Un bosque de álamos en Idaho El sonido de la guerra a lo lejos #6
75%

El sonido de la guerra a lo lejos #6

—Los pastores conocemos esta zona —le dice cuando retoman el camino—.

Conducíamos el rebaño por aquí. En Shoshone había varias pensiones y hasta una sala de billar.

En Hailey todavía hay muchas fiestas, en el Hotel Rialto y en el Gem Bar.

Si no hubiera sido por ellos, me habría vuelto andando.

En Sun Valley había un pequeño apeadero de ferrocarril en el que embarcaban los que iban al Pacífico.

Montana al norte, Nevada al sur, Oregón al oeste…

A alrededor de cien kilómetros está la trayectoria de los primeros pastores vascos.

Ahora ya no vienen tantos a trabajar. Las leyes lo han complicado todo.

Sin embargo, otros llegan procedentes de las ciudades, a pescar en los ríos y lagos limpios y a esquiar.

Domingo repite lo que sabe. No es mucho. En las ciudades llenas de grandes edificios y automóviles habrá trabajo y muchas otras cosas, pero no tienen naturaleza, y para no olvidar la verdad han de recorrer kilómetros para pescar una trucha o dormir bajo las estrellas.

—La montaña está viva. Y aquí cerca, en Sawtooth, es un buen lugar para comprobarlo.

Los Winker salen a su encuentro. La mujer ha hecho una tarta de manzana y café.

Durante más de una hora los ponen al corriente de las cosas importantes.

La luz, el agua, las localidades más colindantes.

Cambiaron las cañerías el año pasado, pero el frío a veces las rompe.

Las casas deben estar habitadas para que las condiciones meteorológicas no se ensañen con ellas.

Valentina ha visto pocas granjas como la de los Winker, donde se advierte que el conjunto ha ido creciendo, como si le hubieran añadido otras construcciones con el paso de los años.

Hay un granero, una cuadra, un recinto para las gallinas y otro para la maquinaria del campo.

Ella es incapaz de calcular los acres de tierra que tiene ese rancho, pero ha llegado hasta ella sin ver una casa en kilómetros.

El hombre los invita a ver la finca, pero Valentina tiene frío y renuncia pretextando un catarro.

Domingo sale con el señor Winker y deja a las mujeres charlando cerca de la chimenea.

—¿Hace mucho que viven aquí?

—Vinimos en 1916, en mitad de la Gran Guerra.

Éramos padres de dos niñas y el futuro no era precisamente esperanzador.

Teníamos una granja cerca de Friburgo, pero decidimos venir al nuevo mundo.

Nuestras hijas viven en California, y ya no somos tan jóvenes como creemos.

Hemos trabajado mucho y sobrevivido al clima duro y al aislamiento, y ahora queremos estar cerca de nuestras hijas. ¡Y con los huesos al sol!

Dos horas después, Frida y Valentina conocen los hechos que han marcado sus respectivas vidas.

Han hablado de esas cosas que hablan las mujeres cuando están a solas: de cómo enderezar los días que amanecen torcidos, de esos hijos que se llevan su sombra para siempre, de que nunca hay que perder de vista la intuición que se tiene de lo inevitable…

Han hablado también del futuro, de las guerras que roban la vida que ellas dan y de los gramos de azúcar que necesitan las mermeladas o los pasteles de manzana.

Cuando llegan los hombres, ambas saben que, por distintas razones, no quieren habitar el pequeño rancho, pero nada dicen a sus maridos.

Ya en la camioneta, Valentina espera a que su marido le cuente si ha habido un acuerdo respecto al rancho. Pero vuelve el silencio a llenar el aire mientras los campos infinitos se deslizan por las ventanillas del vehículo.

—¿Te has comprometido? —pregunta por fin Valentina.

—Me lo ha dejado a un precio que no podía negarme.

—Tú sabes que yo no viviré aquí…, ¿verdad?

—Solo hay dos horas de carretera desde Boise.

—Lo sé, pero vivimos de la confitería. No podemos abandonarla para criar ovejas. Y además… Vamos a tener otro hijo para cuando empiece el verano.

Domingo frena en seco. Por fortuna, el tráfico en los caminos rurales del condado de Elmore es insignificante. La mira, incrédulo. Sus manos quieren tocarla, pero solo llegan a abrazar el aire que la rodea. Valentina sonríe.

—Puedes abrazarme si lo deseas.

—¿Estás segura? ¿Has estado con el doctor?

—Seguramente en unos días tendré el resultado de la prueba, pero yo sé que espero un hijo y nadie podrá convencerme de lo contrario. ¿No te has fijado en mis pechos? Están grandes, y por las mañanas soy incapaz de tener nada en el estómago. Viene una niña…

—¿Por qué lo sabes?

—Porque lo sé de la misma manera en que supe que esperaba un niño cuando Simón estaba en camino. Además, mi amiga Clara me dijo que iba a tener dos niñas y un niño, así que aún tenemos tiempo para ir a buscar la tercera.

Domingo evita la velocidad, los baches, la mira una y otra vez, emite irrintzi , esos sonidos que hacen los pastores cuando se comunican con los que están al otro lado de la montaña, y musita palabras entrecortadas.

Busca en las lenguas que conoce alguna que roce el milagro que está presenciando y no la encuentra.

—Yo tenía una sorpresa para ti.

—Era la compra de tu rancho.

—No, era lo que vamos a encontrar en unos minutos.

En ese momento atraviesan el condado de Elmore y, como le ha mencionado, allí está, en Mountain Home, junto a la estación del ferrocarril, el hotel de Bengoechea del que tantas veces ha oído hablar.

Valentina mira el edificio de ladrillo con sus tres alturas y su torreta en el centro del tejado.

Está rodeado de jardines, y a su espalda hay un frontón.

Traga saliva. Comprende la magnitud de la nostalgia de aquel hombre que quiso asentarse con las medidas de su añoranza.

El edificio tiene muchas ventanas, y en la parte de arriba está grabado el año de su construcción: 1910.

Domingo la lleva del brazo hasta la entrada y pide una habitación en la recepción.

Observa a su esposa mientras contempla la decoración, tocando los tejidos algo desgastados de las tapicerías y comprobando los cristales de las lámparas, que no brillan tanto como debieran.

Él se da cuenta de cómo su mujer absorbe lo que ve como una esponja sedienta de saber.

Ella le ha contagiado algo, pero su espíritu no es curioso.

—Te lo dije, es un sitio inolvidable. Vamos al restaurante.

Él no ve el polvo ni la falta de cuidado.

Ese hotel es una leyenda que se mantendrá tan hermosa en su pensamiento como el recuerdo que ella posee de Nueva York o del Hotel Idanha que hay en Boise, en Main Street.

Mientras cenan, el pastor repite las mismas anécdotas que se cuentan en todos los albergues y que ella escucha como si fuera la primera vez.

Muchos hombres habitan su memoria con los recuerdos de quienes los precedieron, como si necesitasen que América tuviera un pasado en el que ellos ya estaban.

Bengoechea sabía que los pastores vascos, al no hablar inglés, tenían problemas en los alojamientos, así que él, que llegó a tener un rebaño de cien mil cabezas, construyó el hotel para ellos.

Tenía agua corriente y baño en todas las habitaciones, y la decoración era un derroche de buenos muebles y alfombras.

En 1910, aquello era un lujo. Cuando se arruinó, el hotel pasó por distintas manos hasta llegar a las de Víctor Iturri, a quien su mala salud le obligó a irse.

—En este momento lo lleva la hija de Víctor, emparentada por matrimonio con Bengoechea, pero hay rumores de divorcio, y entonces…

—¿Y piensas comprarlo?

Domingo sonríe por la ironía de Valentina.

Toma su mano. Tocar su piel le agrada casi tanto como saber que es dueño de su cariño.

Ahora la ve de un modo distinto, aunque la sienta igual.

Está gestando un hijo, y eso es algo que no puede apartar de su pensamiento.

No podrá alejarse de ella, y los planes que tenía previstos para el rancho deberán esperar.

Y se lo cuenta por fin. Debe abrirle su corazón.

Domingo quiere formar su propio rebaño, quizá buscar un par de pastores y que el día de mañana Simón tenga su propio rancho.

Se ha forjado en ese oficio, y quiere crecer en él hasta ser propietario.

Valentina le escucha. Sabe que tienen dos mundos distintos, y le muestra su apoyo, pero también le recuerda que le necesita a su lado hasta que nazca su hija.

Le explica sus transformaciones físicas, las que no vio mientras esperaba a su hijo y ahora verá.

Trata de hacerle entender que un embarazo no la hace más débil, sino acaso más torpe, y que la confitería la necesitará tanto como ella a él.

Disfrutan de la noche, de ese asueto prohibido para el que en otros tiempos hubieran necesitado contar las monedas: un hotel.

Domingo repite la historia de Bengoechea y de cómo no escatimó en muebles de buena madera y sabanas del mejor algodón.

Le cuenta a Valentina que Bengoechea era analfabeto, como lo era él antes de conocerla.

Juntos susurran la materia de la que estaban hechos sus sueños cuando llegaron a esa tierra.

Hacen un balance de lo que les faltaba, que era casi todo, y se abrazan con ternura y deseo. Los han cumplido.