Un bosque de álamos en Idaho Separados por mares de discordia #4
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Separados por mares de discordia #4

Tras unos segundos de incertidumbre, camina hacia la salida.

Por fin ca en la cuenta de que han dejado al niño solo en casa y puede estar despierto y asustado por no encontrar a sus padres.

Ella se lo ha pedido antes de perder la consciencia, que lo cuide.

Abandona el hospital como si le hubieran arrancado la piel y ahora tuviera que vivir en carne viva.

Conduce como un autómata, sin mirar las calles de esa ciudad que ahora le parece inmensa.

Aún está oscuro, pero el asfalto empieza a sudar su calor.

En su cabeza escucha esa voz que le advierte que, aunque haya podido con su destino, con la soledad de la montaña y la adversidad del mar, no podrá vivir si ella muere.

En ese momento desearía tener una relación mejor con el Dios de Valentina.

Si tuviera su misma fe, le rogaría que se la devolviera y que a cambio se llevara lo que quisiera de cuanto posee.

A los dioses se les atribuye un poder pendenciero, y por eso hace tiempo que él se alejó de ellos.

Ya se llevaron a su hermana y después a su madre, y teme que no se hayan saciado y ahora vengan a por Valentina.

Conduce hasta la casa de las hermanas Gutiérrez y las despierta. Él tiene que volver al hospital y su hijo no puede quedarse solo. De nuevo la red solidaria de mujeres se pone en marcha para llegar a los lugares a los que ellos no pueden.

Simón aún duerme cuando entran en la casa.

Agotado, Domingo se mete en el baño para cambiarse mientras Ana quita las sábanas que pertenecieron al Imperio austrohúngaro para ponerlas en agua fría y vinagre.

Le caen unas lágrimas enormes cuando lo hace, pero, como le dijo su madre: «A la sangre le gusta quedarse en los tejidos para recordar la herida».

Domingo vuelve al hospital y permanece inmóvil, mirando a cada uno de los médicos o enfermeras que salen por la puerta verde por la que se llevaron a Valentina.

Sobre las cinco de la tarde, Encarni Mendiola y Pablo Ereño se sientan para acompañarle.

Ella, resolutiva, los abandona para ir en busca de información y los hombres se quedan en silencio, deteniendo el miedo.

La hostelera ha averiguado que Valentina descansa, vigilada de cerca por las enfermeras.

La niña está bien y ha conseguido que Domingo pueda verla.

Pero él solo quiere ver a su mujer. Haciendo un gran esfuerzo, Encarni y Pablo consiguen arrastrarle hasta la planta donde se encuentra el nido.

Allí esperan hasta que una enfermera aparece llevando en brazos un revoltijo de mantas que entrega a Encarni.

La pequeña es preciosa, tiene la piel sonrosada y duerme ajena a todo.

—¿Qué nombre habíais pensado ponerle?

—Íbamos a llamarla Inmaculada.

—Cógela. Te necesita.

El pastor recoge a su hija, igual que lo ha hecho tantas veces con los corderos que nacen durante el camino a los pastos.

Levanta las mantillas y busca sus piececitos, los inspecciona buscando la marca que tenía su hermana, y de paso comprueba que tiene todo lo que hay que tener.

No hay nada irregular. Su hija ha nacido sin mácula.

La niña hace una mueca y emite un gorjeo.

Él la aprieta levemente contra su pecho, a sus manos les sobra cobijo para esa cosa tan pequeña.

Su cuerpecito emite un calor tibio que derrite en parte su amargura.

El dolor deja paso a una ternura dulce. Se le llenan los ojos de lágrimas.

Quisiera llevársela a Valentina, pero a pesar del tiempo que ha pasado desde que nació la niña, aún no le dejan verla.

La enfermera, dirigiéndose a Encarni, le dice que la madre no podrá alimentarla y la informa de que hay una mujer que se ha ofrecido a amamantarla. Necesita que el padre le dé la autorización. Domingo asiente agradecido.

—¿Podríamos conocerla? —sugiere Encarni.

—Un momento. Voy a hablar con ella.

Recorre con su uniforme impoluto un pasillo habitado por llantos de bebés para desaparecer en una de las habitaciones del fondo.

Mientras esperan, la hotelera le va enumerando los pasos domésticos que debe dar en ausencia del ama de casa.

El pastor percibe con claridad que ese mundo de cuidados y atenciones que su hija necesita le va cercando y se siente sobrepasado por responsabilidades demasiado grandes para él.

No sabe alimentar, ni cuidar, ni supervisar la vida de un bebé y de un niño de cinco años.

Eso era asunto de Valentina, él no hacía otra cosa que contemplar y admirar su eficiencia.

Sin ella, sin su luz, está en un pozo y le falta el aire.

La niña se mueve en sus brazos, hace gestos de difícil interpretación, como si estuviera reconociendo su propio cuerpo. Domingo la mece con torpeza.

—Ahí viene.

Una chica muy joven con una expresión extremadamente triste recorre el pasillo acompañando a la enfermera.

Anda como si acabara de parir y aún no pudiera caminar sin pensar en sus pasos.

Va vestida con una bata acolchada de colores desvaídos que le queda grande, y sus ojos apenas se levantan de las baldosas del suelo.

—Ella es Catherine. Es irlandesa, y su bebé nació el mismo día que su hija. —Ahora sí se dirige a Domingo—. Por desgracia su hijo murió, pero ella se ha ofrecido a amamantar a su hija.

A Domingo le sorprende que una extranjera se ofrezca para semejante tutela. Le hubiera gustado ver los ojos de esa chica para comprobar si su decisión no encubre algo. No sabe si es verdad lo que le cuentan si no le miran. Encarni se adelanta y le pasa un brazo por los hombros para confortarla.

—Lo siento mucho.

Domingo observa a su hija, perfecta, preciosa, sana, y después la mira a ella.

Desconfía. Ha visto antes ese gesto generoso en otras mujeres que compartían lactancia, eso hacían las amas de cría cuando amamantaban a su bebé y a otro, pero ella ha perdido a su hijo y no está unida a su familia por ningún vínculo.

Eso le asusta. La chica contesta a las preguntas de Encarni.

Catherine tiene los ojos azules, y unas ojeras oscuras los rodean.

Atribuye su desgracia a las condiciones del viaje en barco desde Dublín hasta Nueva York, y luego en tren hasta el oeste.

Dice que no se alimentó bien y que estaba triste.

Termina la frase bajando los ojos y haciendo un remolino con una mano.

Hace dos meses que está en Boise con su hermana, que trabaja en un rancho, y ahora no sabe qué hacer.

Encarni le explica la situación de Valentina y, mirando a Domingo, le agradece que se ocupe de la niña hasta que su madre esté en condiciones.

Le pregunta por el precio de esa insustituible labor.

La chica niega repetidamente. No quiere oír hablar de una retribución.

Señala a la niña, y cuando lo hace un brillo desconocido se expande por su rostro.

Encarni, como es mujer, sabe lo que hay que hacer y decir.

La está contratando como ama de cría y sirvienta para el matrimonio, e incluso le ofrece un salario que a Domingo le parece vergonzoso.

Él no quiere volver a casa sin su mujer y con esa extraña, pero no dice nada.

Duerme esa noche en una silla que una enfermera le facilita.

Está agotado, se siente perdido y abrumado por las responsabilidades que se abren en un futuro inmediato.

Se pregunta si hubiera debido hacer algo que no ha hecho.

Sabe que no ha medido bien el dolor que contenía su esposa.

Esa masa de desdicha que la invadió al saber de la muerte de Mariana, Nicolás y los niños.

Y se lo dijo, que no podía llorar hasta que la niña naciera.

Le avisó, y añadió que si tenían lo que tenían era gracias a ellos.

Él no entiende lo que sucede en las mujeres cuando esperan un hijo, pero debe de ser algo muy intenso, porque la madre es la figura que deja más huella en el hombre.

Suspira. Por el hospital ha pasado Estela, la comadrona que trajo al mundo a su hijo.

Él no la recordaba, pero ella a él sí. Le ha anunciado que podría ver a su esposa esa misma mañana, y también ha visto al doctor que atendió a Valentina, quien le ha explicado que va a necesitar mucho descanso.

Pasan las mujeres del grupo de socorro, las empleadas, Margarita, la del salón de belleza, Milagros y, desde luego, Mary Tyler, que llega tras un ramo de flores y le comunica que su esposa ocupará una habitación individual.

Domingo está sorprendido del ancho mundo de relaciones que su mujer ha ido tejiendo y de lo querida que es.

Cuando por fin logra reunirse con ella y mirarla a los ojos, dentro de él se recolocan sus convicciones, sus fortalezas y sus fragilidades.

Verla le devuelve la totalidad de sí mismo.

Valentina está muy pálida y le cuesta hablar.

Llora constantemente con un llanto quedo y conmovedor.

Le muestra su vientre bajo los apósitos.

Luce una costura en forma de cruz llena de puntos de sutura que le impide moverse. Le pregunta por la niña.

—Está bien. Ha pesado casi cuatro kilos y tiene la piel sonrosada y clara, como la tuya. Ayer la cogí en brazos.

Su mujer sonríe apenas.

—No puedo amamantarla.

—No te preocupes por eso. Hay una chica irlandesa que dio a luz la misma noche que tú, pero su hijo ha muerto. Se ha ofrecido a alimentar a Inmaculada con su leche.