El inesperado regreso
El inesperado regreso
VALENTINA Y DOMINGO
Domingo y Valentina son personas relevantes dentro de la comunidad vasca de Boise.
En el camino han perdido parte de las letras de sus nombres.
Ahora, con esa costumbre de simplificar la vida que poseen los americanos, son Dom y Val, pero en la intimidad guardan sus nombres completos, igual que el recuerdo de lo que significó poder escribirlos.
Es sábado. La familia al completo se sube al nuevo vehículo que los llevará a Mountain Home, donde Catherine va a establecerse por fin junto a su hermana.
Simón ha cumplido diez años, y la pequeña Macu, que también ha perdido algunas letras de su nombre, tiene cuatro.
Cestas y bolsas de viaje esperan a que Domingo las acomode.
A pesar de su fortuna, Valentina no ha olvidado de dónde viene.
Trasiega con mantas, cacharros de cocina, cajas de alimentos que su amiga puede necesitar o que en el rancho tendrán una segunda vida.
No ha renunciado a la austeridad, y la nueva casa de Grove Street, en el barrio en el que viven la mayor parte de sus conocidos, es espaciosa pero sencilla.
El viejo baúl que le regaló Esther cuando era la gobernanta del Palacio Iribarren sigue moviéndose por la casa como si tuviera vida propia y fuera a ser utilizado en cualquier momento.
Ni hablar de desprenderse de ese objeto que parece guardarla a ella misma y todos sus recuerdos.
Los niños meten en él los juguetes o se sientan sobre esas bridas de resistente cuero a las que Catherine dio cera y lustró.
Antes estuvo al lado del escritorio de Valentina, albergando sus cuadernos, y mucho antes en el dormitorio, tapado con un paño como si fuera una mesa auxiliar.
Ahora está en la galería de invierno, donde en contadas ocasiones se sientan a contemplar ese cielo azul y limpio que suele tener Boise en invierno.
Domingo y Víctor Goitisolo han formado una sociedad.
Su empresa, Gozoa, empezó vendiendo algunos dulces, polvorones, chocolates, galletas, pero las técnicas de congelación avanzaban y ya había tiendas de productos congelados.
Los hombres, que apenas sabían cocinar, decidieron vender algunas de las recetas de la confitería listas para llevar a la mesa tras el periodo de descongelación y el éxito fue inmediato.
Abastecieron primero a algunas tiendas que les hacían encargos puntuales, luego fueron a los restaurantes, y ahora se preparan para romper los límites del estado.
En el almacén de Banner Street trabajan cinco personas, dos procedentes de Ea, una chica de Algorta y ellos dos.
Lekeitio no es la única confitería existente en Boise, aunque la fama de sus productos no ha mermado y sigue siendo la más frecuentada.
La vida en apariencia seguía su curso, salvo que China luchaba contra el Imperio de Japón y que este país se había unido a la Italia fascista y a la Alemania nazi contra medio mundo.
La guerra contra este bloque, que había comenzado en 1939, se extendía ya a un número considerable de países.
A Francia, Polonia y Reino Unido se les habían unido Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica, y para 1940 los aliados se incrementaron con la Francia Libre, Dinamarca, Noruega, Bélgica, Luxemburgo, Países Bajos, Grecia y Yugoslavia.
En junio de ese año, la Unión Soviética se unió a los aliados y Estados Unidos permanecía expectante, preparándose para su intervención.
El mundo se ha unido para derrocar la oscuridad del régimen nazi.
Sin embargo, Valentina observa con cierta impasibilidad el desarrollo de los acontecimientos que inundan los periódicos, sin perdonar al destino que la haya desposeído de Mariana y su familia.
No tiene noticias de la niña, que parece haber sido engullida por el odio, y se niega a ignorar el obstinado silencio que llega del otro lado.
A pesar de su dura infancia, el agujero de esta pena la perfora con más intensidad de la que los demás suponen, y cuando contempla a sus hijos siente que en algún rincón de ese mundo convulso al que el siglo XX tortura estará Valentina, una adolescente que no tendrá madre ni padre.
Dividida en su sentir, avanza con su marido y sus hijos, negándose a mirar atrás.
En el rancho, los niños son felices. Disfrutan de los animales, del campo y de su padre.
Montan a caballo, ordeñan las vacas y duermen rendidos de dicha y cansancio.
Valentina no lo es tanto. Las montañas le abren el apetito y la dejan descansar, pero está acostumbrada a la ciudad y al contacto con la gente.
Cuando se acuestan, Domingo la abriga con sus brazos como siempre ha hecho.
Ella le sigue mirando con cierta admiración: nunca sabrá quién es ese hombre.
No terminará de descubrir de qué está compuesto su silencio.
Valentina se pregunta si será eso el amor, la vida al lado de un hombre que una no sabe con qué parte de él la quiere y al que no se acaba de ver por entero.
Cuando llega septiembre, ese mes que se empeña en zarandearla con acontecimientos, recibe una carta de Esther.
Se ha acostumbrado a reacomodar su esperanza antes de abrir esos sobres que la unen a su tierra.
Ya no espera la noticia de que Valentina está viva ni reza pidiendo el milagro.
Se ha acostumbrado a ese único hilo que le queda con la tierra a la que sabe que no volverá.
Su amiga sigue poniéndola al corriente del aroma de los días de paz.
Sabe hacer unas crónicas exactas de lo perdido y ganado para que Valentina comprenda cómo se adaptan a los cambios que el nuevo régimen ha traído consigo.
En dichas crónicas, Valentina ha ido detectando cómo carta tras carta descendía su entusiasmo.
Esther va a cumplir cincuenta años y se siente cansada.
No le gustan los falangistas, que al parecer están por todas partes imponiendo una moral que no atiende a razones.
Pero ese día, cuando ya no espera ni sueña, la vida la sorprende. Tan solo le hace falta leer un par de líneas para que la sangre no le llegue al cuerpo.
Querida Valentina:
¡La han encontrado! Está viva y la he visto…
Calma, Esther, me digo a mí misma, debes ser paciente y empezar por el principio.
Como te dije en anteriores misivas, Manuel de la Sota me llamaba al hotel desde Biarritz, donde reside, para decirme que la búsqueda de Mariana no daba resultados.
Lo hizo en cuatro ocasiones, y después no hubo más que silencio.
Ya no esperaba su llamada. Sin embargo, hace dos días estaba en recepción cuando mi amigo Alberto Gutiérrez descolgó el teléfono y me lo tendió.
Reconocí su voz de inmediato, y también su satisfacción: la habían encontrado.
Los hombres importantes tienen relaciones y las utilizan por mucho que los separe la política, y Manuel de la Sota está ampliamente relacionado.
Valentina estaba ingresada en la Santa Casa de Misericordia de Bilbao, donde viven huérfanos.
Una conocida suya, en una recepción, le comentó ciertas gestiones con la beneficencia para acoger a una niña huérfana a fin de que trabajara en su domicilio.
La señora habló de la marca violeta de la cara de una recomendada de las monjas de la caridad.
El resto está en manos de ese azar encadenado que, gracias a Dios, funciona.
Algún día te lo contaré con detalle. De la Sota me proporcionó el teléfono del director de la institución, don Benito Marco Gardoqui, al que acudí al día siguiente y quien me hizo saber que la niña estaba disponible en adopción.
Me informé. Yo no reúno las condiciones necesarias.
No estoy casada, y eso es una condición indispensable.
Además, no tengo edad para ser madre, pero al menos me permitió visitarla.
Acabo de llegar a casa. Te confieso que el lugar no es el más adecuado para una vida feliz.
Decenas de niños vestidos con batas grises jugaban en el jardín, obedeciendo a los silbidos de una religiosa.
Los niños separados de las niñas, como se estila ahora, el pelo muy corto, y ese olor a Zotal que anuncia la pobreza y los piojos.
Vi a Valentina en un despacho. No la reconocí hasta que sonrió.
Sigue teniendo sus preciosos ojos, pero está flaca y quizá desnutrida.
Le dije que era amiga de sus padres y le entregué un paquete de caramelos de malvavisco.
Lloraba sin emitir sonido alguno y se me rompió el corazón. Tenemos que sacarla de allí…
Valentina no levanta la vista del papel e ignora las señales de alarma de Domingo.
En su interior, el viaje hacia la mirada de aquella niña ha empezado.
Mira a su alrededor. Domingo espera como un gendarme a que ella muestre deseos de poner la mesa para la cena, sus hijos han recogido los plumieres de la escuela y miran sus tareas esperando a que los adultos decidan su destino.
Quiere llorar y no puede. Lo único que desea es salir en su busca, pero se levanta dando un sonoro suspiro.
—Valentina ha aparecido. Vive en la Santa Casa de Misericordia, un lugar para huérfanos.
Domingo pone su mano grande sobre su hombro.
Es su manera de decir que está con ella, que hablarán más tarde en la habitación.
Valentina calienta la cena, les ordena recoger sus cosas, lavarse las manos y rezar antes de hincarle el diente al guiso de carne que ha dejado preparado por la mañana.
Luego Domingo recoge la mesa mientras ella acuesta a sus hijos y les canta su querida nana.