Un bosque de álamos en Idaho El sonido de la guerra a lo lejos #7
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El sonido de la guerra a lo lejos #7

Por la mañana, la joven sufre las zozobras de sus mareos, pero esta vez no se esconde.

Mientras convence a Domingo de que baje a desayunar como el propietario de rancho que va a ser, abre la ventana para que el aire le haga volver a sí misma.

Es verdad que el embarazo la tiene algo aturdida, y que el trabajo y Simón no le han dejado tiempo para ella.

Mira a su alrededor y descubre un escritorio sobre el que reposan papel de cartas y sobres con la dirección y el membrete del hotel.

Se despiertan sus deseos de escribir, y añora los cuadernos que desde que nació su hijo duermen en el baúl.

Piensa en Esther, la gobernanta, la primera de las mujeres que le hizo hueco en su abrazo después de Mariana, y agarra uno de esos papeles.

Busca su pluma, de la que nunca se separa, y se deja llevar por el baile de las palabras que le dicta su corazón.

Su estómago vuelve al lugar que le corresponde.

Noviembre de 1936, Idaho

Esther querida:

No sé si la guerra impedirá que esta carta llegue a tus manos.

Llevo el corazón en un puño desde que recibimos las primeras noticias y, más allá de lo que sucede en nuestra tierra, necesito saber de aquellos a quienes quiero, entre los que te encuentras tú.

Escríbeme en cuanto puedas. Hazme saber si estás bien y si sabes algo de los de Gernika.

Algunas noches cierro los ojos y, como aquella echadora de cartas que vino por San Antolín un verano en Lekeitio y que se comunicaba con los que estaban lejos, pienso en ti, deseando, como la mujer adivina, poder transportarme, o al menos hacerte sentir que estoy cerca.

Me desespera imaginaros en medio de una guerra.

No tengo noticias desde hace meses, ni de ti, ni de Mariana ni de Clara.

Me obsesiona la idea de que esa guerra os devore y desaparezcáis de mi vida.

Algunos paisanos han mandado dinero a un hotel de un hombre de Ea en Hendaya, para que su familia coja un barco y venga hasta que todo termine.

Mi situación económica es buena, así que si me necesitas manda un telegrama y yo me encargo del resto.

Estoy alojada en un hotel al que me ha traído mi marido en Mountain Home, que quiere decir «el hogar de la montaña».

Es un hotel elegante, aunque no tanto como el Carlton, al que me traslado con mis pensamientos.

A veces pienso que si no hubiera sido tan osada como lo fui estaría trabajando contigo, pero la vida es imprevisible para los que nos atrevemos a vivirla y aquí soy feliz.

Te hago saber que estoy embarazada y, amén de la alegría, mis mañanas son como estar en un barco a la deriva en el que me agarro a los recuerdos que aún no se han desvanecido.

Pienso en ti y en esta vida que nos prometieron eterna y que ahora está amenazada, pero a pesar de todo volvería a dar los pasos que he dado. Sé que te gustará saberlo. Domingo es un buen marido y las cosas nos van bien. La única nube que amenaza lluvia es pensar en los que estáis allí.

Valentina

P. D.: La Confitería Lekeitio es un éxito. Por favor, busca a Mariana y cuéntame de ella. Tú conoces a los suyos.

La semana siguiente a Navidad, la temperatura ha subido sorpresivamente y ha habido un imprevisto deshielo.

El agua corre por las calles, sucia y enfangada, mientras los cielos parecen haber adoptado el tono blanquecino y gris de la tierra que les duele.

Valentina, que tiene sentimientos encontrados respecto a la nieve, se alegra de este fenómeno meteorológico y, aspirando bocanadas del extraño aire, se dispone a elegir dulces para iniciar 1937.

No llegan cartas de España, pero las hermanas Gutiérrez han conocido a una chica en la zapatería que hay en los bajos del Hotel Jai Alai que es pariente de los Anduiza, y cuenta que los veraneantes de Lekeitio no han vuelto a Bilbao y se han quedado a esperar a que la guerra termine en el pueblo.

En la capital pasan hambre, y el ingeniero que construía el cinturón de hierro ha traicionado a la República pasándose a los nacionales.

Valentina escucha. Es incapaz de discernir entre las versiones de los que apoyan a unos u otros.

Le aturde el enfrentamiento y el efecto corrosivo sobre su lucha constante por la esperanza.

Ella no recuerda proceder de una tierra que se enemistara de aquella manera, y le resulta tan perturbador que la rechaza.

—Será lo que Dios quiera.

En las tabernas, en los hoteles y hasta en la confitería se discute.

Cae sobre las conversaciones, iniciadas para paliar la soledad, una suerte de agresiva respuesta que deja el cuerpo de ambos interlocutores desbaratado a causa de miedo, la sorpresa y la impotencia.

La guerra destila un veneno que atraviesa los mares y empapa ese territorio donde se empeñan en recordar las costumbres de la tierra de la que proceden.

Los bandos son desiguales. En uno pesa la solidaridad, la de aquellos jóvenes que acuden a pelear junto a las fuerzas republicanas, y al otro lado, los nacionales obtienen el apoyo y las armas de Alemania e Italia.

La repostera piensa en lo que ama, y en ese «será lo que Dios quiera» que zanja cualquier encuentro.

Siente un secreto alivio de no estar allí, de no sufrir las penalidades que padecen, de no tener que alistarse a un lado u otro.

No es que se alegre de las miserias de los que se enfrentan, es que ella ha iniciado un camino en el que no cabe más que lo cotidiano.

La tierra, aunque se empape de sangre, seguirá allí, pero ¿qué sucederá con las personas?

Lleva en su bolso el teléfono del Arraun.

No ha tenido noticias de Mary Tyler ni de su esposo, porque están pasando unos días en Sun Valley, volcados en la nueva actividad de la comarca: el esquí.

Ha visitado al médico y este ha confirmado su intuición.

Su hijo, si la naturaleza y Dios se empeñan, nacerá a primeros de julio, pero el doctor le ha recomendado no estar de pie mucho tiempo.

El embarazo apenas es visible en el exterior, pero sigue con esas náuseas que la agotan.

Domingo la vigila. Le pide que se siente y habla con las hermanas Gutiérrez para que descanse.

Pero el fin de año es la mejor temporada de la confitería y Valentina se pasa horas en el obrador.

El primer día de 1937, prácticamente la totalidad de la comunidad vasca de Boise y alrededores brindan con sus familiares y amigos.

Han encendido un hermoso leño en la chimenea y han guardado las cenizas con aquellos fines mágicos que sus antepasados reservaban para esas ocasiones en que se necesita un milagro.

Han cenado, no el bacalao que muchos añoran, pero sí unos capones bien cebados, y no ha faltado la compota de manzana ni la sidra que hace Eustaquio Mendiola todos los años.

Pero en este brindis los ojos de hombres y mujeres se han llenado de lágrimas.

Valentina piensa que todos los allí reunidos han pedido un único deseo: que cese la guerra y que Dios guarde a los seres queridos.

Ha vuelto a nevar. Hay casi medio metro de nieve en las calles de la capital de Idaho, y los hombres se afanan por limpiarlas para regresar a sus casas.

Muchos eligen quedarse en los hospedajes, pero Domingo y Arrieta han habilitado un carro para poder transitar y van depositando en su casa a los que viven cerca.

Los niños van dormidos en los brazos de sus padres, que no llevan precisamente el corazón contento.

El recuerdo de la tierra no les deja ser del todo felices.