Un bosque de álamos en Idaho Separados por mares de discordia #2
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Separados por mares de discordia #2

Termina la carta que esa mañana ha dirigido a Clara, escribe la dirección y pasa la lengua sobre la goma del sobre de avión ribeteado de rayitas azules y rojas.

Piensa en sus primas. No saben leer ni escribir, pero le gustaría tener noticias de ellas.

Si se encuentra mejor, mañana les escribirá; quizá en su ausencia hayan aprendido.

Aparta los cojines y camina con cautela para evaluar si el dolor le permitirá ir andando hasta la estafeta de correos para enviar la carta cuanto antes. En ese momento suena el teléfono.

Valentina se acerca al aparato temiendo que la operadora se canse de esperar.

Probablemente algo no ha salido bien en el obrador y Ana necesita su consejo.

Cuando descuelga, le anuncian que tiene una llamada de Nueva York.

Sabe que es Begoña, pero le extraña. Tan solo hace tres días que habló con ella.

En cuanto escucha su voz temblona y titubeante sabe que algo no va bien.

—Valentina… ¿Has escuchado la radio?

—Hoy no. Sigo con este maldito dolor y no encuentro la postura.

—Bueno… —Como el silencio al otro lado se prolonga, Valentina se pone nerviosa.

—No me tengas en ascuas, por favor.

—Han bombardeado Gernika.

La frase, soltada a bocajarro, reverbera en la cabeza de Valentina.

Acerca una silla y se sienta, porque sabe que esas palabras han entrado en su cuerpo y se dirigen por el torrente sanguíneo a su hija.

Ella no debe saberlo. El mes de abril está siendo cálido y, sin embargo, siente un repentino frío que la destempla.

Nota su angustia encogiéndole el estómago, y no sabe cómo, pero la detiene.

No quiere que el horror llegue a su pequeña.

Suspira, y al otro lado de la línea su amiga prosigue.

—Llamaron a Valentín. Le dijeron que hubo un bombardeo hacia las tres de la tarde, pero las sirenas no sonaron hasta las cuatro.

Los aviones, que eran muchos, hicieron fuego en la carretera, en el puente, en la estación y en la iglesia de San Juan.

Cuando todos creían que el espanto había terminado, hacia las seis de la tarde hubo otro bombardeo aún mayor en el centro y…

lanzaron bombas incendiarias, que, según me han explicado, hacen que el fuego se propague en segundos.

Pero lo peor, Valentina, es que había aviones que tiroteaban a los que huían. Ha sido una matanza.

—¡Dios mío!

Su instinto de madre se ha encendido. Algo en su interior consigue de nuevo frenar el horror, lo detiene en el pecho y respira como si bebiera agua a sorbitos.

Los disparos sobre los habitantes que corren despavoridos quedan suspendidos y no llegan a tocarlos, Valentina se prohíbe a sí misma sufrir y le dice a su mente que tiene que aplazar el dolor hasta que nazca su hija.

Sin embargo, esa imagen sigue su curso, al igual que lo que Begoña le cuenta al otro lado de la línea.

—El pueblo estaba en llamas, y el humo se veía desde Oiz y Sollube.

Le hace un relato atropellado del que Valentina retiene algunos datos precisos, los necesarios para poder levantar la historia cuando esté a solas.

Hay cientos de muertos y la ciudad está destruida.

Se traslada allí convocando sus recuerdos.

Recorre el camino desde el Arraun hasta el centro y reconoce a las personas que corren espantadas.

Es miércoles, así que hace dos días era lunes, día de mercado.

Ve la calle Santa María, donde está el restaurante, y comprueba si la cercanía de la carretera del puente puede ser peligrosa…

Sí lo es. No sabe el daño que puede hacer el estallido de una bomba, pero ha visto fotografías de soldados lisiados en la Gran Guerra y un escalofrío le recorre la espalda.

Detiene sus elucubraciones. Le hacen daño.

Valentina se cuenta a sí misma que Mariana y las chicas estarían recogiendo el comedor y que los niños se habrían ocultado en la escuela.

Está segura de que Nicolás estaría allí cuidando de la familia.

Él solía quedarse los lunes porque había muchos clientes, y a veces daban dos turnos de comidas.

Probablemente al escuchar los primeros aviones bajaron a la bodega y se pusieron a salvo.

¿Y Clara? Clara tiene el taller a las afueras, pero las ultimas noticias eran que lo había cerrado.

Con algo de suerte —se consuela a sí misma— estaría lejos de Gernika y ni se habrá enterado.

Al otro lado de la línea, Begoña, con la voz entrecortada, susurra que volverá a llamarla en cuanto vuelva a tener noticias.

Las mujeres dilatan las despedidas, vierten cosas insignificantes sobre el aterrador relato.

No quieren aceptar lo que ya saben y comentan una receta sin entusiasmo hasta que por fin se dicen adiós.

Valentina, paralizada, mira la carta que escribía cuando ha llamado su amiga y que la espera en la mesa.

Ya no va a ir a la estafeta. Sin pensarlo demasiado, se pone los zapatos, coge el bolso y enfila hacia la confitería, ignorando el dolor de su ciática.

Necesita preparar pastas de té. El último día que estuvo quedaban pocas, y Ana no acaba de coger el punto arenoso que deben tener.

Además, en el Modern trabajan un par de mujeres que son de Gernika e imagina que no tendrá que ser ella quien lleve las malas noticias.

No hay teléfono en el rancho, y a veces los hombres, cuando están con los animales, no se acuerdan de que el mundo sigue su curso sin ellos.

Necesita a Domingo. Sabina Arroita camina en su dirección, acercándose.

Se mete en una tienda de alimentación para no encontrarse con ella.

«Si lo digo, si pronuncio las palabras, si hablo de muertos, no podré proteger a mi hija», se dice.

Cuando la ve pasar, sale de nuevo a la calle y, arrastrando la pierna derecha, llega hasta la confitería.

Cuando empuja la puerta le parece que a su espalda hay un caudaloso río de dolor que está a punto de caer sobre ella y ahogarla.

Antes de llegar al rancho, Domingo se desvía unos kilómetros para visitar a Víctor Goitisolo en Mountain Home. Le conoce desde hace años, cuando ambos pastoreaban en Winnemucca, allá en Nevada. Le han dicho que va a casarse con una chica de Ea, quiere verle porque va a trasladarse a Boise.

La camioneta entra por un camino pedregoso.

Al fondo se ve una casucha de madera de las que construían los pastores al llegar a su destino, un cobijo precario por el que el frío se colaba sin remedio.

En un pequeño cercado apoyado sobre un lateral de la casa hay una docena de borregos que rumian el pasto de una carreta repleta de hierba.

Domingo toca la bocina y baja de la camioneta.

No ha visto una casa en varios kilómetros a la redonda, y el silencio que le rodea le hace suspirar.

Se acerca y golpea la puerta, sin obtener respuesta.

Mira los troncos, las maderas que han encogido y dejan espacios por los que el aire entrará mordiendo en invierno.

Vuelve sobre sus pasos, y cuando ya se iba escucha el sonido de las herraduras de un caballo acercándose.

Por el camino, un jinete se aproxima haciendo gestos.

Los amigos se abrazan, se palmean la espalda.

— Zelan zagoz? [54]

—¿Qué haces aquí?

—Arrieta me dijo que te vas a casar y que quieres ir a Boise.

Víctor asiente y le habla de una mujer que ha encontrado y de la que no quiere separarse.

Domingo se alegra de que alguien sienta lo mismo que él.

Sentados sobre un tronco, y sin mirarse a la cara, se confiesan sus cuitas imprecisas con la cautela que un vasco pone sobre sus informaciones.

Ambos son recelosos cuando de intimidad se trata y la conversación salta de vez en cuando, evitando rozar lo frágil que hay en ellos.

Llegan a un acuerdo. Domingo comprará sus ovejas y le ayudará en Boise.

—Ella no quiere vivir aquí. Dice que está muy aislado, y es cierto.

—Escúchala. Las mujeres eligen bien. Preguntaré a mi mujer si podría necesitar a otra persona en el obrador. ¿Sabe algo de cocina?

—No, pero trabaja en los almacenes Twin Falls y chapurrea inglés.

—¿Cómo se llama?

—Ángela.

Conduce hacia el rancho satisfecho. Pronto tendrá un rebaño interesante y quizá, como muchos le aconsejan, se ocupe de las vacas y de criar ese ganado que da carne.

Ha nacido un ternero y, según le cuentan, los negocios de Sun Valley han atraído a trabajadores que construyen casas en las faldas de la montaña.

La población se incrementa y el mundo cambia.

Ve a Francisco, que parece estar esperándole. Abre el portón cuando escucha el motor de la camioneta acercándose y, apenas llega, corre hacia ella.

—¿Sucede algo? —pregunta Domingo, con más curiosidad que otra cosa.

—Venía a que me dieras noticias. Mi hermano vive en Gernika.

Domingo se encoge de hombros, extrañado, y vuelve a mirar a Francisco, esta vez a los ojos. Antonia, su mujer, está a unos metros, en el porche de la casa, como si esperara una señal.

—Ha venido uno de los hermanos Goitia esta mañana temprano. Te buscaba por si tú sabías algo de lo de Gernika.

—¿Gernika? No sé nada.

—Los alemanes la han bombardeado y hay muchos muertos. La noticia corre de boca en boca, pero nadie sabe nada.

Como si le hubieran dado un latigazo, Domingo pega un respingo y piensa en Valentina.

Tienen un hilo que los une, y cuando una amenaza sobrevuela ambos corren a reunirse.

La ve escuchando la radio, sola, embarazada y desprotegida.

No piensa en lo que le ha dicho Francisco, no al menos de inmediato, pero si hay muertos y su mujer lo sabe va a sentirse muy mal.

Valentina es fuerte, pero son los hilos que la atan al amor lo que la sostiene.

Van hasta la casa. Recoge la cesta de verduras que le han preparado y vuelve a la camioneta.

—Vuelvo a Boise. Regresaré con una radio. Díselo a tu mujer.