El sonido de la guerra a lo lejos
El sonido de la guerra a lo lejos
VALENTINA Y DOMINGO
Un calor sofocante aplasta las calles de Boise.
Es domingo y los Arsuaga hacen los últimos preparativos para pasar el día a orillas del lago Loon.
Allí los esperan muchas de las familias vascas asentadas en el estado.
La promesa de escapar del sofoco de la ciudad y reencontrarse con amigos ha atraído a familias de los pueblos de alrededor, e incluso de Nevada.
El doctor Koelsch trabaja mano a mano con Encarni, quien, más que generosamente, aloja en su hotel a las mujeres y niños que han sufrido una pérdida o requieren atención médica.
Uno de los pocos pastores itinerantes que quedaban ha muerto en un accidente y la familia, descabezada, depende de la ayuda de la comunidad.
No todos los que han probado suerte en Norteamérica han hecho fortuna; muchos viven al día y carecen de ahorros.
La viuda y sus tres hijos quieren volver a Bermeo, de donde proceden, y la asociación intenta sufragarles los gastos del viaje.
Valentina, como todas las mujeres, no olvida la inseguridad y el miedo de los primeros años.
Ella tuvo suerte. Tenía una casa algo maltrecha y deudas, pero siempre la protegió un techo.
Sin embargo, todavía no se ha borrado de su cabeza la figura de Domingo montado en su caballo alejándose al amanecer.
Aún siente escalofríos al recordar las noches en que el sueño no llegaba y los pensamientos dibujaban en su cabeza el libreto de una tragedia en las que todos los peligros de la soledad de la montaña caían sobre él.
Mientras la camioneta se aleja rumbo al lago, en ese mes de julio tan caluroso, mira a su hombre concentrado en la carretera y se estremece.
Se ha acostumbrado a tenerlo a su lado, a trabajar en equipo, aunque sabe que él no es del todo feliz.
Él no se lo dice, pero a veces ella se lo encuentra mirando hacia las montañas, envuelto en la sombra de su anhelo.
Su marido sigue habitando en un lugar silencioso al que nadie puede llegar.
Es como si tuviera una habitación propia donde guardara sus asuntos y en la que de vez en cuando se refugiara escapando de lo doméstico para reunirse consigo mismo.
Dice que se va con Pablo a pescar a un lago, o que quiere ver un terreno en Nevada.
Busca excusas y desaparece un par de días con el pretexto de que alguien le necesita.
Vuelve relajado y la vida sigue, pero más tarde, durante esos dulces momentos en que hablan en la oscuridad, él le cuenta que ha estado con su amigo Tajui y que el cielo, más arriba del Snake, estaba cuajado de estrellas.
Valentina no pregunta. Le complace ese juego en el que cada uno maneja la ternura sin enfadarse.
Conoce la manera de coincidir con su esposo en la vida, y no pretende cambiarlo.
Ella también dispone de su tiempo y comprende que él ame la montaña, aunque no quiera seguir siendo pastor ni vivir meses de soledad y aislamiento.
Su hijo duerme en sus brazos. Pronto cumplirá cinco años y no ha tenido ni un catarro.
Mira su hermoso rostro. Todos reconocen a Valentina en sus ojos, pero ella ve a Domingo.
Ha heredado su mirada profunda y ese silencio en el que reside su padre.
También tiene su bondad. Simón sonríe como ella.
Come sin protestar, juega con otros niños y raro es el día que se muestra enfadado.
Habla inglés y euskera indistintamente, e incluso se atreve a corregir a su padre.
El pastor conduce sin pronunciar una palabra.
Vuelve a ser el hombre silencioso que conoció.
Valentina cree que la muerte de Beltza le ha envuelto en un mutismo que ni siquiera ella puede atravesar.
Algunos sufren la nostalgia de la naturaleza, igual que ella echa de menos el mar.
Lo ha escuchado en boca de otras mujeres.
El tiempo de soledad los aleja de los demás, y en ocasiones quedan atrapados en un territorio imaginario que solo ellos conocen.
En la Organización Independiente Social lo ven con cierta frecuencia.
Existen entre algunos viejos pastores unos daños imprecisos del alma que se esconden y enquistan.
No es que estén locos, es solo que la lejanía de su tierra y el tiempo que pasan sin ver a otro ser humano —la soledad— les produce heridas y esos dolores vergonzantes.
Cuando llegan al lago, todo está dispuesto.
En una zona tranquila, la orquesta de John Anduiza alterna canciones vascas con algunas más populares que imitan a la orquesta de Xavier Cugat.
Se han vendido muchas entradas para el baile, y el puesto de comida que han instalado las mujeres está lleno de clientes.
Valentina va de acá para allá. Todos conocen su confitería y la saludan.
Está hablando con Margarita Urrutia cuando perciben un cambio, como si alguien hubiera desparramado sobre la gente alegre un saco de asombro.
Miran a su alrededor y Valentina ve a su hijo en los hombros de su padre.
Está en medio de un corrillo, reunido con un nutrido grupo de hombres de rostro sombrío.
—Creo que ha pasado algo.
Las mujeres se aproximan a la orilla donde se ha concentrado la mayoría.
Camina hacia ellas expectante, pero antes de llegar ya intuye que ha ocurrido algo malo.
John Anduiza ha detenido la música, y Valentina teme que algún niño se haya perdido o que haya sucedido una tragedia en el lago.
Unas palabras la alcanzan antes de que sus pies hayan llegado al grupo de mujeres.
Sublevación, guerra, muertos…
Unos recién llegados de Nueva York están contando que, hace dos días, algunos generales del Ejército, Mola, Sanjurjo y Francisco Franco entre otros, se han sublevado contra el Gobierno republicano para derrocarlo.
Los esfuerzos de los sublevados —que se autodenominan bando nacional— no han triunfado en toda España, pero el enfrentamiento no ha hecho más que empezar.
El Frente Popular —constituido por los distintos partidos gobernantes y otros partidarios del Gobierno— se ha enfrentado al bando nacional, y como consecuencia se ha aplicado la ley marcial y el país se ha roto en dos Españas. Ha estallado una guerra civil.
No es la sombra de los árboles la que apacigua los calores, sino la estremecedora noticia que apaga la tarde festiva y provoca escalofríos.
Valentina se culpa de no haber escuchado la radio.
El tiempo que le roba a su trabajo lo emplea en abrazar a su hijo y en no olvidar sus deberes domésticos.
Los murmullos se levantan entre los asistentes a la fiesta, los niños chapotean en el lago, ajenos a la noticia, los mayores cuidan de los pequeños y espían a los padres para averiguar qué es lo que sucede.
Casi todos son vascos y por eso les interesa averiguar qué pasa en Bilbao, en San Sebastián o en Durango.
Entre ellos se consuelan, niegan los hechos y ansían llegar a sus casas para escribir a los suyos y hacerles saber que, aunque estén lejos, sus corazones los acompañan.
—No puede ser… Una guerra civil.
—Exactamente. ¿Qué clase de guerra es esa?
—La peor, Angelines. La que enfrenta a los vecinos, a los amigos y hasta a la misma familia. Los ricos no estarán con los pobres, los tranquilos huirán de los iracundos, y los días, las costumbres y la paz volarán por los aires.
—Mi cuñada, que vive en Burdeos, me contó que la situación en Europa era mala. Que Alemania y ese Hitler daban miedo, pero no me dijo que estuvieran tan mal las cosas.
—Esto se veía venir. Ya no había orden ni se respetaba a la Iglesia, pero estamos aquí y nadie quiere aceptarlo. Bilbao hace tiempo que es un polvorín, y mi cuñado me contó que los anarquistas van recogiendo armas y pólvora por las fábricas.
Los asistentes se dispersan y la orquesta retoma la música.
La impotencia no es capaz de frenar la alegría.
Unos bailan, otros pasean entre los puestos.
Valentina, con el corazón encogido, busca a Domingo.
Cruzan sus miradas y ambos se reconocen en el mismo dolor.
¿Llegará la guerra a Lekeitio, a Gernika, al Hotel Carlton?
¿Qué harán Mariana y Nicolás, o su querida Esther, la gobernanta, a la que imagina asegurando espejos y lámparas?
¿Escaparán o se quedarán defendiendo lo que tienen?
Desde hace meses se sabe que la situación empezaba a volverse insostenible.
Los asesinatos en las calles o en las reuniones políticas eran frecuentes; los enfrentamientos entre los partidarios de la derecha o la izquierda, inevitables.
Se humillaba a la Iglesia y se imponía drásticamente un modo de vida que no deseaban.
En Idaho, donde vivir para alejarse de la pobreza es lo importante, las conquistas republicanas no se aprecian demasiado.
El 15 de junio, el gobernador civil de Vizcaya había instaurado el estado de alarma, que sirvió para mantener una paz explosiva en espera de que las fuerzas militares se organizaran.
Los partidos tradicionales o católicos eran el punto de mira de comunistas, socialistas y otros grupos de izquierdas.
Todos sabían que habría que hacer frente a un conflicto casi ineludible.