Combatiendo el anhelo #4
Valentina asiente. Su espíritu no quiere resistirse, tampoco hacerse la valiente.
Le gustaría mucho que él estuviera allí, en la cocina, esperando a que el niño llegue.
La mira con ojos esperanzados. Siente que estando ella allí todo irá bien.
La hostelera es el alma de la comunidad, la que sabe lo que hay que hacer en todo momento.
Cierra los ojos y recuerda la letra de la carta que ella había recibido de su marido.
Un dolor insoportable le atraviesa los riñones y gime, suspirando.
Encarni aprieta su mano, la escucha más allá del dolor susurrándole algo.
Unos segundos después, el dolor cede y abre los ojos.
Ve la cuna que Encarni le trajo hace unas semanas.
Milagros le ha bordado unas flores al embozo de la sabanita, y alguien ha traído una manta azul rodeada de un ribete de raso.
Es la cuna que usaron sus hijos. Pablo la ha revisado y puesto a punto, prometiéndole que su hijo podrá dormir en ella sin problemas hasta los dos años.
Otro latigazo de dolor la hace estirarse. La comadrona la tumba de lado y toca su inmenso vientre.
—Todo va bien —le dice en voz baja.
A Encarni le ha cambiado la cara. Los partos se olvidan, pero los dolores se reconocen.
Las veteranas saben que el primero de los hijos es el que más cuesta y el que a veces sale mal.
Todas las mujeres de la casa están centradas en algo.
Una está vigilando el puchero, otra limpia sobre limpio los cristales, y hay quien busca un poco de cera para que la madera de la mesa se conserve.
Encarni se arrodilla al lado de la chica y le susurra:
—Marcho. Así te lo traigo antes.
Se sube a la camioneta con la última mueca de Valentina.
Enfila la carretera que conduce al rancho de los Peterssen pensando en que no llegará al hotel para la hora de comer.
Las chicas se arreglarán, y ella podrá volver para cerciorarse de que todo ha ido bien.
Farfulla palabras ininteligibles. Se fija en una construcción que están levantando a la salida de la ciudad.
Conduce pensando en lo que falta en su despensa, en que el médico tiene que revisar la pierna de Amelia, hasta que ve las montañas.
Ella mejor que nadie sabe lo que pasan ahí arriba esos hombres a los que luego conforta, guisa lo mismo que comían en su pueblo y cuida porque no tienen a nadie que se ocupe de ellos.
Los ha visto, los ha escuchado, y recuerda a los que no volvieron y a los que tuvieron que bajar con la cabeza medio perdida.
El pastoreo es un oficio para el que no vale cualquiera.
Domingo es un hombre duro. Ella siempre ha estado segura de que sabría cuidarse.
Pocas veces le ha visto montar en cólera, pero ahora teme su reacción.
Imagina que se pondrá furioso en cuanto averigüe que Valentina, por la que siente un amor desmedido, ha pasado el embarazo sin él.
Será ella la que tendrá que explicarle que su propia mujer no quiso decírselo.
Valentina es lista, Encarni lo presintió desde que leyó la primera de sus cartas.
Ha sabido entender a Domingo, así como la relación que tiene con su patrón y con su trabajo.
Si su marido hubiera tenido noticias del embarazo, habría bajado de la montaña.
Al llegar al rancho, Encarni percibe una actividad frenética.
El rebaño está entrando por el oeste. El corazón le da un vuelco, porque sabe que el movimiento significa que no será preciso avisar antes a Cipri: Domingo ya está ahí.
Aparca lejos de las cercas que esperan a las ovejas y camina hacia los hombres.
Se detiene y, con las manos sobre las cejas para que el sol no la ciegue, intenta reconocer a los jinetes.
Distingue la figura esbelta, algo indolente de Domingo.
Levanta los brazos, agitándolos, pero, aunque está muy lejos, su falda revolotea y es Cipri quien la saluda.
Encarni espera. Es la primera vez que está en el rancho y los pastores sabrán que es por una buena razón.
Ve a Cipri acercándose a Domingo, inclinarse en su montura para hablarle.
El pastor mira en su dirección y escucha a su amigo.
Apenas son unos segundos, los suficientes para que la hostelera vea a Domingo cabalgando al galope hacia ella.
—¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Valentina? —Domingo desmonta, sudoroso y sucio.
—Tranquilo. ¿Acabas de llegar?
—Hace unos minutos. ¿Es verdad?
—Tranquilo, todo va bien. Imagino que Cipri te habrá dicho que Valentina espera un hijo.
—Eso me ha dicho.
—Tienes mucha suerte, pastor. Cuando te fuiste en marzo, tu mujer estaba embarazada, y en este momento está de parto. Avisa al patrón, deja el caballo y vente conmigo.
El rostro de ese hombre por el que siente un cariño especial cambia por completo. Encarni le conoce y sabe que esa sombra que atraviesa sus ojos es miedo, preocupación, impotencia… Conoce a muchos hombres duros que se derrumban en el momento en que el parto se acerca.
Sin decir una palabra, monta de nuevo y cabalga hasta un hombre de cabello rubio, casi blanco, que Encarni intuye que es Jeff Peterssen. Cipri se acerca a ellos, y en cuestión de unos minutos Domingo y él vuelven a cabalgar hacia ella.
Domingo desmonta y Cipri toma las riendas.
—¡Todo irá bien! —grita a su espalda su amigo.