Un bosque de álamos en Idaho El inesperado regreso #4
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El inesperado regreso #4

Durante la noche, el capitán del barco ha llamado al hotel.

Quiere entrevistarse con Valentina. A pesar de que ella ha pagado su pasaje, necesita verla.

Valentín le aconseja que se vista como una mujer intrépida y que deje al descubierto la cintura.

Quizá tenga miedo de que esté embarazada.

Le han propuesto encontrarse al día siguiente en un restaurante de los muelles.

Mientras, visitan a una persona que hace las funciones de embajador.

Valentina despliega unos encantos de los que nunca ha hecho uso.

Sigue al pie de la letra los consejos de Mary, aunque no cree que el interés se despierte únicamente por el deseo.

Los hombres gozan del poder, y todas las mujeres han de tener una dedicación extra cuando necesitan conseguir algo.

A ellos les gusta mostrarse poderosos, y Valentina no tiene problemas para dejar ver su fragilidad.

Finalmente consigue lo que necesita: una carta de recomendación que podrá usar con el gobernador civil de Bilbao para que tramite el pasaporte y la autorización de salida de la niña.

Cuando al día siguiente va a entrevistarse con el capitán es domingo.

Valentina, mientras se viste, imagina a sus hijos desayunando, jugando con la nieve y con Duncan.

Se pone unos pantalones gruesos y unas botas.

Ni tan siquiera se pinta los labios. Después coge su equipaje.

Tiene que estar preparada y prefiere llevarlo consigo.

En la recepción la espera Begoña, que, con lágrimas en los ojos, la abraza emocionada y le entrega a su marido un paquete.

Valentín la acompaña, como un padre que vigilara a su niña.

—Déjalo en el coche, hace tanto frío que será como si fuera en un frigorífico. Es para el viaje… y como no sabemos cuándo zarpará ese barco…

Tienen tiempo hasta la cita, así que Valentina le pide a su anfitrión que le dé una vuelta en automóvil por la ciudad, que teme no poder visitar. El señor Aguirre accede y le va mostrando los desafiantes edificios que se han construido.

Cuando se sientan en la mesa del restaurante observan sorprendidos cómo unos cuantos clientes se agrupan en torno a un aparato de radio. Valentín se acerca para interesarse. Cuando vuelve a la mesa está lívido.

—¿Qué sucede?

—Los japoneses han bombardeado la Flota del Pacífico en Pearl Harbor. Dicen que han destruido cruceros, acorazados, destructores y decenas de aviones y que hay cientos de muertos. Esto es la guerra, Valentina.

Se miran. Ambos saben lo que eso significa.

—El presidente Roosevelt ha anunciado una intervención radiofónica para todo el país.

En ese momento, un hombre de aspecto huraño se para frente a ellos y se identifica como el capitán del Greta. No quiere comer ni tomar nada.

—Mi nombre es Nikos Vlachos y soy el capitán del Greta.

He venido para anunciarles que zarpamos en una hora.

Todo apunta a que después no podremos salir del puerto.

El presidente está a punto de comunicar al país que estamos en guerra, y esto va a cambiarlo todo.

No les oculto que este viaje va a ser muy peligroso, y que no tengo la tripulación que necesitaría, pero es la última oportunidad.

Doy por hecho que no viajará con nosotros…

—El capitán la mira a los ojos con intención de disuadirla.

—Viajaré con usted a Lisboa como estaba previsto, si no le importa —interrumpe Valentina al capitán—. También es mi última oportunidad… No soy una mujer temerosa, y podré ayudar en lo que esté capacitada. Soy cocinera.

Ha dejado de cocinar hace años, pero no iba a decirle a aquel hombre que no quiere embarcarla que es la reina de la repostería, o que es capaz de obtener el más delicioso de los almíbares para los bizcochos.

Una cocinera tiene la llave de la satisfacción y la voluntad de los hombres, y está dispuesta a valerse de ella.

Mira a Valentín, que permanece silencioso y contrito.

—Valentín, ¿serías tan amable de traer mi equipaje?

El hombre intenta hablar, pero Valentina no se lo permite.

—No hay tiempo. El automóvil está un poco lejos. No te preocupes, todo irá bien.

Ve, a través de la cristalera, a Valentín Aguirre caminando hacia el lugar donde ha aparcado. Suspira y mira a Nikos Vlachos, que la observa con interés.

—Acepto su ofrecimiento. Mi cocinero ha renunciado y lo cierto es que el estómago de los marineros es muy importante. ¿No tiene usted miedo?

Valentina sonríe.

—Mi marido está aterrado, pero yo… A las mujeres nos aterran otras cosas. Quizá porque no sabemos lo que es una guerra. De cualquier manera, sería una estúpida si no tuviera temor a enfrentarme a este viaje. Confío en Dios y, naturalmente, también confiaré en usted.

—Su Dios puede embarcar también. Lo necesitaremos.

El restaurante está cerca de los muelles.

Caminan envueltos en una niebla que se escapa hacia los barcos, haciéndolos parecer fantasmas irreales.

El capitán no es un hombre hablador, pero ella no teme el silencio.

Se levanta el cuello del abrigo y camina despacio para dar tiempo a que vuelva Valentín.

Como acostumbra a hacer para protegerse de lo desconocido, reza un avemaría y readapta su cabeza para estar dispuesta a aceptar cualquier cosa que encuentre.

Frente al Greta, los estibadores trabajan con la carga.

El casco está pintado de un color rojo oscuro y es grande, más de lo que esperaba.

Una bandera desconocida ondea bajo un viento helador.

—¿Esa bandera de dónde es?

—De Portugal. Neutral. —Nikos no está dispuesto a desperdiciar una sola palabra—. ¿Podrá usted escalar?

—Podré.

No sabe cómo va a conquistar la cumbre de aquel navío oscuro. Se fija en la escala de madera y cuerda. Y sigue mirándola hasta que ve a un hombre trepando con una agilidad envidiable. A su lado, el marino da órdenes y habla con otros en un idioma que ella desconoce.

—Viajaremos con otros dos buques. Es mejor ir acompañados.

Valentina se queda en el muelle observando la actividad y el nerviosismo de la tripulación hasta que llega Valentín algo acalorado.

Además del equipaje, lleva el paquete que Begoña ha preparado para el viaje y secretamente agradece su previsora atención.

A unos metros, el capitán mira el despliegue de bultos con curiosidad.

Aguirre le pone en las manos una bolsa que no reconoce.

—Eso no es mío —advierte Valentina.

—Un recadero lo ha dejado muy temprano en el hotel. Ha dicho que es de parte de Mary Tyler. Lo había olvidado.

—Gracias, Valentín. Por favor, llama a mi marido. Pondré un telegrama en cuanto llegue. Hace mucho frío y Begoña estará preguntándose dónde estamos. Vete, y gracias otra vez.

No opone resistencia. El hombre está visiblemente nervioso, con ganas de alejarse de allí.

Parece el familiar de un reo al que fueran a ajusticiar y que no desea estar presente.

El capitán se acerca a despedirle con cortesía y pocas palabras.

Un par de marineros se llevan su equipaje, y ella se prepara para acceder al barco escalando con la supervisión cercana de Nikos Vlachos.

La parte habitable del Greta es pequeña respecto a la superficie de carga.

Por encargo del capitán, un marinero que se presenta con el nombre de Manuel la acompaña al camarote y le indica dónde están la cocina, el comedor, los demás habitáculos y la sala de máquinas.

No hay lujos, y todo es de una sencillez casi escandalosa.

Manuel habla algo de español, inglés y portugués.

Es joven, entusiasta, y despide un aire aventurero y de inocencia.

Valentina agradece el rostro amable, desprovisto de gravedad.

El camarote que le han asignado está junto al del capitán, este lo ocupa un hombre un tanto misterioso que se ha cruzado en el pasillo.

Le han llamado la atención su traje impecable, los zapatos limpios y esa manera de peinarse con fijador, como los del cine.

El espacio es reducido y solo tiene un catre sencillo, un armarito y una mesa con su silla.

Su equipaje está encima de la cama. Valentina no ha estado nunca en una cárcel, pero cuando se imagina una celda se parece a lo que ve.

Afortunadamente, hay una claraboya por la que quizá pueda ver el horizonte cuando salga el sol.

Escucha un leve rumor de motor y pasos y voces en el pasillo.

Manuel le ha dicho que no zarparán hasta la madrugada.

Valentina no quiere deshacer por completo su equipaje.

En pocos minutos se ha dado cuenta de que la ropa que lleva no le servirá en el barco.

Rebusca un vestido de lana, una prenda de punto gordo y un cárdigan.

Saca sus cosas de aseo y coloca en el armario lo que puede necesitar.

La foto de su familia al completo la deja sobre la mesa después de depositar sus labios sobre los rostros risueños de sus hijos y su marido.

Coloca sus pertenencias en un rincón y deja su enorme bolso a mano.

Lo único que queda es el paquete que le ha preparado Begoña, tan pesado que no se atreve a levantarlo.

Revisa con curiosidad la bolsa que ha dejado Mary para ella.

Sabe que su amiga es impredecible, pero se queda perpleja al descubrir un traje de chaqueta de buen corte y una blusa de seda rosa.

En la solapa, prendido, como si fuera a usarlo esa misma noche, un pequeño y bello broche de brillantes que forma un ramillete de flores emite pequeños destellos.

Incrédula, no puede más que admirarlo. Toma un sobre que hay prendido con un alfiler y lee la nota:

Las atenciones de los hombres son proporcionales a nuestro

aspecto y a los secretos que parecemos guardar.

No lo olvides. Te esperaré.