Un año de nieves y de bienes
Un año de nieves y de bienes
VALENTINA Y DOMINGO
Simón ya está bautizado. Los padrinos fueron el joven Francisco, primer ayudante de Valentina y centinela de su embarazo, y Encarni, que, vestida con sus mejores galas, llevó al niño hasta la pila bautismal de la iglesia del Buen Pastor con lágrimas en los ojos.
La madre no se sobrecogió mientras sostenía a su hijo en brazos.
Le faltaban el retablo dorado de su basílica y la pequeña figura de su Virgen.
Echó de menos la música del órgano acariciando las paredes de piedra y el olor del salitre.
La iglesia de Boise no tiene siglos, tampoco sus calles, y el cura irlandés no mostró la intención de hacerle sentir que entregaba un hijo a Dios.
Sintió un escalofrío al recordar a don Ramón, y pensó cuánto le hubieran gustado sus dulces.
La ceremonia fue sencilla, casi un trámite.
Para ellos, el nuevo mundo no envuelve la vida en papel de regalo ni la Iglesia americana luce el boato de las celebraciones en España.
Una docena de personas los acompañaron. Para Valentina resulta un descanso saber que su hijo ya forma parte de la corte celestial.
Se sentía inquieta por si su pequeño tuviera la desgracia de fallecer sin su correspondiente agua bendita y fuera llevado a ese lugar llamado limbo donde los niños ni gozan ni padecen.
El anuncio de esa nada inimaginable la estremece desde su niñez.
Las viejas decían que las mujeres venían a este mundo a parir y a sufrir, y lo del limbo era el colofón del sufrimiento.
Valentina lleva en sus venas ese fluido de aceptación y rebeldía que las mujeres de su tierra acostumbran a tener bien presente.
Como ellas, guarda siempre en la punta de la lengua esa frase con que terminan los quebrantos: «Si Dios no lo remedia…
». Pero, desde que conoció a Domingo, en su vida sale el sol muchos días y el sufrimiento ya no la persigue como en su juventud.
Quizá por eso, y porque las cosas que hacer se le escurren entre los dedos, no va tanto a la iglesia.
Dios camina con ella, y no digamos la Virgen, pero sin duda hay otros fieles que los necesitan más que ella.
La iglesia, para Domingo, es un lugar sagrado que respeta, pero por el que no alberga simpatías desde que su hermana desapareció de su cuna.
Desconfía de los susurros, de las beatas que se comen los santos y luego chismorrean a la salida de misa.
Algo le robó años atrás la oportunidad de apaciguarse con rezos, como hace su mujer.
La iglesia, o más bien el cura que él recuerda, un tipo pegajoso que acompañó muchas tardes a su madre, le predicaba a diario que aquel dolor tenía que entregárselo a Dios, y él no entendía que las cosas celestiales tuvieran que ver con algo tan terrenal como el robo de una niña.
Para el acontecimiento, un sastre amigo de Julio, el barbero, le confeccionó un traje que ahora, una semana después del bautizo, aprovechan para casarse ante Dios.
El cura, un escocés bonachón, atiende a muchos pastores que han hecho un camino semejante al de ellos y entiende que quienes se han casado por poderes sostengan una incierta deuda con Dios por no haber recibido la bendición juntos.
Para Valentina es importante el «sí, quiero», así que él no tiene nada que decir y deja que llore emocionada cuando el ministro de la Iglesia los declara marido y mujer.
Él siente que no solamente lo son, sino que probablemente lo fueran ya cuando recorrían las mismas calles sin conocerse.
Eso se lo agradece a Dios a menudo, aunque no vaya a la iglesia, porque está convencido de que en su matrimonio hay una mano que ha intervenido misteriosamente.
Lo mejor de la ceremonia es que el matrimonio Aguirre aparece a la salida de la iglesia.
Están en Boise por negocios, pero la propietaria del Modern Hotel, donde se alojan, les ha informado del acontecimiento.
Valentina los saluda feliz. Le parece que aquellos meses que pasó con ellos en Nueva York fue una de las mejores cosas que le han podido ocurrir.
Las mujeres se toman su tiempo para hablar, en un principio de recetas y después de ellas mismas. Siempre se han sentido cercanas, pero el éxito de la repostera parece acercarlas aún más.
—No me extraña en absoluto tu éxito. Tienes mano para los dulces, y aquí necesitan personas que se atrevan con negocios. Esta parte del país no es como Nueva York, todavía hay mucho por hacer. Por cierto, tu compañera Manuela me pidió que me fijara en si eras feliz.
—Lo soy. Domingo es el mejor marido que hubiera podido imaginar.
—¿Te respeta?
—¡Claro!
—Los vascos nos buscan porque saben que no nos divorciamos, pero pronto podremos hacerlo, así que… ¡más les vale!
A Valentina todas las mujeres mayores que ella que se le acercan le parecen un poco madres.
Habla con su amiga y le confiesa algún secreto que desconocía pudiera revelar.
Al despedirse, Bego, que augura que todo le va a ir bien a Valentina, le pide que la visite algún día en Nueva York y que le escriba.
—Lo haré, con esa preciosa pluma que me regalaste.
Una semana después, Valentina conoce a Mary Tyler, una mujer de origen irlandés a la que precede su fama de mujer libre.
Aparece en su puerta para informarse de si puede encargar un pastel de manzana como el que se come en Irlanda.
La repostera no conoce la receta con que se hace esa tarta en su país, pero le cuenta que ella cocina varios tipos de postre elaborados con manzanas.
El aspecto de la mujer la conquista desde el momento en que le abre la puerta.
Tiene el pelo del color del fuego, la cara llena de pecas y unos ojos de gata que no se pueden dejar de mirar.
Sonríe permanentemente, y cuando lo hace se le forman unos bonitos hoyuelos en las mejillas.
Vive en Warm Springs, la zona más elegante de Boise y en donde los potentados construyen sus mansiones, pero quienes viven allí sospechan de su posición porque nunca pasea acompañada por un hombre.
Sin embargo, por la noche, a través de los ventanales, se ve a gente bailando al ritmo de la música de Bing Crosby.
Conduce el último modelo de Ford, un cupé de color café con llantas blancas que todo el mundo se vuelve a mirar, y Valentina recuerda uno de esos consejos que reciben las más jóvenes: hay que desconfiar del lujo de algunas mujeres.
Valentina nunca ha sido chismosa. Para eso es preciso que sobre el tiempo, y ella está demasiado ocupada como para prestar atención a las habladurías.
Mary va a dar una fiesta para muchas personas y quiere sus postres.
Su encargo es el mejor que ha tenido hasta la fecha, y Valentina piensa que a esa reunión irán personas importantes en Boise y eso le conviene.
Coge su cuaderno y finge hacer cálculos.
Le hace saber que llamar a un coche para que haga el reparto subirá el precio, pero la pelirroja sonríe y le dice que ella se ocupará de mandar a recogerlo.
—No importa que los pasteles no sepan a Irlanda, eso es mucho pedir, pero quiero que estén tan deliciosos como el que probé en casa de la señora Whisler.
La joven hace memoria y recuerda la bavaroise de café que le entregó a esa clienta. Asiente y le ofrece pastas de té, recitándole una variedad que Mary Tyler admira y acepta. Llegan a un acuerdo.
La cocina se vuelve pequeña, los moldes escasos, el tiempo vuela.
Hasta ahora, el horno de la cocina económica —si bien demasiado rústico para hacer filigranas— ha servido, pero la repostera necesita un horno eléctrico de esos que anuncian por la radio y que cuestan un dineral.
Las cremas y merengues agradecen el invierno.
No hay más que madrugar y hacer bloques de hielo para mantenerlos en la fresquera, pero el asunto es que el negocio crece y Valentina no puede sola con él.
Mercedes es algo lenta, y subir las claras a punto de nieve se le hace un trabajo imposible.
Cuando Domingo llega a casa, escucha la retahíla de quejas y algunos sollozos.
—Está bien —dice—. Iré a saldar la deuda la semana que viene y hablaremos con tu amiga del Modern Hotel.
—Y pondremos un teléfono. Y compraremos una camioneta…
El pastor sonríe a su esposa. Verla afligida es superior a sus fuerzas, y cede a sus deseos advirtiéndole que Encarni debe saber antes que nadie su decisión.
—No se quedará sin postres. Seguiré cocinando para ella, pero en mi propio obrador.
Él finge que no le asusta saltar al otro lado de la vida que conoce.
En los ranchos, los hombres pueden ser de la manera que quieran.
Basta con que cumplan con su trabajo, no se quejen de su dureza y de vez en cuando beban un whisky con los compañeros.
Pero tratar con personas de ciudad, entregar pedidos, cobrar y escuchar a las mujeres…
Domingo corta leña para varios inviernos y ella no sale de la cocina.
Está sumergida en la manera de ingeniárselas para preparar la comanda.
Hace mermeladas, cremas de chocolate, pequeñas rosquillas, pastitas de San Nicolás, lenguas de gato y harinados.
Deja los hojaldres y los bizcochos para la víspera y vigila que la fresquera tenga siempre hielo.