El sonido de la guerra a lo lejos #5
—No —responde con un hilo de voz—, pero allí vivían y viven personas a las que quiero.
Nosotros hemos nacido en Lekeitio —añade para simplificar.
Está segura de que el senador, que se ha criado en unas extensiones de terreno inimaginables, no puede hacerse una idea de lo pegados que están unos pueblos costeros a otros.
—Me gustaría poder darle información más concreta, pero no tengo otra que la que viene en los periódicos o la que me ha proporcionado su embajador. Lo que puedo ofrecerle es la posibilidad de que él nos facilite más datos sobre alguna persona concreta que usted desee.
—Se lo agradezco. Me gustaría saber el paradero de la familia Aramburu. Tienen una casa de comidas en Gernika, al final de la calle Santa María.
—Muy bien. Me interesaré por sus familiares, y sabrán de ellos a través de Mary.
Salen de la mansión empequeñecidos. La comunidad vasca de Boise teje un tenaz cobijo sobre cada uno de sus miembros.
Los une la tierra, pero no están demasiado interesados en las causas y orígenes del conflicto.
Casi todos han puesto sus vidas en manos de Dios y son conducidos por la Iglesia.
Muchos siguen sin hablar inglés, no puedan leer el periódico y se sienten lejos de lo que añoran.
El conflicto ha empeorado el correo. Apenas se reciben cartas.
Mientras caminan, Valentina llora quedamente.
—Tengo un mal presentimiento —musita angustiada—. Nadie los ayuda.
—Arrieta y Pablo Ereño piensan igual que tu senador. Será la neutralidad la que hará que la guerra se acabe pronto. Se quedarán sin armas, sin aviones.
—Pero el alemán, el del partido nazi, ha ofrecido ayuda a los nacionales.
Domingo no responde. Las estrategias internacionales son demasiado complejas para él.
Pasa una mano sobre los hombros de su esposa y caminan despacio y acompasados por las calles elegantes hasta el lugar donde han dejado su vehículo.
Hace frío, o quizá al salir de esa casa caldeada y elegante lo sientan con más intensidad.
Arrieta tiene un mapa de España colocado en la pared de una de sus habitaciones.
Con chinchetas va marcando el paso de los ejércitos.
No han hablado claro, pero intuye que su amigo preferiría que ganara el ejército sublevado.
Nunca le ha gustado la República, y ahora que todo apunta a que se casará con Mercedes no quiere saber nada de divorcios.
Domingo no está acostumbrado a pensar en su país.
No lo hizo mientras vivió allí, pues el hambre y la necesidad ocupaban sus pensamientos.
Ahora, lo que dejó atrás quedó allí y, aunque no lo dice en público, le interesa más saber cómo van los papeles para hacerse ciudadano americano.
Ana Gutiérrez duerme junto a Simón cuando llegan. Se ha quedado para cuidarlo, y también para ser la primera en saber si ese senador puede decirle si es conveniente volver a su pueblo. Valentina, sigilosamente, se acerca a su hijo y Ana abre los ojos.
—¿Qué sabía el americano? ¿Ha dicho algo de Plentzia?
—De Plentzia nada, querida, y de lo demás poca cosa. Hay que rezar y esperar. No creo que debas volver a tu pueblo. Además, con lo que estás aprendiendo, podrás poner tu propia confitería.
Es el lenguaje que todos los que han emigrado entienden.
El trabajo, prosperar, resignarse. Ana vuelve a acurrucarse.
Se impone el sentido común, y sus manos aún están vacías.
Valentina sabe que alguien la ronda, pero quienquiera que desee casarse con ella debe saber que va acompañada por sus hermanas.
Por eso están allí, porque son tres y nunca están solas.
En la habitación, Domingo abraza a su esposa.
Pone una mano sobre su pecho sin percibir nada más que la calidez de su piel.
Valentina se tensa, pero él no advierte nada raro.
Sus cuerpos acusan la pena y no están para carantoñas.
El senador ha hablado de puentes bombardeados, de comunicaciones rotas para proteger las salidas y las entradas de pueblos y ciudades.
A Valentina le parece que han bombardeado el mar que une los dos continentes de su corazón.
Suspira. Si ha de ser realista, nunca regresará a su tierra, ni volverá a ver a Mariana, a sus primas, ni aquel mar al que entregaba sus tribulaciones, pero al menos ruega a Dios para que no les suceda nada.
Luego se duerme en la burbuja que forman los dos.
Por la mañana, Simón entra sigilosamente y se mete en la cama de sus padres, buscando un hueco entre ellos.
Domingo se apresura a cobijarle y en apenas unos segundos el niño se ha quedado dormido.
El pastor se levanta para preparar el café.
A menudo lo hace; levantarse al alba y recoger los huevos de las gallinas, ponerles agua y tomarse un café.
Echa de menos a Beltza, que era el que corría a recibirle cuando abría los ojos, y piensa que si un día llega a poseer un rancho volverán los perros a su vida.
Está ansioso por enseñar la propiedad de los Winker a Valentina, pero no quiere mostrar su entusiasmo.
Las mujeres a veces cambian de opinión al comprobar el deseo del marido.
— Maitia , el café está listo.
Valentina abre los ojos y ve al niño rodeándola con sus bracitos, sonríe y lo besa con dulzura.
Durante unos instantes se siente incapaz de renunciar al calor de su cuerpecito, a su olor, a ese futuro que representa ese niño.
Hunde la nariz en su cuello, y el mundo y ese viaje a Wood River Valley desaparecen de su cabeza.
Pero la casa huele a café y ella tiene que ver un rancho, porque su marido así lo desea.
Una náusea la sorprende y sale corriendo al baño.
Esos síntomas no los tuvo cuando esperaba a Simón, y por eso Valentina cree que lo que viene es una niña.
Se limpia la cara y se pellizca las mejillas para que vuelva el color.
Cada vez que hace ese gesto recuerda a Mariana.
Reza un avemaría para que la Virgen los guarde mientras desayuna y se viste.
Luego vuelve a abrazar a su pequeño, que con los ojos llenos de sueño le pregunta adonde va.
En la camioneta, Domingo no puede evitar conducir sonriendo.
Ella le conoce, calibra si ese momento es el adecuado para darle la noticia del embarazo.
Es curioso que él no haya percibido los cambios en su cuerpo, pero se dice a sí misma que los hombres no están dotados para la observación de las pequeñas transformaciones.
Vuelve a mirarle y decide esperar. Ellos no son como esos novios que llegan al matrimonio después de pasar años comiendo castañas en la misma plaza del mismo pueblo que los vio nacer.
Se han conocido cuando ya estaban casados.
La unión ha resultado milagrosamente bien, pero tienen mucho tiempo por delante para descubrirse.
Valentina siente el profundo amor que comparten, y es precisamente ese sentimiento lo que hace que no repare en los tropiezos cotidianos.
Además, están y siempre han estado solos.
Por mucho que recuerden a los que han dejado atrás, están solos.
Le mira e intuye que está pensando en esa propiedad que a ella no le interesa en absoluto.
Intentará complacerle, pero no piensa ir a vivir a un rancho dejando atrás lo que ha conseguido. Clara no lo aprobaría.
En Boise ha encontrado lo que necesita: su confitería, una escuela para Simón, médicos, la Organización Independiente Social, las mujeres y la iglesia.
Tiene a Milagros, a Encarni, a Mary Tyler y a las hermanas Gutiérrez.
Tiene incluso a Margarita Urrutia, que le arregla el cabello a la moda del cine.
Reconoce que es mucho más feliz que algunas de las personas con las que trata.
Sin embargo, algo en su interior le dice que tendrá que encontrar la manera de que Domingo tenga sus lagos, sus ríos, sus montañas y su rebaño, porque a veces tiene los ojos tan llenos de nostalgia que le falta el aire.
Como si hubiera escuchado sus pensamientos, Domingo busca su mano.
Ella acorta el camino y sale al encuentro de ese calor que él le proporciona.
Aprieta levemente y comparte el mensaje, casi la conversación que mantienen en silencio.
Valentina ha aprendido a traducirlo, y él ha hecho un esfuerzo enorme para aprender a leer y escribir.
Ahora puede relacionarse con los demás, reconoce los idiomas, el euskera, el castellano, el inglés, porque estaban en su cabeza.
Pero con ella emplea casi siempre el silencio, su mayor tesoro, un mundo que solo ellos exploran.
Valentina vuelve la vista hacia el paisaje.
En un momento dado la vegetación empieza a hacerse más tupida, más verde.
Los árboles forman pequeños bosquecillos y ella, sin darse cuenta, se traslada al camino que conducía al caserío familiar.
¿Cómo estarán? O a los días en que, con la marea baja, cruzaban a pie a la isla de San Nicolás y traían un caldero de carramarros y verigüetos.
¿Habrán huido? Se responde a sí misma. Mariana y Nicolás no van a renunciar a lo que han conseguido. Tienen tres hijos y un restaurante…
Cargan gasolina en un surtidor cerca de Fairfield y, mientras comprueba algo en el motor, Domingo no cesa de contarle su paso por ese condado.