Un bosque de álamos en Idaho Ser padres
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Ser padres

Ser padres

VALENTINA Y DOMINGO

Las mujeres permanecieron una semana entrando y saliendo del domicilio de los jóvenes padres.

Llenaron la despensa, se encargaron de las compras y lavaron y tendieron la ropa hasta que Valentina se repuso y la pareja aprendió a manejarse.

Una vez a solas, y a pesar de las siempre urgentes necesidades del bebé, los esposos consiguieron el tiempo necesario para reencontrarse.

Cada día reiniciaban su vida y se descubrían distintos.

Él vigilaba el territorio de aquel hogar que le pertenecía, ocupándose de que Valentina pudiera dedicar a su hijo el tiempo que requería.

Ella pensaba que podría acostumbrarse a tener a su marido siempre cerca, y ambos retrasaban el momento en que la vida les echaría en brazos de sus obligaciones.

Domingo ocupaba parte del día en decidir en qué momento se enfrentaría a su patrón.

Sabía que no podía aplazar eternamente su vuelta al rancho y que la deuda contraída le mantenía atado a aquel oficio que le impedía estar junto a lo que de verdad le importaba: Valentina y su hijo.

Por fin, tomó la decisión y mando recado de que en un par de días estaría en Creek Valley Ranch.

— Congratulations! [49]

El señor y la señora Peterssen le reciben con un caballito de madera y un par de pijamas para el pequeño. Cuando el patrón le entrega el salario, incluye unos dólares de más —« for the baby »— y se mantiene expectante.

Ambos se miden y ninguno es capaz de expresar sus pensamientos. A pesar de sus avances con el idioma, Domingo no consigue encontrar las palabras adecuadas para explicarle que necesita tiempo, pero que siente que su vida ya no le pertenece. Con la ayuda de Felipe consigue que el patrón entienda.

— Seven days, perhaps? [50]

Eso no suele ser así. La paternidad no conlleva la obligación de atender al vástago, eso es cosa de mujeres, y los hombres no suelen tener días libres.

Como mucho se conceden en Navidad, cuando el tiempo en familia se revela indispensable, pero el patrón se diferencia de otros y por eso le otorga esos días que, pese a todo, Domingo considera insuficientes.

Se estrechan la mano, agradece los regalos y se despide sintiéndose incómodo.

De regreso, se detiene a mirar las montañas.

Sabe que pronto vendrán las primeras nieves, y que tras el invierno vendrá la primavera y las ovejas tendrán que volver a los pastos.

Por un momento, al pensar en abandonar a su mujer y a su hijo durante meses, se siente al borde de un abismo.

Algo en su interior le advierte que los hombres no pueden sentir las emociones como lo hacen las mujeres y que él deberá ocupar el lugar que le corresponde.

Valentina sigue atendiendo a su clientela con la ayuda de Mercedes, una chica de dieciocho años procedente de Natxitua.

Se la ha enviado Margarita, quien le ha advertido que tendrá que enseñarle el oficio.

La casa es un hervidero donde las mujeres levantan claras a punto de nieve o mecen al niño.

La mesa recibe los postres terminados, y Domingo, que se esfuerza en volver cada día a dormir a su casa, las ayuda con las notas de entrega y se ocupa de las facturas.

Pablo le ha enseñado los secretos de la contabilidad de un negocio, y la actividad no le disgusta.

No añora el rancho. Ver a Valentina amamantar a su hijo, contemplar sus primeras sonrisas y poder acariciar a su esposa con una ternura que rebalsa su corazón le hace feliz.

En noviembre llegan las primeras nieves.

Domingo y Valentina cuchichean abrazados y dándose calor en la cama.

Los efectos de la Gran Depresión no acaban de desaparecer y el país lucha por salir a la superficie.

Los bancos continúan quebrando, y en las pequeñas sociedades agrícolas nadie se atreve a arriesgarse en inversiones.

Pero Valentina piensa una vez más en la oferta que le hicieron los dueños del Modern Hotel.

Confía en su trabajo y sabe que, si tuviera un punto de venta al que los habitantes de Boise pudieran acudir, le iría bien.

Sueña con los hornos en los que podría cocinar dos cosas a la vez, y en su cabeza ve las vitrinas refrigeradas llenas de buñuelos, torrijas, turrones y huesos de santo.

Casi tiene el calendario de repostería que se seguía en España, y ella sabrá adaptarse a los productos que puede encontrar en Idaho.

Domingo la escucha fantasear. Valentina sabe que pronto accederá a que su sueño se cumpla.

Cada semana, mientras el niño duerme después de mamar del pecho de su madre, se sientan en la mesa y cuentan y recuentan sus beneficios.

Domingo anota en el cuaderno, cada vez más minuciosamente, los gastos, los pagos fijos y los extraordinarios, y con rapidez de contable calcula.

Están a punto de reunir la suma que le adeudan a Jeff Peterssen, y ambos quieren librarse de ella antes del mes de marzo.

Domingo mira a su hijo, sonriéndole, y a Beltza, tumbado siempre cerca de la criatura.

De alguna manera, sabe que no volverá a la montaña.

Valentina tampoco quiere que lo haga. Recuerda cada uno de los amaneceres en que despertó sola sin saber si su hijo vería a su padre.

Cada noche se abrazan dichosos, dispuestos a dejarse arrastrar a sus sueños.

El pastor sigue adorando a Valentina, pero en su corazón se ha colado Simón y ya no suspira por ella de la manera en que lo hacía.

Con ellos se siente como un centinela que guardara un tesoro.

—Si esto sigue así, no tardaremos en pagar la casa. Cuando deje de dar de mamar al niño estaré más libre.

La pasión discurre entre ellos, aunque sus deseos se estampen a veces contra el muro de esa economía que los obsesiona. Su matrimonio se va pareciendo al de otros. Sin embargo, ambos son conscientes de que el secreto de ese amor que se profesan sigue ahí.

Hay que trabajar muchas horas hasta olvidar la precariedad en la que vivieron desde su nacimiento.

Salir de ese lugar donde se cuentan las monedas y se da la vuelta a los vestidos, alejarse de las deudas y caminar hacia la propiedad.

Su tierra está un poco más lejos cada día.

Allí suceden cosas de las que se enteran cuando ya han perdido importancia y que desde la lejanía se vuelven difíciles de entender.

Las mujeres, más atentas a la familia, cuentan que en España se queman conventos al tiempo que se escolariza a niños y niñas.

Monárquicos y conservadores se oponen a las medidas de la República, y todos vaticinan que poco bueno puede salir de semejante enfrentamiento.

Encierran sus miedos al fondo de las alacenas de su vida americana y siguen adelante contando los dólares que les podrían devolver a su origen.

Ambos evocan a menudo la forma en que miraban sus paisajes.

Sus rostros se iluminan cuando saben que allá estarán celebrando San Prudencio o la Virgen de la Antigua e imaginan la algarabía que habrá en el puerto o en la campa de arriba.

Domingo se pregunta si se seguirá vendiendo el pescado en la plaza.

Pronuncian los nombres de los peces que no pueden comer: salmonete, dice él; lenguado, añade ella.

Hablan de las moras que hay en la senda del río Lea y ríen recordando las zarzas repletas de ellas en la ruta hacia la cima de Talaia.

Valentina recuerda el olor de las higueras y las tardes de septiembre buscando nueces y castañas entre Aulesti y Nabarniz.

Ambos se resisten a que el olvido arrincone los recuerdos con los que se tienen en pie y que preservan su mundo de la arrolladora fuerza del presente.

Simón ha nacido en América y, aunque sus padres le arrullen con la misma nana que los meció a ellos, sus pies pisarán una tierra cuyo corazón no palpita al mismo ritmo que aquella que los vio nacer.

Su hijo les adelanta el porvenir y ellos, en silencio, acogen un sentimiento ambiguo y doloroso: es muy probable que nunca vuelvan a Lekeitio.

Valentina opone más resistencia al olvido que su marido.

Su trabajo, elaborando dulces del mundo que ha dejado atrás, y sobre todo la lengua que flota en la cocina le impiden alejarse del todo.

En el aparador del salón guarda una caja con las cartas que recibe y esos cuadernos que escribe para combatir la nostalgia.

No sabe la razón por la que recoge sus pensamientos como una adolescente que recitara sus experiencias; las palabras escritas siempre fueron importantes para ella, y hacerlo la tranquiliza.

Ella teme el olvido más que a una enfermedad.

De los resfriados y los dolores se puede reponer, pero el olvido la desnudaría como hace el otoño con los árboles.

En Navidad todavía no ha dejado de amamantar a Simón, que crece robusto y sonriente.

Ella le cubre de besos, y cada vez que lo hace recuerda a Mariana y su consejo de que a los hijos no hay que darles cariño porque se reblandecen.

En la última carta que le escribió, se interesaba por el crecimiento de esa mancha en el párpado de la pequeña y preguntaba si los niños iban a la escuela.

Mariana quita hierro a casi todo, pero ella siempre le aconseja sobre la importancia de las cosas desconocidas.

Domingo le ha puesto ruedas a la pequeña cuna, que va de la habitación a la cocina, y del comedor de vuelta al dormitorio.

Las clientas que vienen a recoger sus pedidos cogen al niño en brazos, lo zarandean y despiertan con sus arrumacos, y el pequeño no se queja.

Beltza es su fiel guardián, tanto que muchas veces encuentran al animal plácidamente dormido junto al niño.

La fama de sus postres ha cruzado la línea que separa su comunidad de las demás y los americanos, que son golosos, aprecian su repostería.

El trabajo los sobrepasa. Domingo, al volver del rancho, se encarga de los repartos, cobra los recibos pendientes y revisa las compras.

Se empieza a manejar en inglés, y ya entiende casi todas las noticias que escuchan cuando en la casa cesa el bullicio y el niño duerme.

Valentina mira orgullosa a su hombre. No sabe cómo expresarlo, pero de un modo instintivo entiende que su marido no es aquel que vino a buscarla a la estación temblando como un gorrión.

Se ha vuelto sólido. Empezó a crecer por dentro en cuanto pudo soltar los nudos que le ataban al silencio y sintió el cobijo de caminar juntos.

Ahora ella se pregunta por qué se vuelve insegura y temerosa si él tarda en llegar a casa o se queda a dormir en el rancho.

Le necesita de un modo casi doloroso, como si una mitad de ellos tuviera que estar siempre en guardia para cuidar a su hijo.

No quiere decírselo. Por eso ha vuelto a sus rezos y letanías.

Los tres habitan un mundo en el que el futuro se ha vuelto un fantasma que es preciso dibujar sin que dé miedo hacerlo.

Ninguno de los dos tuvo una familia, y ahora se abrazan para construir una fortaleza que nadie pueda asaltar.

A finales de diciembre, y después de haber elaborado y vendido kilos de mazapanes y turrones, sus ahorros alcanzan para pagar su deuda, y aún les queda para algún capricho. Sin embargo, el esfuerzo los ha dejado exhaustos y desbaratados.

—Vamos a tener que pensar en qué hacer…

Valentina tiene claro que su clientela volverá y que, a pesar de que pueda contratar a alguna chica más, la cocina no está preparada para la actividad que tienen.

—Domingo, ¿recuerdas ese hotel de Bengoechea?

Ese de Mountain Home que tanto te gustaba.

—El pastor asiente—. Creo que nosotros podemos poner un negocio, o aceptar la oferta que me hizo la dueña del Modern.

Podríamos comprar una camioneta, y tú harías los repartos y te ocuparías de comprar lo que necesitáramos…

—Lo tienes todo pensado, cariño.

— Dan dana ez [51] .

—Vamos a dormir. En un par de horas, Simón reclamará su alimento…

Y se recogen formando un solo cuerpo, con los pensamientos enredados en fantasías y en esos números que nunca salen bien parados.

Domingo sabe que ella tiene razón y que él no quiere volver a los pastos altos, pero él es pastor, adora el murmullo de las cascadas, el olor de los cedros, de la manzanilla y de la tierra al amanecer.

Se sienten por fin libres, y cuando celebran el último día del año 1931, en el Hotel Jai Alai, Valentina y Domingo se besan sin miedo a que los demás sepan que se desean y se aman.