Separados por mares de discordia #5
Valentina asiente mientras unas lágrimas gruesas corren por sus mejillas.
Le duele no poder darle su pecho, pero se alegra de que alguien lo haga.
Sabe que la leche de vaca no es buena para los bebés.
Ella pensaba en la harina lacteada de Nestlé, pero los niños que se alimentan con ella tienen abundantes diarreas y les cuesta ganar peso.
No puede pensar con claridad, y se dice a sí misma que tendrá que dejarlo todo en manos de Domingo.
Sabe que Encarni y las Gutiérrez le ayudarán.
También Mariana, desde el cielo. Y vuelve a llorar.
No puede evitarlo. Quizá sea la primera vez en su vida que puede llorar de esa manera, y no tiene fuerzas para contener ese río que nació al mismo tiempo que ella y que se ha desbordado al sentir que también ella podía dejar, como Mariana, huérfana a su hija.
Suspira al pensar en su amiga y en la pequeña Valentina, de cuyo paradero nada se sabe.
—¿Cómo se llama la chica?
—Catherine.
—Tendrá que vivir en casa.
Cierra los ojos, como si esas palabras la hubieran agotado. Su mente se ha trasladado al momento en que nació Valentina. Ella fue la primera en tenerla en brazos, en lavarla… ¿Dónde está esa niña? Su marido le coge una mano y la besa, luego apoya la cabeza en la cama y se queda dormido.
Valentina permanece doce días en el hospital.
Tiene mucha anemia, pero ha empezado a comer y ya se levanta para dar una vuelta por la habitación.
Tiene mejor color, pero sigue llorando. En la confitería, las chicas le mandan recado de que todo está bien.
Se arreglan sin ella y no tiene que preocuparse.
Justo antes de dar a luz enseñó a Ana a hacer helado, y la joven ya domina el obrador.
Domingo ayuda en lo que puede, pero sujetar lo cotidiano le cuesta un mundo.
Catherine se ha trasladado a la casa de los Arsuaga y ocupa una cama junto a la cuna de la niña en la habitación de Simón.
A este Encarni le ha adecentado un cuartito en el que se guardaban trastos.
Lo han pintado de azul y le han comprado una cama nueva.
El pequeño se contenta con lo que le ofrecen.
Sigue siendo un niño alegre y sencillo. Su padre lo ha llevado al rancho un par de días y ha comprobado con orgullo lo mucho que le gustan los animales.
Domingo no habla a Valentina de ese sostén al que se ha entregado.
Le dice que todo va bien. Que Simón le acompaña al rancho, que se venden muchos helados, que habrá que ampliar la casa…
La vida de la familia. Él la mira sin la codicia que siempre ha tenido de su piel, de su manera de caminar, de sus ojos de horizonte.
Silencia el agujero que le produce verla tan ajena y la espera.
Con el paso de los días, su hijo la visita con frecuencia y se sube a la cama, empeñado en contarle sus aventuras y lo que va sucediendo en su ausencia.
Desde que era muy pequeño, Valentina se ha metido con él en la cama y le ha contado un cuento antes de dormir.
Casi siempre es el mismo, porque el niño se duerme sin escuchar el final.
En el hospital, el pequeño Simón se lo recuerda y le pregunta si ahora que tiene una hermanita seguirá contándole el mismo cuento.
Valentina tiene los ojos llenos de lágrimas incluso cuando sonríe.
Mira a su pequeño, se emociona al comprobar cuánto dependen el uno del otro.
Ella le cuida, educa y vigila. En algunas de aquellas noches le habló de Gernika, y lo hizo con las palabras que ella quiere que sepa, la lengua de sus raíces, la que ni él ni otros niños olvidan.
Simón sabe del Arraun, de las alubias con tocino que Mariana cocinaba con una hoja de laurel, y también de la niña que su madre vio nacer.
Pronto cumplirá seis años. Valentina debe de tener siete.
Con esa edad será capaz de comprobar el abismo que se abre a sus pies. ¿Dónde estará?
Por fin el médico le da el alta. Le ha quitado los puntos, y tan solo tiene que descansar y alimentarse bien para remontar la anemia que padece.
Nada dice de esa tristeza pegajosa que la aleja y cuyo origen desconocen los facultativos.
Catherine forma parte de esa desorientada procesión que recorre el camino del hospital a la casa.
Domingo lleva a la niña, las dos mujeres van del brazo. Ambas tienen una fatiga que las une.
La enferma se adapta con una preocupante docilidad a los cambios.
Acepta el color de la pintura del improvisado cuartito de su hijo, la presencia de Catherine y hasta la impotencia con que su marido se mueve a su alrededor.
Desde ese territorio enajenado en el que se encuentra mira su vida, ocupada ahora obligatoriamente por los demás, y acepta que debe residir ahí, como si su existencia fuera una de las películas que ve en el Cine Rialto.
Una corriente silenciosa discurre entre ambas mujeres.
Se entienden como si ambas hubieran visitado los mismos infiernos.
Valentina le regala uno de sus vestidos y la manda al salón de belleza para que Margarita Urrutia le dé un corte a ese pelo abandonado.
Valentina se encarga de la comida y de servirle a la chica la mejor ración mientras la mira picotear tan desganadamente como ella misma.
Domingo observa cómo las dos abrazan su instinto de supervivencia y respetan sus duelos paralelos.
Ha visto a los animales comportarse de una manera similar.
Le recuerdan a esas ovejas que se apartan del rebaño cuando van a parir, o cuando se sienten morir.
Él es un convidado de piedra, y sabe que debe esperar y vigilarlas por si se deslizan al otro lado.
Transcurren unos días hasta que Valentina toma en brazos a su hija, la tumba junto a ella y deja pasar el tiempo acariciando su piel suave.
Domingo la observa y ve su rostro despejándose, como si las nubes oscuras que lo atravesaban dieran paso a la luz.
Su mujer está presente cuando Catherine amamanta a la niña, pero es ella quien la cambia, le habla y le canta.
En la casa hay un orden frágil, un horario que se respeta, unas costumbres que predominan y un silencio que se escurre.
Antes de que se den cuenta, Inmaculada ha cumplido dos meses y se preparan para bautizarla.
Pablo Ereño y Ana Gutiérrez son los padrinos. Tras la ceremonia en la iglesia, los invitados se reúnen en la confitería. Valentina lleva un traje nuevo y se ha pintado los labios. Hace semanas que Domingo no la ve con la mirada perdida o llorando.
Septiembre empieza a refrescar las noches, a apaciguar ansiedades y a recobrar ánimos.
Sin demasiadas fuerzas, más bien empujada por la responsabilidad, Valentina acude al obrador un par de días a la semana.
Allí se mueve despacio, evitando hablar demasiado con quienes preguntan acerca de su estado de salud.
No ha recuperado su espontánea sonrisa, pero sí puede ofrecer gestos amables.
Se siente sujeta por unas manos en su interior que no la dejan respirar como ya desea.
Domingo la abraza cada noche, y en la oscuridad intenta recuperar lo que sabe perdido.
Ella está a su lado, con su piel nacarada y sus pechos todavía firmes, pero no está con él.
Domingo no puede ni pensar que otra mujer ocupe su lugar.
Él es monógamo por convicción, y le resulta inconcebible poder abrir su corazón a otra persona.
Por eso, en ese lecho donde ha sido tan feliz, la acoge como a un pajarillo con el ala rota y la envuelve, igual que hizo ella antes, con historias, anécdotas, informaciones y hasta cifras de la vida que vive sin ella.
Domingo acude al doctor para informarle del estado de Valentina.
Está preocupado y le parece que su mujer está tardando demasiado en volver a ser la que era.
El médico le habla de lo que se conoce como baby blues , una especie de melancolía que afecta a las madres y que suele remitir en tres o cuatro semanas.
Encarni le ha aconsejado que permanezca a su lado, que no se enfade y que espere.
Le dice que hay mujeres que tardan meses en volver a ser ellas después de parir… Dar a luz, tener, alumbrar.
Pero llega un día, en ese otoño dulce, en que sucede algo que desbarata y deshace la bruma que flota en la vida de Valentina. El cartero trae una carta de España con un remite inesperado: Esther Zabala, la gobernanta, la Fraulin, otra mujer definitiva en su vida.
Se le encienden las mejillas, le palpita el corazón y el brillo centellea en sus ojos cuando coge entre las manos ese delicado sobre de avión bordeado de rayitas de color azul y rojo.
Lo palpa, abrumada por la sorpresa. Catherine ve cómo la señora sopesa el correo postal y detecta la ansiedad que le produce su llegada.
A pesar de la levedad del papel, el sobre pesa.
Va en busca de un cuchillo y mete la punta para dañar lo menos posible la misiva.
En su interior hay tres pliegos escritos con una caligrafía picuda e impecable.
Valentina se mete en su habitación y cierra la puerta tras ella.
Querida Valentina:
Tus cartas han llegado a mis manos de forma casi milagrosa, pero me han hecho saber que eres feliz con tu marido y tu hijo. Sabes que siempre tuve fe en ti. Me alegro inmensamente de tu oficio y de esa Confitería Lekeitio que tanto me gustaría conocer.