Un bosque de álamos en Idaho El sonido de la guerra a lo lejos #2
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El sonido de la guerra a lo lejos #2

La población norteamericana es un mosaico de naciones.

Hace tiempo que miran atentos los movimientos tibios e ineficaces que los mandatarios europeos llevan a cabo para frenar a Hitler.

Los Juegos Olímpicos se celebrarán en Berlín, y algunos piensan que se le hacen excesivas concesiones al régimen nazi.

Desde hace años, las leyes que promulga el Führer contra los judíos ignoran sus derechos y los expulsan de la sociedad.

Los nazis no solo están privando de sus derechos a judíos, gitanos y homosexuales para llevarlos a campos en los que los concentran y humillan, sino que amagan movimientos que hacen temer una intervención entre los países vecinos.

En Nueva York, los comentaristas se preguntan por qué el partido nazi ha ganado las elecciones con más de un 98 por ciento, pero el puerto vuelve a recibir a numerosos barcos cargados de judíos europeos que huyen abandonando sus posesiones.

Mientras comen, beben y los niños chapotean en el agua, la comunidad de españoles siente su corazón partido por el mar.

Ángeles Aramburu, la dueña del Modern, se acerca a Valentina para decirle que los periódicos llegarán al anochecer.

Ella piensa en el marido de Mary Tyler, un demócrata con muchos contactos y que en alguna ocasión se ha ofrecido para ayudar en las gestiones de su nacionalización.

Podría buscar el teléfono del Arraun, sabe que está escrito en una de las cartas de Mariana, en la confitería hay uno, pero la llamada les costaría un montón de dólares y, además, qué podría solucionar ella.

En su cabeza bailan las palabras que sus amigos depositaron en las cartas.

Recuerda que Nicolás tiene amigos anarquistas, que Clara es republicana y que la gobernanta es una mujer tradicional y monárquica.

Su pensamiento se traslada a la basílica de la Asunción de Santa María de Lekeitio.

Casi puede aspirar el olor a incienso, cera y madera.

Aún puede recordar el alivio que experimentaba mirando a su Virgen cuando, durante aquellos minutos que robaba a sus jornadas extenuantes en el palacio, acudía a la iglesia.

Cierra los ojos. El precioso retablo tras el altar permanece inmóvil y el aire del mar se cuela entre sus ruegos.

«Antiguako ama, zaindu itzazu, itsasoko gizonak zaintzen ditusun bezala» [53] .

La noticia, escueta y relevante, llega primero a los periódicos de Nueva York y después a los locales.

La mayoría ha elegido un titular simple y helador: «War in Spain».

Valentina intenta contactar con Mary Tyler, pero la pelirroja no está en Boise y no regresará hasta entrado el mes de septiembre.

Como Domingo se mueve constantemente por la ciudad, cada jornada regresa con un rumor, una noticia o una información.

Ninguna de ellas limpia el horizonte negro que se levanta en su tierra, y ni siquiera los cuentos del pequeño Simón les quitan la tensión imprecisa que los invade.

En la habitación matrimonial, los susurros se hacen costumbre.

No saben de qué lado está la verdad o la mentira, pero sí que Bilbao está en manos del Gobierno republicano y resiste.

También lo hace Guipúzcoa, pero Álava, La Rioja y Navarra están en manos del bando nacional.

El matrimonio y toda la comunidad mantienen el ojo y el oído atentos.

A veces, en el tren que viene de Nueva York llega alguien procedente de su tierra y le escuchan.

Para algunos, ese verano anómalo los ha pillado de vacaciones en los pueblos de la costa.

En Getxo existe una zona internacional donde se respeta una paz amenazada.

Pero las fuerzas republicanas avanzan a gran velocidad, dejando un rastro de fusilamientos que hace que muchos busquen refugio en otras zonas.

La frontera aún no se ha cerrado, y se rumorea que son miles los que han pasado al otro lado esperando que el conflicto termine.

Pero se suceden las semanas y la guerra se recrudece.

Bego y ella se intercambian confidencias que sus maridos ni siquiera imaginarían.

Valentín está muy implicado en todo lo que afecta a la comunidad vasca.

Es nacionalista y le preocupa que los derechos adquiridos zozobren en el mar de los generales sublevados.

Los hoteles y hospedajes se llenan de personas sedientas de noticias.

Allí se ha sabido que el 22 de octubre bombardearon Lekeitio, y que lo hicieron durante varios días.

A pesar de que la gente corría a las arboledas a refugiarse, ha habido seis muertos y varios heridos.

También Markina ha sufrido bastantes ataques de la aviación.

Las mujeres se llevan las manos a la cara, se tapan el rostro para que nadie vea su dolor.

Muchos quieren saber los nombres de las víctimas, los lugares donde cayeron las bombas, los destrozos que hicieron, pero nadie puede responder a esas preguntas. Estar lejos es difícil.

—Alguna cayó en el puerto, cerca del cuartel de gudaris.

—¿En el puerto?

—Y en el caserío Santa Catalina de Pascual. En Markina murió un médico muy joven, de veinticinco años, Andrés López Uranga. Txomin Onaindia, el cura, alcanzó a darle la absolución.

Los nacidos en Lekeitio o alrededores son numerosos.

Hasta ahora estaban centrados en su vida, pero ahora medio corazón se les va a recorrer las calles donde dicen que han caído las bombas y el otro medio se ancla en la seguridad de su casa norteamericana, de su hospedaje, de los dólares que guardan en el bolsillo.

El alma, ese órgano que no aparece en las radiografías, es la brújula de sus emociones y se les atraganta.

Boise también se parte por la mitad. Unos desean que el bando nacional acabe con los republicanos sin ley, y otros pelean para que las conquistas sigan adelante.

Valentina estaba orgullosa de que las mujeres pudieran votar y de que las escuelas públicas dejaran de fabricar analfabetos, pero esta violencia no cabe en su cabeza.

—En Bilbao, los hombres se esconden de las miradas de sus adversarios. Los curas guardan la sotana y visten pantalones, las monjas se encierran en los conventos, los obreros se pasan consignas, y nadie sabe quién va armado —declaran hasta quedarse sin aliento algunos parroquianos.

Las noticias empiezan a ser alarmantes. La Sociedad Bilbaína, un club de la calle Navarra donde se reúne la oligarquía, fue ocupada el 20 de julio por los anarquistas.

Cuentan que se plantaron con una ametralladora frente al portalón y entraron en el club para registrarlo, desde el sótano hasta la cuarta planta, y que saquearon y destruyeron parte del patrimonio artístico.

Ante semejantes desmanes, las autoridades los expulsaron e instalaron allí las nuevas dependencias del Gobierno vasco, con José Antonio Aguirre a la cabeza y el departamento de Gobernación.

Afortunadamente, uno de los socios, que además era arquitecto, el político don Tomás Bilbao, tomó la decisión de tapiar el acceso a la biblioteca levantando una falsa pared.

No se equivocó, porque pocos días después el edificio fue asaltado, pero el espacio más valioso no fue descubierto.

Ninguno de los que escuchan las terribles noticias conoce ese edificio en el que no pueden entrar las mujeres y no se sienten capaces de calibrar todo lo que se cuenta y se rumorea, salvo por el caos y el peligro que despiden las noticias.

En diciembre llegan dos familias de Lekeitio, parientes de los Bengoechea.

Los vascos se reúnen en el rancho de los Madariaga para escucharlos.

Lo más importante es que en Bilbao se construye un anillo defensivo que rodea la capital y los alrededores.

Mide cerca de ochenta kilómetros y lo llaman el cinturón de hierro.

Valentina trata de entender esos movimientos estratégicos que parecen tan decisivos.

Ellos están contagiados por la incertidumbre y el temor que otorga la lejanía.

El miedo se convierte en horror cuando escucha que en el Hotel Carlton se ha construido un búnker de hormigón bajo la planta principal para albergar al primer Gobierno vasco presidido por José Antonio Aguirre.

Se levanta y pregunta por los empleados del hotel, pero los Madariaga se encogen de hombros.

—Es imposible saber lo que sucede o qué ha sido de alguien. Algunos huyen, los alimentos escasean, las familias se dividen. Bilbao resiste, pero gran parte de España está en manos de los nacionales. Ellos tienen aviación, y contra los bombardeos poco podemos hacer.

—He oído que en el Nervión hay barcos que se han convertido en prisión. ¿Es eso cierto?

—Sí, allí están, fondeados cerca del puerto. El Cabo Quilates, el Altuna Mendi, el Jaime I… Se cuentan cosas horribles de lo que pasa en ellos, pero nosotros lo desconocemos. Hay denuncias de vecinos, de familiares… Llaman a la puerta y se llevan a los sospechosos de simpatizar con los nacionales.

Domingo aprieta la mano de Valentina. Su mujer es propensa a adelantar la cabeza, guardando una actitud atenta.

La mira. Ella escucha lo que pasa en el corazón de los que llegan, esas percepciones que él es incapaz de registrar.

Está acostumbrado a su caminar apresurado, a esa energía que desliza desde la cocina hasta el mostrador de la confitería, y teme que su preocupación ensombrezca su risa.

El pastor está habituado a las certezas de la vida.

Se vive trabajando, se muere y en el camino se forma una familia.

Nunca ha experimentado una guerra, y la información le produce un cierto rechazo.