El reencuentro con la madre de su hijo #2
Encarni se sienta a su lado y le explica que Estela se quedará con ellos hasta cerciorarse de que el niño mama y Valentina está bien. Después ella se irá y le dejarán tranquilo.
La cuna está junto a la cama, del lado de donde Valentina acostumbra a dormir.
El niño acaba de chupar del pecho de su madre y ahora duerme.
Su padre lo contempla extasiado; cuenta sus dedos, vigila sus movimientos bajo el refajo con el que está envuelto.
Se fija en sus orejas perfectas y en esos ojos, los mismos que su madre, que todavía no ven.
Siente un amor infinito por ese pequeño, tanto que le parece que algo en su interior se va a romper.
—Es perfecto.
Domingo se lo dice a ella, que se ha levantado.
Aún le tiemblan las piernas, y tiene miedo de que ahí abajo todo esté fuera de lugar y se le caiga algún órgano de los que necesita.
Él la tranquiliza y acompaña a su mujer al baño, la espera con la puerta entreabierta, le pregunta si todo va bien.
Ella le necesita. Estela le ha dicho que ha perdido algo más de sangre de lo habitual porque la cabeza del niño era muy grande.
El pastor ha visto parir a cientos de ovejas, las ha ayudado y vigilado.
Sabe lo que hay que hacer, pero Valentina es demasiado valiosa y él quisiera abrir los brazos y cobijar permanentemente a esos dos seres que son solo suyos.
Esa noche duermen a ratos, abrazados, vigilando los ruiditos que hace el recién nacido. Miran la cuna, tocan sus dedos, los cuentan incrédulos de que tenga todo lo que hay que tener para vivir. Susurran.
La casa vuelve a ser de ellos, y poco a poco recobran la intimidad.
Valentina le cuenta cómo ha transcurrido la vida en su ausencia.
Omite los momentos más dolorosos, aunque no cesa de repetirle que le ha echado de menos, que no quiere volver a separarse de él, que no soporta el miedo que le da la montaña.
Le habla de las noticias de España, de las cartas que ha recibido y de las nuevas recetas.
Quiere mostrarle la caja de hojalata donde se acumulan los billetes de dólar, y tarda en desvelarle que su pequeño negocio es una mina.
—Todo esto es nuestro.
Valentina ha volcado la caja sobre la colcha y saca los billetes enrollados desde hace meses.
—¿Cocinando pasteles?
—Sí, y con un horno de leña, sin una de esas neveras que tienen los ricos y con muchas horas de trabajo.
Pero se puede hacer. No consigo algunos de los productos que necesito, pero he aprendido a usar otros.
Mis clientes son casi todos vascos, pero empiezan a conocerme americanos y franceses.
Hay una mujer inglesa que me encarga tres tartas de chocolate y crema todos los domingos.
Si tuviera un lugar…, una cocina, y unas mesas para servir café y dulces, me iría mejor aún… Hay que pedir un teléfono.
—Te has cortado el pelo.
—Sí. Ya no soy una jovencita. ¿Te gusta?
Domingo se encoge de hombros. Está tan feliz de poder mirarla que ni siquiera añora su maravilloso pelo rizado.
Valentina le cuenta que cuando supo que estaba embarazada y que el verano venía caluroso acudió al Salón París de Main Street y allí encontró a una mujer, Margarita Urrutia, que había viajado con ella desde Nueva York.
Se ríe y le dice que la experiencia de entrar en un lugar donde se ocupan de tu belleza le ha encantado, y que piensa seguir acudiendo ahora que el dinero no le falta.
Domingo no está sorprendido del éxito de Valentina, pero sí algo estupefacto.
Mientras ella dice en voz alta que los dulces recuerdan a la niñez, a la tierra que no se olvida, y que ella tiene el poder de reproducir los sabores que los que han venido a América a hacer fortuna añoran, él la admira silenciosamente.
Escucha a su esposa e intenta no caer sobre ella para abrazarla.
Se ha casado con una mujer dulce e inteligente.
El niño no llora más que cuando reclama alimento.
El pastor emplea sus horas en mirarlo embelesado.
De pronto ha perdido el interés por cualquier cosa que no sean Valentina o el niño.
No ha mirado la huerta, ha dejado su caballo y sus cosas en el rancho y ni tan siquiera se ha acordado de Beltza.
No ha informado al patrón de su huida, aunque supone que los demás lo habrán hecho.
Las cosas no se hacen así, pero su impaciencia le ha podido.
Por la mañana regresan las mujeres. A Valentina le ha vuelto el color a las mejillas, y cuando Estela la revisa parece satisfecha.
Durante unos minutos la comadrona lo lleva al jardín y, como si fuera a regañarle, le advierte que no debe tocarla en cuarenta días.
Domingo asiente, dócil y medio avergonzado, pensando que Estela debe de saber lo felices que son desnudos en la cama.
Llegan visitas, pequeños regalos, comida.
Aparentemente, la vida sigue igual en la casa.
Sin embargo, tras el nacimiento del niño, todo aquello que rodea a Valentina cambia de forma, de tamaño, de textura.
Lo que era blando se vuelve duro, lo estrecho deviene ancho.
Los olores no son los mismos, ni los vientos, ni los aires encerrados tienen la misma espesura.
Valentina es madre, y el mundo se ha partido en dos mitades.
Una contiene al pequeño Simón, y la otra todo lo demás.