Un bosque de álamos en Idaho El inesperado regreso #3
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El inesperado regreso #3

Se sienta y permanece atenta a lo que queda tras el cristal…

Espacios infinitos, pueblos que agrupan media docena de casas que se aprietan para existir en ese vasto territorio.

Cuando anochece se encienden las luces de Navidad en esos pueblitos dispersos en los que los abetos iluminados desafían la soledad.

Se adormece imaginando a Valentina. Piensa en ella, y cada vez que lo hace nota que sus tripas se encogen.

No tiene miedo al viaje, pero teme que los ojos de la niña tengan una tristeza irreparable.

En su bolso lleva fotografías de sus hijos, del jardín, del collie que Domingo trajo hace unos meses y que corre de un niño a otro desafiándolos para que jueguen.

Quiere que vea el mundo en el que se la espera.

También ha guardado algunas de la confitería, para enseñárselas a Esther, y otra de su marido, que mira al objetivo como si temiera que fuera a robarle el alma.

Milagros le ha cosido una especie de cinturón holgado con departamentos donde meter el dinero y que la hace parecer una mujer de caderas anchas.

Cada tres horas se detienen. Unos pasajeros suben y otros bajan. Estiran las piernas, a veces toman un café o un sándwich. Atraviesan ciudades donde los edificios compiten en altura y bullicio, campos de trigo, graneros, algún bosquecillo… Mucho frío fuera y demasiada calefacción en el interior.

Las mujeres no se aburren. Mary le habla de los orígenes humildes de su familia, unos irlandeses que vinieron al nuevo mundo en busca de prosperidad.

La intimidad del recinto, la cercanía y las largas horas en compañía de día y de noche tejen un vínculo aún más profundo del que poseían.

En un momento dado, Mary le confiesa que ha nacido en Nueva York, una ciudad que adora, pero que vive en Boise porque Robert no es su marido, sino su amante.

Él está casado, tiene tres hijos y una mujer en Washington.

—¿Por qué Boise?

—Entre otras cosas, porque ningún periodista o senador va a encontrarme allí y porque Robert heredó la casa de una tía a la que ni siquiera conocía. Una amante como yo destrozaría su carrera política.

Por primera vez en su vida, Valentina comprende que hay otras personas que viven el amor de una manera irrenunciable.

No se sonroja cuando la irlandesa le hace confidencias muy alejadas de la moralidad.

No puede hacerlo. Ella no sabe si los amores de Mary se parecen a lo que comparten su marido y ella.

Quizá no, porque Mary vive anhelando a su amante y ella lo tiene cada día.

Valentina quiere responderle, y por eso le habla de su amor por Domingo y de su sensación de desconocerle, de no llegar a él.

—¡Ay, Val! Da gracias a Dios. El día que lo conozcas del todo dejará de parecerte fascinante. El amor es como un buen cuadro: si siempre ves algo distinto, lo adorarás, pero en el momento en que sientas que no tiene secretos lo cambiarás por otro.

—No, eso nunca.

—Dile todos los días que le amas.

Cuatro días después llegan a Nueva York. Begoña y Valentín la esperan. Mary Tyler cae en brazos de un hombre maduro y pelirrojo al que presenta como su padre y desaparece en medio del gentío, no sin antes abrazar a Valentina y susurrarle al oído:

—Esperaré tus noticias. Me encontrarás aquí para volver contigo a Boise.

—Será mejor que no hagamos planes. Preferiría que no me esperaras.

Nueva York la recibe iluminada como una noche de verbena.

En cada calle y plaza hay bombillas de colores, abetos y guirnaldas.

Los rastros de pobreza que ella vio once años atrás han desaparecido, y los edificios inmensos compiten en grandiosidad.

Valentín cree que la entrada en la guerra europea es inminente y que de nuevo la economía se resentirá.

Le detalla las gestiones que ya ha hecho, así como algunas pendientes que deberán revisar en cuanto se instale en el hotel.

Begoña le coge de la mano y le hace un gesto para que ignore a su marido.

—Tienes que descansar. No creo que el barco sea un remanso de paz, y será mejor que la travesía te pille fuerte.

Tiene dos días para hacerlo, quizá tres, porque el capitán del mercante ha dejado claro que no se puede comprometer a una fecha de salida. Todo dependerá del tiempo, de las mareas y de la celeridad que imponga la carga.

—Hemos conseguido que viajes sola en un pequeño camarote. No habrá comodidades, pero al menos no tendrás que soportar a nadie. El capitán es un griego que sabe más de navegación que el mismísimo Juan Sebastián Elcano, pero nadie te va a engañar, y menos aún él: este viaje es una temeridad.

—¡No la asustes! ¡Tiene que buscar a una niña!

Valentina sonríe. Nadie conseguirá asustarla, y lo que tenga que ser será. Está convencida de que todo irá bien. Una fuerza sobrenatural la sostiene. Encontrará a Valentina. Se lo ha prometido a sus padres, a quienes nunca olvida incluir en sus plegarias, y sobre todo a sí misma.

Al llegar al número 82 de Bank Street, Valentina siente una particular alegría.

Recuerda su primer baño en el Hotel Santa Lucía, la cocina del Jai Alai, a Manuela, a Elizabeth y el día de su cumpleaños.

Tiene ganas de ir a las cocinas, pero lo primero es acomodarse en la habitación y llamar a su marido para decirle que ha llegado bien.

Se da un baño suspirando, se cambia de ropa y mira por la ventana.

Le parece que hace un siglo que pisó esta ciudad, que es otra la que vuelve. En realidad, así es.

Pide una conferencia con Boise, con la oficina de su marido, y espera hasta que al otro lado de la línea escucha la voz áspera de Domingo. Siente un escalofrío. Su cerebro lo reconoce.

— Maitia —le dice con una añoranza primitiva.

Espera unos instantes a que el impacto de su voz se aleje y le informa de que el viaje ha sido bueno, que está en el hotel y que el matrimonio Aguirre la espera para cenar.

—Y el barco… ¿sabes cuándo zarpará?

—En dos o tres días. En realidad, Valentín dice que lo decidirán en el último momento.

Hablan de los niños, de Duncan el perro, de lo que han comido…

Bajo esa trivial conversación se siente el aliento del miedo, de la cautela, de la preocupación del uno por el otro.

Los dos custodian lo que comparten, y ese contrato silencioso que dice que ambos conservarán lo que tienen hasta la vuelta permanece ahí, como un juez que todo lo presencia.

Valentina recuerda los consejos de Mary para cuidar el amor…

«Dile todos los días que le amas». Nunca se lo ha dicho, tampoco Domingo a ella.

Él le regala palabras de admiración, le dice que es bella, que su cuerpo es precioso, pero lo cierto es que ella pocas veces expresa con palabras su amor por él o por sus hijos. Quiere pronunciarlas, pero no le salen.

—Si no puedes llamar para decirme que zarpas, que lo haga Valentín.

— Domingo, maite zaitut [57] .

Valentina se reencuentra con Manuela y Elizabeth en la cocina del Jai Alai.

Se ponen al día en un inglés salpicado de palabras propias.

Cena con los Aguirre y hablan mucho de España, pero no nombran la guerra europea.

No es habitual ver a Valentín silencioso, pero lo está.

Un par de veces mira a la joven y le advierte que está a tiempo de arrepentirse.

Le habla de unos portaaviones en el Adámico que se dirigen a las costas americanas.

Ella ignora la información, no quiere saber.

Lo único que le interesa es seguir anotando nombres y direcciones a los que poder acudir si las cosas se tuercen.

Quiere ir a la catedral de San Patricio y a ver ese edificio que estaba en obras cuando llegó a la ciudad y del que todos hablan: el Empire State.

Por fin en su habitación, recompone el equipaje.

Quiere tenerlo todo listo por si el capitán la requiriera.

Saca el cuaderno, revisa sus quehaceres y anota otros.

Es 6 de diciembre, y calcula que si parte en un par de días, y teniendo que añadir al menos ocho o diez de viaje, puede que llegue a Bilbao hacia el 20 de ese mes.

Abandona sus cálculos. Está claro que no llegará a casa para estar en Nochebuena con sus hijos y Domingo.

La apena, pero, como si tuviera un mecanismo secreto que desactivara los malos presagios, cierra el cuaderno y sigue acomodando sus cosas.

Las cartas que debe entregar son muy importantes.

Tras la guerra civil, y ahora con la europea, los transportes se han vuelto imposibles y la distancia que separa a los vascos de su tierra parece que se ha doblado.

No podrá evitar volver a Lekeitio, a Bedarona y quizá a Ea.

Verá a sus primas, a sus tíos, y podrá arrodillarse en la basílica para hablar con su Virgen.

También estará obligada a volver a Gernika, y eso lo teme.

No poder ir a ver a Clara, o ver el Arraun sin sus propietarios, será peor que sortear los submarinos alemanes.

Por fin se mete en una cama mullida y limpia.

Antes de cerrar los ojos, saca las fotos de sus hijos.

Las besa y les da las buenas noches. De alguna manera, siempre ha creído que el amor viaja por canales desconocidos y cree que ellos sentirán sus besos.

Compone el rostro de Valentina a partir de esa fotografía de la que ha hecho varias copias, quiere imaginarla con las facciones más definidas, quizás la mirada desprovista de inocencia debido a lo que ha visto, pero no puede.

El rostro que ve es el de su amiga Mariana, sonriendo el día en que nació su ahijada justo en aquel momento inolvidable en que ella misma le puso a la niña en el regazo.

El pecho se le rompe, pero el cansancio gana a su pena.