Separados por mares de discordia
Separados por mares de discordia
VALENTINA Y DOMINGO
El mes de marzo ha derretido la nieve y apenas quedan unos charcos sucios en los que chapotean los niños.
Los pastores comienzan con los preparativos para subir a las montañas y la actividad en Boise se intensifica con el avance de la soñada primavera.
La ciudad crece, se llena de almacenes, de pequeños comercios, de calles asfaltadas y edificios de varias alturas.
Hay muchos automóviles. En el barrio donde residen la mayoría de los vascos sigue habiendo ese trajín tranquilo de las tabernas.
Valentina lleva días sin poder ir a la confitería a su hora.
Hasta ese momento ella era quien daba la vuelta a la llave y abría la puerta del negocio, pero, aunque las náuseas han cesado y su abdomen empieza a crecer con una redondez prometedora, siempre tiene algún mal.
La niña viene dando guerra y su paciencia se agota.
Valentina teme que se ponga de nalgas o que el cordón se le enrosque en el cuello o que simplemente la vida le reserve un disgusto que rompa su felicidad.
Ha redoblado sus súplicas a la corte celestial, pero su cuerpo lo desconoce.
Nada es igual a su embarazo anterior, en el que, sin Domingo y con trabajo, llegó al día del parto sin un malestar.
Esta semana sufre un ataque de ciática, y ni las friegas con alcohol de romero ni los almohadones que Domingo le coloca al sentarse la alivian.
Está acostumbrada a no quejarse, sobre todo ahora que se siente como aquellas ballenas que en otros tiempos navegaban por la costa vizcaína.
Simón se parece definitivamente a su padre.
Es silencioso y mira con la profundidad del mar.
A veces su madre lo observa mientras juega y se mueve en su mundo, y se pregunta cómo es posible heredar esa introspección.
Ha empezado a ir a la escuela Whitney, donde aprende inglés como cualquier niño norteamericano, y se admiran de cómo maneja los idiomas y pasa de uno a otro sin dificultad.
Valentina ve y compara a otros miembros de la comunidad que no han alcanzado a comunicarse en otra lengua que no sea la suya y cuyos hijos lo hacen como si cruzaran de acera.
Domingo pasa tiempo en el nuevo rancho, pero nunca duerme fuera más de dos días por si esa niña traviesa llega antes de tiempo.
A finales de febrero, decide buscar a un matrimonio que cuide y se ocupe de las dos docenas de ovejas que ha adquirido y de los animales heredados de los Winker.
Arrieta conocía a una pareja que había huido de las llanuras después de que las tormentas de polvo y la devastación de las tierras los hubieran convertido en unos seres errantes de rostro amedrentado, pero ellos no son vascos y Domingo no quiere a nadie que no conozca sus costumbres.
Entre ellos se arreglan y comparten el valor que otorgan a la lealtad y al trabajo bien hecho.
Finalmente, da con Francisco Lecanda y Antonia Zubiria, un matrimonio de Vizcaya que busca trabajo.
En Boise, la Confitería Lekeitio sigue siendo uno de los comercios emblemáticos de la ciudad.
Ana Gutiérrez muestra habilidad en la cocina y respeto a las medidas, indispensables para la repostería.
Su hermana Margarita mantiene el orden y se ocupa de que la despensa esté abastecida.
Rita, sentada tras la caja registradora, conoce a los clientes y habla con ellos, animándolos a que vuelvan.
Valentina tiene un equipo perfecto que le permite despreocuparse cuando su ausencia es necesaria.
Mary Tyler y su marido los invitan a cenar en el elegante comedor del Hotel Owyhee.
El senador es simpático y tiene ese aspecto tan americano; limpio, con la dentadura perfecta y ese aire juvenil en el que se desdibuja su edad.
Ha intentado leer la página que el Boise Capital News publica para los vascos y les pregunta por la fidelidad del idioma que emplea el periodista.
Valentina sonríe. A medida que pasa el tiempo, la lengua de los residentes se deteriora.
Le explican que solo en los hogares se puede conocer el euskera, y que el tiempo ha popularizado una jerga como la que usa el periodista, una mezcla de castellano, inglés y euskera que no hay quien entienda.
Es el destino del emigrante: ir maleando la nostalgia hasta conseguir convivir con el olvido.
La vida sigue su curso, y la guerra en España también.
Hace apenas unas semanas, Begoña la llamó para decirle que habían bombardeado Durango y que el número de muertos y la destrucción eran enormes.
Bajo las órdenes del general Mola, las acciones contra el norte estaban siendo férreas y constantes.
Los nacionales contaban con la ayuda de Alemania e Italia, y habían sido precisamente los bombarderos pesados Savoia-Marchetti, junto con una docena de cazas alemanes, los que habían descargado sus bombas mañana, tarde y noche.
Ella tiene noticias de primera mano. En Nueva York la comunidad española es muy grande, y siempre hay gente en los muelles que va o viene de Europa y trae noticias frescas.
En su momento Valentina le pidió a su amiga que la mantuviera informada, pero hoy, se arrepiente de haberlo hecho.
Desde que recibió aquella llamada, una inquietud asfixiante se ha instalado en su pecho, como si hubiera tomado conciencia de la gravedad de lo que acontece.
Reza desorientada, sin saber muy bien si la corte celestial tiene algo que ver con la estrategia de los ejércitos.
Le inquietan esos aviones que expulsan desde sus innobles tripas unas bombas cuyo fin es destruir.
¿Cómo puede el cielo acogerlos? Intenta sumergirse en su realidad, en el encargo de cuatro bandejas de pastas de té para el Hotel Bristol, en el programa de cine del Rialto, en su hijo que crece guapo y feliz, pero se siente demediada.
La guerra ha roto algo en su corazón, no sabe bien qué, pero podría jurar que algo parecido a un movimiento sísmico mueve sus emociones.
Escribe cartas, consciente de las pocas probabilidades que existen de que lleguen a su destino.
Antes al menos llegaban devueltas, pero en el último tiempo se diluyen entre los mares, como si la guerra hubiera borrado el camino de regreso.
Su accidentado embarazo y el no poder aplacar su ansiedad con una correspondencia le ha hecho retomar sus cuadernos.
Cuando los sacó del baúl, donde habían sido relegados al olvido, se pasó un día entero llorando.
Tuvo la sensación de que habían sido escritos por una niña desorientada que descubría la vida por primera vez.
Le costó reconocer a aquella joven que anotaba los pequeños detalles que le impresionaban, las palabras que aprendía, los gestos necesarios de educación o el enunciado tembloroso de la lista de sus regalos de boda.
La relectura le ha hecho ser consciente de cuánto ha cambiado.
Se toca el vientre abultado y le habla a su hija.
—Tú no tendrás que caminar sola, mi niña.
Sus viejos miedos y cautelas se han convertido en fortalezas, y aunque ella se guarde para sí misma esa parcela de fragilidad que no muestra, se siente satisfecha.
Esa mañana, su marido le ha contado lo que ha escuchado en los billares.
Las Flechas Negras italianas han entrado en Lekeitio, y el pueblo está en sus manos.
A medida que avanzaban han ido dejando fuerzas junto a una compañía de Navarra, y han proseguido su camino hacia Ibarrangelu, Elantxobe y Kanala.
Valentina no entiende bien que los italianos les estén haciendo el trabajo a los nacionales, pero ya ha escuchado que las alianzas determinarán el final de la guerra.
No han dicho una palabra. La información se ha quedado ahí, suspendida, y su marido le ha besado la mejilla y se ha llevado a Simón a la escuela.
Domingo tiene previsto ir al rancho y quedarse un par de noches allí.
Quiere dejarlo todo arreglado para estar a su lado cuando nazca la niña.
Lo hace a menudo; cuando el trabajo en la confitería no es mucho, se va y vuelve cargado de productos frescos, frutas, verduras, leche…
Antonia Zubiria, la mujer que lleva su propiedad, le manda casi todas las semanas huevos y productos de la huerta.
Ella le da las gracias enviándole a cambio algún dulce y una pequeña nota que no sabe si podrá leer.
Ya no tienen gallinas ni preocupación por esa tierra que nunca ha sido fructífera.
Ahora, la parte de atrás está abandonada y tiene una apariencia desangelada.
El árbol, que dio buena sombra antaño, está enfermo y tiene un aspecto preocupante.
Domingo ha prometido talarlo, pero ella no quiere prescindir de su presencia todavía.
Lo que desea es ampliar la construcción y preparar una habitación para la niña.
También debería pintar la fachada y arreglar el tejado, pero hasta que no nazca su hija no podrá hacer nada.
Reconoce que la compra de la casa, a pesar del esfuerzo que tuvieron que hacer para pagarla, fue un acierto.
Su marido tiene su rancho y se muestra más contento y comunicativo.
Valentina sabe que necesita estar cerca de la tierra, enredarse en proyectos, hablar con otros rancheros y acordar que su pequeño rebaño esté en los pastos altos con el pastor de los Goitia.
Sus ausencias le dan a Valentina un espacio para hacer lo que necesita sin pensar en él.
Sigue siendo su hombre, y a veces, cuando él no la ve, lo mira incrédula por la suerte que ha tenido encontrándolo, pero ya no desea que esté todo el día rondándola.