Un año de nieves y de bienes #3
Escucha el silencio, solo interrumpido por sus propios pensamientos.
Podría, sin dificultad, acudir a otros ranchos.
No dejar del todo esa vida que conoce como la palma de su mano.
Se quedarían con él, sin exigirle más de lo que les diera voluntariamente.
A los que salieron de su tierra no les sirve trabajar con cualquiera: buscan un profesional en el que poder confiar, que hable en euskera, que sea leal y honesto como son los vascos, apoyarse en sus conocimientos sin necesidad de decir palabra.
Esa es la razón por la que llaman a los hermanos, a los primos o a los que viven en el pueblo del que salieron.
Todos son iguales, aunque sean distintos.
La mayoría han llegado buscando hacerse con un rebaño, venderlo y regresar.
Los que se quedan es porque no tienen a nadie esperándolos y les va bien, o porque han encontrado a una mujer con la que construir una familia.
Ellos no se enamoran como lo ha hecho él.
Su amigo Jon dice que el matrimonio es un contrato para vivir bajo el mismo techo, solo eso. El amor queda fuera.
El pastor pierde la noción del tiempo y el espacio.
Mira al cielo; está oscureciendo y aún falta un buen trecho hasta su casa.
Respira. El aire es tan frío que parece quemarle los pulmones.
Sale del bosque, se aleja del río y busca el camino por el que transitan los hombres que se dirigen a algún sitio.
Le esperan en su casa. Valentina, Simón, un hogar caliente y el abrazo de una mujer que buscará en su mirada las huellas de su tardanza.
Los preparativos del negocio los mantienen tan ocupados que apenas piensan en ellos.
El trabajo se vuelve posesivo, y el tiempo que le roban al día se lo dedican al pequeño Simón.
Las noches de confidencias, de rumores de sábanas planchadas y de caricias acunadas por la voz grave de Domingo han dejado de ser costumbre.
Sin que la pareja se haya dado cuenta, lo cotidiano ha ido invadiendo la casa, el pequeño jardín, la huerta que ya no se trabaja, la habitación y la cama como una enredadera silenciosa y pertinaz.
Para el 17 de septiembre, cuando Simón cumple el año, el Salón de Té Lekeitio —o la confitería, como la llaman ellos— ya está preparado.
Las paredes se han empapelado con un estampado floral, y los tapizados de las sillas coinciden con el color del caramelo.
Por los ventanales se ve la calle de atrás, y a través de unas cortinas adamascadas se distingue la esquina de la avenida.
El mobiliario es una réplica del que había en los palacios franceses de los Borbones y las vajillas proceden de un almacén de importaciones europeas.
Ángeles Aramburu, la dueña del hotel, ha pasado horas junto a Valentina eligiendo con cuidado cada pieza y cada servilleta.
La repostera se ha dejado asesorar, pues su fuerte no es la decoración de salones, pero en lo que sí ha insistido es en que no quiere que haya zonas separadas de los demás para los negros.
Toda la capital entra a curiosear. Los chismes son el alimento de las ciudades pequeñas y los vascos se muestran recelosos ante el éxito de los demás, pero las vitrinas no admiten precauciones.
La vista de las delicias que allí se exponen los embauca.
Es el primer establecimiento de esas características en Boise.
Mary Tyler, codiciada por la alta sociedad, se ha ocupado de invitar a sus prestigiosos vecinos y de convocar a granjeros y empresarios.
Los periódicos locales anuncian y dan fe de la existencia de un salón de té que nada tiene que envidiar a los mejores del país, y la hoja dedicada a los vascos del Boise Capital News incluye un listado de los dulces que se pueden encontrar allí.
Valentina vuela de la cocina a las vitrinas, a las que pasa un trapo de lino para que sus bandejas emitan destellos de deseos.
Ha expuesto fuentes con duquesitas, merengues, pastas de té, coroneles, palillos, sacristanes, palmeras, abanicos y parisienses de hojaldre.
En el centro reina un timbal de albaricoques con merengue al que acompañan las tartas de manzanas y frutas, las de crema de chocolate y las que la repostera ha adornado como si fueran vestidos de novia.
Mary Tyler le ha aconsejado que utilice palabras francesas e incluso alemanas o italianas para bautizar sus postres.
Tiene que haber un cake Queen Mary, una tarta Saint-Honoré, marron glacé o una savarin .
La sociedad de Boise está hecha de muchos países, y sus futuros clientes, con sus orígenes en la vieja Europa, encontrarán allí lo que deseen.
Han instalado el famoso aire acondicionado de la Carrier Corporation, y las cafeteras y bandejas son de la prestigiosa marca Gorham.
Un frigorífico General Electric último modelo completa lo que la dueña del hotel ha invertido en esa confitería, sin olvidar la caja registradora de latón bruñido que Mercedes abre y cierra con maña mientras devuelve el cambio a los clientes y les desea un buen día en inglés.
Los uniformes y delantales con vainicas de las chicas imprimen al local un aire limpio y burgués.
Desde el principio Valentina supo que era necesario olvidar los vestidos sencillos de algodón y los zapatos demasiado usados.
El lujo de algunos establecimientos hace que sean considerados mejores.
La joven cajera se ha vuelto más resuelta y da órdenes a las chicas recién llegadas desde un pueblo de Vizcaya para que la ayuden en la cocina.
Ana, Margarita y Rita Gutiérrez son tres hermanas muy trabajadoras y aprenden con rapidez las artes de la repostería.
En un principio Valentina había pensado que se arreglarían con las camareras del hotel, pero en cuanto el establecimiento empezó a rodar vio que no tenían manos suficientes.
Las mujeres y Simón pasan muchas horas en el obrador, pero el crío ha empezado a gatear y el matrimonio le ha llevado a casa de Julia Barrutieta, una mujer que se ocupa de atender a los hijos de las mujeres que trabajan.
Valentina no deja de suspirar mientras Domingo la mira preguntándose el origen de ese aire que su esposa guarda atrapado mientras trabaja.
Él cree que está feliz de lo que han conseguido, pero con ella nunca está seguro.
La ha visto acariciar con lágrimas en los ojos el papel con el que envuelven las bandejas de dulces, que lleva el nombre del pueblo del que partió y la silueta de la basílica.
Valentina está satisfecha, pero no puede evitar sentir una herida en alguna parte de su interior, una pena inevitable que le merma la alegría.
Ramón Arrieta corteja a la joven Mercedes; la lleva al salón de cine del Egyptian y la espera cuando termina de trabajar.
Quiere hacer méritos con el matrimonio y le ha conseguido a Domingo un Ford Pickup que solo tiene dos años.
Un vehículo construido para el trabajo con una cabina sencilla, pero robusto y funcional.
Al pastor, que desconfiaba de los automóviles, apenas le han hecho falta unos días para manejarse con soltura.
Por la mañana, temprano, los tres montan en el vehículo.
Valentina lleva en brazos al niño todavía dormido hasta la casa de Julia, y mientras se dirigen a la confitería llora en silencio por esa pena a la que no puede hacer sitio.
Una madre debería decidir por sí misma cuándo separarse de su hijo.
Ella siente que el niño la necesita y, aunque le advierta a Julia que le acueste lejos de la luz y le dé una manta para cubrirlo, intuye que no es lo mismo.
El matrimonio hace el trayecto en silencio.
Saben que cuando lo recojan el niño dormirá, ellos estarán molidos de cansancio y otro día más habrá pasado.
Ahora tienen esa camioneta y un buen tresillo donde sentarse, y en unas semanas les han prometido un teléfono.
A pesar de ello, la vida no les permite disfrutar del niño porque la confitería no cierra en toda la semana.
Valentina ya no escribe largas cartas, pero sigue recibiendo noticias de Clara.
Le habla de Mariana y de su querida gobernanta, que según le cuenta se va a casar con un viudo, un médico importante al que le gustaría que conociese.
Su amiga le promete enviarle una fotografía cuando llegue el gran día.
En el Modern le guardan el periódico y ella busca las noticias de España.
En Boise se vive una cierta expectación ante las próximas elecciones.
América es desde hace más de diez años republicana, pero por primera vez el candidato demócrata Franklin D.
Roosevelt tiene probabilidades de llegar a la presidencia el próximo noviembre.
En España, la República hace cambios en la sociedad bajo la vigilancia de un clero muy insatisfecho ante la declaración del laicismo del país.
Bego se lo ha recordado en una de sus cartas: el divorcio ya es posible y los curas son más discretos en sus sermones.
Los ricos y los pobres tienen sus propias aceras, cafés e iglesias, igual que los blancos en el oeste mantienen sus zonas para comer separados de los negros.
Domingo no rechaza la llamada de los rancheros que conoce; es un buen esquilador y acepta con gusto los trabajos que le permiten romper sus rutinas.
No se acostumbra a aceptar que su vida actual le va a mantener lejos de la montaña.
Pensar en ello le cuesta. ¿Y si deja de encontrarse en el viento, en las llanuras y los arroyos?
Echa de menos tumbarse bajo un abeto y dormirse observando la prisa que tienen las nubes por deshacerse.
No se lo dice a Valentina, pero se siente algo incómodo repartiendo pasteles, calculando compras y ventas o pagando a las empleadas.
Unas semanas atrás, Rita, que se encarga de preparar los pedidos, le puso en las manos dos grandes bandejas.