El reencuentro con la madre de su hijo
El reencuentro con la madre de su hijo
SIMÓN ARSUAGA ALZOLA
La distancia desde el rancho de los Peterssen a Boise permite a Encarni aplacar el volcán que Domingo lleva dentro.
Sentado a su lado, con el polvo y el sudor de su esfuerzo, permanece inmóvil como un hombre de piedra, exhalando una rabia que contiene como un coloso una montaña.
Ella lo mira de reojo, le deja un tiempo, sabe hablarle, conoce la manera de derribar sus muros y está acostumbrada a enfrentarse a hombres cuya cólera y desesperación serían capaces de matarla.
Domingo no es de esos. Él permanece en silencio y su impotencia rezuma por cada uno de sus poros, pero nunca la vuelca en los demás.
La hostelera le explica que Valentina supo de su embarazo a los pocos días de que él partiera.
Le tranquiliza informándole de que ha tenido salud, no ha estado sola y ha estado trabajado hasta hace apenas una semana.
No menciona el miedo que ha pasado la joven, las conversaciones que han mantenido, las dudas que ha solventado sola ni las noches en que se despertaba empapada en sudor sintiendo que alguien trataba de lanzarla al vacío.
Solo le dice que su mujer es sensible al calor abrasador del verano y que esa ha sido su infernal pesadilla.
—Tu mujer te dará más hijos, pero intenta que nazcan en febrero, antes de que subas a la montaña.
—Tendría que haberlo sabido.
—Ella no quería contártelo.
Domingo escucha a Encarni mientras piensa en la señal que lo despertó días atrás.
No puede contarle a esta mujer anclada en la realidad que cree que fue el alma de su hermana quien le avisó de que debía volver.
El pastor baja la ventanilla para que le dé el aire.
El murmullo de sus pensamientos emite un zumbido persistente que lo aturde y le impide oír con nitidez lo que le dice Encarni.
Se siente frustrado, impotente, y no es capaz de concretar la razón, a pesar de saber que su esposa ha llevado bien la situación.
La información le alivia, pero solo eso.
Una voz interior le ha ido advirtiendo, avisándole de que Valentina es muy capaz de conseguir lo que quiere y que él no podrá estar presente en todos los momentos de su vida, pero le cuesta admitir no haber presenciado el embarazo de su primer hijo.
«Está bien, las mujeres la han cuidado, no hacía falta que estuviera yo».
Ni tan siquiera ha pensado en que no puede presentarse con el olor que despide.
Está sucio, huele a oveja y a fogata y no ha tenido tiempo ni para las manos.
Tal como estaba se subió a la camioneta, como si tuviera que apagar un fuego, y ahora se da cuenta de que está en el camino que le lleva a la civilización, a su casa.
Busca una imagen de Valentina y aparece esa fotografía que ella le mandó hace dos años.
Ve el magnolio, su pelo, la sonrisa de sus ojos y esa fina cintura que probablemente haya desaparecido.
No puede imaginarla embarazada, y tampoco puede pensar en un hijo.
Cierra los ojos, que ha mantenido abiertos hasta ahora por respeto a Encarni, pero la imagen que tiene en su pensamiento es como un caramelo de menta que ensancha su pecho y le hace suspirar.
Encarni lo mira.
—Descansa si quieres, pero deberías asearte antes de llegar. Vamos primero al hotel. Te daré una camisa limpia. Apestas.
—No. Quiero llegar cuanto antes. Me lavaré allí.
El camino se hace largo, y la impaciencia le impide tranquilizarse. Cuando se detienen frente a su casa, Domingo salta de la camioneta y en tres zancadas recorre el camino hasta la entrada. Francisco, que ha reconocido el ruido del motor, abre la puerta y sale a su paso sonriendo.
—Es un niño.
El pastor sigue adelante como si no lo viera. Estela lo recibe con un bebé chillón en los brazos que le tiende orgullosa, pero Domingo no lo mira. Milagros sale de la habitación con unas toallas sanguinolentas en las manos.
—Esto es llegar a tiempo.
—¿Está bien? —pregunta, asustado.
—Sí. Pero acaba de dar a luz. Espera.
En el umbral, Estela le da un empujón y lo manda a lavarse.
La mujer entra en la habitación y cierra la puerta.
Domingo permanece inmóvil unos instantes.
Le ha parecido oír la voz de su mujer. Pero antes de entrar al baño ve que su casa ha sido ocupada por las mujeres de Boise.
Ellas han tomado la casa en su ausencia, y durante un instante el terror de que ellas se instalen allí y se escape la paz que tenía le invade.
Luego reflexiona. Él no tiene sitio en un parto, y debe comportarse como un hombre.
Entra en el baño y se lava apresuradamente. El agua fría le devuelve a la realidad. Jadea, agitado. Siente algo pesado que le atraviesa el pecho. Intenta calmarse, pero quiere ver a Valentina, así que cuando unos nudillos golpean la puerta él corre a abrirla.
La comadrona le tiende una camisa.
—¿Te has lavado bien? Las recién paridas pueden coger una infección. Quítate las botas. Está muy cansada, pero te espera.
Vuelve a lavarse las manos, esta vez con detenimiento.
Se pone la camisa y deja las botas en el alféizar de la ventana.
Un leve temblor le aqueja cuando entra en esa habitación donde ha sido tan feliz.
La joven está tendida en la cama. Las huellas del dolor y el esfuerzo están presentes en su piel ruborizada, en las entradas de su pelo húmedo, en los párpados que levanta despacio, como si le pesaran.
Unas venas azuladas recorren su cuello, descendiendo hasta su pecho. Está pálida, pero le sonríe.
Una infinita ternura le hace arrodillarse a su lado, mirarla como cuando aún no sabía que podía contarle lo que sucedía en su pecho.
La ama de una manera distinta, como si solamente quisiera protegerla.
Quiere echar a las mujeres y susurrarle al oído la clase de sentimiento que va a estallar en su pecho.
Le acaricia las mejillas, y al contacto con su piel tibia percibe la rugosidad de sus propias manos, que se asemejan más a la madera que a otra cosa.
Las retira. No sabe qué hacer con ellas, pero Valentina las rescata y cierra los ojos mientras deposita unos besos quedos en el dorso.
Vuelve a sonreírle hasta que con un hilo de voz, e intentando ser la misma de siempre sin conseguirlo, le pregunta:
—¿Has visto a tu hijo?
—¿Cómo estás? ¿Por qué no me mandaste recado? —Solo le interesa ella.
—Estás aquí. ¿Le has visto? —vuelve a preguntarle.
—No. Necesitaba verte a ti.
—Se llamará Simón.
—¿Estás bien?
—Estela dice que está sano como un roble.
—Pero tú…, dime, ¿cómo te encuentras?
—Me pondré bien. Parir no es cualquier cosa.
No le interesa su hijo. Las mujeres deben de estar ocupándose de él.
Solo quiere mirarla. Se da cuenta de que se ha cortado el pelo, de que ya no tiene su melena de pequeña leona y ahora lleva un peinado a la moda, igual que otras mujeres.
No le impresiona demasiado. Cree que su mujer le oculta algo.
Quizá, que podría morir. Domingo siente que su pecho se encoge, el aire se queda detenido en su diafragma y un llanto irrefrenable le asalta.
No recuerda cuándo lloró por última vez.
Tiene la sensación de que lo hizo cuando recibió la noticia de la muerte de su madre, pero no está seguro de que lo que sintió entonces se pareciera a lo que le está sucediendo ahora.
Se ahoga con sus lágrimas, y aunque Valentina intenta incorporarse para abrazarlo, él la rechaza, se levanta, se aleja y le da la espalda, impotente.
Está avergonzado por esa congoja y sin embargo no puede controlarse, porque no sabe desde dónde ha llegado.
Escucha el llanto del niño, las voces de las mujeres, nota el sonido de la puerta que alguien ha cerrado y reconoce la voz de Valentina pronunciando su nombre.
Sabe que debería reponerse, ir a ver a su hijo, salir a celebrarlo como hacen los hombres, pero le resulta imposible, tiene dentro una tormenta que necesita salir, igual que si fuera una cascada después del deshielo.
Valentina ve la espalda de su marido convulsionarse, escucha los gemidos roncos.
Cierra los ojos, necesita respirar, reponerse, o no le podrá consolar.
Está tan cansada, tan feliz, tan vacía que teme dormirse y abandonarlo.
No ofrece resistencia. Ha hecho lo que tenía que hacer: darle un hijo.
El agotamiento tira de ella. En su interior, algo lacerante y herido palpita.
Le han removido las tripas y, como le ha indicado Estela, todo volverá de nuevo a su lugar.
Mientras tanto, tiene una toalla entre las piernas que no se atreve a mover, por si se desangra.
Anhela quedarse a solas con su marido, hablar durante la noche, escuchar su preciosa voz de caverna y dejarse llevar por la paz que habita la casa cuando ellos duermen sintiendo la piel del otro.
También desea mostrarle la caja de hojalata repleta de dólares, hacer cuentas, ver si pueden saldar la deuda. No quiere que vuelva a la montaña.
El cansancio la va venciendo y no logra mantener los ojos abiertos. Ve que la espalda de su marido ya no se agita y que la congoja se ha vuelto murmullo. Más lejos escucha a Milagros, y entonces se abandona al sueño.
Valentina duerme cuando Domingo recupera la calma.
En la cocina recibe los consejos de las mujeres.
Ellas han establecido un calendario de visitas que durará una semana.
Le hablan de la subida de la leche, de la fiebre, del meconio y del cuidado del ombligo.
Hay comida para un regimiento y caldo de gallina para la recién parida.
Milagros le muestra una torre de pañales preparados y le asegura que pasará todas las tardes.
Mira a su alrededor buscando al niño, pero no lo ve.
Las mujeres van y vienen, entran y salen, y él parece un pasmarote en medio de ellas.
Le mandan sentarse y le ponen un plato de carne guisada con patatas.
—Come. Tú también tienes que descansar.