Un año de nieves y de bienes #2
Para cuando llega el día de la entrega, un cerco azulado rodea sus ojos y apenas tiene leche para alimentar a Simón, que acepta las papillas de harina de maíz y galletas tostadas que le prepara su madre.
Tiene cinco meses. Es un niño sano, precioso, y parece saber cuándo es su momento.
Domingo lo cuida y se lo ata a la espalda como le ha enseñado Tajui cuando trabaja en la huerta.
Un coche negro con dos jóvenes uniformados aparca frente a la casa para recoger los postres.
Valentina le ha pedido a Domingo que construya un par de cajas de madera donde transportar las tartas sin que se desmoronen.
Ella pone palillos y las cubre con un trapo de lino mientras piensa que debería tener un embalaje con su nombre.
Tres días después, Mary Tyler vuelve para hablarle del éxito de sus dulces.
—Prepárese, Valentina. Sus postres han sido un éxito, y las pastitas de té eran sencillamente irresistibles. Toda la ciudad va a querer probarlos.
En el mes de febrero, con veinte centímetros de nieve y un frío glacial, el pastor, después de su trabajo, se acerca a la casa de Jeff Peterssen.
Su patrón sabe que va a perder a su mejor trabajador desde el momento en que se presenta anunciándole que quiere saldar la deuda.
Domingo es uno de esos hombres a los que se les acumulan las palabras no dichas hasta que por fin toman una decisión.
Valentina lo sabe, así que le aconsejó que no volara los puentes que le unían al ranchero.
En Boise y alrededores, los secretos pasan de mano en mano hasta convertirse en leyendas. No conviene despedirse de malos modos.
—No puedo volver a los pastos altos. Ahora tengo una familia y necesito estar cerca.
El pastor se atrinchera en esa frase que ha ensayado repetidas veces junto a su mujer.
La pronuncia en inglés, con su voz certera, dejando bien claro que la decisión está tomada.
Espera una respuesta sin apartar la mirada de los ojos azul océano de su patrón.
Está especialmente dotado para soportar tensiones y sabe ganarse el respeto de los demás.
No le gusta la violencia ni el enfrentamiento, y no le importa esperar a que la tormenta amaine.
Un pensamiento atraviesa su cabeza. Ha oído decir en el hotel que el señor Peterssen ha comprado una gran cantidad de tierra en las pendientes de Sawtooth, cerca de la reserva.
Le gustaría saber lo que está tramando, más que nada para poner sobre aviso a los demás.
Desde el Viernes Negro de 1929, el precio de la carne y la lana ha bajado y algunos rancheros han vendido sus propiedades por debajo de su valor o se han arruinado.
Son años difíciles que abren la puerta a negocios oportunos, como lo fue el adquirir su casa.
Domingo piensa que Jeff tiene algo en mente.
Este le ofrece más sueldo, subir en compañía de otro trabajador que se ocupe de los víveres y le ayude, pero el pastor rechaza las ofertas una tras otra y amplía la información que busca su patrón.
—No voy a seguir trabajando en un rancho, ni en este ni en otro. Tengo otros planes.
Jeff Peterssen sonríe maliciosamente. Vuelve a hacerle otra oferta, y Domingo de nuevo la rechaza sin dejar de mirarle a los ojos.
Desearía que ese hombre para el que ha trabajado varios años viera su determinación y dejara de hacerle propuestas.
No se lo va a decir, pero hace dos días que el matrimonio Arsuaga llegó a un acuerdo con el Modern Hotel.
Habrá una pastelería que despache al público, así como un espacio con mesas para merendar.
Valentina dispondrá de los hornos y neveras de la cocina del hotel y tendrá su pequeño obrador.
Además, instalarán una extensión del teléfono del hotel en el local para coger encargos.
Mary Tyler ha decidido apoyarla, y ahora saben que el famoso marido invisible es un senador demócrata con gran influencia en Washington y amigo de Roosevelt, ese candidato a la presidencia del que tanto se habla.
Boise no es Nueva York, pero todos tienen ganas de que haya establecimientos a los que poder acudir.
Los rancheros tienen dinero, y en las sociedades pequeñas dejarse ver es muy importante.
La señora Peterssen entra en el despacho sin llamar y saluda con afecto al pastor.
—Domingo ha venido a despedirse —informa Jeff a su esposa—. Ya no trabajará con nosotros.
El pastor se ha puesto en pie al verla. Jeff permanece sentado tras su mesa, le hace una pequeña inclinación de cabeza y esa mujer tan atractiva le hace un gesto para que se siente.
Domingo vuelve a preguntarse por la razón que une a esa pareja.
Ahora conoce más las propiedades secretas del amor e imagina que, cuando estén solos, entre ellos correrá una corriente diferente a la que fluye en ese momento.
La señora Peterssen le tiende la mano. Nadie diría que ha escuchado las palabras de su marido.
—Sé que su esposa es una gran repostera.
Pude probar sus dulces en casa de la señora Tyler.
Había oído hablar de la fortaleza y seriedad de los vascos, pero ignoraba que sus mujeres tuvieran tradición de cocineras.
Esto es pequeño y todo se sabe. ¿Es cierto que abrirán un negocio de pastelería en Boise?
—Sí, en el Modern Hotel. Pero será ella quien lo lleve.
—Le felicito por su iniciativa, y también por su inglés. Le aseguro que seremos sus clientes y que podremos conversar con tranquilidad. ¿Cómo está el bebé? ¿Es tan guapo como su padre?
Domingo no advierte las sutilezas ni conoce el mundo femenino tanto como para saber si una mujer le mira con deseo, pero detecta algo en los ojos de la señora Peterssen que le hace sonrojar.
Baja la cabeza para no tener que mirarla e intercambia con ella unas torpes palabras de cortesía antes de anunciar que debe irse.
Se despide del matrimonio, y más tarde de sus compañeros y trabajadores del rancho.
Les ofrece su mano y acude a ese apretón que agradece el tiempo compartido.
Recoge sus cuatro cosas y mete el caballo en el establo.
Y todos sus gestos obedecen a esa disciplina que el corazón impregna en los hombres cuando se despiden.
El animal pertenece al rancho y su patrón se lo ha recordado, pero al dejarlo una punzada de dolor le encoge el pecho.
También ha sido su compañero, el que subió los riscos con él montado en la grupa, el que pisó la nieve y el tomillo de sus montañas.
Escucha su relincho y se da cuenta de que va a echarlo de menos, a él y a la montaña.
Mira a su alrededor para ver si tiene testigos de sus nostalgias.
Aspira el olor del heno húmedo, del sudor de los animales.
Recoge su manta, su rifle y esa colchoneta que ponía sobre el catre para que no le dolieran los huesos y suspira sonoramente para aliviarse.
Vuelven a despertarse las dudas que le levanta ese futuro en la ciudad.
Los ojos de Valentina y Simón lo miran desde algún lugar en su interior.
Los de ambos tienen el mismo color que la hierba al anochecer.
Sabe que un hombre solo camina hacia delante y que tiene que afrontar lo que venga.
Quizá un día, montado en su propio caballo, suba a las cumbres con Tajui para recoger esas hierbas que protegen su home y duerman al raso bajo ese cielo en el que es imposible contar las estrellas.
—Llévate mi caballo.
Cipri, a su espalda, coge la montura de Domingo y la coloca en el suyo.
—Puedes usarlo hasta que puedas hacerte con uno. No lo azuces demasiado, está empezando a flaquear. Los años no perdonan.
—Compraremos una camioneta.
—¡Una camioneta! ¡Cuánto ha cambiado tu vida, muchacho! Bajarse del caballo y montarse en uno de esos cacharros es como cruzar la mar.
—Tendrás el honor de merendar gratis en nuestra confitería, si Dios quiere.
Elige volver cabalgando por la ribera del río.
Conoce el terreno, los senderos que no llegan a ser caminos y ese pequeño arroyo que se abre al norte como una luna llena.
Recuerda uno por uno los días que se detenía sin pensar en el tiempo, tratando de pescar un buen salmón mientras el agua murmuraba sus sueños.
Se adentra en un bosquecillo, evitando el camino que conduce a Boise.
Necesita estar solo, escuchar el viento que se levanta y mueve las ramas dormidas de los árboles.
Un sonido como de silbato rompe el silencio cuando las ráfagas se intensifican.
Domingo sabe que debería volver, o al menos acercarse a una zona donde el viento frío no parezca desear tallar los montículos de nieve, pero sigue adelante.
A los pastores no les gusta ese viento que cambia de opinión sin avisar; son hombres de certezas, de los que saben cuándo deben protegerse.
Pero él acaba de renunciar a ser pastor.