El inesperado regreso #2
Valentina apaga las luces y camina hacia el dormitorio recordando las palabras que ha leído y que aún no le han empapado la voluntad.
Esther le anuncia que el señor De la Sota piensa llamarla.
Ella ha prometido escribirle con las noticias que tenga.
Va a volver a dirigirse al señor Marco Gardoqui, para poder visitar a la niña al menos una vez a la semana.
Recuperar su confianza va a costar. Le he hablado de ti, y cuando lo he hecho ha sonreído. Te recuerda.
La niña la recuerda. El pecho se le llena de algo pesado que le impide respirar.
La niña no recordará su rostro, pero su madre le habrá hablado de ella.
Mariana tuvo que explicarle el origen de su nombre, y una niña sola, y ella lo sabe con certeza, se agarra a los recuerdos para creer que un día volverán a abrazarla.
La decisión está tomada. Irá a buscarla.
—Te acompañaré. —Domingo la abraza—. No puedes ir sola a Europa.
Hay una guerra, Valentina. Quizá no puedas hacerlo, porque he oído que no funcionan los barcos de transporte de viajeros.
Es una situación imprevisible. Tal vez podrías llegar, pero no volver.
Si insistes en ir, no te dejaré hacerlo sola.
—No, maitia . ¿Quién cuidará de nuestros hijos? ¿Y los negocios? —Valentina le acaricia el rostro.
Su hombre no sabe que ella no teme esa guerra que está más allá de los Pirineos y que solo tiene miedo a perderle a él.
Domingo, a su vez, intuye que su mujer no es capaz de aceptar la inmensidad de ese conflicto que marcará al mundo.
En la confitería hay un trasiego de noticias domésticas, chismes y amoríos prohibidos, pero los hombres, en sus negocios, ven las nubes negras que presagian tormentas.
Franklin D. Roosevelt sabe que los estadounidenses no han olvidado las numerosas bajas de la Primera Guerra Mundial y proclamó su neutralidad, pero con el paso del tiempo ha ido preparando a su pueblo y, en septiembre de 1940, declaró el estado de emergencia nacional y aprobó la Ley de Servicio Selectivo, que obligaba a los hombres a registrarse para el servicio militar.
Ha intercambiado destructores con Inglaterra a cambio de bases navales en el Atlántico y fábricas de armas.
Domingo observa a su mujer. Una energía renovada la asiste cuando al día siguiente anuncia que piensa ir a España a buscar a la hija de Nicolás y Mariana.
Toda la comunidad conoce el fin de su osado viaje y cada una de las mujeres le ofrece su ayuda.
Desde Nueva York, Begoña Orbe la informa de que puede ir hasta allí en avión en apenas diecisiete horas, pero Valentina no quiere viajar en ese medio de locomoción que Mary Tyler adora.
Si lo hace en tren tardará dos días, y en autobús cuatro si no hay problemas con la nieve.
A las espaldas de Begoña, Valentín Aguirre vocifera que aquello es una temeridad.
Está obligada a realizar muchos trámites antes de subirse a ese autobús rápido Greyhound que atraviesa medio país hasta Nueva York, y el otoño está a la vuelta de la esquina.
No puede irse sin obtener los papeles que necesitará para traerse a Valentina.
Mary Tyler consigue certificados con solo cruzar las piernas o airear su melena rojiza.
Encarga informes de convivencia, saca fotos de los negocios y pide al banco referencias de los Arsuaga.
Se ha empeñado en acompañarla hasta Nueva York, y ha movilizado a varios senadores en Washington para que Valentina, que es americana, consiga su propósito.
—Lo conseguiremos. Yo me ocupo de los poderosos, y tú de abrazar a esa niña.
No obstante, la situación es compleja con la guerra de por medio.
La mayor parte de las compañías marítimas han suprimido los viajes transatlánticos, pues la mayoría de sus barcos han sido requisados con fines militares.
La guerra en Europa afecta de pleno al Atlántico, y los submarinos alemanes y las patrullas británicas comprometen la seguridad del transporte.
Valentina se desespera pensando en la manera de llegar a Bilbao.
Nadie sabe lo que durará la guerra, pero esperar no le parece una solución.
La única opción viable es viajar en barcos de carga y correo.
Algunos ofrecen alojamiento básico a precios muy altos y sin garantía, pues las salidas son irregulares, y las rutas, indirectas.
Valentín Aguirre la informa de que lo mejor es que viaje hasta Lisboa.
España levanta sospechas. A pesar de haberse declarado neutral, el régimen franquista no oculta sus simpatías hacia las potencias fascistas y la relación con Estados Unidos no es buena.
Viajar no va a ser un placer, sino una aventura de alto riesgo que Valentina está dispuesta a afrontar.
Manuel de la Sota telefonea a la confitería una semana después de que llegara la carta de Esther. No la disuade de su deseo de regresar, pero le aconseja extrema prudencia y le ofrece su ayuda.
—En estos momentos es conveniente tener amigos hasta en el infierno. Cuente conmigo.
El hombre la pone al corriente de los papeles que necesitará en España y de la conveniencia de que formalice la adopción valiéndose de su nacionalidad española.
Los complejos visados y permisos especiales correrán a cargo de las relaciones que mantiene con Manuel Aznar Zubigaray, un periodista que durante la República participó en la tertulia presidida por Pedro Eguillor en el Café Lion d’Or de Bilbao y que contó con Miguel de Unamuno, Gregorio de Balparda, Ignacio Zuloaga o José María de Areilza, entre otros.
Valentina no sabe de quiénes le habla. Puede recordar los nombres de todos los chefs franceses de categoría, e incluso recitar el santoral, pero reconoce su desconocimiento respecto a los grandes hombres.
Anota en su libreta los datos que necesitará consultar con Valentín Aguirre cuando esté en Nueva York.
Para finales de noviembre, Valentina posee una carpeta repleta de papeles y numerosos sobres con dólares en su interior que los residentes de Boise esperan que entregue a sus familiares.
Valentina no tiene miedo, pero Domingo se vuelve aún más silencioso con el transcurso de los días.
La nieve cubre la ciudad, las montañas y el fondo de su corazón.
Conoce la determinación de su esposa y sabe que, por muchas dificultades que se presenten, nada la disuadirá.
—En primavera, aunque la guerra no haya terminado, al menos el clima será más propicio. Piénsalo.
—No tengo nada que pensar. Ella nos necesita.
—Hay movimientos por parte de los japoneses. Algunos dicen que pueden atacarnos.
—América es grande.
Cada noche la abraza manoteando los pensamientos que presagian peligros a los que una mujer no puede enfrentarse.
Piensa en los ladrones, en ese barco de carga en el que ha reservado un camarote compartido con otra mujer, en los torpedos que los periódicos dicen que los submarinos alemanes disparan contra todos los que navegan.
Piensa en el frío, la nieve y la decepción que sufrirá al volver a una ciudad destruida.
—Los hombres no sabéis la fuerza que nos otorga la naturaleza cuando de un hijo se trata. No temas, volveré con ella para que la protejas como haces con tus hijos.
—No te enfrentes a los militares.
—No me enfrentaré a nadie. Me gastaré todo el dinero en regalos y chantajearé a quien haga falta, pero la traeré.
Lo tiene todo previsto, salvo el azar, y para él ha reservado sus plegarias y sus súplicas. Lleva una libreta con cientos de nombres y direcciones de políticos, curas, diplomáticos y abogados. Eso sin contar con los contactos que le proporcionarán los Aguirre en cuanto llegue a Nueva York.
Va a cumplir treinta y dos años, y tiene una familia.
El autobús es cómodo, tiene buena calefacción y lo conduce un muchacho fornido. Cuando Valentina lo mira, está segura de que nada malo puede pasar. Va vestido con uniforme, y tras su asiento hay una pequeña placa que dice:
YOUR OPERATOR
J. WILLIAMS
SAFE. RELIABLE. COURTEOUS [56] .
Mary despliega sus encantos. Insinúa que no puede ni con el bolso y se deja ayudar.
Valentina saluda sonriendo a Domingo y a Rita, que la han acompañado hasta la salida.
Mira a su marido. Él no sonríe. Está quieto, anclado a la tierra con las piernas levemente abiertas, y la observa fijamente.
Aguanta con firmeza el nudo que tiene en la garganta.
Ella sabe que Domingo está inmortalizando su sonrisa y que la guardará celosamente hasta su vuelta, como guardó la fotografía que le hizo Ojanguren bajo el magnolio que había al fondo del jardín del Palacio Iribarren.
El gran autobús inicia la marcha. Deja atrás la ciudad y toma la carretera.
Aunque su compañera parlotea a su lado y busca y rebusca en su bolso, las amplias ventanillas le ofrecen un paisaje nevado y hermoso.
Su amiga se coloca un antifaz. El resplandor de la luz sobre la nieve le daña los ojos.
Valentina suspira aliviada y se vuelve a mirar los páramos cubiertos de blanco mientras aprieta contra su pecho la bolsa repleta de nostalgias y certificados.
Tres horas después, se detienen en un restaurante.
Los pasajeros negros no pueden entrar por la misma puerta, y Valentina le pregunta a su amiga por ese misterio americano que hace que el pueblo se indigne por el trato que los nazis dispensan a los judíos mientras ellos colocan carteles racistas por todo el país.
Mary se encoge de hombros, le habla de los campos de algodón, de Luisiana y de los barcos de esclavos.
— Darling , las diferencias han existido desde el principio de los tiempos. Guapos y feos, ricos y pobres, hombres y mujeres, blancos y negros, sur y norte…
Valentina se dice a sí misma que los viajes revuelven la cabeza, destapan la realidad y quitan el maquillaje que oculta el tiempo. Cuando vuelve al autobús, el conductor la ayuda a subir los tres escalones…
—Gracias.
A su espalda, Mary le murmura:
—¿Lo ves?… Hombres y mujeres…