Un bosque de álamos en Idaho Un año de nieves y de bienes #4
70%

Un año de nieves y de bienes #4

—Esta señora dice que te conoce. Aceptamos su pedido, aunque hay que entregarlo en el Creek Valley Ranch.

Lee el nombre y la dirección. Se supone que debe entregar el pedido en el rancho de Jeff Peterssen.

Sopesa la idea en silencio, como si necesitara tiempo para tomar la decisión.

Sabe que debe hacerlo, a pesar de que algo rechine en su voluntad.

Carga la camioneta y hace una parada en su casa para ponerse su mejor camisa.

Está al tanto, gracias a Cipri, de que el patrón está en Nevada y de que un par de pastores cuidan los rebaños en las montañas de Sawtooth.

Conduce inquieto hasta llegar al portón de entrada a la finca, y baja la velocidad mientras recorre los últimos metros que lo separan de la casa del patrón.

La señora Peterssen le abre la puerta y le saluda con un indisimulado cariño.

Domingo en ese momento desea escapar, y al no poder hacerlo balbucea en su escaso inglés unas explicaciones torpes sobre su cometido.

Está haciendo el reparto, y el tiempo se le echa encima.

Al pastor no le hace falta mucho tiempo para comprobar que la señora Peterssen no tiene intención de dejarle marchar.

Le hace sentarse, le ofrece un café y se le acerca de tal modo que él puede sentir el aroma a lavanda de su perfume.

Está incómodo. La tensión le hace parecer impasible, pero sabe que la atracción que ha vislumbrado en otras ocasiones se multiplicará si hace un gesto favorable.

Ella le pone una mano en el muslo mientras le pregunta por el niño, por el negocio…

A Domingo le perturba sentir su deseo, pero aún más intuir el suyo propio.

Piensa en Valentina y en ese cuerpo que no se insinúa, sino que se ofrece.

Para él solo existe ese cuerpo de mujer al que se acerca sin temor.

Ahora comprende las fragilidades de algunos hombres, la sutil frontera que existe entre el engaño y el disfrute de otra piel.

Rechaza sus pensamientos y se concentra en cómo salir de allí sin romper la vajilla.

Una mujer como ella no llevará bien sentirse rechazada, y debe buscar una solución.

La ve revolotear, humedecerse los labios cuando le habla, y de pronto ella se acerca para besarlo.

Domingo permanece inmóvil y la aparta con delicadeza.

Luego hace un pequeño gesto de amistad, se levanta y, sin añadir una palabra, sale de la casa.

Ella no se da cuenta de que se ha sonrojado.

Domingo sigue siendo un hombre de campo.

A veces le parece percibir la llamada de la naturaleza, y más de un día ha visitado algún rancho en venta.

Piensa que la felicidad no la trae la riqueza, como les hicieron creer.

Una cosa es la miseria, que de ella hay que huir en cuanto se pueda, pero otra es esa actividad que hace que los días pasen sin darse cuenta siquiera de que ha amanecido.

Sin embargo, sabe que ya no podrá escapar, que la rueda se desliza hacia el futuro y que Valentina y él tienen que formalizar los papeles que iniciaron hace un par de años para obtener la naturalización americana.

Ahora sabe algo de inglés, tiene un hijo americano y tendría quien le avalara para testificar que es un buen ciudadano.

Parte de sus compañeros lo han hecho, y a otros les parece una traición —o más bien una condena— aceptar que uno no volverá.

Algún día es muy posible que regrese a su tierra.

No puede morirse sin volver a ver el mar, oler y sentir el salitre, el golpe de la mar sobre la quilla de su txintxorro [52] o el amanecer caminando hacia el puerto.

Tiene que colocar plomos en sus redes, verlas volar con la media luz del anochecer, pero no ahora, sino cuando el negocio escupa todos los dólares que se necesitan para ir y volver sin llevar el corazón prestado.

No hay nada que le ate a lo que ha dejado atrás, se dice a sí mismo, pero no es verdad.

Quizá no le espera una madre, o la pequeña Inmaculada, pero sí la tierra, el olor, el sonido de las voces conocidas.

Le gustaría mirar de nuevo a los ojos a algunos con los que compartió la mar.

Para noviembre, el negocio ya está consolidado.

Las deudas se han saldado, y el pequeño Simón se ha puesto en pie y recorre con pasos vacilantes cortas distancias.

Casi toda América ha apoyado al candidato demócrata Franklin D.

Roosevelt. Los americanos muestran su deseo de salir por fin de la depresión económica que arrastran desde el 29, y desde España llegan noticias tan confusas como las que provienen de Alemania.

El dueño del almacén donde se abastecen de harinas para repostería, levaduras y otros productos es originario de un pueblo de Baviera, cerca de Múnich.

Llegó a Boise dos años atrás, cuando vio que sus derechos civiles estaban en juego.

Ahora le pide a su familia que abandone Alemania antes de que el poder del canciller Adolf Hitler sea infinito.

Cuando le cuenta a Domingo lo que sucede en su tierra se le llenan los ojos de lágrimas, y en un inglés parecido al del vasco le informa de asuntos que desconoce.

Nunca le ha interesado la política, pero los americanos son muy conscientes de lo que ocurre en Washington.

Valentina y él escuchan las noticias. Una especie de fiera rabiosa se esconde a sus espaldas, y ambos son conscientes de que saber lo que sucede en el mundo les hace crecer.

Hay muchos cambios en la vida de Valentina.

Tiene un teléfono con el que puede hablar con la confitería o con Encarni.

Se ha cortado el pelo y acude al salón de belleza una vez al mes, porque ahora sabe lo que se siente cuando una puede darse un capricho.

También hay cortinas nuevas en las ventanas de su casa, así como una alfombra oriental que compró en una exposición.

Domingo la ve crecer, hacerse más fuerte, hablar inglés con corrección y comportarse como una dama.

Le fascina contemplarla cuando ella es ajena a su atención y, aunque añora su pelo largo y desordenado derramado sobre la almohada, la disfruta igual.

Ya sabe que su mujer no se va a rebelar, pero, aunque le pida su autorización, él sabe que terminará haciendo lo que ella desee.

Hacen el amor, a veces con prisa. Él quiere llenar la casa de niños, pero por alguna razón que desconoce su mujer no se queda encinta.

—Mi cuerpo sabe que tenemos demasiado trabajo y poco tiempo para estar con Simón. No podemos tener otro hijo en este momento.

Su marido trata de imponerse. Los ingresos son altos, y Valentina debe pasar el domingo en casa con Simón y con él.

—Somos una familia. Puedes dejar el trabajo en manos de las chicas.

—Los días festivos hay mucho movimiento.

—Puedes quedarte en casa otro día. Quiero llevarte a Mountain Home, al hotel de Bengoechea. Trabajas demasiado, y Simón y yo te necesitamos.

Valentina hace muecas, sonríe, se remueve inquieta, pero no acepta la sugerencia.

No lo hace hasta que, a finales de diciembre, en plena Navidad, cae enferma.

Unas fiebres altas la dejan fuera de combate y el médico le receta reposo y un reconstituyente.

No tiene fuerzas para resistirse y se desespera.

El trabajo la obsesiona, pero su salud la obliga a quedarse más de una semana alejada de la confitería.

—Te necesito. Tienes que seguir los consejos del médico.

Su marido está sentado en la cama y la mira. Ella no abre los ojos. Puede verlo en su imaginación. A veces él le pasa una mano por la frente con un paño para retirarle el sudor de la fiebre. Ella escucha sus pasos, él la obliga a beber agua, pone una manta sobre ella cuando tiembla.

—Valentina, bebe.

Desde la nebulosa de su estado lo intuye ahí, quieto, sin saber qué hacer más que permanecer alerta ante ese calor maligno que zarandea el cuerpo de su esposa.

Nota su amor mientras la llama y el susurro de su hijo preguntándose por qué su ama no se levanta de la cama.

Sigue su costumbre de inmortalizar en su recuerdo los momentos decisivos de su vida.

Guarda la sensación de ser cuidada, amada.

Agarra la mano grande de Domingo y la retiene. Ahora son un equipo.

Olvidando que no es inmortal, vuelve al trabajo sin reponerse del todo.

Y cuando llega a la confitería, todavía débil, ve que el estropicio no ha sido importante.

La clientela sigue llegando, las vitrinas están vacías, su ausencia no ha hundido el negocio.

Las chicas están bien enseñadas y saben lo que hay que hacer.

Cuando se incorpora, ya están en 1934. La certeza de sentir que no es totalmente imprescindible y el recuerdo de los días que el niño ha estado arrastrando sus juguetes cerca de ellos han sido definitivos para tomar la decisión: va a trabajar menos.

No quiere perderse la lengua de trapo de su hijo ni sus besos, y, además, las mujeres dicen que no se quedará embarazada si trabaja tanto.

Su pequeña y desconocida enfermedad la ha hecho pensar. Ha tenido tiempo para recordar que durante muchos años le pidió a la Virgen de la Antigua que pusiera en su camino a alguien que la amara. Ahora sabe que el matrimonio tiene luces y sombras, pero también que sus hombres están ahí, esperándola.