Un bosque de álamos en Idaho Separados por mares de discordia #6
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Separados por mares de discordia #6

La guerra ha vuelto la vida imposible y dolorosa, pero eso ya lo sabrás, aunque no podrás sentir la intensidad de este conflicto.

El Hotel Carlton albergó hasta hace pocas semanas al Gobierno vasco e incluso se construyó un búnker para resguardarse durante los bombardeos.

Esto supuso que la mayoría de los empleados nos quedáramos sin trabajo.

Mi familia posee una casa en Villarcayo (Burgos), así que me trasladé con ellos.

No he padecido el ruido de los bombardeos ni he pasado hambre.

Allí estaba el ejército nacional, y el pueblo se convirtió en un centro de operaciones para las tropas.

Mi padre, perteneciente al Círculo Monárquico, ha sido un salvoconducto, pero esto no me ha impedido sentir angustia al conocer la terrible situación de algunos de nuestros amigos.

He sentido tu ansiedad por conocer su paradero.

Imagino que con el océano de por medio se debe de sentir mucha zozobra.

La última semana me he dedicado a informarme para poder contártelo.

Lo primero, y probablemente lo sepas: la gente no quiere hablar.

Huyen de ti en cuanto les preguntas por alguien o te engañan diciéndote que no lo conocen.

Hay miedo y desconfianza. Las cárceles están llenas, muchas personas buscan a los suyos y las ejecuciones no son pocas.

Fui a Lekeitio y a Gernika. Visitar esa ciudad, o lo que queda de ella, duele como si tuvieras una brasa en el corazón.

Una de las bombas cayó de lleno en el Arraun, no voy a almibarar lo sucedido…

Nuestros queridos Mariana y Nicolás, junto a sus hijos y dos chicas que trabajaban en el restaurante, murieron.

La pequeña Valentina no estaba en la casa.

Al principio pensé en la posibilidad de que su cadáver no hubiera podido identificarse y que ella, como los demás, estuviera muerta.

La mayoría de los edificios se vinieron abajo, y todavía hoy hay escombros que no se han removido, pero fui allí y una tal Ana Mari salió a mi encuentro.

Al parecer, ella estuvo en el Arraun el día de tu boda.

Es comadrona, y me dijo que había sido ella quien había traído al mundo a la niña.

Sostenía que estaba viva y que durante el bombardeo la vieron en uno de los refugios.

Como comprenderás, buscarla ha sido imposible, pero te prometo que intentaré dar con ella.

Fui yo quien contrató a Mañana en el palacio, y por su memoria tengo que hacerlo.

Pido a Dios que en medio de este infierno, y gracias a mis contactos, sepa lo que ha sido de Valentina.

En Lekeitio ha habido más muertos en las semanas posteriores al triunfo de los nacionales que durante toda la guerra.

Es lo peor de todo: el veneno que dejará la contienda y que quizá no se diluya en varias generaciones.

La situación es de extrema pobreza. A veces me parece que somos un pueblo de vagabundos malnutridos.

Las mujeres se reúnen bajo el auspicio del Auxilio Social, yo entre ellas, para despiojar y alimentar a los niños.

Como sabes, no tengo un marido ni unos hijos que me necesiten, así que empleo mi tiempo y mi esfuerzo en ellos.

Están planeando restaurar el hotel y me han prometido llamarme para volver a mi trabajo….

Valentina sigue leyendo, a pesar de que su comprensión se ha detenido en la mención de esa niña perdida que sostuvo en sus brazos y que se llama como ella.

Desde que salió del hospital no ha escuchado la radio ni ha leído los periódicos.

De alguna manera, su cuerpo le prohíbe estar en contacto con otro sufrimiento que no sea el de sus propias heridas.

Puede que sufra esa tristeza posparto que padecen muchas mujeres.

Quizá el anuncio de que no podrá tener más hijos la ha dañado más de lo que cree y Clara se equivocó en su pronóstico de que tendría dos niñas y un niño.

Después de leer y releer la carta, identifica con exactitud la textura de su pena.

Se siente igual que si hubiera perdido una madre de verdad y el dolor de esa pérdida la hubiera narcotizado.

Mira el calendario que hay colgado en la cocina.

Es el 6 de octubre de 1937. Una conciencia repentina le hace detenerse y mirar a su alrededor.

Ha pasado cinco meses desde que nació Inmaculada, pero ella apenas recuerda nada.

Lo sucedido ha ido resbalando por sus días.

Su hija es una niña sana y alegre que se aferra a los brazos de Catherine, y Simón es un chico que crece mirando si su madre está con ellos del todo o no. Algo en su interior despierta por fin.

Noviembre asoma su cabeza brumosa. Valentina está totalmente recuperada.

Se ha acercado hasta Boise Friendly Store y se ha comprado un par de faldas y blusas aconsejada por Regina Madarieta, una de las empleadas vascas que han contratado para que acudan las damas de la tierra.

Margarita le ha arreglado el pelo y le ha regalado un rouge para revivir el color de sus pómulos.

De camino a la confitería, vuelve a sentir la energía de su cuerpo repartiéndose por sus extremidades.

Recupera su simpatía, saluda a los conocidos, y el repiqueteo de sus tacones le produce un extraño bienestar.

No quiere mirar atrás, a esos meses oscuros en los que no tiene conciencia de haber estado, aunque sabe que entre esos días ha dejado algo encerrado que quizá un día deberá recuperar.

Las vitrinas refrigeradas de la confitería se llenan de pasteles de crema, buñuelos y bizcochos con frutas.

Los lunes, la clientela es menor y Valentina aprovecha para escribir cartas a la Cruz Roja Española, como le han aconsejado, pidiéndoles que localicen a su ahijada.

Lee los periódicos, habla con Begoña, siempre enterada de las últimas noticias de Euskadi, que le anuncia que una representación del Gobierno vasco va a visitar el oeste y podrá hablar con ellos.

En apenas unas semanas ha conseguido compartimentar su vida.

Obedece a unas órdenes tácitas que le da su sentido común.

Separa el trabajo de la familia, y a Domingo de todo lo demás.

Al anochecer lo busca en el lecho, y es ella quien le habla de lo que siente.

Le explica, partiendo de un punto y caminando recto hacia su destino, lo que encuentra en ese viaje.

—Es como si hubiera estado caminando llevada por mi intuición, pero ahora sé adonde quiero ir.

Él la escucha, no la entiende, pero intuye que su mujer tan solo quiere vivir y lo que siente es una férrea determinación. Domingo disfruta de ella. La pasión se ha ido dulcificando y el sexo se parece ahora a esas comidas que prepara los domingos y donde siempre hay un plato cocinado con mimo.

En el rancho, y ahora que no debe preocuparse por ella, Domingo es feliz.

Mira las montañas y los pastos verdes, ahora escarchados al amanecer.

Su rebaño de ovejas crece, y el ganado vacuno le proporciona buenos ingresos.

En septiembre, en ese momento en el que regresan los pastores, sintió una inmensa necesidad de subir a la montaña y acompañar al pastor y al campero en su descenso.

No le preocupaba el rebaño, pero necesitaba sentir el bálsamo de la naturaleza.

Luciano Villacorta, el pastor, y Esteban, el campero, le hicieron un hueco durante cinco días, tiempo suficiente para recuperar viejos hábitos.

Ellos son como él, habitan el silencio, lo llenan de onomatopeyas a las que dan más valor que a las palabras, cuentan anécdotas que repiten en ocasiones y hacen chanzas alrededor del fuego.

Volvió a sentir el embrujo de un cielo estrellado, los sonidos de los animales en la noche, el murmullo de los ríos y el estruendo de las cascadas.

Pensó en Valentina. Recordó su foto bajo el magnolio, cuando era inminente su presencia en Boise, y la sorpresa de encontrar en ella el hogar con el que no se había permitido ni soñar.

Durante ese tiempo, que a él le parece perdido, pensó en llevarla a las cascadas para que escuchara lo que decían los antepasados de Tajui, pero Valentina tenía su iglesia, sus rezos, sus vírgenes y sus secretos.

Afortunadamente, la carta de Esther había obrado el milagro y ya no le daba la espalda a la vida.

Ya no tendría que acompañarla a la iglesia a buscar el amparo de unos dioses a los que les cuesta repartir recompensas y no les falta ánimo para trufar la vida de tragedias.