El sonido de la guerra a lo lejos #3
Por fin llega una carta de Clara. A Valentina le tiemblan las manos cuando quiere abrirla.
Su amiga confecciona un relato minucioso de la situación y da cuenta de enfrentamientos, denuncias, fusilamientos, huidas.
Para ella, lo esencial es resistir. La República es sagrada para esa mujer que no quiere renunciar a sus derechos, pero sus palabras destilan un miedo premonitorio.
«No sé lo que puede pasar. Es difícil mantener el optimismo. Ellos tienen más armas que nosotros».
Todos coinciden en que los alimentos escasean, la luz se corta, los puentes son volados con dinamita y los campos dejan de dar cosechas.
Pero en Gernika sigue habiendo lunes de mercado, aunque los precios hayan subido como la espuma.
Valentina se entera por ella de que Mariana, Nicolás y los niños estaban en Lekeitio cuando se produjo la sublevación. El Arraun había tomado vacaciones.
Clara prosigue comunicándole que ha cerrado el taller de tornillería.
El Gobierno ha requisado la producción de acero y hierro, que va a ser destinada a la industria de guerra.
Le anuncia que baraja la posibilidad de irse con una prima que vive en Anglet, al otro lado de la frontera francesa, y que el correo empieza a ser imposible.
Como si se estuviera despidiendo, le dice que envidia su situación y le desea toda la felicidad que se merece, y termina recordándole lo importantes que son las mujeres valientes.
A Valentina se le llenan los ojos de lágrimas, porque las palabras de Clara parecen un presagio.
Amasa el hojaldre, adorna las tartas y prepara los pedidos que siguen llegando a la Confitería Lekeitio.
Besa a su hijo, lo huele, le canta, y abraza a Domingo, que es su realidad.
Él la recoge al atardecer. Su casa se ha vuelto un refugio donde no caen bombas ni pasan hambre, y Valentina descubre la razón por la que siempre ha anhelado tanto un hogar.
Reconoce que lo que la impulsó en primer lugar fue tener ese estado de mujer casada, una plataforma para poder trabajar, hacer dinero y montar un negocio.
Eso lo aprendió de Clara. El eco de su voz diciéndole que una mujer no es nadie si no tiene posibles llega hasta ella y la hace sonreír.
En su respuesta, Valentina le dice que es el hogar lo que hace que la vida sea algo precioso y le aconseja que se busque un marido. Quizá los franceses sean más libres.
Como si fuera una medicina milagrosa, cuando se siente abrumada se obliga a recordar que, aunque estén lejos, a su lado tiene a dos personas que la aman, la esperan y la desean.
Los acontecimientos han hecho que el sueño, esa dársena de paz donde se bañan cada día, se haya evaporado.
Domingo se levanta de la cama con el pretexto de comprobar si Simón duerme.
Se pasea por la casa, aquejado de una incomodidad indomable.
Las maderas crujen y Valentina, también despierta, sigue el itinerario de esa ansiedad que termina por afectarle a ella.
Domingo siente el deseo de huir de su vida.
No para siempre, sino el tiempo que precise para restablecer el lugar de sus confusas emociones.
Hace meses que visita propiedades a las afueras de Boise, de camino a Emmett o en los alrededores.
Ramón Arrieta le comunicó que unas millas al este, cerca del Wood River Valley, vendían un pequeño rancho muy apropiado para sus planes.
El propietario, un hombre mayor, temía la construcción de la primera estación de esquí del país en la zona.
—Tu antiguo patrón anda metido en ello.
—Él conoce bien la región.
—Dicen que esa tierra va a ser la más cotizada.
—He pescado en los ríos de los alrededores. Mi amigo Tajui, un shoshone que vive al pie de las Rocosas, cerca de Emmett, me ha hecho descubrir la belleza de ese valle.
Arrieta cree que es una oportunidad que no debe desaprovechar.
El pastor sabe que tiene razón, pero le asusta abarcar demasiado.
Es un hombre prudente que no quiere ser poderoso, sino feliz.
Conoce el lugar. Allí, la vegetación pobre y escasa de Boise se convierte en un vergel.
Hay prados con pastos perfectos para criar ganado y mucha agua.
Wood River Valley está hacia el centro sur, a unas dos horas de carretera, pero cuenta con ferrocarril para los que quieren trasladarse a la capital.
Forma parte del condado de Blaine, y en el valle hay cuatro pequeñas ciudades que él conoció antes de trasladarse a la capital: Bellevue, Hailey, Ketchum y Sun Valley.
Domingo se toma un par de días y conduce hacia la zona antes de que la nieve cierre los caminos.
Recuerda haber oído algo referente a esa estación de esquí, y no desconoce el deporte que practicaban los noruegos trasladándose por las montañas ayudados de unas planchas en los pies.
Si su antiguo patrón ha comprado tierras en ese valle es porque sabe algo más que los demás.
Lo primero que hace al llegar es visitar el rancho.
Un matrimonio de origen alemán, los Winker, quiere trasladarse a las tierras cálidas de California y le abre las puertas de su propiedad para mostrarle lo que él ya ha advertido de un vistazo: que la tierra es buena, y los pastos, frescos y abundantes.
La mujer le invita a la casa, que en principio parece modesta pero que enseguida sorprende con un interior espacioso, construido con las mejores maderas de la zona.
Domingo la recorre mirándola con sus ojos y a veces con los de Valentina.
Tiene tres habitaciones, pero la cocina es muy grande y el espacio del comedor también.
La pareja no quiere pasar más inviernos aislados por la nieve y necesita a alguien que se haga cargo de la docena de vacas que pastan en un cercado.
No da una respuesta. No puede hacerlo sin consultar a Valentina, pero su imaginación ya se ha deslizado por los prados de los Winker y ha vislumbrado un hermoso rebaño de su propiedad pastando a sus anchas. La mujer le comprende; esperarán una semana para que tome una decisión.
—Es importante que su esposa lo vea.
Se acerca a Emmett. Esa ciudad le gusta y le trae hermosos recuerdos.
Conoce a muchos pastores asentados en la zona, entre ellos a Esteban Garaizar, al que encuentra en el mismo lugar en que conoció a Amy.
Los hombres se intercambian información del territorio que habitan, de los conocidos y de los que han regresado.
Esquivan el asunto de la guerra. Ninguno quiere envolver el encuentro en nostalgias.
Esteban está trabajando en la construcción de un telesilla.
Domingo no ha oído hablar de semejante artilugio, pero su compañero le informa de que por allí se cuenta que un conde austríaco llamado Félix Schaffgotsch visitó la zona por encargo de Averell Harriman, presidente de la Union Pacific Railroad Company.
Harriman quería incrementar el flujo de pasajeros en su línea de tren, y el conde le convenció de que aquellas laderas eran un paraíso para el ocio y el esquí, casi de igual belleza que Suiza o Austria.
El único problema residía en cómo superar los setecientos metros de desnivel para subir a los esquiadores desde el valle.
Imitando un sistema de transporte utilizado en la carga de barcos, se inventó el telesilla en el que Esteban trabaja.
La inauguración está prevista para diciembre.
De vuelta en Boise, Valentina no deja de hablar de la guerra, ni siquiera en el dormitorio.
Recita los nombres de sus conocidos, los nombra en voz alta y se pregunta qué estarán haciendo.
Domingo se desvela. Se levanta y sale a la noche.
El silencio de la madrugada y la vista de las montañas dibujando unas barreras oscuras le recuerdan dónde está y lo que debe hacer.
No saber a qué lugar del mundo pertenece le inquieta.
Antes, cuando no hablaba inglés, su lengua le regalaba el eco de quien había sido allí, en los pocos kilómetros que rodeaban Lekeitio.
Pero ahora habla inglés, y el idioma le remite a lo que le rodea.
Tiene dudas. No sabe si la vida le ha regalado una patria o le ha robado la que tenía.
Quizá en ese rancho al que debe volver la vida le haga dejar de anhelar lo que no tiene.
Domingo mira las estrellas, el color metálico que la luna presta a las calles.
Aún no le ha hablado a Valentina de sus proyectos, y sabe que tarde o temprano deberá hacerlo.
La guerra también a él le corta la respiración, pero de otra manera.
Tiene muy claro lo que está lejos y lo que tiene cerca.
Está preocupado por lo que pasa en las grandes llanuras.
Varias ciudades de los estados de Oklahoma, Nuevo México, Kansas, Texas y Colorado están siendo asoladas por una de las peores tormentas de polvo que se conocen.
Año tras año la sequía ha hecho estragos, hasta que en 1935 los periódicos comenzaron a hablar de lo que ya se conoce como Dust Bowl.
Domingo sigue con interés las devastadoras tormentas y ventiscas de polvo que arrasan los campos de cultivo, casi tanto como el que suscita la evolución del conflicto bélico en España.
Este fenómeno de la naturaleza está soterrando cientos de kilómetros y dejando poblaciones vacías.
Las neumonías y la falta de agua han obligado a desplazarse a miles de agricultores.
Casi todos van a California, pero también a Oregón, Nevada y Idaho.
La naturaleza no da garantías, la tierra tiene sus propios planes.
Vuelve a la cama pensando en Tajui y en las inmensas manadas de búfalos que han desaparecido, dejando el lugar a merced del polvo y las serpientes. Valentina le abraza y acaricia su espalda.
—No sé si te prefiero silencioso o dando vueltas por la casa. ¿Qué te sucede?
—Quiero que vayamos el domingo a ver un rancho en Wood River Valley.
—¿Un rancho? Ya decía yo que tu silencio algo escondía.