Separados por mares de discordia #3
Durante más de una hora, conduce casi sin pensar en nada.
La camioneta no alcanza la velocidad que necesita y el motor se calienta.
Tiene que parar un par de veces para echarle agua, y mientras lo hace revive en su cabeza el recuerdo de su ausencia durante el embarazo de Simón.
Él es el guardián de los secretos de Valentina, y ella lo es de los suyos.
La vida en común hace que la memoria se intercambie.
Casi puede saber lo que estará sintiendo.
Apenas quedan unos kilómetros, pero se detiene en un restaurante y llama por teléfono.
Nadie lo descuelga. Vuelve a intentar conectar con ella, pero esta vez llama a la confitería.
Escucha su voz al otro lado.
—Valentina, soy yo. ¿Sabes lo que ha pasado?
—Te quiero aquí.
—Estoy muy cerca.
Una vez le contó que cuando pensaba en qué sería de la vida de aquellos a quienes quería, algo en su interior frenaba en seco, como si un motor se detuviera, y en medio de ese silencio, ella se preguntaba si pertenecía a su vida allí, en España, o a la que ahora tenía en América.
Domingo no se hace esas preguntas. Su aceptación de lo que le rodea es inmediata, como si su sombra fuera borrando el trayecto.
Él cree que las mujeres dan demasiadas vueltas a las cosas, y por eso les entra el vértigo y el temor.
Valentina se habrá trasladado a Gernika con su imaginación y andará adelantándose a los acontecimientos.
Entra en la capital. Ve que la vida discurre como todos los días.
En los parques los niños juegan, los automóviles circulan por la ciudad y los escaparates de los grandes almacenes The Golden Rule exhiben la ropa de la nueva temporada.
A Domingo le gustaría que los mares que separan los países le prestaran al corazón la misma certeza de su distancia.
Cuando se acerca a la confitería, ve a Valentina apoyada en la puerta.
Aparca la camioneta y va hacia ella, estudiando su rostro.
La abraza, sintiendo el abdomen que alberga a su segundo hijo.
Es entonces cuando se pregunta si cabrán en su abrazo los cuatro.
—Llévame a casa.
Para cuando llegó el mes de junio, el mundo sabía que el primer ataque contra la población civil se había producido en el norte de España, en el País Vasco, en una ciudad que albergaba el símbolo de las libertades de los vascos.
La Legión Cóndor de la aviación alemana, apoyando al militar insurgente Francisco Franco para derrocar a la Segunda República española, había obviado la única ética de la guerra.
Eso era lo que anunciaba al mundo el bombardeo; eso y el presagio de un conflicto internacional en un continente ya marcado por la Gran Guerra y en donde aquella actuación había sido un ensayo para lo que iba a venir.
Pero para la comunidad vasca de América era una herida que sangraba permanentemente y marcaba las fronteras con ella.
La nostalgia se volvió dolor, y este, impotencia.
Valentina, en el final de su embarazo, contenía la desesperación y esperaba el momento en que su hija naciera para deshacerse en llanto.
A pesar de la intervención del marido de Mary Tyler, que proporcionó las primeras listas provisionales de muertos, las declaraciones de Jesús María Leizaola el 4 de mayo en Radio Euskadi establecieron que el número de víctimas era imposible de precisar debido a la destrucción.
Valentina no consiguió saber qué había sido de Ana Mari Beitia, la comadrona, ni de Clara Udaondo, su amiga; ninguna de las dos figuraba en la lista de los fallecidos.
Los que sí estaban eran Mariana, Nicolás y sus hijos, Pablo y Agustín.
No hubo rastro de la pequeña Valentina, que por aquel entonces tendría siete años, pero desde la lejanía ella quiso creer que estaba viva y alimentó esa esperanza con el mismo cuidado con el que alimentaba a su hija, aún en su vientre.
El duelo se alargó lento, como un incendio que brota en los arbustos del camino y va devorando el bosque.
Valentín Aguirre y otros establecieron una cadena desde California hasta Nueva York y las relaciones, ya intensas, ganaron en animosidad con un ingrediente hasta entonces desconocido: los partidarios de uno y otro bando.
Bilbao había caído en manos de Franco el 19 de junio de 1937, después de cruentas luchas.
Miles de personas huyeron hacia Santander por la única carretera que quedaba libre, y más de treinta mil niños fueron embarcados hacia otros países para que no cayeran en manos del general o los falangistas.
Las represiones y los juicios sumarísimos no se hicieron esperar.
Muchos fueron acusados de nacionalistas y su destino fue la cárcel o los trabajos forzados.
Valentina no temió por Esther. Era una mujer discreta que había servido a la emperatriz.
Tenía conocidos hasta en el infierno, y su prudencia la habría salvado.
Pensó en su madre, pero era demasiado tarde para sufrir por lo que le hubiera podido pasar.
El general Francisco Franco celebró una misa al día siguiente, en la iglesia de la Virgen de Begoña, para dar gracias por el triunfo.
Pocos perdonaron aquel gesto de humillación, y muchos intuyeron que el discurso del recién nombrado alcalde de Bilbao, José María de Areilza, en el que declaró la existencia de vencedores y vencidos, era un mal presagio.
Valentina está en sus últimos días de embarazo.
Ha seguido trabajando para atender la cantidad de pedidos que hay para la celebración del Día de la Independencia.
Está acostumbrada a pasar largas horas en el obrador, pero al terminar la jornada se siente mal.
Ella lo atribuye a que la pena es una masa oscura que vive en su interior a pesar de su rechazo, pero se pondría a llorar mientras se despoja del delantal e intenta encajar sus pies hinchados en los zapatos.
Ha construido con su fortaleza un muro para proteger a su pequeña, y solo los ruegos a su Virgen sirven para aliviar esa carga.
Domingo mira sus movimientos lentos, observa su torpeza, la desgana con la que se enfrenta a los días, y se le encoge el corazón.
—Demasiado trabajo en tu estado…
—No es eso. Estoy inquieta.
—¿Quieres que vayamos al hospital?
—No. Mañana llamaré a Estela para que me mire, y si no avisaré al doctor Pettinger. Quiero que mi niña nazca en casa, como su hermano. No me gustan los hospitales, ya lo sabes.
—Pero quizá…
—Que no, Domingo.
En mitad de esa misma noche, Valentina se despierta con un dolor que le atraviesa el cuerpo.
Siente una humedad y descubre horrorizada que las sábanas están llenas de sangre.
Domingo la mira asustado. Sabe que la sangre es una de las razones por las que había que acudir a un hospital.
Se viste, acerca la camioneta y ayuda a su mujer, que apenas puede caminar.
Valentina le dice que corra, que tiene mucho frío y que cuide de Simón.
Antes de que pueda reaccionar, pierde el conocimiento.
Cuando la coge en brazos para entrar en el edificio, el pastor no sabe si está muerta.
Las enfermeras la colocan en una camilla y corren con ella hacia una puerta verde que traspasan.
Cuando se cierra, Domingo se da cuenta de que de nuevo le ha vencido su silencio: no se ha despedido de su mujer.
La ha dejado irse. Espera durante más de dos horas en un pasillo silencioso.
No es consciente de que ha dejado al niño en su cama.
Lo único en lo que puede pensar es en qué será de su vida si ella no sobrevive.
Busca a una enfermera. Es incapaz de seguir esperando, pero por fin la puerta se abre y un hombre vestido de quirófano le anuncia que ha sido padre y que la niña está bien. Domingo le interroga con la mirada.
—Y mi esposa, la madre…, ¿está bien?
—El médico hablará con usted.
En su interior, una voz insoportable, un cuchicheo dañino murmura algo ininteligible.
Le ha costado preguntar, pero el hombre no ha querido saltarse el protocolo.
Lo ve alejarse, le zumban los oídos de puro miedo.
Media hora después, un médico le estrecha la mano y le explica que han tenido que hacerle a su mujer una cesárea de urgencia.
Le habla en términos médicos que no comprende.
—No…, no entiendo…
El doctor traga saliva y le advierte que la vida de su mujer corre peligro. Le palmea la espalda, cambia su expresión y casi sonríe. A Domingo le parece que ha olvidado todo el inglés que sabe.
Una enfermera pasa a su lado. El médico la llama y habla con ella.
— Basque ? —La chica lo mira expectante.
— Yes .
La chica le dice que su padre es de Ispaster. Ella habla mezclando el inglés y el euskera, como hacen muchos jóvenes, pero la comprende. El médico ha dicho que Valentina es joven y fuerte, que hay que esperar cuarenta y ocho horas, pero que saldrá adelante. «Hay que esperar».
Domingo no dice ni una palabra. Ni tan siquiera cuando el médico ha pronunciado esa frase que le excluía y que él ha entendido:
—No es conveniente molestarla. Le avisarán cuando pueda visitarla. —La chica lo traduce a su manera y se despide. El médico vuelve a tenderle la mano y se va.
Domingo cree que le miente, o que no le ha dicho toda la verdad. Le ha observado, como hace cuando no entiende el idioma, y cree poder interpretar las claves de lo que ha dicho. Ha visto en el médico algún gesto efímero, de esos que no puede uno atrapar, pero que resultan resbaladizos y engañosos.