despiertan han pasado dos días, cinco en total desde que partieron de Nueva York.
Renovada y más estable, se ocupa de los pucheros.
Utiliza el chocolate para hacer una tarta y trata de lavarse el pelo calentando el agua y encerrándose en el comedor para tener intimidad.
Por fin decide vestirse como acostumbraba.
Se pone su vestido de lana color azafrán y se arregla el pelo como siempre hace.
Para los hombres ya no será mujer. Es la cocinera, lo equivalente a una diosa intocable en medio del mar.
El capitán, doce días después de zarpar, anuncia que están a pocas millas de la costa portuguesa.
Valentina siente que un nudo se deshace en sus tripas y por fin puede sentarse en el catre y llorar.
La travesía ha durado demasiado tiempo, o al menos eso le parece a una cuando no deja de sentir miedo, soledad o malestar.
Ella sabía que no estaba en posición de mostrar debilidad, y por eso ha intentado evitarlo.
Pero ahora que llega a puerto está en su derecho de desahogarse.
El capitán toca la puerta con los nudillos para decirle que la espera en el puente. Valentina corre a reunirse con él. El griego no se siente cómodo. Quiere devolverle el importe de su pasaje, que, además, y según sus palabras, está muy por encima de las comodidades que ha podido ofrecerle.
—No puedo aceptarlo. —El capitán deja sobre la mesa un sobre medio abierto que permite ver el montón de billetes que guarda—. Y además, el otro pasajero ha pagado por los dos. Se alojó en mi camarote y se le ha servido como a un rey. Le estoy agradecido.
—Tendré que volver… ¿Se quedará usted en Lisboa?
—Sí. Me quedaré al menos veinte días. Mi familia vive en Sintra, a unos treinta kilómetros de la capital. Volveré a Nueva York con una nueva carga si la situación lo permite.
—La finalidad de mi viaje es recoger a la hija de unos amigos que murieron durante la guerra.
La niña está en un hospicio y voy dispuesta a adoptarla para regresar a Nueva York con ella.
No sé lo que tardaré en resolver la situación, pero necesitaré un capitán valiente como usted.
No parece que la situación política vaya a arreglarse en unas semanas.
—Quizá yo necesite una cocinera…
Nikos es un hombre serio y responsable. Le proporciona un teléfono donde podrá localizarle o al menos obtener información sobre su ubicación.
El dinero sigue sobre la mesa. Por un momento piensa en dejárselo, pero termina por guardarlo en su bolso.
Ella ha trabajado como uno más en la cocina del Greta.
Se despiden con el mismo respeto con el que se encontraron.
Lisboa es la ciudad neutral de la guerra.
Allí se reúnen cientos de espías, militares y negociadores de todo tipo.
Ve al pasajero misterioso subiendo a un taxi.
Aunque no es curiosa, le hubiera gustado saber la misión de aquel hombre al que no ha oído decir una sola palabra.
Ella para otro y pronuncia el nombre de la estación de la que sale su tren hacia España.
Durante todo el trayecto, Valentina disfruta de un cielo azul que le recuerda los felices días de invierno allá en Boise, en su casa.