Un bosque de álamos en Idaho El sonido de la guerra a lo lejos #4
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El sonido de la guerra a lo lejos #4

—Yo podría tener un buen rebaño en unos cuatro años y ganar mucho dinero. Las guerras suben el precio de la carne. No lo digo por España, sino por los rumores que corren sobre Alemania. Las tormentas de polvo se pueden prolongar, y muchos de los que huyen vendrán aquí.

—Iremos a verlo —concede Valentina, consciente de que su marido no desechará la idea así como así—. Aunque algo me dice que tú ya lo conoces.

En la oscuridad de la habitación Valentina no puede ver su mirada, pero sí percibir la silueta afilada de su rostro, el tono del leve suspiro, la inquietud de sus pies moviéndose bajo la sábana.

Ella sabe que probablemente hace tiempo que lo ha descubierto; conoce su proceder y es posible que lo haya visitado en una de sus ausencias.

No puede imaginar esa propiedad que sin duda codicia, pero lo ve frente a la casa comprobando si está expuesta a los vientos o al sol del mediodía.

Sabrá el precio, y habrá calculado las posibilidades que tiene de adquirirla.

Su esposo, a su manera, tiene una vida fuera del hogar, o al menos un trozo de silencio que no comparte con ella.

Está segura de que no hay mujeres que amenacen su amor, pero está Arrieta, y el rancho, y la montaña, y ese constante ir y venir por los alrededores en busca de un negocio que no sea la Confitería Lekeitio.

Valentina no desconfía de su marido, no puede.

Cada noche se lo demuestra y está segura de que lo que haga lo hará pensando en ella, pero lo que sí puede pasar por su cabeza es elegir un camino por el que ella no quiera ir.

Casi todo el dinero que entra en la casa proviene de la confitería, y él lo sabe.

Un escalofrío le recorre la espalda. También ella le oculta su malestar matutino, las náuseas, ese sueño que la devora al atardecer.

Valentina pega su cuerpo al de su marido y le pregunta si la casa de ese rancho es bonita, y mientras él vacila, buscando una respuesta que no le delate, ella busca la postura para dormir arrullada por la voz de su marido.

Espolvorea con azúcar glas una bandeja de pestiños crujientes cuando la campanilla de entrada anuncia la llegada de un cliente.

Asoma la cabeza desde el obrador y ve que es Mary Tyler.

Escucha cómo Rita, siempre solícita y señalando las vitrinas, le explica que al terminar octubre y en el día de Todos los Santos tiene que haber algo dulce sobre la mesa.

Los norteamericanos llaman a esta festividad Halloween, una costumbre que trajeron los escoceses desde Europa.

La repostera ha caramelizado un montón de manzanas y las ha puesto en una vitrina que da a la calle.

Adora las caras de los pequeños contemplando los dulces, y muchas veces sale con una rosquilla para ellos.

Cuando termina, le da la bandeja a Ana y sale a saludar a su mejor clienta.

—Perdóname, Valentina. Hemos estado en Washington más tiempo del que hubiera deseado. El mundo parece estar perdiendo la cabeza, querida. —La joven pelirroja entorna los ojos y echa la cabeza hacia atrás, como si estuviera cansada.

—Te he echado de menos. Quería preguntarte si tu marido sabe algo que no salga en los periódicos de España.

—¡Oh, qué curioso! Precisamente ayer hablamos de ello. ¿Podrías venir a tomar el té a casa el sábado? Es importante. Dile a tu marido que te acompañe. Robert ha conseguido información que os interesará.

Con el corazón saltando en su pecho, la tarde del sábado Domingo conduce hasta el barrio de mansiones de la capital vestido con sus mejores galas.

La ciudad empieza a lucir sus avenidas adornadas de otoño y los árboles se despojan poco a poco de sus hojas.

Una luz ambarina y fría se derrama sobre los tejados cuando el sol se oculta.

Las luces de las casas de Warm Springs están encendidas y los jardines cuidados, pero la pareja lleva consigo la inquietud por lo que el senador pueda contarles.

—No sé si es buena idea. Bastante información corre ya por Boise.

—Sí, pero él debe de tener la mejor.

—Vivimos aquí. Tenemos un hijo.

Valentina ha estado por la mañana visitando al doctor Pettinger para que le haga una prueba de embarazo.

Está segura de estar encinta, pero como no quiere que su marido se preocupe sin razón, nada le ha dicho aún.

Si lo hiciera, comenzaría a tratarla como a una muñeca de porcelana.

Los hombres aceptan la naturaleza, pero con el embarazo se sienten perdidos.

Sabe que está nervioso y que al día siguiente, si Dios no lo remedia, saldrán hacia Wood River Valley para ver ese rancho con el que sueña.

Un mayordomo al que Valentina conoce los conduce a una sala cálida y acogedora.

La chimenea está encendida, y a lo lejos se oye una música suave.

La repostera pone su atención en los objetos que la rodean, en las telas de los cortinones de seda, en el damasco de las butacas, en las alfombras mullidas.

Hay objetos estratégicamente situados para que todo resulte bello y eso, algo que antes no percibía, es ahora una fuente de aprendizaje.

El Palacio Iribarren sorprendió sus ojos adolescentes y le abrió la puerta a la existencia de inmensos territorios desconocidos.

Ahora, cuando alguien olvida una revista en la confitería, ella se la lleva a casa y se pone al corriente de la moda, la música o el cine.

Ahora contempla esa belleza que, como un perfume, la ayuda a olvidar el motivo de la visita.

Hace tiempo que está descubriendo que el dinero sirve para rodearse de cosas hermosas, y que esos objetos son un escudo que mitiga los golpes y el sufrimiento.

Domingo, a su lado, estira el cuello como si le apretara la camisa y mueve la pierna de la misma manera en que lo hace ella cuando cose en la máquina de Milagros.

Le palmea el muslo e intenta detener el movimiento, darle esa seguridad de la que él carece tan pronto entra en el salón de una casa acomodada.

—No te preocupes. Son gente educada y saben quiénes somos.

—No sé qué buscamos aquí exactamente, Valentina.

—Necesito saber…

Mary y su marido entran en la estancia sonrientes.

Ella abraza a Valentina y da dos besos de cortesía al pastor, que mira sin disimulo su vestido ceñido hasta la cintura y sus labios rojos.

Robert, grande y sólido, tiene unos ojos azules que miran más allá de lo que ve.

La pelirroja revolotea con su pelo de fuego y da órdenes al servicio.

El senador, sin que venga al caso, les cuenta que creció en Iowa y que sus padres tenían una humilde granja rodeada de maizales.

Habla de las serpientes que se escondían en los bancales y que dormían durante el invierno.

Ríe de sus hazañas infantiles y derrocha un optimismo franco.

Luego, algo enardecido, repasa su tierra inmensa, nombra estados, montañas, para finalmente aseverar que adora la fuerza de los pastores.

Valentina advierte que ha conquistado en pocos minutos a Domingo con sus aventuras.

El americano ha puesto interés en dejar bien sentado que no siempre ocupó el lugar que ocupa hoy.

Al pastor le gusta esa sencilla humildad de los americanos y olvida que detesta el té que el mayordomo está colocando sobre la mesa.

—¿Quiere usted algo más fuerte, un whisky ?

Mary es una anfitriona perfecta. Va vestida igual que las mujeres que aparecen en las revistas femeninas, y su pelo es un imán para Domingo.

Le pide un café mientras Robert muestra su interés por la comunidad vasca de Boise.

Le interroga sobre el sentimiento nacionalista, los políticos republicanos y el equipo de fútbol, pero a Domingo le cuesta exponer sus pensamientos en inglés y es muy consciente de que no puede informarle de la manera que quisiera.

Se ciñe a lo que está en sus venas: la pesca, el mar, las campañas del atún, Bilbao, las minas…

Y de pronto el senador se pone en pie y da un pequeño paseo en torno a ellos sujetando el vaso de cristal tallado con dos dedos de whisky .

Su voz se ha vuelto grave, y las chanzas se han acabado.

—La situación en vuestro país no es buena, no solo por la guerra o por la falta de control de los gobernantes, sino porque Europa vive atemorizada y no se atreve a tomar decisiones.

Estados Unidos, al igual que otras potencias europeas, va a mantenerse neutral.

No venderá armas a ninguno de los bandos.

La neutralidad evitará, por el momento, un conflicto internacional que se intuye muy posible.

Se están organizando brigadas formadas por jóvenes de países que apoyan la República española.

Hay periodistas de los diarios más relevantes que se han desplazado a vuestro país, así que al menos la información parece garantizada.

He hablado con nuestro embajador en Madrid. La capital está sumida en el caos.

El silencio los engulle como una sima que se abriera inesperadamente. Por fin alguien ha sintetizado la magnitud del conflicto y la importancia de los países vecinos, en los que la comunidad ni siquiera ha pensado.

—Mi mujer me transmitió vuestra lógica inquietud.

Me he informado de la situación en el norte.

Por el momento, las tropas vascas y republicanas impiden el avance de los sublevados.

—El político saca un papel del bolsillo—.

Bombardearon un pueblo donde prácticamente residían solo civiles…

Ochandiano, el 22 de julio. Esto ha provocado la decisión de construir refugios para la población.

En Gernika ya existen en las empresas: Talleres de Guernica, Cuberterías Jypsa y Armas Astra, Unceta y Cía.

¿Conoce usted estas fábricas? Usted es de allí, si no me equivoco.

Robert dirige la mirada a Valentina, que está tan concentrada que la pregunta la pilla por sorpresa.