Separados por mares de discordia #7
Los puntos cardinales han regresado, y la brújula apunta al norte.
Valentina ha atravesado esa sutil frontera que separa la vida de la muerte y se refugia en su abrazo, compartiendo unos pensamientos que por fin pertenecen a la tierra.
Quiere una casa más grande. Una casa que no sea de madera como la que tienen, donde cruje el tiempo y el frío se cuela por las rendijas.
Y Domingo asiente en silencio, moviendo una mano sobre la piel de ella.
Una casa con un jardín, un porche y un columpio para los niños.
Y la mano se detiene a la altura de la cadera, esperando que ella siga añadiendo requisitos.
La besa. Sus palabras están repletas de silencios que no pronuncia.
Pero Valentina le habla de Clara y de la predicción que le hizo: tendría un hijo y dos hijas.
Esperarán a esa tercera hija, a la que hay que encontrar, porque se ha perdido en las brumas del odio.
—Cuando Esther encuentre a Valentina, que la encontrará, porque la mancha de su piel es inconfundible, iré a buscarla. No la dejaré a expensas de algún familiar que la haga trabajar como una burra a cambio de un jergón. Ella será nuestra hija, la tercera. Por eso necesitamos una buena casa.
—¿Viajarás sola o conmigo?
—Tú debes quedarte a cuidar el negocio y a los niños. Pero esta vez viajaré en un camarote de primera clase.
—¿No es mejor que esperes hasta que la niña aparezca?… No estamos seguros de que haya sobrevivido.
—Yo sí. Lo siento aquí. —Su tono de voz cambia, de pronto se ha vuelto áspero. Y, con los ojos clavados en él, se toca el pecho—. Ni por un momento lo dudes.
Encontrar a la hija de sus amigos se convierte en un proyecto, un destino que roza la obsesión.
Valentina busca un abogado para que la instruya en los trámites necesarios, y Mary Tyler se vuelve su cómplice incondicional.
Encargan a un fotógrafo que haga unas copias de la última fotografía que envió Mariana.
Es un retrato de familia y en él, aunque se tomó cuando la niña era más pequeña, se aprecian el pelo ensortijado y oscuro y esos ojos redondos y negros como botones de azabache.
La zona oscura de su rostro la hace parecer dueña de un secreto.
Esther, a su vez, parece conectada a su antigua pupila por la misma misión.
Las cartas llegan a Idaho con puntualidad británica, con sus sellos de urgencia y esas letras rojas estampadas en el sobre que recuerdan la importancia de la misiva.
Traen crónicas teñidas de decepción de la vida en Bilbao y de la ruta de las pesquisas en busca de la niña.
Querida Valentina:
Gracias por tus cartas, por los dólares, que llegaron perfectos, y por la fotografía que me enviaste de la familia Aramburu. El dinero me ayudará enormemente, y conservaré la foto para recordar que existieron tiempos en que fuimos felices.
Bilbao se ha vuelto un caos y aún está sembrado de huellas de la guerra que persiste en Madrid, Valencia, Alicante, Córdoba…
Se cuentan cosas y una no comprende cómo es posible que los vencedores procedan de esta manera.
Imagino que todo se calmará y por fin tendremos paz, pero todavía hay sacos terreros en la entrada del Hotel Carlton y algunas ventanas tapiadas.
En el balcón cuelgan pendones y banderas, entre ellas esa esvástica alemana que tanto temen los que huyen de ese país.
Contártelo es un alivio. Mi decepción es inmensa y nadie —y me incluyo en ese nadie— se atreve a hablar, ni siquiera con la familia.
Hay desfiles en la Gran Vía, y a su paso debemos levantar el brazo y gritar: «¡Viva España! ».
Los nuevos ministros se pasean junto a militares alemanes e italianos estudiando los edificios abandonados. El Palacio de los Oriol está ocupado por los militares, y los nombres de las calles han sido cambiados.
Te confieso que este paisaje después de la batalla me abruma.
Yo ignoraba que el triunfo de los nacionales iba a traer esto: hambre, pobreza, prohibición de emplear nuestra lengua y nuestras costumbres…
He alquilado junto a mi hermana un piso en la calle de la Estación, que ahora se llama calle Navarra.
Ella va a trabajar en Almacenes El Águila y yo espero que el hotel se reabra, porque volver a sentirme útil será un alivio.
Estuve en Ea y localicé a la madre de Mariana.
La mujer, humilde y enferma, ha agradecido mi interés por Valentina, pero nadie sabe de la niña y lo cierto es que la familia la da por muerta, pues hace falta mucha fuerza para ponerse a revolver esta pena.
Mi esperanza está en una falangista que lleva el Auxilio Social y se ocupa de los huérfanos, casi todos alojados en la Santa Casa de Misericordia.
La conocí en el Carlton antes del desastre y parece dispuesta a ayudarme.
Me ha confesado que el asunto de los niños es espinoso, pero quizá la marca de nacimiento facilite las cosas.
Hay muchos detenidos, entre ellos mujeres con hijos.
Todavía no tienen las listas de los pasajeros de los barcos que sacaron a infinidad de niños de España, y se tiene constancia de que los que huyeron recogían a los que encontraban a su paso.
Yo no creo que Valentina esté entre ellos, pero he sabido que Nicolás andaba muy enredado con los de la CNT .
No puedo nombrarlo, y la voy reclamando como un familiar lejano.
Mi instinto me dice que tienen que haberla recogido.
Los días posteriores al bombardeo fueron un horror.
Si ella estaba allí, tuvo que pedir socorro a alguien. ¿Se te ocurre algún nombre?
Me gustaría darte mejores noticias, pero no las tengo.
Esther