Un bosque de álamos en Idaho Ciudadanos americanos
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Ciudadanos americanos

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VALENTINA Y DOMINGO

Por primera vez la emigración se cambió de nombre y pasó a llamarse exilio.

No era el hambre, la promesa o el sueño del oro y el nuevo mundo lo que empujaba a muchos a dejar la tierra, sino la represión y el miedo a ser detenidos o fusilados.

No solo políticos, sino también intelectuales, artistas, profesores que defendían sus ideas, nacionalistas o miembros de los partidos existentes atravesaban las fronteras o embarcaban en buques que los llevarían a los lugares del mundo donde su vida y sus ideologías estarían a salvo.

México, Argentina, Venezuela, Chile y Estados Unidos les hicieron un hueco, mejorando su tejido social y dejando a España huérfana de hombres grandes.

En el mes de diciembre, Begoña Aguirre los avisó de que la delegación del Gobierno vasco en Nueva York, formada entre otros por Manuel de la Sota y Antonio de Irala, se dirigía al oeste americano con el fin de recaudar fondos para los miles de presos y refugiados vascos.

—Les he dado tu dirección. Ponte en contacto con ellos.

—¿Sabes dónde se alojarán?

—En el Hotel Anduiza, en Grove Street. Se quedarán un tiempo en la capital, y luego recorrerán Idaho, Nevada, Oregón y Utah. Creo que ellos podrán ayudarte a buscar a la niña. Son hombres muy relacionados que trabajan codo con codo con el Gobierno en el exilio.

Una esperanza se abre ante ella. Aunque Valentina es un miembro importante en la comunidad, todos, y especialmente las mujeres, saben que hay personalidades —sobre todo hombres— que pueden llegar a lugares a los que ellas solo pueden acceder con su colaboración.

Los esfuerzos de Esther por localizar a la niña no pueden igualarse a los que ellos son capaces de hacer.

Después de saber las fechas de la visita, se propone invitar a cenar a los representantes del Gobierno vasco y a que no les falten en el alojamiento unos dulces de su confitería.

Los preparativos de la Navidad sumergen a los casi veinte mil vascos residentes en el estado de Idaho en una gran actividad.

No solo es la preparación del baile, el sorteo del mejor cordero o el alojamiento que necesitan los que vienen de fuera, también hay que ocuparse de los enfermos o de los muertos.

Valentina forma parte de la junta del club de mujeres.

El marido de Juanita Mendiola, Sabino, ha muerto, y ellas se ocupan de que no falten flores en el entierro.

Los muertos son muy importantes para la comunidad, y en el cementerio de Boise las mejores tumbas les pertenecen.

No importa que en vida no hayan recibido su atención: en materia de homenajes no les gana nadie.

Encargan flores por un valor exorbitante, pero Valentina aprueba el envío sin dejar de pensar en que los ilustres visitantes la acercan a la hija perdida de Mariana.

Tiene que encontrarla antes de que finalice la guerra y los vencedores se repartan las prebendas.

El baile de los pastores se celebra el 22 de diciembre, y este año será en el Salón del Pabellón de Riverside.

Se sabe que estará amenizado por la orquesta de Merrill Farming, además de otros afamados músicos vascos con txistu , tamboril, guitarra, pandereta y acordeón, y que en el intermedio del acontecimiento se celebrará la subasta del mejor cordero y el mejor pavo seleccionados entre los criadores.

Los vascos esperan el momento de las apuestas más que la aparición de las mujeres más bellas.

La recaudación de los beneficios este año será destinada a los refugios de los exiliados.

En la casa, Catherine sigue ayudando a la familia.

Ya no amamanta a Inmaculada, no porque no quiera, sino porque el pecho se le ha secado.

Su vínculo con la niña es fuerte, y en ocasiones a Valentina se le parte el corazón cuando su hija la prefiere.

Ella trabaja de la mañana a la noche en la confitería y la niña está cuidada y feliz en su compañía.

Ha conocido a su hermana, que reside en un rancho a unas millas de Boise, y Catherine le ha pedido unos días para reunirse con ella en Navidad.

Valentina sabe que ambas quieren trasladarse a Mountain Home, donde el esquí atrae a los turistas y los hoteles y tabernas abundan, y ha aceptado.

Eso supone que no podrá acudir al baile.

No le importa: prefiere estar con sus hijos y adornar la casa con luces y un abeto, como hacen los americanos.

En su fuero interno, desea que Catherine tenga una vida lejos de ellos.

Ambas han cumplido su misión. La de ella era proporcionarle un hogar donde sanar, pagarle un sueldo y no exigirle nada más allá de que amamantara a su hija.

Catherine ha cumplido. Ahora sonríe, viste con dignidad y conoce el calor que proporciona un hogar.

La Confitería Lekeitio es la única en kilómetros a la redonda.

La actividad del obrador es intensa en Navidad, y Valentina es una firme consumidora de los últimos electrodomésticos.

Hay batidoras, amasadoras y frigoríficos de acero que facilitan el almacenamiento y la conservación de los productos.

Las dos últimas chicas que llegaron procedentes de Ispaster y la mujer de Víctor Goitisolo, Ángela, se han incorporado a la plantilla.

Ya son ocho personas que producen pasteles, tartas, turrones y bombones, no solo para la venta directa, sino también para abastecer a hoteles y establecimientos de los alrededores de la capital.

Al final del día, satisfechos y agotados, Valentina y Domingo apenas tienen tiempo de darse la mano antes de dormir. Ese leve contacto les permite seguir trabajando hasta la extenuación. Se sorprenden de lo que han conseguido y hacen bromas.

— Maitia , no sabías qué hacer para que no me fuera a la montaña.

—Y, sin embargo, sé que la miras con más deseo que a mí.

—Voy a pedirle a Víctor que trabaje conmigo. Están en el hotel de Anduiza, y él no quiere seguir con el pastoreo. Ha vendido el terreno y la cabaña que tenían cerca de Mountain Home. Ella se administra bien, pero…

—Quita y no pon, se acaba el montón. Lo he visto. Es buen hombre. ¿Has visto alguna casa?

—Pídeselo a Mary. Yo no tengo tiempo.

La primera semana de diciembre, la noticia corre de boca en boca por la ciudad: han llegado los representantes vascos y se rumorea que han venido para informar sobre la realidad que se vive en Euskadi bajo el gobierno del General Franco.

En la confitería, las clientas comentan que ahora el Gobierno vasco está en París y que desde esa ciudad quieren saber exactamente cuántos de los que vivían antes allí están desperdigados por el mundo.

Los barcos hacia Argentina, Venezuela o México salen repletos de españoles desde el puerto de Valencia, aún en manos de la República, y Valentina solo piensa en que los visitantes son una oportunidad caída del cielo para la búsqueda de la niña.

Escoge con esmero los mejores dulces, aquellos que sin duda echarán de menos en el exilio, e incluye unas bolsas de almendras garrapiñadas.

Envía las delicias al hotel de Anduiza junto con una nota en la que les desea una buena estancia en Boise.

Nombra a Begoña Orbe y su deseo de un encuentro, y se despide esperando noticias.

Mientras escribe «Manuel de la Sota» en el sobre, la idea de que ha escuchado ese apellido antes no la abandona.

No pasan ni veinticuatro horas cuando el señor De la Sota llama a la confitería para hablar con ella.

No habla euskera, pero en un castellano elegante le da las gracias y propone un encuentro para dos días después.

Valentina piensa en hablar con Mateo Arregui para que les prepare una cena en su hotel.

Ella no sabe lo que encierra esa palabra que no sabe exactamente como emplear.

El exilio no es como emigrar, no es alejarse de la tierra que amas para buscar alimento, amor o aventura.

Domingo dice que tiene que ver con ser un hombre libre o no, y que los que se exilian se guardan la pena de no poder vivir de la manera que ellos desean.

No ha sido una buena idea de que Mary Tyler se ocupe de buscarle una casa.

Desde que de una manera inocente le encomendó la tarea, tiene una lista de propiedades que visitar, para lo cual no tiene tiempo.

Ella ha elegido casas grandes, enormes, y muy pocas con los requisitos que necesita la familia Arsuaga.

Aunque ya no tenga que preocuparse por el dinero y su bienestar haya alcanzado cotas que nunca se permitió soñar, Valentina es una mujer sencilla a la que le disgusta la ostentación y le importa muy poco mostrar su posición económica.

Evita referirse a los demás como «ricos» o «pobres»; esos adjetivos con los que se crio se le antojan ahora excesivamente pueriles.

Ella cree en el esfuerzo, en el trabajo y en su recompensa, y eso es lo que le resulta difícil entender a su amiga.

Las cosas son distintas para ellos. Se construyen casas elegantes únicamente porque pueden permitírselo, y lo que ella no puede permitirse es esa exhibición.

—Mary, quiero una buena casa con un porche y un pequeño jardín. No hace falta que sea ostentosa. Solo necesito que tenga al menos cuatro habitaciones, si hay alguna más será bienvenida, pero no necesito piscinas, setos ni nada de eso.

—Pero en tu posición…

Valentina no tiene posición ni desea tenerla. Con la Navidad de por medio y Catherina con su hermana, deciden aplazar las visitas. Diciembre está repleto de acontecimientos, y ella puede seguir en su humilde casa de madera, a pesar de necesitar una habitación más ventilada que la que ocupa Simón.

Cuando llega el día de la cita con los delegados, Domingo no está tan nervioso como ella.

Valentina ha dejado de nombrar a su ahijada, pero no deja de pensar en ella.

Pronto cumplirá nueve años, es demasiado pequeña para estar perdida o en manos de alguien que no la quiera bien.

No sabe nada de la familia de Nicolás, y Esther sigue sin conocer su paradero.

Mariana nunca nombró a la familia de su marido, pero si fueran ellos quienes la tuvieran acogida le gustaría saberlo.

Durante los últimos dos años ha enviado algo de dinero a su tía.

Lo ha hecho a nombre de ella porque son las mujeres las que conocen las necesidades verdaderas de la familia y porque entre las vascas siempre ha sido así.

Su prima mayor, Remi, fue la única que le envió una carta escrita por una amiga, pero eso fue antes de la guerra.

Desde entonces no tiene noticias, y quizá podría preguntarle por ella al delegado.

Pasan a recoger a sus invitados. Una corriente de afabilidad discurre entre ellos.

Tienen muchas preguntas, y Domingo se muestra receloso.

Quieren saber cómo han construido su negocio y muestran su sorpresa.

Los ranchos, las ovejas, los hoteles son los negocios de los vascos, pero una confitería…

Irala habla en euskera; De la Sota, en castellano, y ellos, en esa lengua hecha con trochos de distintas pertenencias.

No tienen familia directa en Euskadi y poseen casi más vínculos con Idaho que con Lekeitio.

Valentina pone sobre la mesa Gernika, una palabra que escuece a todos por igual.

—¿Estuvieron allí?

—Yo estuve al día siguiente.

De la Sota… Cuando Irala termina de contar con pelos y señales lo sucedido, Valentina los pone al corriente de su propia historia y de la suerte que ha corrido la hija de Mariana y Nicolás.

—La última vez que la vieron estaba en el refugio de la Casa Loizaga. No sabemos qué hacía allí. Imaginamos que jugaba en los alrededores o le habían mandado algún recado. Su rastro desaparece ahí.

—Las bombas eran incendiarias y el fuego se propagó con rapidez por las calles estrechas. No quiero que pierda las esperanzas, pero muchos murieron asfixiados, ametrallados o quemados. No sabemos el número exacto de víctimas y quizá nunca lo sepamos, pero si esa niña sigue allí la encontraremos.

El señor De la Sota anota los datos que le proporciona Valentina y durante un instante le viene a la cabeza Esther, allá en Lekeitio, diciéndole que había trabajado para la familia De la Sota.

—Disculpe… ¿Usted conoce a Esther Zabala? Creo que trabajó en su casa.

El hombre parece pensar hasta que por fin une las puntas de su memoria.

—Sí. Era la doncella de mi madre.

—Era la gobernanta del Palacio Iribarren cuando la madre de Valentina y yo trabajábamos en la cocina. Ha trabajado en el Hotel Carlton, y es ella quien se ocupa de buscar a la niña. Ayúdela, se lo ruego.

Vuelven a casa esperanzados. A pesar de su situación, Manuel de la Sota, desde París o desde Biarritz, donde reside, le ha prometido ocuparse.

En su libreta ha anotado cuanto necesitaba.

Domingo desconfía de las promesas de quienes representan al Gobierno, pero no se lo comenta a su esposa.

Esa noche tiene un brillo especial y se lo dice.

—Hoy estás más guapa que otros días.

—Es que tengo esperanzas.

El 22 y el 23 de diciembre, en el Cine Rialto se anuncia el pase de un documental titulado Guernica , sobre la vida del pueblo vasco durante la guerra.

Hay una sesión continua desde la una de la tarde y el teatro permanece constantemente lleno.

En cada una de las sesiones, Manuel de la Sota es el encargado de presentarlo en un perfecto inglés de Oxford.

El cartel anunciador que aparece en el Boise Capital News añade que además se proyectará una película de Walt Disney y que las entradas serán de diez centavos para los niños y de veinte para los adultos.

Diciembre termina ahíto de festejos, comilonas, bailes, partidos de pelota, card parties [55] , misas de gallo y cánticos.

El día 31, en la principal emisora local de la ciudad, los delegados dan un discurso en euskera para agradecer a los vascos de Boise la calurosa acogida que han recibido.

Anuncian que en el baile de los pastores y con la subasta han recaudado 1084 dólares que serán destinados a los refugiados de la guerra.

Domingo, Valentina y los niños acuden al Hotel Anduiza, donde hay una comida de despedida con partido de pelota en el frontón.

Las mujeres sirven la mesa, ayudan en la cocina y comen cuando ellos terminan.

La repostera se acerca a Manuel de la Sota.

—Buen viaje. No me olvide.